Pedimos sangre, no perdón
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CAPÍTULO 1
Theodore
Será gilipollas... , pienso.
No puede evitar devorar con su mirada de grandilocuencia a la mujer que sujeta el cartel de SEGUNDO ASALTO mientras su entrenador le limpia la sangre de la brecha que su oponente le ha abierto en la frente.
Bien. Cuanta más sangre, cuanto más magullado y débil esté, mejor. Más fácil me será contrarrestar los muchos centímetros que me saca de altura y de anchura de brazo.
Aunque nunca he necesitado tirar de músculo para terminar un trabajo.
La fuerza bruta requiere explosividad, rapidez.
.., y yo odio no poder presenciar tranquilo cómo se les apaga la luz en los ojos, cómo se retuercen hasta el último aliento, cómo suplican por motivos que no entienden. Es cuando yo más vivo me siento.
Limpiar esta ciudad de cabrones tiene sus momentos de placer.
Le doy la última calada al cigarrillo, que enciende un pequeño círculo rojo entre el público que grita para animar a un luchador que seguro que se está imaginando follándose a la mujer dentro del ring.
A mí me ahorraría trabajo que su oponente decidiera darle un mal golpe en la garganta o la espalda..., pero, de nuevo: cero emoción. En verdad quiero el mismo desenlace que los patanes que corean su nombre.
—¡Peter! ¡Peter! ¡Peter!
Tan simple como su nombre. Peter da saltitos para no enfriarse, como si sus tendones no fueran a estar rebanados en unas horas.
La campana indica el comienzo del segundo asalto y el cuchitril de mala muerte en el que estamos parece vibrar con los gritos del público cuando Peter lanza el primer puño.
Todos se levantan, se quejan y hacen aspavientos mientras yo me recuesto en el respaldo de la silla, que cruje, para admirar detenidamente cada uno de sus movimientos.
Tengo que concederle eso a Peter: no lo está haciendo mal.
Él es un simple humano y su oponente, un esclavo melhanäi, un goblin.
Yaunque este no parezca estar en uso de todas sus facultades, su verdosa piel es tan dura como la roca y su agilidad al moverse amenaza con matarlo cada vez que posa sus facciones demoníacas en él. Los goblin viven por y para la guerra.
En igualdad de condiciones, los humanos no tenemos nada que hacer contra los melhanäis. Quedó muy claro en la Guerra de las Treinta y Siete Lunas, cuando los humanos nos tuvimos que poner creativos para defender nuestro territorio de esos... bichos después de que rompieran el Tratado de Ilshule.
No entiendo de política, me importa una mierda lo que diga un papel mugriento firmado hace siglos para mantener la paz entre melhanäis y humanos.
Y,aun así, tengo que cerrar los ojos cuando se me aparecen las caras de mis compañeros.
Me miran inertes tras la trinchera, mientras los que quedamos en pie nos vemos obligados a cargar por duodécima vez las escopetas que bien sabemos que servirán de poco contra ellos, contra su magia, que estalla a nuestro alrededor como bombas.
La queja de mi corazón al recordarlo y la hostia que me da en las costillas es lo único que me trae de vuelta al presente.
Vuelvo a mirar al ring con más ganas que nunca de que Peter le parta la cara a su oponente.
Mantengo la mandíbula tensa mientras las papeletas de las apuestas corren de unas manos a otras y Peter da por fin el golpe de gracia, que acaba con el melhanäi en el suelo.
La gran mayoría del público levanta las manos, victoriosa, y alaba a Peter mientras este hace ridículos gestos de orangután subido a una de las cuerdas que delimitan el ring. El goblin no hace más que murmurar aturdido en el suelo.
¿Cuál de estos cabrones lo habrá drogado? Miro a mi alrededor para ver si algún detalle expone a alguien. Para todos estos es bonito vivir en la fantasía que nuestro Dirigente nos ha hecho creer tras ganar la guerra: los humanos somos la raza suprema, podemos con todo y con todos.
Chisto mientras niego con la cabeza, sin que nadie se fije en mí, y salgo del cuchitril para esperar a Peter en la callejuela que sé que tomará de camino a su casa. Mañana Wicksole, mi ciudad, amanecerá con un idiota menos.