Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Theodore

No me quejo. Aunque no me apeteciera salir de la fonda esta noche, ir a The Silver Siren no es el peor plan para una noche fría como esta. En lo que investigo qué pudo torcerse en los traspasos de Horace, alguna de las chicas del burdel puede hacerme compañía.

Me enciendo el tercer cigarro consecutivo antes de empujar la puerta de madera.

En cuanto lo hago, los zapatos dejan de chapotear en los charcos de agua de la calle para empezar a hacerlo en los de alcohol del burdel.

El líquido enseguida se me pega a las suelas y produce sonidos viscosos a cada paso que doy.

Quedan camuflados por el jolgorio de los juegos de cartas y los gritos y silbidos de quienes ven contonearse a los bailarines.

Las monedas vuelan hasta sus pies y son capaces de seguir la coreografía aun agachándose a recoger sus propinas.

Cuando llego a la barra, el viejo taburete de madera sobre el que me siento cruje.

Desde aquí puedo verlo todo. El local está sumido en una oscuridad casi completa y ningún cliente parece interesado en los asuntos de otro.

¿Qué cojones haría Horace para dejarse pillar?

Me detengo a mirar cómo, aturdido por las sacudidas de cadera de un bailarín, a un hombre se le caen las monedas sin darse cuenta.

Solo parece interesarle el movimiento de la entrepierna del joven.

Eso, me digo. Muy fácilmente pudo estar haciendo eso.

Sigo buscando señales de que haya policías infiltrados en el burdel, pero me doy por vencido cuando huelo la copa del hombre de al lado. Me quito el sombrero y lo dejo en la barra. Necesito bourbon.

Levanto la mano para pedirle a la camarera de siempre mi bebida, pero la bajo cuando me doy cuenta de que no es la camarera de siempre. Dejo que los borrachos de mi alrededor terminen de pedir para acaparar toda su atención.

Su pelo cobrizo vuela de aquí para allá detrás de ella, reflectando las luces de la barra mientras sirve copas a una velocidad inaudita.

Es un color poco común por aquí, demasiado vibrante.

Parece fuerte, agarra varias jarras llenas con una sola mano con la misma facilidad con la que agarraría una pluma.

Tiene unas curvas prominentes que en cierto modo me distraen de mis ganas de bourbon.

Me quedo absorto recorriéndolas cuando se agacha a por algo o se inclina hacia delante, y me es imposible ignorar el colgante que se pierde entre sus pechos y no llego a ver.

Llevo tanto rato quieto, sin inmutarme encima del taburete, que al final es ella la que se acerca.

—¿Qué te pongo?

Sigo sin moverme, no aparto mis ojos de los suyos. Dos profundos pozos de agua grisácea que sé de inmediato que ocultan algo. Me incitan a sumergirme en ellos.

—¿Quieres algo o no? Tengo mucho trabajo —insiste ella cuando ya comienza a incomodarle mi mirada.

—Un vaso de bourbon, por favor.

Ella asiente y se aleja para volver al poco.

—Serán tres monedas. —Alarga la mano.

Yo ya tengo el vaso entre mis labios cuando suelto una carcajada.

—Realmente eres nueva por aquí, ¿verdad?

Disfruto cómo, ante mi pregunta, ella reafirma su posición corporal. Planta los pies en el suelo con las piernas más rectas y estira la espalda.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si no lo fueras, sabrías quién soy yo. —Vuelvo a bajar el vaso—. Yyo, desde luego, sabría quién eres tú. —No puedo evitar recorrerla con los ojos de nuevo.

—¿Eso debería halagarme? ¿Que un tío sin dinero me coma con la mirada? —Se apoya en la barra sobre los codos e ignora las peticiones de otros clientes—. Llevas ahí un rato babeando.

Los mechones de pelo ondulado le caen sobre los hombros descubiertos.

—Yo no como; devoro —la corrijo, soltando el humo del cigarrillo a través de mis dientes.

Se incorpora brusca, pero entre los mechones diviso una sonrisa.

—Paga —me exige.

—Yo aquí solo pago por una cosa. —Me termino el vaso de bourbon y lo deslizo por la barra hacia ella—. Si quieres que te pague, podemos hablar en la planta de arriba.

Elevo una ceja. Me mira como si en cualquier momento fuera a cruzarme la cara.

Quizás lo haga. Por favor, que lo haga.

—¡Leah! ¿Qué haces? —le grita otra camarera que, al verme, se acerca corriendo—. Lo siento muchísimo, señor Leville. Es nueva y no conoce aún a nuestros clientes. —Se gira hacia ella para decirle—: Al señor Leville no le cobrarás nunca ninguna copa.

—Pero ¿por qué no? —intenta rebatir ella antes de que su compañera la haga callar con un pellizco en el brazo.

—Disculpe la confusión, señor Leville —me dice Leah en un tono dulce muy forzado, apretando la mandíbula y los labios.

No respondo. Dejo que mi rostro se lo diga todo mientras apago el cigarro en el suelo.

—Si me acompaña, lo llevaré a su habitación habitual. —La otra camarera sale de la barra y me insta a seguirla para elegir con quién pasar la noche.

Me levanto divertido por la mueca torcida de Leah.

—Buenas noches. —Le lanzo una moneda y me alejo, consciente de que le encantaría tirármela de vuelta, pero también seguro de que no lo hará.

Nadie en los barrios bajos de Wicksole osaría hacerlo. Todos me respetan demasiado.

No soy consciente de la cantidad de polvo que tiene este maldito burdel hasta que me despierto y veo las partículas blancas flotando en la luz mañanera que se cuela por la ventana.

No pongo demasiado interés en mantener la delicadeza que sería necesaria para no despertar a mis acompañantes. Salgo de la cama sin importar cuánto suenan los muelles del colchón y camino por la desgastada madera hasta la silla donde anoche estas dos señoritas tiraron mi ropa.

Me visto y, frente al espejo, me aseguro de que no quede una sola arruga en mi traje. Por último, agarro el pañuelo rojo distintivo de los Bane y me lo anudo al cuello con orgullo.

Nuestra región, Salrath, fue de las más devastadas en la Guerra de las Treinta y Siete Lunas, por lo que tuve que ayudar a reconstruir su ciudad del norte, mi ciudad natal. Wicksole me debe tanto como yo a ella. Al igual que la ciudad del sur de la región, Elmbound, se lo debe a Lucrezia Steelson.

Nuestro Dirigente, el encargado de gobernar el continente humano, tiene demasiados problemas como para fijarse en los inconvenientes que causan las bandas criminales de una región como Salrath.

Por eso los mandatarios de cada ciudad tienen tanto poder, el mismísimo Dirigente les concede voz a través de una garganta que no es la suya.

Son los encargados de hacer cumplir la ley, tienen inmunidad y autoridad para hacer lo que les plazca.

En Wicksole tenemos suerte de que el mandatario Gifford sea un inútil.

Bajo las escaleras y, en cuanto llego a la barra, ya hay un vaso de café caliente esperándome.

—No fallas —le digo a la camarera.

Ella me sonríe, pero en las bolsas de sus ojos puedo ver la mella que le ha causado el turno nocturno. Miro a mi alrededor.

—No está aquí —me dice de repente la camarera. La miro disgustado. No es necesario que hable e interrumpa mi momento de paz mañanera—. La chica de anoche, Leah —me aclara—. No está aquí.

—¿Y? —Aprieto los labios y muevo la cabeza en un gesto de indiferencia.

—Pensé que usted... —Se calla cuando ve mi cara—. Da igual. Discúlpeme. —Se aleja mucho más rápido de lo que se ha acercado antes.

No buscaba a Leah. Claro que no. Buscaba evidencias de cualquier cosa que anoche pudiera pasar por alto.

—Eh —llamo a la camarera para que regrese. Aella no le hace mucha gracia—. ¿Habéis recibido la visita del mandatario Gifford estos días?

—Hace un par de noches, señor Leville. Apresó a un cliente y se lo llevó de mala manera. —Solo con la primera pregunta ya aprieta el trapo que tiene entre las manos.

—¿Horace Latimer? —Me enciendo mi primer cigarrillo del día.

—Sí... Pero nosotras no tuvimos nada que ver, señor Leville; siempre le dejamos llevar a cabo sus negocios en el burdel, como está acordado. Pero el mandatario vino preguntando al personal acerca de un asesinato y... Bueno, lo pilló.

—¿Me estás diciendo que fue una coincidencia que el mandatario de Wicksole encontrara a Horace trapicheando?

—Se lo juro por los dos continentes.

No sé por qué, pero la creo.

Maldito Horace...

—¿Has dicho que el mandatario vino preguntando por un asesinato? —le pregunto. La camarera asiente rápidamente—. ¿Por cuál?

—Un hombre apareció muerto hace cuatro o cinco noches en un callejón cerca del puerto.

¿En el puerto? Intento memorizar los últimos encargos de sangre que hemos tenido en la fonda. Ese asesinato no ha sido nuestro. Ningún Bane lo ha cometido... ¿Quién, entonces? Curioso que el mandatario ni siquiera me preguntara por él.

— Hmm. —Le doy una calada al cigarro.

—Por las marcas que había en el cadáver se cree que ha sido alguien de La Brada. —Estas dos últimas palabras las dice mucho más bajito.

Me quedo mirando al suelo, pensativo. Si ha sido alguien de La Brada, los suburbios de Wicksole, hay altas probabilidades de que el asesino sea melhanäi.

Sin decir nada más, me doy media vuelta y salgo de The Silver Siren.

El sol ya está alto cuando Gina cierra la fonda y nos reunimos en el salón principal. Mis compañeros se van sentando en los sillones dispersos que forman un semicírculo.

—¡Horace! —Cornelia abre los brazos y recibe a nuestro amigo, que acaba de llegar de comisaría con un ojo magullado.

Los demás se alegran de verlo de una pieza. Otro compañero le pone un vaso de whisky en la mano y lo acompaña hasta su sillón después de frotarle el escaso pelo cano. Horace se sienta y me mira sin rastro de la sonrisa con la que ha mirado a los demás.

Se hace el silencio en el salón mientras lo miro desde mi sillón, en el centro del semicírculo, frente a todos los demás.

—Theo. —Inclina la cabeza hacia delante, apartando sus ojos, siempre rojos e hinchados, de mí.

—¿Qué tal, Horace? —le pregunto.

En cuanto él escucha mi tono tranquilo, se relaja y sus hombros se acomodan por fin.

—¡Bien! —Ahora sí sonríe—. Esos patanes no han podido más que quitarme los pocos gramos que llevaba encima esa noche. —Se regodea con la sonrisilla de algún compañero, pero cuando devuelve su vista a mí, se le cae el bigote hacia abajo.

Le mantengo la mirada unos segundos, impertérrito, antes de bajarla para buscar algo al final de mi vaso de bourbon y seguir hablando:

—Te lo dije, Horace. Os lo digo siempre a todos: no podemos cometer errores. —Le devuelvo la mirada y casi puedo ver la temblequera de su espalda—. Tenemos el control de Wicksole, no podemos permitir que una noche de trapicheo mal planeada lo arruine todo.

—Lo entiendo. —Traga sin haber bebido nada.

—Te puse en esas calles porque te las conoces mejor que nadie... —No muevo las manos, casi no pestañeo—. ¿Ibas colocado?

—Jefe, yo... —Aprieta la tela de su camisa entre las manos.

—¿Lo ibas? —le corto.

Él está a punto de echarse a llorar como el perrito abandonado que a veces me parece. Horace no tenía nada antes de la guerra, solo una jeringa y alguna esquina meada en la que dormir.

—Lo siento —balbucea.

—Joder, Horace. —Me perfilo los labios con los dedos—. Si vuelves a cometer un error...

—No lo cometeré. —No deja que termine mi amenaza; no se atreve a oírla.

Ladeo ligeramente la cabeza.

—¿Lo entiendes, entonces?

—Lo entiendo. —Asiente demasiadas veces seguidas.

Dejo que mi mirada termine el mensaje por mí y, cuando estoy seguro de que ha calado, me echo hacia atrás y me despatarro en el sillón.

—El morado es tu tono de sombra de ojos ideal, Horace —digo bien alto.

Enseguida todos estamos riendo.

—Cabrón... —susurra él, sonriente, después de haberse llevado un par de golpes en los brazos y un buen silbido de los demás.

Necesito zanjar esto antes de empezar con el orden del día, así que insisto:

—¿Qué ocurrió, Horace? ¿Cómo te pillaron?

—Escuché a un par de clientes hablando del puerto y de unos cargamentos extraños que llegaban cada vez con más frecuencia.

—¿Cargamentos extraños en el puerto?

De inmediato, relaciono la localización con el asesinato del que me he enterado esta misma mañana.

—No llegué a escuchar más. Era mercancía que quieren mantener en secreto. —Se encoge de hombros—. Pensé que los Steelson de Elmbound estarían intentando hacer contrabando en Wicksole y creí importante informarte... Tanto que me despisté en exceso. —Se frota la nuca.

—¿Los chicos de Lucrezia están intentando meter algo en nuestra ciudad?

—¡Habrá que ponerles en su sitio!

Sí, habrá que hacerlo.