Peccatorum, más que la chica del té 15_Punto y final
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15_Punto y final

punto y final

Asiento en dirección a Erin y seguimos al señor a través del aeropuerto, tomando un camino que parece estudiado para que pasemos desapercibidos.

Llegamos hasta un grupo de coches rodeados de escoltas y seguridad. Nos adentramos en uno de ellos y viajamos con los demás vehículos rodeándonos.

Estamos solos en la parte de atrás y un cristal nos separa del conductor.

—Erin, ¿estás bien? —pregunto con ansiedad.

Él me hace el gesto de silencio y se mueve de forma estudiada y calculada por los asientos en busca de algo… ¿El qué? Busca por todas partes y por fin, me dice:

—No hay micros. Estoy bien, Ramla, es que he aprovechado el follón con el asunto de tu agresor para hacerme con un móvil y llamar a la jefaza.

—¿Has hablado con mi madre?

Erin pone una mueca de niño bueno y saca el susodicho móvil.

—Quiere sacarte de aquí, está rastreando nuestra ubicación.

—¿Qué? No, Erin, tengo que reunirme con el presidente, he llegado a un acuerdo con los paters, tengo un contrato y, si el presidente lo firma, muchas cosas van a cambiar a mejor.

Erin pone mala cara.

—Las cosas se han puesto feas en nuestra ausencia, Ramla. El presidente va a tener que dimitir. Hay protestas por toda la Península y enfrentamientos religiosos y laicos, a favor y en contra de los torums…

Mi cerebro funciona a toda velocidad. No, parece que el mundo se desmorona, pero yo puedo solucionarlo, puede haber paz para todos.

—Llámala —le ruego—, tengo que hablar con ella.

Erin tuerce el gesto, pero marca el número y dice:

—Total, ya no creo pertenecer a los antiguos.

Cojo el móvil mientras le pregunto:

—¿Ah, no?

Erin esboza una bonita sonrisa en su rostro pecoso lleno de barba que debería recortarse pronto.

—Ahora solo te pertenezco a ti, Ramla.

Me acerco y lo beso sin más mientras el móvil comienza a dar tonos.

Nuestras lenguas se entregan con ansiedad, pero pronto tengo que apartarlo porque mi IPAS está conectado y me genera náuseas cada vez que me excito.

—Dime —contesta mi madre con una voz fría al otro lado del teléfono.

—Mamá, soy yo.

—Mi niña, ¿estás bien? Ya voy a por ti, pronto terminará todo y viviremos la vida que nos han arrebatado.

Suena tan esperanzada e ilusionada que siento mucha pena al tener que negarle aquello que yo también deseo.

—No vengas aún, debo reunirme con el presidente. Llegué a un acuerdo con los paters que quedaron vivos.

—¿Has aceptado ser mater? —pregunta claramente ofendida—. Pensaba que ya no eras religiosa. Ellos te secuestraron en nombre de la religión.

—Y tú secuestraste a la hija del presidente en nombre de la justicia.

Erin me mira perplejo y sé que esas palabras van a hacer sentir muy mal a mi madre, pero estoy cansada de fingir que aquello dio igual, porque no fue así, fue horrible.

—Entonces… ¿de qué lado estás, Ramla?

Su pregunta me ofende.

—De ninguno y del de todos. Anat —le digo suavizando el tono de voz—, no nos conocemos, pero quiero estar contigo.

Solo te pido que me des una oportunidad de arreglar las cosas para todos.

Yo he… —Me pongo nerviosa de repente y la voz me tiembla—.

Necesito que la muerte de esos paters haya servido para algo…

—Mi niña… —dice ella suavemente, sabiendo que me estoy derrumbando por el peso de lo que he hecho—.

Sé que has pasado por mucho, que te azotaron…

—Supongo que lo sabe ella y toda la Península.

Gerónimo me dijo que iban a filtrar esa información para reforzar mi posición como santa bendecida y para justificar el encarcelamiento de los otros paters, aunque, realmente, están muertos—.

No quiero que sufras ni un golpe más. Si fueses madre, lo entenderías.

—Sus palabras me golpean y, de repente, me pongo en su lugar.

Yo no soy madre, pero he perdido a un bebé nonato y entiendo cuán fuerte puede llegar a ser el amor por los hijos—.

Tienes veinticuatro horas, si no, te sacaré de allí y daré un golpe de Estado.

Tengo toda la potencia militar de mi lado.

—¿Por qué me lo cuentas?

—Porque todo es por ti, por mí, para que ninguna madre vuelva a ser separada de su hija, para que ninguna mujer vuelva a ser prostituida, golpeada o abusada… Porque confío en ti, mi niña.

—Yo… te quiero —le digo sin meditarlo mucho. Y es que sus palabras me han vuelto a recordar todo lo que esta mujer ha pasado para recuperarme.

—Yo también, Ramla. Veinticuatro horas.

—Sí, está bien.

Ambas colgamos y me limpio las lágrimas que esta conversación me ha dejado.

Erin extiende su mano y la coloca sobre mi pierna.

—¿Qué va a pasar en veinticuatro horas?

—Que si no consigo cambios de verdad, la jefaza va a dar un golpe de Estado.

La cara de Erin se estremece.

—Eso es malo, muy malo, Ramla. Si tu madre ha tomado esa decisión, las cosas deben ir fatal.

Lo miro con precaución porque yo no entiendo mucho de ataques militares. Sé que un golpe de Estado implica que los antiguos van a hacerse con el control del liderazgo del país por la fuerza, pero no necesariamente derramamiento de sangre, ¿o sí?

—¿Qué supondría para los civiles un golpe de Estado?

Erin tuerce el gesto.

—Algunos se mantendrían al margen, pero muchos saldrían a las calles a luchar: guerrillas, grupos civiles armados y todo eso se tendría que contener con violencia por parte de los militares. Un golpe de Estado debería ser el último recurso.

—Pero tú mismo has dicho que la Península es ya un caos. ¿Sería peor?

—Ahora mismo, hay muchas manifestaciones. Lo que necesita la gente es un nuevo presidente que proponga nuevas leyes y medidas que contenten a la mayoría, no un golpe de Estado.

Me quedo en silencio pensando en todo lo que los paters han prometido cambiar en las Islas, en que ahora soy mater y tendré voz en todas las decisiones que se tomen para los bendecidos…

Erin me mira y creo que lee mis pensamientos.

—¿En qué piensas, Ramla?

—Si el presidente dimitiese, ¿quién tomaría el control?

—El consejero del presidente, al menos, hasta que haya nuevas elecciones, y faltan casi dos años para eso.

Mi cerebro empieza a pensar sin parar. No tengo ni idea de política, pero parece que el destino ha querido que mi camino se entrelace con una situación de la que solo podré salir si comienzo a entenderla.

El resto del viaje aprovecho para poner al corriente a Erin sobre quién es el pater Gerónimo y todo lo que le he prometido que firmaría el presidente.

Ambos coincidimos en que va a ser complicado que el presidente firme algo así, y más, sabiendo que la Península entera clama su dimisión por todo el escándalo de nuestro vídeo sexual y que me convirtiera en su torum siendo yo una joven bendecida.

Aunque salí a desmentir que fuese obligada a ser su torum, parece que las aguas no han vuelto a su cauce tal y como esperábamos.

Antes de llegar a la mansión del presidente, vuelvo a llamar a mi madre y le pido que me envíe al mejor abogado de la Península, porque lo voy a necesitar.

Llegamos a la mansión y Erin me mira de forma desenfadada para darme ánimos.

—Venga, no sé por qué estás nerviosa, ni que te encontrases en medio de tres bandos y fueses la última esperanza para que en la Península no se proclame la guerra.

—En realidad, esta cara de preocupación es por tu barba —bromeo mientras le doy un tirón a su desaliñada barba pelirroja.

Erin esboza una mueca divertida.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta mi nuevo estilo?

Ambos nos reímos y luego nos miramos con cierta seriedad. Sabemos que, en cuanto pise la mansión, comenzará el final de esta historia. Sea como sea, pronto seremos libres, podré estar con mi madre y Erin me enseñará esa caja cuya llave llevo colgada al cuello desde hace tiempo.

El coche en el que vamos se detiene, también los que van delante y detrás a modo de escolta. El jefe de seguridad de la mansión nos espera en la puerta. Salimos del vehículo y él nos estrecha la mano formalmente. Luego, nos indica que le acompañemos para tener una reunión urgente con el presidente.

Estamos agotados. Comimos algo en el avión, pero ya es media tarde y no hemos parado ni un momento. Es más, Erin ha salido de una celda, se ha aseado lo mínimo y ha estado viajando conmigo desde entonces.

Subimos a la planta de reuniones del edificio y el jefe de seguridad abre la puerta.

Allí están hablando el presidente y su consejero. Guardan silencio en cuanto nos ven y se ponen en pie.

—Bienvenidos, sentaos, por favor —nos indica el consejero.

No tomamos asiento o, al menos, yo no lo hago y Erin aguarda junto a mí.

—Señor presidente, me gustaría que esta reunión fuese solo entre usted y yo, y antes, me gustaría hablar con mi abogado.

El presidente me escruta de arriba abajo. Visto con uno de los sueltos vestidos florales tan atípicos aquí y tan comunes en las Islas.

El presidente le hace un gesto a su ayudante y este se acerca para que le diga algo al oído. Luego, ambos se sientan.

—Señorita Ramla —comienza el consejero—, si está más cómoda con el señor Erin fuera de la sala, que se marche, pero, en este punto en que está la Península y teniendo usted que dar tantas explicaciones sobre lo acontecido en las Islas, de ninguna manera va a quedarse a solas con el presidente… Hemos oído que es usted una asesina…

Erin se inquieta y yo miro al presidente. Su cara desprovista de barba es relativamente atractiva. Me mira profundamente. Sí, soy una asesina porque él me lo pidió.

—Señor presidente, si sabe lo que le conviene, esperará a que hable con mi abogado y, después, nos reuniremos a solas. Está a punto de perder el control del Gobierno y yo soy la única que puedo ayudarle. Cumplí mi promesa, los paters están muertos.

El ayudante interviene:

—¿Entonces, reconoce usted haber matado a los paters?

Me desespero, pero paso de ese hombre y me dirijo al presidente:

—Usted sabe lo que me pidió. He cumplido, pero tengo que explicarle algunos matices. Y no olvide que me garantizó que cambiaría los contratos de los torums. Necesito hablar con mi abogado para exponerle algunas cosas claras y no andar con rodeos legales, señor presidente.