16_Presidenta
presidenta
Han pasado dos años demasiado rápidos. Ha sido duro ser la presidenta en funciones de la Península y mater de los bendecidos en las Islas, pero todo ha cambiado a mejor y, supongo que, por eso, he ganado las elecciones.
Ayer, los habitantes de la Península fueron a las urnas y votaron.
Y me votaron a mí. Ahora soy, oficialmente, la presidenta.
Abrazo a Helen, la hermana del jefe de seguridad de la que ahora es mi mansión, la casa de la presidenta.
Ella es menos cercana que yo y pronto deshace la muestra de cariño y se pone en pie con la elegancia que la caracteriza.
Yo la imito. Estamos en una de las salas de reuniones poniéndonos al día sobre las exbendecidas.
Ellas han aportado muchas ideas para cambiar las dinámicas de los bendecidos y que, quien desee creer en Dios y vivir en las Islas con su IPAS activado, lo haga libremente sin miedo a sufrir maltrato o desigualdad.
Helen se da media vuelta para irse, pero se detiene en el último momento.
—Por cierto, hay rumores que dicen que los paters de la lista que hicimos juntas no están encarcelados, sino muertos.
Abro los ojos y finjo una sonrisa. Sí, hace dos años que los envenené con el té, pero el pater Gerónimo no filtró esa información a la prensa. En su lugar, dijo que habían sido encarcelados y yo nunca he tenido valor para contar la verdad… Soy una asesina.
—Rumores —digo sin darle más importancia.
Ella se alisa su elegante falda.
—Prefiero pensar que el pater Augustus está muerto y que fue mi amiga quien me vengó por… haberme violado.
Es la primera vez que habla tan claramente de lo que le hizo. Ambas nos miramos y ella se va de la sala con una sonrisa. No puedo reconocer lo que hice o perdería la presidencia, tampoco tenía el valor para decírselo, pero me alegra que mi amiga lo haya adivinado.
Cuando la puerta se cierra, mi móvil suena.
En él aparece una foto de Alaska con su novia.
Salen disfrazadas de rockeras de los noventa en una fiesta, creo que están celebrando mi victoria.
Por fin, Alaska tiene su dinero para costearse el tratamiento para aplacar los efectos nocivos del albinismo y no tiene que ser torum para ello, ya que el presidente despidió e indemnizó a sus torums antes de abandonar el cargo.
También tengo una foto del pater Gerónimo con su madre y su hermana en su nueva casa.
La envía con un mensaje felicitándome por haber ganado las elecciones.
Las cosas han cambiado y esa familia, devota de Dios y que cree que el mundo está mejor con IPAS, por fin puede vivir a salvo y segura en las Islas, donde, paso a paso, se va construyendo un entorno de igualdad, pero eso sí, sin sexo.
Si es lo que desean, me alegro por ellos.
Y, por último, leo un mensaje de Fen: «Estaba claro que ibas a ganar, princesita, obviamente. Luc te manda saludos. A ver si haces una fiesta para celebrarlo con tus amigos».
Me río y no puedo evitar echar de menos a quienes fueron mis compañeros torums en una época que parece ya demasiado lejana. Les contesto a todos.
Alguien llama a la puerta de la sala de reuniones y le hago pasar.
Una mujer negra, con músculos y unos preciosos ojos azules llega hasta mí y me besa dulcemente en la frente.
—Mi niña, ¿estás nerviosa? Tu primera rueda de prensa después de las elecciones.
—Un poco, un… ¿mucho? —Y pongo una extraña mueca, de esas que siempre hacen reír a Erin y, ahora, también a mi madre.
Luego, se sienta en una de las cómodas butacas.
Viste su ropa militar, aunque los antiguos se han disuelto ahora que he aprobado numerosas leyes para dificultar la existencia de los liberados, mejorar los contratos de los torums y hacer que la ciudadanía tenga derecho a un número de horas anuales gratuitas para apagar su IPAS y disfrutar del sexo sin tener que pagar por ello.
Sí, no vivimos en el mundo de antes, pero es un gran comienzo, y no olvidemos que el IPAS sí ha servido para algo: los crímenes sexuales disminuyeron en un gran número.
—Estoy segura de que vas a causar sensación. Lo has hecho genial estos dos años.
La miro y no me puedo creer que esté con mi madre, que ahora forme parte de mi vida y que se haya convertido en mi mejor amiga.
Me derrumbo sobre su regazo ahora que nadie nos ve y la abrazo mientras ella me acaricia la cabeza.
—Aún hay gente que me odia y que preferiría que los liberados dominasen el mundo.
—Dame nombres y tu mami hará que desaparezcan.
Ambas nos reímos, pero sé que podría hacerlo.
Ha hecho cosas así estos años. Es más, el expresidente apareció muerto hace seis meses en un misterioso accidente de tráfico con la palabra violador tatuada a fuego en la frente.
Y no solo él, Luciano Borges falleció en extrañas circunstancias.
Nadie los relaciona conmigo, pero yo sé que es posible que haya sido obra de Erin o de mi madre, o quizá de ambos.
No he hablado de este tema con ellos y está feo que lo reconozca, pero me alegra que esos individuos no sigan respirando el mismo aire que yo.
Me aparto de su regazo y le beso la mejilla.
—Mamá… ¿leíste la noticia sobre Luciano Borges y el expresidente? Ambos… murieron… ¿Tú has tenido algo que ver?
Ella no muestra actitud alguna en su cara y no dice nada. Temo que le enfade lo que estoy insinuando. Yo abro mucho los ojos y finjo una sonrisa. Voy a decirle que ha sido una pregunta tonta, cuando me contesta:
—A la gente mala le acaban pasando cosas malas, mi niña, supongo que por eso han muerto… Y… yo siempre voy a cuidar de ti, Ramla.
Nos sostenemos la mirada un segundo y sé que no ha respondido directamente, pero…
¿qué más da? Lo más probable es que ella los haya matado, pero me cuesta imaginar que mi madre sea una asesina.
Peor aún, me cuesta pensar en Erin haciendo algo así, calculado y a sangre fría.
¿La habrá ayudado? No olvido que él me juró que los mataría algún día, igual que tampoco olvido que mi madre organizó la muerte del padre de Erin, que era un maltratador.
—Te quiero, mamá —concluyo—. Gracias por no haberte rendido y haberme buscado durante toda la vida… —Veo que sus ojos se ponen vidriosos y yo no deseo llorar, así que pongo una mueca y le digo—: Bueno, tengo rueda de prensa, nos vemos en la cena.
Ella me da un último beso y nos despedimos.
Me arreglo el elegante vestido que llevo puesto y me dirijo a la prensa de la Península para dar mi primer discurso como presidenta. Jamás pensé que sería más que la chica del té, pero he ganado para seguir cambiando el mundo.
Hacia mitad de la rueda de prensa, veo llegar a Erin, que se sitúa al fondo de la enorme sala y me observa lleno de orgullo.
Lo reconozco, casi logra captar toda mi atención.
Es grande, fuerte, guapo y desborda sensualidad por los cuatro costados, con esas pequitas que se reparten con tanta homogeneidad por su rostro, sus ojos azules y su cabello pelirrojo y corto, pero frondoso.
Termino la rueda de prensa y voy directa hasta él, le agarro del brazo y me lo llevo a nuestra habitación. Ahora es un espacio para nosotros, decorado a nuestro gusto y con una cajita muy especial sobre la cómoda.
Le beso con fogosidad.
—Casi haces que me equivoque en la rueda de prensa, estás muy guapo.
Erin se ríe y mete sus manos por debajo de mi vestido, lo desabrocha y me lo saca por la cabeza.
—Lo siento, señora presidenta.
Erin comienza a desnudarse y sé que, últimamente, entre preparativos y reuniones, no he tenido tiempo de estar a solas con él.
Tengo muchas ganas de besarlo e intimar, pero mis dedos palpan la llave que me regaló y veo la caja sobre nuestra cómoda.
Esa cajita que me prometió que abriríamos juntos, pero cuyo contenido aún no me ha dejado ver.
Erin me observa.
—¿No puedes esperar más?
Niego con la cabeza y me muerdo el labio. Hace dos años que está sobre la cómoda. Erin se ríe.
—En serio, ¿cuándo podré abrirla? Y más te vale que dentro haya… no sé, un portal para viajar entre mundos.
Erin se tira sobre la cama medio desnudo y se muere de la risa. Me mira totalmente lleno de amor.
—Ábrela, Ramla, es el momento.
Lo miro alucinada. ¿Lo es?
Me levanto de la cama, saco la llave que tengo colgada al cuello, tomo la caja entre mis manos y me siento junto a él. Es una cajita vieja, infantil y que no tiene nada de especial en su aspecto. Me tiene totalmente intrigada.
Voy a abrirla, cuando la pulsera de Erin suena. Sigue ocupándose de la seguridad de la mansión como mi guardaespaldas personal, así que, si esa pulsera suena, no significa nada bueno.
Él lee el mensaje y lo veo poner mala cara.
—¿Qué ocurre?
—Tengo que salir, pero volveré enseguida. —Me da un beso y se viste apresuradamente.
—Erin, dime qué sucede.
Se esfuerza por tranquilizarse y fingir que no ocurre nada.
—Una alerta de seguridad, pero será una tontería, Ramla, no te preocupes.
No lo puedo evitar, algo de ansiedad se me pone en el pecho. Erin termina de vestirse y se marcha.
Yo me quedo sola en nuestra gran habitación.
Aún sostengo la caja entre las manos. Hace dos años que espero para poder abrirla, ¿es posible que esto sea una estratagema de Erin para que permanezca cerrada?
¿Tiene algo romántico planeado? Podría ser, aunque…
también parecía que, en verdad, ocurría algo.
Intento relajarme. Nada malo va a ocurrirme estando en mi casa.
Mi madre vive con nosotros y era la jefaza de los antiguos, Erin daría su vida por mí y la mansión en sí está fuertemente protegida.
Es cierto que hay personas que desearían verme muerta porque estaban satisfechos con el anterior sistema de torums y liberados, pero he ganado las elecciones, lo que significa que son menos numerosos.
Pasan unos minutos y me tumbo sobre la cama. El elegante vestido color azul cae sobre el colchón. Debería quitármelo, pero, la verdad, si Erin va a regresar pronto, preferiría que lo hiciese él.
Suena mi móvil. Dejo la caja y la llave sobre la cómoda y leo el mensaje.