CAPÍTULO 2
Theodore
La sangre de mis dedos mancha el cigarrillo que fumo de camino a la fonda. Me entretengo en quitar la suciedad roja bajo mis uñas cuando el sol comienza a salir.
Sacudo la cabeza para ahuyentar los alaridos de Peter, que aún resuenan en mis oídos. Me arrastran a sitios oscuros; aunque, a su vez, son lo único que siento familiar.
Las calles amanecen. El sol comienza a iluminar los gigantes de hierro que decoran el horizonte: puentes, fábricas, máquinas portuarias... Las ventanas de las casas de ladrillo descubierto se encienden poco a poco, y las chimeneas empiezan a echar humo.
El desgastado asfalto de las aceras no ha conseguido filtrar bien el aguacero que cayó anoche y mis zapatos chapotean en los charcos, que crecen cuando algún vehículo pasa por el empedrado y salpica en mi dirección.
Levanto ambas manos y le grito al conductor que acaba de pasar.
—¡Imbécil!
Yo soy capaz de desangrar a una persona sin manchar un solo centímetro de tela de mi traje oscuro de tres piezas, y ese inepto no es capaz de controlar cuatro ruedas con un volante.
Cuando era pequeño, estos cacharros motorizados no andaban por la calle manchando a nadie. No negaré que iluminar bombillas o arrancar vehículos haya hecho la vida más fácil, pero casi echo de menos las velas y los carros tirados por caballos.
—Te han dejado guapo —me dice Elías a modo de saludo cuando aparece por el otro lado de la calle.
Con un golpecito, me mueve el bombín. Tengo que quitármelo para comprobar asqueado que el barro ha salpicado hasta mi cabeza.
—Hace falta poco para eso. —Aprieto el cigarro entre los labios al forzar una sonrisa mientras me sacudo la gabardina de solapas. Él se ríe, maldiciendo a los dos continentes por no tener una confianza como la mía—. Llegas tarde.
—El idiota con el que he quedado también. —Se une a mi paseo y juntos llegamos al edificio más llamativo del final de la calle: The Bane, la fonda más famosa, y a la vez más peligrosa, de todo Wicksole. Mi fonda.
El edificio ocupa toda la anchura entre dos calles paralelas y es lo único que reluce en esta pocilga. Las puertas rojas son una advertencia para todo el que las cruza: una vez dentro, no hay salida.
Esa es la primera y principal norma a la que se acogen los clientes de la fonda, las normas de los Bane.
—El idiota con el que has quedado es tu jefe. —Tiro el cigarrillo, que ya se ha consumido, a un charco.
—¿Tú crees?
Ambos entramos en la fonda.
—Yo no creo nada, lo dicen los papeles de propiedad. Mira, ¿ves? —Señalo un papel amarillento enmarcado entre dos cuadros de la recepción—. Theodore Leville. ¡Vaya! Mi nombre.
—Qué detalle por tu parte tener la documentación al día y tan a mano.
—Me gusta ponerles el trabajo fácil a los inspectores.
Ambos estallamos en risas. No he tenido una inspección desde que un inspector vino y se fue sin lengua tras amenazarme con cerrarlo.
«Trapicheos y actividades delictivas» fueron las palabras exactas que usó.
Al menos sé que cuando le expliqué que había abierto la fonda para controlar el crimen de la ciudad y a quienes están dispuestos a pagar por drogas, alcohol o sangre, me estaba escuchando.
—¡Es culpa vuestra! ¡De vuestras leyes! —le dije antes de sacar el cuchillo—. De nuestro Dirigente. ¡De quienes nos enviaron forzados a una guerra y ahora no saben qué hacer con nosotros!
Me aseguré de que no volviera a hablar mal de ningún veterano.
Algunos soldados han conseguido volver a su vida anterior, a su familia y amigos, a su trabajo y rutina.
.. Otros ni siquiera teníamos nada de eso antes de la guerra, así que dejaron a un puñado de hombres y mujeres jóvenes en cada ciudad sin ningún conocimiento aparte de matar y espiar.
Cualidades que vi perfectas para una unidad, para un equipo dispuesto a sobrevivir.
Porque eso es lo único que hacemos aquí: sobrevivir.
—Theo —me avisa Georgina desde el mostrador—. Ya está en tu despacho. —Habla tan dulce que casi no parece que detrás de la mesa tenga una escopeta.
Miro la hora en el reloj de bolsillo que guardo en el chaleco.
—Estupendo, Gina. Muchas gracias. —Devuelvo el reloj al bolsillo, dejando su cadena de plata a la vista, que cuelga hasta aferrarse a uno de los botones.
Elías y yo caminamos a través de las salas de la planta baja, dejándonos sumergir en los aromas (unos más agradables que otros) y las tensiones en las negociaciones entre mercenarios y clientes.
Desde hace años, lo tengo claro: así huele el crimen, a The Bane. Auna mezcla de sudor, abrillantador barato de madera, lejía y endorfinas.
Las recargadas paredes forradas de madera, junto con los techos oscuros, las columnas, los enormes cuadros al óleo y las lámparas de araña me acompañan mientras subo las escaleras y llego a mi despacho.
—Allá vamos. —Elías se coloca el pañuelo rojo que lleva hecho un guiñapo bajo el cuello de la camisa.
Entonces abro la puerta.
—Buenos días, caballeros —saludo en plural, aunque todos sabemos que los dos policías que escoltan a mi invitado son invisibles para mí.
Solo me interesa él: el mandatario Gifford, el cabrón que se empeña una y otra vez en pillarme con sangre en las manos para colgarme cualquier muerto—. ¿Qué puedo hacer por ustedes?
Elías me sigue hasta el minibar. Ninguno le dedicamos una sola mirada al mandatario. Le damos la espalda mientras nos servimos un vaso de bourbon cada uno.
Después del primer trago, por fin lo miro; ya tiene el bigote torcido.
—Joder, perdone mis modales, ¿le sirvo un vaso? —Elevo el mío.
—Son las ocho de la mañana. —Aún se le tuerce más el bigote.
—¿Eso es un sí o un no?
—No juegues conmigo, Leville. No estoy de humor, y tengo más ganas que nunca de apresar a alguien.
¿Y tiene que ser a mí?
No puedo evitar esbozar una sonrisita torcida tras sentarme en mi sillón y quitarme el sombrero. Muevo el vaso en círculos lentos y me quedo mirando cómo el bourbon se desliza por el cristal.
—¡Eh! —El mandatario chasca los dedos delante de mí para asegurarse de que le estoy escuchando. Lo miro a los ojos y, con un movimiento de la mano, le pido que me explique el motivo de su visita—. Ya sabes por qué estoy aquí.
—No tengo ni idea —le digo en un tono mucho más tranquilo que el suyo.
Podrían ser tantas cosas: el panadero que Elías se cargó la semana pasada en los barrios ricos, la mujer del dueño de la fábrica de ruedas que apareció flotando en el río.
.. Incluso el pobre Peter, degollado hace unas horas en el callejón cerca de su casa.
También el aumento del tráfico de opiáceos en las esquinas más recónditas de la ciudad.
.. Joder, por poder, puede hasta tratarse del robo a la joyería que realizaronCornelia y Winnifred hace un par de días.
Estaría bien que me lo aclarara. No tengo todo el día.
—Ayer pillamos a Horace Latimer trapicheando cerca de The Silver Siren.
¡Bingo! Las drogas.
—¿Y en qué me afecta eso a mí?
El bueno de Horace habrá seguido el protocolo que tenemos establecido para estos casos, y no tendrán nada real contra él. Le darán una pequeña paliza en comisaría y después lo soltarán.
No me preocupa que le partan el labio. Se lo merece por dejarse pillar.
—Horace vive en tu fonda.
—Sigo sin ver la relación.
—Nadie la ve, pero todo el mundo la conoce. —Me señala, como si eso hubiera tenido que sonar amenazante—. Es uno de tus amiguitos.
—No tengo nada que ver con el trabajo de mis huéspedes. —Le pego otro trago al bourbon—. Cada uno tiene su vida, yo solo les doy un techo.
—¡Y una mierda! —El mandatario se levanta y da un golpe en la mesa, que acaba con el bote de tinta de mi pluma derramado sobre mis papeles.
Noto los ojos de Elías clavados en mi nuca, esperando mi orden para partirle la cara. Pero esa orden nunca llega, despego el vaso de mis labios muy lentamente y alargo el trago mientras el mandatario se queda apoyado en mi mesa, inclinando su cuerpo hacia delante.
—Tú eres el cabecilla de todo lo corrupto y criminal que ha sucedido en nuestra ciudad desde la guerra.
Correcto.
—Yo solo intento ganarme la vida de manera honrada con mi negocio de hospedería, mandatario Gifford.
—Me recoloco el pañuelo rojo bajo el cuello de la camisa y abro uno de los cajones de la mesa.
Cojo un pañuelo de tela blanca para ofrecérselo—.
Cuidado con las manchas de tinta en la camisa, son condenadamente difíciles de quitar.
Él lo aparta de un manotazo. Tengo que lanzarle una mirada a Elías para detener su impulso de empujar al mandatario.
—Tu negocio es solo parte del problema, lo que haces dentro de él es la otra —concluye—. La próxima vez, dile a tu gente que no entre borracha a un pub gritando y alardeando del poder de los Bane. —Mueve el entrecejo y la boca en busca de una mueca que me ofenda, pero no la encuentra.
Maldito Horace, tiene que controlar más lo que se mete pasadas las doce de la noche.
—La próxima vez venga con pruebas de verdad y lo atenderé encantado.
A estas alturas, al mandatario se le podría saltar un diente de lo mucho que aprieta la mandíbula.
Con los enormes problemas que suponen ahora mismo el control y seguimiento de los melhanäis, parece que el mandatario se haya obsesionado conmigo y mi fonda. ¿Es que no tiene nada mejor que hacer que seguir el rastro de asesinatos aleatorios de gente deplorable?
Aquí, en The Bane, siempre nos reunimos tras hablar con posibles clientes y decidimos en conjunto qué trabajos aceptar.
Tengo especial interés en limpiar Wicksole de violadores, maltratadores, pederastas y demás calaña.
Vale, de vez en cuando quitamos de en medio a algún pez gordo que es la competencia de otro, pero solo cuando el pago es generoso.
—Te tengo vigilado, Leville. —Da un último golpe a la mesa antes de darse la vuelta.
—No esperaba menos de usted.
Se va dando un portazo, seguido de sus dos sabuesos sin dientes.