CAPÍTULO 5
Leah
Tengo la suerte de que Thalia, la jefa de The Silver Siren, terminó sucumbiendo a mis encantos.
Eso ayuda a que pueda elegir los turnos y me quede tiempo para cumplir mi verdadero propósito en Salrath.
Agarro fuerte la gema roja que siempre se cuela entre mis pechos cuando un rayo de sol se escapa travieso entre las nubes y me ilumina de camino al puerto.
No ha sido difícil meterme a Thalia en el bolsillo.
En Wicksole hay muchos más humanos curiosos por lo que los míos pueden ofrecerles de lo que Theo y los Bane son capaces de ver.
Es increíble lo que un breve periodo de paz puede hacerle a la memoria, haciéndonos buscar placer en la compañía de los mismos que hace unos años se alzaban en armas contra nosotros.
Pero no me quejo; la condición humana es tan impredecible como frágil, tan terca como fácil de manipular, así que me aprovecho de ello.
Me aprovecho de Thalia y de su desesperación por verme alguna noche en privado mientras eso me proporcione la libertad de moverme por Wicksole y Elmbound como me plazca sin joder mi tapadera.
Cuando llego a la avenida principal que da al puerto, veo que las patrullas han montado un buen jaleo y andan apartando a la multitud. Demasiada gente. Así no será sencillo investigar nada.
Iba a ser fácil: unas preguntas a algún marinero que no pudiera pensar lo que decía mientras se concentraba en mi escote, seguir el rastro e informar de mis descubrimientos. Pero ahora la muchedumbre dificulta mi llegada hasta el puerto.
Cuando por fin llego, los agentes han precintado la escena de un nuevo crimen.
—¿Otro cadáver? —comenta un ciudadano a mi espalda.
—Este parece... Parece... —Con quien sea que esté hablando no puede terminar la frase. Ahoga una arcada en el pañuelo de tela que saca del bolsillo.
No lo culpo: el hombre que yace muerto en el suelo, cerca de los diques, tiene la cara desfigurada y las tripas le asoman entre los harapos de piel, pero no hay ni una sola gota de sangre.
El cuerpo está empapado e hinchado, como si hubiera estado en el agua unos días.
El color de sus extremidades y la textura de su piel hacen que el hecho de que esté lleno de arañazos pase desapercibido.
Un licántropo, pienso al recordar que hace dos noches hubo luna llena.
No ha podido ser ningún otro melhanäi. Solo esos pobres desgraciados a los que les cuesta incluso saber quiénes son en esas noches son capaces de tal destrozo.
Pero ningún melhanäi de nuestra red de contactos se atrevería a tal atrocidad.
Los licántropos conocen sus rutinas, sus protocolos.
Nunca ha habido un incidente así, tan obvio, tan dañino para nosotros.
—Esas putas bestias... —dice una mujer a mi lado—. Acabarán matándonos a todos.
Yo me muerdo la lengua. Podría recordarle los muchísimos asesinatos, violaciones y robos que cometen los humanos incluso aquí, en su tierra.
Me hago hueco entre la multitud para acercarme más a los agentes, pero me detengo cuando veo que Theo aparece a pocos metros de mí.
Me escondo entre la gente para escucharle hablar con uno de los agentes, que mira desesperado a un lado y a otro para que ninguno de sus compañeros lo vea acercarse al criminal.
—No puedo hablar ahora, Leville.
Theo no se molesta en convencerlo, es un hombre impaciente. Saca un fajo de billetes y, muy discretamente, se lo mete en el bolsillo del uniforme. El agente suspira y vuelve a mirar a un lado y a otro antes de volver a hablar:
—Ha sido un licántropo.
—Eso lo puede sacar cualquier idiota —se queja Theo. Esa información no vale el dinero que le ha dado.
—Creemos que lo ha subido la marea.
—¿Me devuelves mi dinero? Quizás tenga que buscar a otro agente más espabilado.
No sé si es la manera en la que lo mira, exigiendo lo que ya cree que es suyo por derecho, pero hay algo tan salvaje en él como en mi gente. Hay algo en sus ojos que se aleja de la humanidad que han de tener todos ellos. ¿Cuándo la perdería?
—¡Shhh! —El agente le pide discreción—. Está relacionado con el otro cadáver que apareció hace unos días. Ycon los que aparecieron hace unos meses.
—¿Todos?
—Eso creemos... Hasta ahora parecían asesinatos melhanäis puntuales, pero hay algo que los relaciona a todos con el puerto.
—¿El qué?
—Eso es lo que estamos intentando averiguar. —Carraspea cuando un compañero pasa cerca y se hace el loco—. Hemos pedido acceso a todas las fábricas que rodean el puerto para organizar redadas e investigar posibles conexiones, pero no está siendo fácil que nos concedan acceso a todas.
—Sois la autoridad, ¿cómo que os cuesta?
—Hay gente importante detrás, no sé quién, pero gente que no está dispuesta a que nadie vea el interior de la central eléctrica. Ni siquiera nosotros. —Esto lo dice en un tono de voz aún más bajo.
—No me digas.
Tanto Theo como yo dirigimos la mirada a la central eléctrica.
—Bien, gracias. —Theo le da dos cachetes amistosos en la mejilla, como si fuera un perro que ha hecho bien el truco que su dueño le pedía.
Él se vuelve y se aleja de la muchedumbre que tanto parece molestarle, pero yo me quedo aquí, analizando cuándo será el mejor momento para colarme en esa central. Tengo que averiguar qué esconde.