Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 4
5%

CAPÍTULO 4

Theodore

La mañana siguiente se levanta con el cielo blanco y las nubes grises. Estas me acompañan en mi paseo hasta las afueras de la ciudad, hasta el río y el puente que conecta con Elmbound, en cuyo borde me siento, dejando mis piernas balancearse en el vacío.

No hay barandilla a la que agarrarse. Tampoco la querría.

Aquí, a más de veinte metros de una caída mortal, me siento como en casa. Aun mal movimiento de caer sobre las rocas que rompen la corriente del río tan fácilmente como me romperían el cráneo. Auna mala decisión de morir.

Es en momentos así cuando más me aferro a la vida, cuando más entiendo que tengo que seguir respirando, cuando menos me importan las pesadillas que casi todas las noches me joden el sueño.

Los disparos, las trincheras y las explosiones de energía melhanäi desaparecen en la naturaleza de este sitio. Las hojas naranjas se entremezclan con los árboles verdes y los troncos húmedos. Ya la orilla del río crecen flores y setas de múltiples colores.

Entre la vegetación del bosque, aparece un precioso ciervo de enormes astas.

La elegancia y sencillez de sus movimientos me recuerdan algo que a menudo parece extinto en un mundo lleno de fauces y garras: la armonía.

Lo miro y me siento en paz. Pero ni el ciervo ni yo lo estamos.

Aquí no hay paz. El animal se mueve con sumo cuidado, con un miedo calculado que le permite acercarse al agua para beber y estar atento a cualquier sombra que se mueva demasiado rápido.

Me recuerda a mí: siempre alerta y, aun así, saliéndose con la suya.

Cuando termina de beber mira en mi dirección y, por un momento, juraría que nos reconocemos, que ambos sabemos que el otro es lo más parecido a sí mismo que encontrará en este bosque.

A lo lejos, algo me distrae. Lo mismo que hace que el ciervo salga corriendo.

Puedo ver un ligero movimiento de alas iridiscentes y escuchar las risitas entre los matorrales.

Ninfas. Me dan ganas de sacar mi pistola y liarme a tiros.

No porque sean seres peligrosos (dejando a un lado su sentido retorcido del humor y esos ojos de pupilas enormes que parecen poder leerte hasta el alma, son bastante inofensivas), sino porque están en mi ciudad.

Yno debería haber un solo melhanäi en ella.

—Si vas a tirarte, al menos quítate ese abrigo —me dice una voz que me cuesta reconocer sin música estridente de fondo—. Podría darle buen uso.

—Puede que lo haga. —No me giro a mirarla por mucho que mis instintos me pidan hacerlo.

—Entonces, según he entendido, Wicksole perdería a su protector. —Leah está a mi lado en el puente.

—Wicksole solo estaría perdiendo a otro pobre hombre. —Ahora sí la miro, y juro que podría ahogarme en el gris de sus ojos que se funde con las nubes del cielo tan rápido como en el río—. En realidad, serían todo beneficios.

Lleva un sombrero rojo, a juego con su deslumbrante melena.

—Ah, ¿sí?

—La ciudad se libra de un criminal y tú consigues un abrigo nuevo.

Leah aprieta los labios y asiente con movimientos cortos.

—Está bien, ¿necesitas un empujoncito? —Pone las manos en mi espalda y creo sentir su calor traspasar todas las capas de ropa hasta llegar a mi piel.

—Nunca he necesitado ayuda para eso.

—¿Para qué? —Me mira mucho más seria, preocupada por lo que acabo de decir.

Para ponerme entre una bala y un compañero.

Para tirarme encima de un explosivo y desactivarlo.

Para arriesgar mi vida.

Para desperdiciarla.

—Para hacer lo que me venga en gana —respondo para quitarle hierro a todo esto. Ella suspira, irritada por mis insinuaciones vacías—. ¿De dónde vienes?

Miro al otro lado del puente. Al camino que lleva directo a Elmbound, de donde parece haber venido.

—Es mi día libre, quería conocer los alrededores de la ciudad en la que estoy atrapada. —Se queda embelesada con el sonido de los rápidos—. Yeste es el único sitio que he encontrado que me da algo de paz. —Cierra los ojos al inspirar.

Yo no puedo evitar recorrer con los ojos su contorno. Desde su nariz hasta su cuello, por donde en estos momentos pasa el aire. Después, un poquito más abajo, al pecho que se hincha.

Carraspeo. De repente se me ha quedado la garganta seca.

—Pues siento decirte que este es mi sitio. —Rompo su paz interior.

—No me digas.

Me encanta la expresión pícara que se apodera de su gesto.

—Aunque es mucho más bonito cuando sale el sol.

—No me gusta el sol —dice. Entrecierra los ojos demasiado—. Prefiero que el cielo esté así, encapotado.

—Pues has decidido atraparte en el mejor sitio posible.

Aquí casi siempre está nublado. —Miro hacia el cielo durante unos segundos—.

Pero siento decirte que yo llevo mucho más tiempo viniendo aquí que tú.

—Saco un cigarrillo de la pitillera, pero cuando me lo voy a encender, Leah me quita el mechero.

—¿Y cuál sería el precio que tendría que pagar para poder seguir viniendo? —Juguetea con el mechero entre los dedos.

—Hay cosas que no tienen precio.

—¿Tan complicado es de conseguir? —Ella se acerca más a mí al notar que va a ser difícil que yo entre en su juego. Aunque me muero de ganas de hacerlo.

Desplazo los ojos de unos detalles de su cara a otros.

—¿Mi paz mental? —Dejo escapar una risa—. Creo que es más fácil conseguir que las bandas de Elmbound y Wicksole se lleven bien que dejar mi mente en blanco.

—El agua seguro que ayuda. —Mira al río el tiempo suficiente para permitirme agarrarla de la muñeca y acercarla a mí, salvando los pocos centímetros que nos separaban; dándome la oportunidad perfecta de recuperar mi mechero.

Tan cerca de ella que el otro extremo de mi cigarro le roza los labios, hubiera esperado ver sorpresa, incluso respeto o miedo en sus ojos por el movimiento brusco y repentino.

Pero solo veo diversión y curiosidad; una curiosidad que despierta partes de mí que a estas horas deberían seguir dormidas.

Leah eleva ambas cejas y muerde el cigarrillo con suavidad. Me lo quita de la boca y, con la mano que tiene libre, le da la vuelta en sus labios.

Se aleja lo justo para encender el mechero.

Solo entonces la suelto, dejando que mis dedos recorran sutiles su muñeca, erizándole la piel mientras se enciende el cigarro y le da la primera calada.

Suelta el humo mientras pone el cigarrillo en mis labios y el mechero en el bordillo, a mi lado.

—Creo que es más fácil de lo que crees conseguir que dejes la mente en blanco —se burla de mí.

Dejo que lo haga, disfruto de ello.

—No he tenido la mente en blanco en ningún momento, te lo aseguro. —Hablo aún más tranquilo que al principio a pesar de que todos mis instintos me piden lo contrario.

—¿Y en qué pensabas? —Ahora es ella la que me recorre de arriba abajo con la mirada.

No respondo. Ladeo la sonrisa y dejo que ella lo interprete.

—Al menos he conseguido distraerte —me dice, anotándose una pequeña victoria—. Que pases un buen día, Theo.

Me sonríe una última vez y retoma su camino al centro de Wicksole, dejándome con el entrecejo más arrugado de las últimas semanas. Nadie se atreve a llamarme Theo, no a menos que sea de mi círculo más cercano.

Sonrío mientras me guardo el mechero en el bolsillo y le doy la primera calada al cigarrillo. Cierro los ojos para disfrutar del atípico toque afrutado que le ha dado su brillo de labios. Me van a empezar a gustar las fresas.