Peccatorum, más que la chica del té 15_Punto y final #3
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15_Punto y final #3

—Supongo que ya sabes que dimitir es casi mi única opción.

Podría firmar esto, podría hacer vigentes los cambios en los contratos de los torums como te prometí, pero…

¿nombrarte mi consejera? —Él se ríe y me percato de que es posible que lleve un rato bebiendo—.

No follas tan bien como para convencerme.

No lo pienso y hago algo que a la Ramla de antes jamás se le ocurriría. Doy un manotazo al vaso justo cuando va a beber y estampo el cristal contra el suelo, viendo cómo se hace añicos. Él se queda perplejo mirando el vidrio roto.

—Maté a los paters como me pediste, pero dejé vivos a los que no han cometido ningún crimen. Tú vas a convertirme en tu consejera porque es la única forma de preservar tu poder.

Entonces, le saco otro papel, el que ha redactado mi abogado rápidamente hace tan solo unos minutos.

El presidente lee el documento y comienza a reírse a plena carcajada. Jamás lo había visto así. Se pone en pie y se me queda mirando. Se bebe mi vaso con alcohol, lo estampa en el suelo, donde ya estaban los cristales del otro, y me dice:

—Eres la mujer más brillante y astuta que he conocido nunca, Ramla. —Hace una pausa larga y, después, me pregunta—: ¿Has traído bolígrafo?

Respiro para quitarme los nervios de encima. Niego con la cabeza y él se aleja de mí, va hasta un armario, saca un bolígrafo y viene. Lo sitúa delante de mí y lo tira al suelo.

—¿Puedes pasarme el bolígrafo para que firme?

Se me queda mirando lleno de soberbia y ambos sabemos que lo ha tirado a posta. Me bajo del taburete, me agacho con cuidado para no cortarme con los cristales, alcanzo el bolígrafo y se lo paso. Cuando va a cogerlo, hace un movimiento y lo vuelve a tirar.

—Yo creo que puedes esforzarte más, Ramla.

Quiere que me agache de forma provocativa.

—¿Vas a firmar? ¿Sí o no?

El presidente asiente y me hace una señal con los dedos para que recoja el bolígrafo.

Me desespero, pero me agacho nuevamente para cogerlo.

Entonces, se me pone encima, dejándome tumbada boca abajo contra el suelo lleno de cristales.

Su cuerpo y fuerza me impiden levantarme.

Lleva su cabeza hacia mi oído y me susurra:

—Qué suerte tiene Erin de que quieras follar con él.

Se aparta y yo me levanto del suelo con los ojos llenos de lágrimas y algunos cortes en los brazos y piernas.

El presidente firma los documentos y me lanza el bolígrafo a la cara.

Se sirve otra copa y se dirige a un sofá a beber. Enciende una televisión y pone un vídeo porno mientras se desabrocha los pantalones.

Cojo los documentos y me voy de allí a toda prisa. Cierro al salir y veo al escolta en la puerta. Ve mi rímel corrido y mis brazos y piernas llenas de sangre.

Llama a la puerta y el presidente le dice de malas formas que lo deje en paz, que está bien.

El guardia de seguridad, ahora, se dirige a mí:

—¿Necesitas que te vea un médico?

—¿Puedes llevarme con Erin?

Detengo las lágrimas y aguardo a que el guardia pregunte mediante su comunicador de la pulsera dónde está.

Lloro de miedo, pero también de alegría. El presidente está acabado y lo sabe, la única opción que le quedaba era firmar un acuerdo conmigo. No puedo creer que lo haya conseguido, pero, al mismo tiempo, me pregunto cómo voy a explicarle a mi madre y a Erin lo que acabo de hacer.

El escolta me lleva hasta mi habitación. Esperamos en la puerta y, al cabo de un minuto, llega Erin, que tuerce el gesto al verme herida y llorando.

—Yo me ocupo de ella esta noche.

El guardia se va y Erin me coge por el hombro y nos adentramos en la habitación. Lloro y lo abrazo.

—Erin, lo he conseguido, ha firmado.

Él deshace el abrazo y me mira con una sonrisa.

—¿Ha aceptado sin más firmar el acuerdo de los paters?

Le miro y no sé cómo contarle lo que hemos redactado mi abogado y yo.

—Yo, esto, em… —balbuceo.

Erin me lleva hasta la cama y me ayuda a sentarme. Luego, se va al baño a por una toalla húmeda, regresa y me limpia la sangre con ella.

—¿Qué ha pasado, Ramla? ¿Por qué estás herida?

Erin está agotado de verme así, lo percibo.

—Le he tirado la copa al suelo y se ha hecho añicos y él me ha tirado a mí sobre los cristales.

Erin niega con la cabeza.

—¿Le has tirado la copa al presidente?

Sonrío un poco mientras él presiona las heridas de mis piernas.

—Expresidente —le digo—, ha firmado su dimisión.

Erin tira la toalla al suelo impactado y se queda perplejo.

—¿Qué?

Entonces, me levanto con cuidado y le muestro el contrato que ha redactado mi abogado y que está firmado por el presidente, por mí, y por mi propio abogado a modo de testigo.

Erin lo lee al detalle. En él se incluye una carta de dimisión y una carta de despido de su consejero actual.

También hay dos documentos que nos liberan a Erin y a mí como torums para siempre y otro más que me convierte en consejera del presidente.

Supongo que Erin ha llegado a esa parte, porque pregunta:

—¿Te ha dado el cargo de consejera? Pero Ramla, si él ha dimitido, eso significa que eres la presidenta en funciones hasta las elecciones de aquí a dos años.

Sonrío muy emocionada y hablo con una voz histérica:

—¡Efectivamente!

Erin está totalmente desconcertado y, al mismo tiempo, asombrado y orgulloso.

—¿Cómo has conseguido que acepte algo así? ¡Eres increíble, Ramla!

Ahora, mi mirada se oscurece.

—Erin… He hablado con el abogado, y con lo que tú me habías dicho, con lo que mi madre quería hacer… En fin, que tú me dijiste que los cambios son progresivos, que era un paso enorme que los contratos de los torums mejorasen, aunque la finalidad fuese acabar con el sistema de torums y liberados.

Erin esboza una mueca dura.

—¿Qué le has prometido?

—Hemos firmado un contrato en el que me comprometo a darle una enorme cuantía mensual durante dos años, hasta las elecciones… Así como a no acusarlo de nada…

—¿Y después de las elecciones?

Me paso la lengua por los labios, nerviosa.

—Si gano, tendré que nombrarle mi consejero. He acordado que me presentaré nuevamente a la presidencia con él a mi lado.

Erin me mira profundamente. Si gano, tendré que trabajar codo con codo con el hombre que me ha tenido como esclava sexual.

Espero a que aparezca el monstruo que saca cuando me ve en peligro, a que se enfade o diga algo triste, pero, en su lugar, me besa fugazmente y sonríe.

—Ganarás, Ramla, todos van a adorarte. Ya tienes miles de personas que te llaman «la santa bendecida» y ahora vas a cambiar el curso de los torums, los liberados, las relaciones con los bendecidos… Al final, va a ser cierto que vienes de otro planeta.

—Entonces… ¿no estás enfadado?

Él se enternece y me besa en la frente.

—De aquí a dos años, el presidente puede sufrir un casual accidente que le impida ser tu consejero… La vida da muchas vueltas, Ramla. Mírate, de chica del té a presidenta.