15_Punto y final #2
El ayudante se pone en pie muy enfadado.
—De ninguna manera va a salir de esta sala sin dar explicaciones.
El presidente le coge del brazo y le hace un gesto. El consejero se calla y todos aguardamos a que coja un vaso, se sirva un poco de agua, beba el líquido y agite los hielos haciendo sonar el cristal. Es su forma de demostrarnos a todos su poder.
—Muy bien —me dice—, tienes un par de horas para asearte en tu habitación de siempre, quitarte esa ropa y ponerte algo que me guste.
Desactivaré tu IPAS y hablaremos a solas en mi habitación privada.
—Abro los ojos, anonadada, se refiere a su habitación donde siempre tenemos sexo.
Erin va a decir algo, pero el presidente se adelanta—: Al fin y al cabo, no recuerdo haber rescindido tu contrato de torum y tú misma le dijiste a la prensa que lo eras por voluntad propia.
—Ahora, mira a Erin—. Y tú, muchacho, has sido muy valiente e idiota al seguir a tu novia hasta las Islas.
Hablaré con mi mujer para que rescinda tu contrato de torum y te ofreceremos un puesto mejor en la seguridad.
Si la has sacado con vida de allí, tu lugar no es calentarle la cama a mi esposa.
Miro a Erin. Cada palabra procedente del presidente lo enfada y altera.
—No he sido yo, sino ella la que me ha sacado a mí con vida de allí. —Erin mira en mi dirección un momento lleno de orgullo y, luego, vuelve a depositar una dura expresión sobre el presidente y continúa—: Así que es ella la que no debería calentarle la cama a nadie, vale más que eso.
No puedo creer lo que Erin acaba de decirle al presidente. Creo que la tensión en la sala podría cortarse con un cuchillo.
El liberado se queda sin palabras por un momento.
—Bien, nos vemos en dos horas, Ramla. Erin, vuelve a tu trabajo, tus semanas de asuntos propios han terminado.
Dicho esto, el consejero da unos pasos hacia delante y nos invita amablemente a abandonar la sala.
Fuera, el jefe de seguridad nos escolta en la que ha sido nuestra casa todo este tiempo. Él camina un par de metros por detrás de nosotros.
—No te acuestes con él, Ramla.
Miro a Erin y sé que, como yo, también ha pensado que es lo que desea.
—¿Te vas a negar tú si te lo pide su mujer esta noche?
—Sí… Todo lo que hemos vivido, el fallecimiento de mi madre, lo que hemos perdido, el verte al borde de la muerte tantas veces… No puedo más, Erin no es un torum. Ramla, tampoco.
—Vale —le digo sin más, y de verdad espero poder negarme si llega el momento.
Él me sonríe.
Llegamos a nuestras habitaciones y el jefe de seguridad nos dice:
—Erin, te espero en media hora en mi despacho para ponerte al día. Ramla, lo siento, pero el presidente no quiere que deambules sola por ninguna parte. Vendrá un guardia a escoltarte.
—De acuerdo —le digo—, pero mi abogado debe estar a punto de llegar y tengo que reunirme con él antes de dos horas.
—No te preocupes. Vendrá a tu habitación en cuanto llegue.
Miro a Erin, que se me acerca y me besa en la boca con pasión. Supongo que ya le da igual guardar las distancias, está más que claro para todos que estamos juntos.
Su beso es suave y dulce y su espesa barba me hace cosquillas. Cuando se aparta, me doy cuenta de que el jefe de seguridad se ha hecho a un lado, así que me permito tirarle de la barba y decirle en broma:
—No sé si seré capaz de besarte sin esta barbita, pelirrojo.
Él esboza una media sonrisa muy simpática y me susurra:
—Sin la barbita, no lo sé, pero sin el IPAS, te aseguro que podrás besar muchas cosas.
Sonrío también, pero las expectativas juguetonas pronto se disipan. El presidente va a apagar mi IPAS, sí, pero porque quiere sexo conmigo.
Me despido de Erin, entro en mi habitación de torum y me voy directa a la ducha mientras ordeno mentalmente todo lo que tengo que decirle a mi abogado.
Algo está claro, estoy jugando a tres bandos y eso me inquieta, porque si el presidente no acepta lo que voy a proponerle, tendré que elegir uno y no creo que sea capaz.
He visto el lado bueno y malo de los antiguos, de los bendecidos y de la gente de la Península.
No hay buenos o malos ni un camino mejor que otro, lo único que hay son personas malvadas que corrompen los sistemas.
Me aseo y, antes siquiera de que haya terminado de vestirme, el abogado ya está aquí.
Mi IPAS está desactivada y mis hormonas están totalmente revolucionadas después de semanas apagadas.
El guardia de seguridad me sigue y yo camino directa a la habitación privada del presidente.
Llevo unos bonitos tacones altos plateados y un vestido del mismo color, con la espalda y el escote tan pronunciados que no he podido ponerme sujetador.
Mi pelo cae salvaje hacia todas partes y mi rostro está bien maquillado en tonos plateados.
En el camino, me cruzo con Alaska y Fen, que se me quedan mirando atónitas. Supongo que no sabían que volvía a estar aquí.
Me acerco a ellas.
—Me alegro de veros, chicas.
Alaska me da un abrazo y Fen la imita y, después, me pregunta:
—¿Se puede saber a dónde vas así? Hasta yo te echaría un polvo, joder.
Me río un poco, pero les muestro la carpeta con los documentos que llevo.
—Tengo una reunión con el presidente.
—¿Por lo de los contratos de los torums? —pregunta Alaska con su frágil voz. Yo miro sus bonitas facciones albinas y recuerdo que ella quiere ser libre.
—Y por mucho más, Alaska —le confirmo cargada de esperanza.
Fen se ríe un momento.
—Pues cualquiera diría que vas a follar con él para conseguir que firme eso.
Mi rostro se ensombrece, pero intento no enfadarme con Fen, porque esta asiática sin pelos en la lengua y con nada de tacto y empatía es mi amiga.
—Sinceramente, espero no llegar a eso —contesto y ella tuerce el gesto, creo que es consciente de que su comentario ha sido desafortunado.
—Suerte, Ramla, luego nos cuentas —dice Alaska y me despido de ambas para seguir mi camino.
Le he prometido a Erin que no tendría sexo con el presidente, pero lo he tenido muchas veces ya. ¿Acaso importa una más? ¿Y si es lo único que quiere para aceptar mis peticiones?
Llego a la puerta, toco y él me da acceso. Cierro detrás de mí y camino lentamente hacia donde sé que lo voy a encontrar: la barra.
Viste un traje de chaqueta elegante que disimula su pequeña barriga y lo hace más guapo. No es imponente como Erin, pero no está mal para rondar los cincuenta. Su nariz picuda le da carisma a su cara.
Me mira mientras agita un vaso con bebida alcohólica. Está sentado en un taburete alto. Me hace una señal con los dedos para que me siente en el que queda frente a él y, por ahora, sigo sus órdenes.
—¿Puedo cachearte para asegurarme de que no llevas micros ni cámaras?
¿En serio? Ambos sabemos que eso es imposible. He estado vigilada todo el tiempo. Aun así, acepto.
Él se pone en pie y viene hasta mí. Se toma su tiempo para levantarme los brazos y recorrer cada centímetro de mi cuerpo con sus manos, para asegurarse de que no llevo nada escondido bajo el pequeño vestido plateado.
Es evidente que está jugando conmigo. Mi cuerpo responde a sus toqueteos y caricias con una mezcla de excitación y repugnancia.
Lo que me hace pensar que quizá debería dejar este asunto en manos de mi madre: daría un golpe de Estado y, posiblemente, este individuo acabaría muerto en el proceso o, al menos, encarcelado.
Pero no, he tenido que ser tan tonta de venir aquí para intentar salvar a todos los bandos.
—¿Has terminado? —pregunto mientras cojo los documentos y los agito delante de sus narices—. Hay una diana en tu espalda y pierdes el tiempo tocándome.
Capto la atención del presidente, que regresa a su taburete y coge otro vaso y me sirve un poco de alcohol. Me lo acerca y me señala con los dedos para que beba.
Suspiro, pero no, no ingiero nada.
—Pensaba que, después de dos semanas con el IPAS apagado, estarías deseando follar, Ramla.
Lo miro estupefacta. ¿Ha leído la prensa? El pater Gerónimo ha filtrado lo de mis latigazos. ¿De verdad cree que estaría pensando en algo así después de todo lo que he pasado? ¿Y con él?
Cojo los documentos, los saco de la funda y se los pongo delante de la cara. Después, me paso la lengua por los labios, nerviosa, y recuerdo que si pude envenenar a los paters, puedo hacer esto.
—Firma esto, conviérteme en tu consejera en lugar del que tienes y, después, dimite.
El presidente echa un vistazo rápido a todos los puntos que los paters dejaron por escrito: abrir las fronteras para que las personas que lo deseen puedan vivir en la Península o en las Islas, quitar todas las leyes que prohíban la práctica de la religión de los bendecidos y, en general, establecer un caudal de comunicación y denominador común abierto entre ambas partes, con reuniones cada dos meses sin intermediarios, es decir, sin Luciano Borges.
A cambio, los paters se comprometen a trabajar en pos de la igualdad entre hombres y mujeres y a encarcelar a todo aquel que realice cualquier acto violento, incluso en nombre de Dios.
Y la primera prueba del buen hacer de los bendecidos ha sido nombrarme mater, lo que significa que formo parte del liderazgo de las Islas y participaré en sus reuniones y decisiones.
Los detalles siguen y siguen en las numerosas páginas que traigo redactadas por los paters.
Sugieren un cambio drástico en las leyes de los liberados y los torums. Aunque no fuerzan en el contrato a su extinción, sí sugieren que las leyes actuales son abusivas y confunden a los jóvenes a meterse a torums sin conocer bien cuáles son las consecuencias a largo plazo para su alma.
Puede que a mí me dé igual el alma de los que deciden apagar su IPAS para tener sexo, pero sí estoy de acuerdo en que las leyes son abusivas y el propio presidente me prometió que las cambiaría.
El liberado da un trago a su bebida alcohólica, hace agitar los hielos y el sonido del cristal me pone de los nervios.