16_Presidenta #2
«Ven a la piscina de la parte de atrás… Deja el móvil y… la ropa… No te van a hacer falta… Te quiero, Ramla».
Es un mensaje de Erin y no puedo evitar sonreír. Así que, efectivamente, tiene algún tipo de sorpresa preparada.
Lo reconozco, me pongo nerviosa como una colegiala porque tengo demasiadas ganas de él.
Me quito el vestido y la ropa interior, pero me dejo los tacones puestos.
Busco una chaqueta elegante que me cubra hasta las rodillas.
Cualquiera que me vea por la mansión, pensará que voy vestida, pero debajo no llevo nada.
Dejo el móvil y me dispongo a salir de la habitación, pero, en el último momento, cojo la cajita y la llave y la meto en el bolsillo de la chaqueta. Espero poder convencerlo de que me deje abrirla de una vez, la intriga puede conmigo.
Salgo de la mansión y todo está tranquilo.
Es de noche y no hay gente merodeando por aquí, ya que no tengo torum ni personal innecesario a mi servicio y es hora de que cada uno esté con su familia, salvo los guardias de seguridad, pero ellos no vagan por los pasillos.
Lo agradezco porque, aunque llevo la chaqueta, siento algo de vergüenza por ir desnuda.
La parte de atrás de la mansión es la zona donde viví cuando era una torum. No hay mucha luz porque ahora está deshabitada, pero yo recuerdo perfectamente dónde están los interruptores, así que me abro camino hasta llegar a la piscina.
La noche es algo fresca, especialmente, teniendo en cuenta que no llevo ropa interior.
Busco a Erin o algún rincón bonito que haya adornado, pero no veo nada.
Los jardines son relativamente grandes, así que me doy un paseo, pero no lo encuentro.
Entonces, me pongo algo nerviosa. De repente, pienso en la mala idea que ha sido dejar el móvil en la habitación.
¿Para qué me ha pedido algo así? Lo primero que he pensado es que no quería que nadie nos molestase por trabajo, pero…
Erin jamás me ha pedido algo semejante. Así pues, me dirijo a toda prisa al interior del edificio, pero una voz de mujer me ordena:
—¡Detente! Pon las manos en alto, detrás de la cabeza, Ramla. Te estoy apuntando con una pistola.
Me paro y el corazón me palpita. El tono de voz me suena, pero la oradora está a mi espalda y no puedo verla. Hago lo que me ordena, pero mi mirada se centra en la cristalera que tengo frente a mí, en ella veo el reflejo de Amanda sosteniendo una pistola. ¡Es la res del expresidente!
Me giro sin pensarlo.
—¿Amanda? ¿Qué estás haciendo?
La despedí al día siguiente de convertirme en vicepresidenta.
La verdad es que jamás he vuelto a pensar en ella.
Esta mujer le quitó la virginidad a Erin, aunque podría ser su madre porque le dobla la edad.
Esta señora conocía todas las perversiones, legales e ilegales, que el anterior presidente cometía con los torums y nunca hizo nada por detenerlas.
Sin embargo, no entiendo por qué está en mi casa apuntándome con una pistola en mitad de la noche.
—Haz exactamente lo que te diga o te mataré —me amenaza con una voz dura mientras se recoloca las gafas con la mano que tiene libre. Para ser una psicóloga, nunca estuvo demasiado bien de la cabeza.
—Si disparas, toda la seguridad de la mansión se te echará encima —le advierto. ¿Qué pretende? ¿Tanto me odia? Yo no le he hecho nada.
—¿Cómo crees que he llegado hasta aquí, Ramla? —pregunta como si pensase que soy idiota—. Si te mato, para cuando lleguen, ya me habré marchado de la misma manera que he entrado. Ahora, camina hacia tu derecha y abre la trampilla de la depuradora de la piscina.
Intento procesar la información. Ella me ha escrito ese mensaje para atraerme hasta aquí, no Erin, pero, ¿cómo ha conseguido su móvil?
Hago lo que me dice, porque estoy muerta de miedo. Me acerco a la depuradora, abro la puerta que hay en el suelo y miro a Amanda.
—¿Por qué haces esto? —le pregunto muy enfadada—. Te despedí y te indemnicé por ello cuando lo que te merecías era ir a la cárcel.
Ella chista con asco y apunta con el arma en dirección a la depuradora, haciéndome un gesto para que me meta. Doy un paso y bajo por las escaleras, pero mi cabeza queda fuera y la miro.
—Me has destrozado la vida, Ramla —me explica con acritud—.
La indemnización solo me dio para vivir un par de meses.
Ya nadie contrata a una res, porque casi nadie tiene un torum.
Todo el mundo sabe quién soy y me odian, era tu res, tu opresora…
Pasé mucho tiempo sin entender cómo habías convencido al presidente para que te pusiese el cargo en bandeja…
Así que lo busqué, vivía en una bonita y cara mansión, alejado del mundo.
No le costó mucho sincerarse con una vieja amiga y me contó que tú le pagabas todos los meses una gran cantidad de dinero…
Ella hace una pausa y veo cómo la rabia la carcome. Sí, tuve que llegar a ese acuerdo con el anterior presidente. No me gusta, pero entonces era la única opción.
—¿Quieres dinero, Amanda? —pregunto con la esperanza de poner fin a esta locura o de hacer tiempo para que Erin llegue a la habitación y descubra que he desaparecido. Tengo la sensación de que, si me termino de meter en la depuradora, esto va a terminar muy mal para mí.
—Sí… Pero también quiero sobrevivir.
—¿Sobrevivir? —pregunto sin entender a qué se refiere.
A ella le molesta mi pregunta y arruga sus labios.
—Siempre supiste mentir muy bien, Ramla, lo reconozco.
—Desplaza una de sus manos a un móvil que saca de su bolsillo.
Veo cómo teclea y me pongo muy nerviosa.
Sí, me convertí en mucho más que la chica del té, pero he aprendido a presidir la Península, no a salir ilesa de una situación como esta.
Me mira y añade—: Lo siento, Ramla, pero no me has dejado otra opción, no estaba dispuesta a esperar sentada a que me matases.
¿Matarla? ¿De qué habla? Voy a decir algo, cuando siento que caigo hacia abajo.
Alguien tira de mis piernas. La puerta de la depuradora se cierra y una silueta me atrapa, me pone una mano en la boca y me inmoviliza para que no huya.
Me mantiene de espaldas contra su cuerpo, así que puedo decir que es un hombre por su envergadura.
No me habla y tira de mí hacia atrás. Hay poca luz, pero la suficiente como para ver que la depuradora da a un pasillo angosto. ¿Un pasadizo?
Intento deshacerme del agresor, pero no lo consigo y él me enseña la pistola que apunta contra mi sien.
Luego, sigue llevándome donde quiera que vayamos y ya no me resisto por miedo a morir.
En lo único que pienso es en que debería haberle pedido a mi madre o a Erin que me enseñasen algo de defensa personal, pero he pasado estos años aprendiendo a dirigir una península que estaba sumergida en el caos y a ser la mater de las Islas para apoyar la igualdad de ambos sexos.
No he tenido tiempo para la defensa personal y eso va a hacer que esto acabe mal para mí.
Subimos por unas escaleras y me pregunto a dónde vamos. ¿Fuera de la mansión? ¿Así se ha colado Amanda? ¿Por pasadizos secretos?
Entonces, mi captor se detiene y veo una puerta delante de nosotros.
Saca una llave y la abre. Me empuja con fuerza y caigo en el suelo de una habitación.
Miro hacia delante y veo una barra de bar, camas, sofás, juguetes sexuales, asientos para mantener relaciones…
Me paso la lengua por los labios, totalmente de los nervios.
Es la antigua habitación del presidente.
Ha permanecido cerrada todos estos años.
No he dado orden de desmantelarla porque no he sido capaz de volver a hablar con Erin de todo esto…
He hecho borrón y cuenta nueva y he olvidado que una vez fui una esclava sexual.
Me giro lentamente desde el suelo y lo veo: cabello corto, mediana edad, cara atractiva desprovista de barba con nariz picuda, ojos oscuros y un cuerpo no musculado con una barriga poco prominente.
Es el expresidente de la Península, pero él no puede estar aquí porque murió, salió en las noticias y mi madre me ha dado a entender que fue ella.
Me apunta con la pistola, cierra la puerta y mira al horizonte. Luego, dibuja una sonrisa y me indica con sus dedos que me levante y me dirija hacia la gran cama. No le hago caso porque estoy paralizada por el terror.
—Ramla Rodríguez —me susurra con cierto toque perverso—, no te hagas la inocente, porque, si has conservado esta habitación, es porque, en el fondo, echabas de menos que te follase.
—Tú… —balbuceo desde el suelo mientras abro mucho los ojos, atónita— habías muerto…
Da un paso hacia delante y la distancia entre nosotros se acorta. Me apunta con la pistola y me indica nuevamente con los dedos que me acerque a la cama. Ahora sí que le hago caso y me siento sobre el mullido colchón.
El expresidente se dirige a la barra de bar, busca un vaso, abre el congelador y se sirve unos hielos que llevarán allí un par de años. Luego, abre una botella de ginebra y se sirve una copa mientras se sienta en uno de los taburetes altos junto a la barra.
—Sí, fingí mi muerte. Luciano Borges murió en extrañas circunstancias, así que contraté un investigador privado con el dinero que tú me pagabas todos los meses. Supongo que ya sabes lo que descubrió.
Me quedo paralizada. Oh, no… ¿Cree que yo ordené su muerte? Entonces, las palabras de Amanda vienen a mi mente. Ella ha dejado caer que hacía esto para sobrevivir. ¿Ambos creen que yo iba a matarlos?
—Yo no tuve nada que ver con su fallecimiento —le digo, aunque mi voz ha sonado a súplica.
—¿Ah, no? —dice mientras agita el vaso, los hielos chocan y hacen sonar el cristal. Ese es el sonido de mis pesadillas.
—Yo no ordené su muerte ni tampoco hubiera ordenado la tuya —le aclaro una vez más, pero él sigue agitando el vaso mientras me mira.