CAPÍTULO 7
Theodore
Muy en contra de mis expectativas, el resto de la semana ha discurrido con tranquilidad. Nada fuera de lo habitual: un asesinato aquí, un trapicheo allá, un encontronazo de nuevo por aquí y una amenaza otra vez por allá...
Pero, a pesar del opio que he fumado justo antes de cerrar los ojos para asegurar una larga noche entre nubes, los sueños duran poco... Ypronto me encuentro en el refugio subterráneo de una trinchera.
—¡A cubierta! —grita un oficial mientras los soldados, que corren despavoridos por los estrechos pasillos de barro, intentan acordarse de la orden previa.
Los nervios no les permiten saber qué tienen que hacer a pesar de que haya un hombre vociferándolo—.
¡Los melhanäis nos han localizado! ¡Mantened la posición! ¡No podemos dejar que avancen más!
Esto no es real...
Pero me cruzo con docenas de ojos acongojados que acompañan sus miradas con empujones que siento muy reales. Uno incluso ramifica un agudo pinchazo por todo el brazo que tengo herido.
—Soldado. —Se acerca el hombre que está dando las órdenes—. ¿Cómo se encuentra? —Señala mi herida—. ¿Podrá luchar en esta batalla?
Acabo de llegar al campamento base después de que solo unos pocos hombres y yo hayamos vuelto de una avanzadilla que se envió a inspeccionar el bosque y en la que unos licántropos nos emboscaron.
No había luna llena, por lo que solo ( ¿solo?
) contaban con una fuerza sobrehumana y una puntería mucho más certera con sus garras que nosotros con nuestros rifles.
Pero, aun así, pudimos limpiar el camino que mañana recorrerá nuestro pelotón.
—Claro que sí, señor —respondo sin pensar.
Pero ¿qué...? ¿Por qué he dicho eso? ¡Eh! No, cállate. No lo hagas, intento ordenarle a mi propio cuerpo.
—Dependemos de la voluntad de buenos hombres y mujeres, señor Leville. —Me pone una mano en el otro hombro—. Como usted.
—Haremos lo posible por proteger nuestra posición, señor.
¡No! No merece la pena.
—Lo sé, soldado. —Sonríe, orgulloso. Ygrita, para que le escuchen todos los posibles—: ¿Qué pedimos?
—¡Pedimos sangre, no perdón! —chillamos al unísono los que hemos podido oírlo entre los bombardeos de magia y los estallidos de barro.
—¡Eso es! Créame cuando digo...
Una bomba de energía amarilla estalla al final del pasillo y nos arrastra a ambos entre llamas, barro y sangre.
—¡No! —Esta vez lo grito en mi cama. Tanteo a mi alrededor para asegurarme de que estoy bien.
Suspiro mientras salgo de las sábanas empapadas y apoyo los codos en las rodillas para pasarme los dedos entre el pelo.
Jamás llegué a saber lo que mi capitán quería decirme. Él es la única razón por la que sobreviví; su cuerpo se llevó todo el impacto y me cayó encima, protegiéndome del fuego de la explosión.
Y yo ni siquiera pude honrar sus deseos. Aquella noche perdimos esa trinchera.
Le doy una patada a la mesilla.
Dejo a Gina a cargo de la fonda esta noche; necesito salir y buscar los problemas por mi propio pie, ya que ellos han decidido alejarse de mí estos días. No lo aguanto más, necesito tener algo más en la cabeza que esas pesadillas. Necesito que cualquier problema, cualquier persona, ocupe su lugar.
No soy capaz de mirar a ningún otro punto de The Silver Siren después de entrar y ver a Leah bailando en una barra.
Su cuerpo se deshace en ondas provocativas que sus piernas y brazos inducen al agarrarse de mil maneras diferentes a la barra que rechina bajo su piel cuando gira en ella.
Su pelo está salvaje, más de lo habitual. Aunque no solo es eso. Tampoco tiene que ver con su ropa, más escueta y ajustada de la que le he visto llevar antes. No. Es su mirada. Sus ojos devoran a cualquiera en el que se posan. Los deja entrecerrados y esconde sus pupilas tras las tupidas pestañas.
Llego hasta la barra y me quito el sombrero, agradeciendo que aquí conozcan lo que bebo para no tener que perder ni un instante en pedir. Antes de que pueda levantar la mano, ya tengo un vaso lleno del mejor bourbon a mi lado.
No pienso despegar los ojos de ella. Esos contoneos me acompañarán cada noche del próximo mes. Ya todos los que la miran. Por un segundo quiero levantarme y ponerle la pistola en la nuca a quien no acceda a taparse los ojos, pero no creo que eso a ella le gustara, le quitaría demasiadas propinas.
En uno de sus giros, Leah me ve desde la barra, e incluso desde aquí puedo ver cómo aprieta una sonrisa.
Se queda boca abajo, agarrada con solo una pierna a la barra, y arrastra su pelo de destellos rojos por el suelo.
La gravedad hace su efecto y no solo sus mofletes caen hacia abajo, afilando el contorno de sus ojos: su escote está más apretado entre los brazos con los que se da el impulso, y su colgante se estruja entre sus pechos.
Carraspeo y me recoloco en el taburete al notar cómo crece mi bragueta. Cuando Leah se detiene, no aparta los ojos de mí, me dedica cada movimiento, y consigue que la necesidad que tenía hace unos segundos de encenderme un cigarro desaparezca.
Ahora, que ha bajado del escenario entre aplausos, después de recoger todo el dinero, viene directa hacia mí y me tira una moneda.
—Creo que te confundes —le digo después de cogerla en el aire—. Soy yo el que debería pagarte por ese bailecito.
—¿Bailecito? —Eleva una ceja mientras se pone una chaqueta.
—¿Cómo lo llamarías tú?
No repara en mirar descaradamente a mi entrepierna antes de contestar:
—Combustible.
Echo la cabeza hacia atrás y sonrío tras esconder cómo me muerdo el labio inferior. Me encanta su descaro.
—¿Y vas a dejar que esta máquina eche a perder toda su energía esta noche? —Me señalo a mí mismo.
—Me temo que sí. —Se pone el delantal para comenzar a servir copas. Tiene que seguir trabajando.
—Una lástima. —Me apoyo en la barra tras darle un buen trago al bourbon; parece que habla en serio—. Tan desaprovechado como el resto de maquinaria de Salrath.
—No sé de qué te quejas. Siempre veo las fábricas trabajando; ¡y es una maravilla la potencia que tiene vuestra energía en esta costa del continente!
—Queda mucho por mejorar. La estabilidad aún pende de un hilo. Yno siempre ha sido así. —Ya suelto humo por la boca.
—¿Y qué crees que ha cambiado? —Me mira ahora más atenta incluso que durante el baile.
—No lo sé... Desde la guerra los avances industriales han sido enormes, pero no sé cómo ni por qué.
Tampoco me importa una mierda. —Doy una calada larga—.
Nuestras farolas brillan más, nuestras máquinas son más potentes, todo se produce con más rapidez y hay tecnología nueva.
.. ¿Qué más da cómo estén consiguiendo el progreso?
—Ya... —Limpia la barra con demasiada agresividad—. ¿Qué más da?
No sabré pillar una pelota con la mano, pues nunca he tenido tiempo de jugar, pero atrapo el sarcasmo a kilómetros de distancia.
—¿Qué te ocurre?
—Tengo que trabajar. Tu moneda. —Voy a devolvérsela, pero ella ya está de camino a atender a otro cliente—. Tú aquí no pagas nada, así que esa moneda no me corresponde. Dejaste claro que solo pagas por una cosa..., y yo no soy ninguna puta.
Cualquier otra mujer ya habría sido despedida de este burdel por insolencia. Tengo el poder de hacerlo, pero a ella se lo permito. Me gusta juguetear con mis caprichos.