CAPÍTULO 6
Theodore
Aprovechamos las sombras de la madrugada para escondernos entre los contenedores de carga. El puerto está desierto; la luz de las tres farolas deja claro lo mucho que aún le queda por mejorar a la electricidad de Salrath.
Hace unos años habría sido impensable que una cápsula de energía amarillenta en cada manzana proporcionara todo lo que tenemos hoy, pero aquí estamos, ante una farola que lucha por mantenerse encendida.
—¿Cómo generarán la energía para que eso brille? —le pregunto a Elías, el único miembro de la fonda que he pedido que me acompañara esta noche.
La energía es rara. He visto de refilón una o dos cápsulas mientras los hombres del mandatario Gifford las instalaban en los centros de control, pero su destello me hizo entender que todos los cachivaches que funcionan gracias a ella desprenden una inusual luz amarilla.
—¡Y yo qué sé! No me invitaste a formar parte de los Bane por mis conocimientos científicos —me contesta tajante. Está nervioso.
—Desde luego que no.
Elías es un amigo fiel y un soldado obediente; no necesito más. Pero digamos que no es él quien se encarga de contar las balas. Aunque su perspicacia callejera contrarresta con creces sus matemáticas.
—¿Estás seguro de esto? —me pregunta Elías, rompiendo de nuevo el silencio.
—Vendrán —respondo con un tono pesado de voz. Es la quinta vez que me hace esa pregunta.
—¿Y si es una emboscada? ¿Ysi la que aparece es la policía?
—Lucrezia Steelson no me la jugaría así.
Elías me mira como si mis palabras no tuvieran ninguna lógica.
—Estás aquí porque crees que está rompiendo todos los acuerdos entre los Bane y los Steelson, pero ¿confías en ella?
—Confío en su buen juicio. Sabe lo que le ocurrirá a ella y a los suyos como me la juegue.
—La verdad es que no tengo ni idea. —La mujer de tez oscura aparece entre dos contenedores. Acada paso que da, la chapa parece temblar.
—Buenas noches, Lucrezia —la saludo, sin moverme del contenedor en el que tengo apoyada la espalda.
Elías, en cambio, se tensa a mi lado y se aparta la gabardina para tener sus armas más a mano.
—Borra esa sonrisa —me exige la mujer.
—¿Por qué habría de hacerlo? Eres todo un espectáculo.
Cualquier otra mujer ya estaría ocultando una sonrisilla detrás de su mano. Lucrezia, en cambio, se cruza de brazos frente a mí y apoya todo su peso en la pierna izquierda.
Sus hombres, mucho más numerosos, se postran detrás de ella, a una distancia considerable, pero alarmante.
—¿Lo dices por su tatuaje nuevo o por esa chaqueta corta tan fea? —pregunta Elías, arrancándole cualquier matiz sensual a mi comentario.
—Por el tatuaje. —Me señalo mi propio cuello—. ¿Es que ahora te va eso?
Conozco esos tatuajes: una línea vertical que cruza el cuello a la altura de la yugular. Todo el mundo sabe lo que significan, son el secreto peor guardado de Salrath.
—Si me haces esa pregunta es que tú aún no lo has probado. —Convierte mi burla en la suya. Se aparta el pelo para que aún se vea más, no se avergüenza de ello.
—Me suele gustar que pongan la boca en otras partes.
Inevitablemente, sus ojos acaban posados en mi entrepierna.
—Porque no lo has probado. Algo bueno tenían que traer los melhanäis, ¿no?
—Yo aún sigo buscándolo. Avisadnos si necesitáis un buen control de plagas en Elmbound.
—Hablas como si esto no estuviera lleno de melhanäis también.
—Los tenemos controlados.
Es ilegal que vivan fuera de su continente, pero los policías que acuden a las peleas callejeras ilegales hacen la vista gorda y los jueces que aceptan chantajes, más de lo mismo.
—Ya. ¿Por eso me has citado aquí? —Ya no tiene paciencia para seguir dándole vueltas al asunto. Lucrezia es una mujer inquieta—. Tu puerto no es terreno neutral.
—Pensé que no te importaría. Te conoces este puerto mejor que yo.
Intento verlas, intento encontrar las marcas de los colmillos en el cuello de Lucrezia, pero no lo consigo. Entonces es verdad que el poder curativo de esa tinta melhanäi existe.
Lo usan como tirita después de que un ponzoñoso les haya inyectado, un vampiro les haya mordido o una ninfa les haya hincado las uñas.
El torrente sanguíneo de la yugular transporta rápido las sustancias por todo el cuerpo para un colocón rápido, y la tinta melhanäi de esos tatuajes cura la piel para no dejar rastro.
—¿A qué te refieres? —Se lleva las manos a las caderas.
—Uno de mis hombres ha escuchado que los tuyos están introduciendo cargamento en Wicksole sin mi permiso.
—Te estás confundiendo, Theodore. —Entrecierra los ojos—. Jamás ha pasado tal cosa.
Por cómo me habla sé de inmediato que dice la verdad, pero aprieto un poco por si acaso.
— Hmm.
—¿Por qué iba a arriesgarme a hacer negocios en el norte cuando el sur es mío? —Habla tan tranquila como yo—. Además, aquí sois de droga barata y alcohol caro. ¿Cuál sería mi beneficio?
—Quizás no es ese tipo de mercancía la que intentas meter en mi ciudad. —Me rasco el cuello, justo en el punto en el que ella tiene el tatuaje.
Y ocurre lo que ya sabía que ocurriría: tiro tanto de la cuerda que se rompe.
—¿Acabas de...? —Lucrezia da dos zancadas hasta mí y desenfunda una pistola Mauser cuyo cañón lleva a mi frente.
Esto solo consigue que Elías desenfunde su arma y, tras él, el resto de Steelson. El único que no se inmuta soy yo.
—¿Acabas de acusarme de algún tipo de contrabando melhanäi? —Hace clara su indignación—. ¿Eres estúpido? Las sustancias son una cosa, pero después de lo que vivimos en la guerra, la idea de traficar con vidas... ¡No puedes acusarme de algo así!
Ella también es veterana. Primera línea de defensa, como yo.
—No sé, como ahora parece que te gusta tanto disfrutar de la compañía de esas criaturas... —Encojo los hombros.
—Los melhanäis que viven en Elmbound están bajo su responsabilidad. Yo no haría nada similar, ni siquiera te lo permitiría a ti.
—Pero ¿me permites mear? —Le doy la espalda antes de que conteste.
—¿Qué...?
—Que si me vas a dejar mear. —Me bajo la bragueta y comienzo a orinar en la esquina del suelo que limita con el contenedor—. Nos habéis hecho esperar durante horas; no pretenderás que...
—¡Pretendo que te calles de una jodida vez, te guardes la polla y hables con claridad! —Del empujón que me da con la pistola, mi cabeza casi choca con la chapa.
Elías está a punto de utilizar su pistola cuando del puerto comienza a llegar bullicio y a lo lejos aparece un barco que se acerca con las luces apagadas.
Con un simple gesto, Lucrezia manda a los suyos esconderse, y ella y yo nos quedamos pegados a la esquina del contenedor que mejor ángulo de visión nos da.
—Guárdatela. —Me señala la bragueta. Le hago caso solo porque las circunstancias lo requieren—. ¿Qué está ocurriendo? —Lucrezia ya no parece querer apuntarme con la pistola. Parece tan interesada en el ajetreo como yo.
—Dímelo tú.
—Ya te he dicho que esos contenedores no son míos, Theodore. —Con un movimiento de barbilla me insta a fijarme mejor.
Una marca pintada con aerosol negro sobre la chapa de los contenedores delata que no son de los Steelson. Los criminales no marcamos nuestras ilegalidades con una enorme espiral despuntada.
—Entonces, ¿no eres tú quien está metiendo esos contenedores?
Me mira como si fuera a cruzarme la cara solo por preguntarlo otra vez.
—Tenía que asegurarme. —Levanto ambas manos en señal de paz.
—Pues hazme un favor y asegúrate de qué es eso. —Señala el barco, al que ya le están colocando las grúas para desembarcar la mercancía.
—Lo haré —afirmo, sin apartar la vista del puerto.
—Y me informarás.
—Ah, ¿sí?
—Sea lo que sea, no lo quiero en Elmbound.
—Eso me ha sonado a mucho dinero.
—Llegaremos a un acuerdo —me dice, cansada de mis juegos.
Ni siquiera se despide antes de ordenarles a sus hombres que la sigan de vuelta a su ciudad.