Peccatorum, más que la chica del té 16_Presidenta #3
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16_Presidenta #3

—Puede que no lo hayas hecho oficial para proteger a tu madre, pero ambos sabemos que era la líder de los antiguos. Te recuerdo que tú planeaste un encuentro entre ambos y así nos conocimos. Trató de ocultar su rostro, pero, al final, lo descubrí.

—¿Ella mató a Luciano?

Asiente. Deja de agitar el vaso, coloca la pistola en la barra y saca algo de su bolsillo. Parece una especie de droga, que echa en el alcohol. Luego, coge el arma y se aleja de la barra.

—Ramla, bébete eso.

Quiere drogarme, como aquella noche en la que Luciano me golpeó solo para excitarse.

Recuerdo que soy la presidenta, que le convencí para que me entregase el puesto, que convencí a los paters para que instauraran la igualdad y que he convencido a millones de personas para que me voten. No, no sé defensa personal, pero puedo salir de aquí usando esta cabecita mía.

—Digamos que me bebo eso —comienzo—; luego, quedo a tu merced, supongo que porque quieres disfrutar de mi cuerpo y ambos sabemos que no te gusta que las chicas se te resistan porque, en el fondo, no quieres sentirte un violador, aunque lo seas.

—Su gesto se agria y sé que he dado en el clavo.

Lo conozco bien—. Vale, ¿y después de eso…

qué? ¿Vas a matarme? ¿Y qué conseguirás entonces?

Mi madre irá a por ti o Erin o toda la Península…

No contesta y vuelve a usar sus dedos para señalarme la bebida. Lo reconozco, quiero levantarme y hacerle caso, porque me aterra enfadarlo y que me mate, pero debo ser más lista que él.

—No voy a beberme eso y tú no vas a matarme —le digo, aunque ni yo me lo creo.

El gesto del expresidente denota que lo estoy enfadando, como cuando una torum decía «rojo» y quería gritar, pero se contenía por ser el presidente.

—Creo que no lo entiendes, Ramla. Todo tu equipo de seguridad, incluido Erin, te están buscando fuera de la mansión.

Nadie espera que la presidenta esté retenida en su propia casa.

Este lugar está insonorizado y hay comida y bebida.

—Mira hacia la puerta por la que hemos entrado y me doy cuenta de que ha traído una bolsa consigo.

Así que viene preparado para pasar aquí el tiempo que haga falta—.

Todo el mundo cree que estoy muerto, incluidas mi mujer y mi hija, a las que el seguro ha indemnizado con una gran cantidad de dinero.

En el mejor de los casos, tardarán meses en encontrar nuestros cuerpos…

—dice mientras se desplaza hacia la puerta principal y echa el cerrojo, de manera que sea imposible abrir desde fuera—.

Sabía que me matarías para no cumplir el contrato y darme la vicepresidencia y tampoco es que nadie en este mundo me quiera demasiado.

El violador, el opresor de Ramla Rodríguez…

Estar muerto es lo mejor que puedo hacerme a mí mismo y a mi familia, así que este es mi suicidio, Ramla.

Pero no me iré solo… Así que, como te dije una vez, bébete esto, es por tu bien.

Miro el vaso y contraigo la cara para no llorar.

¿Esto está pasando de verdad? ¿Va a drogarme solo para que no me resista?

¿Luego hará cualquier cosa que desee y, por último, me matará y se suicidará?

Y mientras tanto, Erin y mi madre se volverán locos buscándome fuera de la mansión.

¿Cuánto tarda un cadáver en descomponerse?

¿Cuánto tiempo les llevará encontrar nuestros cuerpos? Tiemblo solo de pensarlo.

—Debajo de la chaqueta voy desnuda, como me has pedido —le digo, aunque no sé por qué. Supongo que para fingir que soy su torum una vez más. Solo tengo que mantenerme limpia de alcohol y drogas y, en cuanto vea el momento, huir por cualquiera de las dos puertas.

Se ríe un poco.

—Ha sido Amanda quien ha hackeado el móvil de tu novio para escribirte. ¿Te ha pedido que vengas sin ropa? —Ahora me hace una señal para que le muestre mi cuerpo mientras se mantiene de pie, lejos de la cama y de la barra.

No deseo esto, pero no estoy dispuesta a morir.

Así pues, me quito lentamente la chaqueta y dejo que vea que digo la verdad.

Apoyo la prenda con cuidado sobre la cama e intento no parecer asustada.

Lo miro y sé que le gusta lo que ve. Él siempre ha preferido que las chicas colaboremos.

Le gusta llevar el control, es cierto, pero no disfruta si una mujer se niega ni forzándola.

A él le gusta sentir que lo desean, que es especial.

—No desmonté esta habitación porque a veces me gusta subir aquí —comienzo, intentando sonar creíble.

Él se desplaza hasta la barra y se sienta. Aparta el vaso con la droga y se sirve una copa. Bebe y me hace un gesto con los dedos.

—Sigue contándome, Ramla.

—No te voy a engañar, tú no eres joven ni tan atractivo como otros chicos con los que he estado —le digo, porque tengo muy claro que no es idiota, tengo que hacer creíble la mentira—, pero nadie me ha follado nunca como tú —escupo lentamente y siento asco de mí misma, pero funciona, porque abre la boca de satisfacción y sé que se está excitando solo de oírme hablar.