17_El contenido de la caja
el contenido de la caja
Risas, escucho risas. El hombre que fue mi opresor, el liberado al que servía como torum, el que me convirtió en una esclava sexual, él se está riendo mientras mira la pistola que sostiene entre sus brazos después de haberme disparado.
Estoy viva porque no le quedan balas —o porque se le ha atascado el arma, ¡qué sé yo!—, pero ha apretado el gatillo, ha intentado matarme.
—¡Ramla! —grita Erin desesperado y, pronto, se le suma la voz de mi madre.
En la puerta hay mucho movimiento y sé que solo es cuestión de tiempo que entren y todo esto acabe. El expresidente también lo sabe y se ríe con amargura.
Me levanto y noto que me duele todo el cuerpo.
Doy unos pasos muy lentos hasta la barra mientras él ni siquiera me mira.
Cojo el vaso con la droga que pretendía hacerme tragar y me acerco al expresidente.
Lo miro y él a mí. Sé que debería quitar el pestillo y abrir la puerta para que mis salvadores entren, pero estoy enfurecida y quiero hacer que él experimente por un momento una pizca del miedo y el dolor que ha hecho sentir a otras personas.
Le quito el arma lentamente y él se deja, sabe que este es su fin. Podría matarme con sus manos, pero no es su estilo; sin la pistola, no se atreverá a asesinarme. Ahora, le acerco el vaso a sus manos y deja de reírse. Me mira desconcertado.
—Bébetelo, es por tu bien —le ordeno, pero niega con la cabeza sutilmente y veo su rostro abatido mientras escuchamos golpes de desesperación por parte de mi madre y de Erin, que están a punto de traspasar la puerta—. ¡Bébetelo! —Y le llevo el vaso a la boca, forzándole a hacerme caso.
El expresidente ingiere la droga, le quito el vaso y le hago una señal para que se tumbe boca abajo, desnudo como está.
Lo miro desde la altura, yo también desnuda, y pienso en todo lo que podría hacerle para que sufriese las mismas vejaciones que él ha provocado. Quiero hacerlo y mis ojos buscan rápidamente objetos contundentes y grandes con los que forzarlo, pero… no puedo, yo no soy así.
Estampo el vaso contra el suelo mientras grito de rabia.
El cristal se hace añicos y él me atrapa un tobillo.
Me agacho rápidamente y le quito la mano, pero me agarra la muñeca, se recoloca un poco sobre el suelo y, con la otra mano, alcanza un trozo de cristal.
¿Qué pretende? Intento soltarme mientras sigo escuchando a mi madre y a Erin llamarme.
Ya casi han tirado la puerta abajo y, al final, voy a morir por haber sido una estúpida incapaz de matar a este despojo humano.
Un pequeño movimiento y puede cortar mis tobillos o mis muñecas.
Moriré desangrada en minutos… ¿Llegará Erin a tiempo?
El expresidente pone el cristal entre mis manos y me mira.
—Lo siento, Ramla, no he sido buena persona.
Sus palabras me descolocan y, no sé si es la droga que ya le está haciendo efecto o que, de repente, ante la expectativa de que iba a violarlo, se ha dado cuenta de las atrocidades que ha cometido.
Sea como fuere, aún tiene fuerza y la usa para obligar a mis dedos a sostener el cristal y desplazarlo hasta su garganta.
—No —digo, siendo consciente de lo que pretende.
Él se tumba boca arriba en el suelo y tira de mí.
Opongo resistencia, pero no tanta como debería.
Mis dedos sujetan el cristal debido a la presión que él ejerce sobre mi mano.
El vidrio se apoya en su garganta y rompe la piel, atravesándola con un corte demasiado profundo.
La sangre sale hacia todas partes. Aún no me suelta y termina el trabajo.
Consigue rajar su garganta unos cuantos centímetros hasta quedarse sin fuerzas y se desprende de mí.
Miro sus ojos, que se van vaciando de vida, mientras suelto el cristal empapado en sangre. Él muere y yo lloro.
—¡Ramla!
—Mi niña, ¿estás bien?
Estoy de rodillas, desnuda, con salpicaduras de sangre en la cara, con las manos totalmente manchadas de ese líquido rojo y los ojos llenos de lágrimas. Creo que estoy temblando y no sé si me siento aliviada, asustada o conmocionada.
La seguridad de la mansión ha traspasado la puerta junto a mi madre y Erin, que están aquí, junto a mí. Mi pareja me rodea con sus brazos rápidamente y me inspecciona para ver si estoy herida.
Observa el lugar, como mi madre. Nos ven a ambos desnudos, el vaso roto, la habitación sexual, la pistola y, por último, el ojo lleno de sangre del presidente atravesado con la llave que me regaló.
Mi madre trae una tela y me cubre con ella, y después, ayuda a Erin a ponerme en pie.
—Mi niña, ¿te ha herido? —pregunta con mucho miedo, y es que es la primera vez que mi madre me ve así, tan vulnerable.
No puedo contestar; en su lugar, me desvanezco un momento y Erin me acoge en sus brazos.
—Vamos, salgamos de aquí —dice mientras me arrastra lejos del cuerpo sin vida del expresidente.
—Amanda… —balbuceo—. Ha sido Amanda…
Erin da órdenes al jefe de seguridad para que la busquen, a la vez que mi madre pide una ambulancia.
Salimos al pasillo y alguien me trae una silla y un vaso de agua. Erin me sienta y veo su rostro roto de dolor.
—No debí dejarte sola, Ramla, lo siento.
—Estoy bien —le miento porque, aunque físicamente esté ilesa, he llegado a creer que iba a morir de forma horrible, sola y olvidada en esa habitación—, pero la llave que me regalaste está en su ojo… Me ha salvado la vida.
Erin sonríe un poco.
—Entonces, hice bien pidiéndote que la conservaras tanto tiempo.
Yo también sonrío y recuerdo algo.
—Erin, la cajita, está en la chaqueta, se ha quedado dentro de la habitación, de… —mi voz se rompe y añado—: Quema todo lo que hay ahí dentro, debí hacerlo antes, pero no quería enfrentarme a los recuerdos…
—Eh, Ramla, todo va a salir bien.
Asiento y lo abrazo. Él me sostiene con fuerza y sé que siempre estaremos cuidando el uno del otro.
No era necesario que fuésemos al hospital, pero mi madre se ha empeñado y estoy en la camilla esperando a que me den el alta. Casi ha amanecido y me siento agotada, solo quiero volver a casa. No tengo nada fracturado y mi salud es buena.
Mi madre me tiene agarrada la mano y no la suelta, aunque esté sudando. Erin ha salido un segundo a comprobar qué ha pasado con Amanda.
—Mamá —le digo y ella me mira preocupada—, el expresidente y Amanda creían que iba a ordenar matarlos, porque Luciano Borges murió y pensaron que yo te lo pedí. Por eso vinieron a por mí.
Es una mujer que impone, no solo por su belleza, su tez oscura y sus ojos azules, sino por su cuerpo atlético, su anchura y su altura. Pero ahora se viene abajo y busca una silla para no caerse.
—Lo siento, mi niña, ¿podrás perdonarme? Lo… siento…
Mira al suelo y suelta mi mano. No llora, pero sé que porque se acostumbró a ser una persona dura.
—No es culpa tuya, no estoy enfadada contigo, mamá.
Ella levanta la mirada y su rostro muestra un gran enfado.
—Deberías, Ramla. Ese degenerado y lo que te ha hecho… Iba a ser el siguiente, lo reconozco, pero apareció muerto y creí que Erin se me había adelantado.
—¿Erin? —pregunto y ella no dice nada más al respecto.
Yo suspiro y añado—: Mamá, te quiero, pero ahora soy la presidenta.
Ambas hemos hecho cosas de dudosa legalidad, pero estoy aquí, al frente de la Península.
Tienes que dejar que haga las cosas por la vía legal o acabaremos convirtiéndonos en monstruos similares a los que juramos eliminar.
Ella sonríe un poco y vuelve a agarrarme la mano. Parece que tiene mejor color.
—Tienes razón, mi niña, pero no es fácil. El día que te perdí, me perdí a mí misma, y me convertí en una mujer llena de rencor y dolor. No me odies, por favor…
—Lo entiendo, mamá —le digo mientras aprieto nuestras manos unidas—.
Yo también he vivido con ese rencor… —Miro hacia los dedos entrelazados de ambas porque soy incapaz de alzar mi cara, y me sincero—: El expresidente pretendía violarme una vez más y matarme —le cuento, porque aún no le he dicho a nadie lo que he vivido estas horas atrás—.
Tuve que engañarlo y seducirlo… Me sentí tan sucia que cada segundo lo odiaba más.
Conseguí salir para pedir ayuda, pero él me agarró y disparó.
La pistola falló y, entonces, se rindió…
Yo… podría haber abierto la puerta en el último momento, él se había entregado, pero le hice beber la droga que había traído para mí, la que utilizó aquella noche con Luciano Borges.
—Ella sabe de lo que hablo—. Mamá, pensé en hacerle lo mismo que él había hecho a sus torums. Le hice tumbarse en el suelo, estaba desnudo y, aunque yo no iba a disfrutar de forma sexual, quería que sufriese, pero… No pude, yo no soy así y tú tampoco.
Levanto la cabeza para mirar a mi madre, pero es a Erin a quien veo frente a mí con el rostro descompuesto. Oh, no, lo ha escuchado todo.
Mi madre nos mira a ambos, se pone en pie, me da un apretón fuerte de manos y me besa en la frente.
—A veces, nos convertimos en monstruos, Ramla, porque es la única forma que tenemos de sobrevivir, mi niña, pero tienes razón, tú no eres así y yo tampoco. Los que nos forzaron a ser esas personas ya no están… —Me suelta la mano, le dedica un saludo silencioso a Erin y se marcha de la habitación.
Hay un incómodo silencio porque no sé qué ha escuchado de mi relato. Ha sido fácil sincerarme con mi madre, pero no con Erin, quien ha sido torum como yo y ha sufrido los mismos abusos. A él no iba a contarle nada.
—¿Se sabe algo de Amanda? —pregunto para desviar la atención.
Erin asiente y su cabello pelirrojo se descoloca, tapándole parte de su rostro pecoso y sus ojos azules. Se lo recoloca y se acerca hasta la cama.
—Ya la han arrestado, no te preocupes, Ramla.
Levanto la sábana del hospital y me siento sobre la camilla. Él me mira sorprendido y yo le explico:
—Vamos, Erin, estoy bien, van a darme el alta pronto, solo me estoy sentando.
Se ubica a mi lado, junto a la cama y coge mi mano. La abre y deja sobre ella la llave que abre esa caja misteriosa. La llave que me ha salvado la vida y que ha terminado en el ojo del expresidente. La miro y no veo rastros de sangre.
—¿Estás bien, Ramla? Y no me refiero a físicamente.
Le miro, abro mucho los ojos y finjo una sonrisa.
—Creo que sí… ¿Qué has oído de lo que le he contado a mi madre? —pregunto con algo de vergüenza.
—No pretendía espiaros, pero lo he escuchado todo.
Cierro la mano donde está la llave.
—¿Y tú? ¿Estás bien, Erin?
Lleva su mano al bolsillo y saca la cajita, esa caja misteriosa con aspecto viejo e infantil. Con la mano libre, abre mis dedos y veo la llave. Él mira los objetos lentamente y, luego, me mira a mí.
—No, Ramla, no estoy bien… Cuando he llegado a la habitación y he visto que no estabas…
Alguien había hecho saltar la alarma de la mansión para sacarme de allí.
Me he vuelto loco, Ramla. Y cuando me han llamado y he visto tus imágenes de las cámaras de seguridad, saliendo desnuda de la habitación donde ese tío…
—No puede continuar y lo veo apretar el rostro para endurecerse—.
Sabes que no llevo nada bien que hagan daño a las personas que amo, que siempre sentiré que es mi deber protegerte.
—Sí, Erin, lo sé, tu madre no cuidó de ti cuando eras niño y te obligas a ser mejor que ella, pero ya lo eres. Siempre lo has sido. Y yo lo único que necesito es tu amor… Te quiero, Erin.
Él me mira y veo ese destello en sus ojos, ese rostro cargado de orgullo, orgullo de mí, de la chica del té que se convirtió en presidenta.
Nuestras bocas se encuentran como dos imanes que se atraen y no pueden evitarlo. Es un roce casto, cariñoso y sutil, pero necesario.
Ahora nos separamos y sonreímos. Sus dedos se colocan sobre los míos e introducimos la llave en la cajita, pero antes de hacerla girar para abrirla, me dice:
—Tenía cinco años cuando mi padre me dio la paliza más grande de mi vida.
—Lo miro con el corazón roto—. Me rompió un brazo y dos costillas.
En la sala de urgencias, mi madre me dejó solo un momento y vi a una niña con sus padres.
La pequeña lloraba porque se había hecho daño en el pie jugando con sus amigos y la consolaban de una forma tan cariñosa que sentí celos.
Mi padre me había dejado en ese estado y mi madre me había dicho que no podía contar la verdad a nadie.
En un momento dado, la madre se percató de que estaba solo y llorando de dolor, se me acercó y me entregó esto.
—Erin presiona sus dedos y, juntos, hacemos girar la llave.
Dentro encuentro un anillo de plástico de color azul con un corazón.
Un anillo de juguete, ciertamente infantil—.
Me dijo que era un anillo mágico que siempre me protegería de las cosas malas y del dolor.
Miré al frente y vi a la niña sonriéndome y enseñándome el suyo, ella tenía uno igual.
Esa mujer me dijo que el corazón era mágico y crecería siempre que me rodease de personas que me quisiesen y, cuanto más grande, más mágico sería y más protección me daría.
Saco el anillo y Erin lo atrapa rápidamente, se pone de rodillas frente a mí y toma un dedo de mi mano.
—Este anillo fue el amuleto al que me aferré para seguir adelante.
El corazón nunca creció y me juré a mí mismo que, algún día, cuando encontrase a la mujer de mi vida, se lo entregaría para que formásemos una familia tan bonita como la de la mujer que me lo regaló.
Esa promesa la hice en un hospital, después de un acontecimiento triste, un día justo como hoy…
Tengo lágrimas en los ojos.
—Erin, qué historia más bonita y más triste…
Me sonríe suavemente y coloca el anillo en mi dedo.
—Ramla, te entrego este anillo, mi bien material más preciado, para que te cuide durante toda tu vida… ¿Quieres casarte conmigo y formar esa bonita familia que siempre he deseado?
Abro los ojos tanto que creo que se me van a salir de las cuencas.
—Sí, quiero.
Erin se emociona y se lanza a besarme sin poder evitarlo.
Nos revolcamos en la cama entre manos, besos y caricias.
Nos da igual que estemos en un hospital, porque nos sentimos vivos y nos queremos.
Lo amo y me ama. Nos conocimos en unas extrañas circunstancias y de una extraña forma, pero no cambiaría nada de lo que he vivido si eso significase no haberle conocido.
Lo beso mientras celebro que soy mucho más que la chica del té.