16_Presidenta #4
—Y ahora, ¿qué hacemos, Ramla?
Me abro de piernas y comienzo a tocarme mientras intento pensar que estoy con Erin, que este hombre no me ha amenazado con drogarme, violarme y matarme. Solo intento que esto sea cierto, que él vuelva a verme como su torum, que se despiste, deje el arma y me dé una oportunidad de escapar.
El expresidente sigue bebiendo mientras sus dedos me indican que siga mostrándole de qué soy capaz. Y obedezco. Dejo que vea lo bien que me enseñó a ser su prostituta. Él se deleita y se pierde en las vistas, mientras enloquece de necesidad y sonríe con grandes expectativas.
Deja el vaso sobre la barra, también la pistola. Se desnuda y yo siento asco, pero finjo una vez más que este es mi trabajo y que sé muy bien cómo hacerlo.
Se acerca hasta mí y ambos nos acomodamos, porque, aunque han pasado dos años, sé qué espera y qué le gusta. Dejo que se relaje. No es militar ni está fornido, pero es un hombre más grande y robusto que yo: sé que, cuerpo a cuerpo, no tengo nada que hacer.
Giramos sobre la cama y me coloco sobre él, haciéndolo gemir de placer, sometiéndolo bajo mis muslos.
Entonces, agradezco haber traído la cajita y la llave, porque, cuando he dejado la chaqueta, he cogido la llave entre mis dedos.
No es muy grande, pero parece robusta, así que la agarro bien sin que él la vea y le pregunto con gran sensualidad:
—¿Quieres que te enseñe algo nuevo que he aprendido?
Él asiente ardiente de deseo. Entonces, yo acelero el ritmo y él se distrae fruto del placer.
Aprieto la llave con todas mis fuerzas, flexiono el codo derecho y se la clavo en el ojo una y otra vez mientras grito.
La parte de la hoja con las muescas entra y sale de su cuerpo repetidas veces y, aunque es pequeña, consigo herirlo.
Él también chilla, me empuja y se lleva las manos a la cara.
Me levanto de la cama y corro hacia la barra, cojo la pistola y me giro un momento.
Él está acercándose con la cara llena de sangre.
Recuerdo que una vez le dije a Erin que jamás había disparado y él me explicó que era sencillo: sostener el arma con fuerza, apuntar y apretar el gatillo.
Así lo hago. Mis manos se aferran al arma, la dirijo al expresidente y acciono el gatillo varias veces sin pensar en nada más.
¡PUM!
¡PUM!
¡PUM!
El ruido me ensordece. El expresidente está agachado, pero creo que soy una pésima tiradora porque, aunque le sangra un poco el brazo, sigue vivo.
—Serás zorra…
Ambos tardamos un segundo en reaccionar, pero yo soy más rápida. Salgo corriendo hacia la puerta, quito el pestillo, tiro del pomo y la puerta se abre. Veo los pasillos de la mansión y salgo corriendo.
—¡Socorrooo!
El expresidente llega por detrás y me atrapa, bloquea mi boca e intenta tirar de mí nuevamente hacia el interior de la habitación, pero yo pataleo y hago disparar el arma. Puede que no escuchen mi voz, pero un disparo sí que se oirá en toda la mansión y alertará a la seguridad.
Me siento como un trozo de tejido entre sus brazos, una tela frágil a la que moldear sin esfuerzo.
Él me quita el arma y me introduce de nuevo en la habitación.
Me lanza con fuerza hacia el suelo y me golpeo la cabeza contra un mueble.
Cierra la puerta, echa el pestillo, me apunta con la pistola y veo que se pone muy nervioso.
—Esto no tenía que pasar así, Ramla.
Lo miro desde el suelo y observo que la llave aún está clavada en su ojo derecho. Le sangra mucho y cae de rodillas, mientras sigue apuntándome con el arma.
—Deja que me vaya —le ruego, porque creo que está valorando la opción de matarme de forma inminente y, luego, quitarse la vida.
Va a decir algo, pero oímos golpes en la puerta. La seguridad ha llegado hasta aquí, quizá alertados por el disparo o porque nos habrán visto por las cámaras.
—No tardarán mucho en entrar —me dice con el rostro roto por la tristeza y la frustración, mientras sostiene la pistola con una mano y, con la otra, se toca el ojo.
—Vive —le digo—. El juez tendrá en cuenta tu colaboración, aún no has matado a nadie… Serán unos años en la cárcel, pero podrás ver crecer a tu hija. Te aseguro que me ocuparé de que no le falte de nada, pero suelta la pistola.
Él se tambalea un poco. La puerta comienza a dar sacudidas. ¿Es posible que estén intentando atravesarla con una radial? Parece que, en cualquier momento, se va a venir abajo. Ambos la miramos y lo veo ponerse nervioso.
Niega con la cabeza y me mira. No, va a matarme, lo veo en sus ojos. Apunta y lloro.
—¡Erin! —grito—. ¡Socorro!
La desesperación me posee y pienso rápidamente si podría ponerme en pie y esconderme hasta que abran la puerta, pero sé que me mataría antes de que eso pasase. El expresidente sí está entrenado en el manejo de armas de fuego.
La puerta se tambalea y creo que consiguen abrirla un poco, porque escuchamos el ruido del exterior.
—¡Ramla! ¿Estás bien? —oigo gritar a Erin.
—¡Socorro! —exclamo una vez más.
Entonces, el expresidente me mira, apunta y dispara.