Peccatorum, más que la chica del té 14_A tres bandos #3
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14_A tres bandos #3

Erin me atraviesa con sus bonitos ojos azules y se rasca la espesa barba pelirroja, resultado de casi una semana encarcelado.

—No lo sientas, Ramla, no tengo nada que perdonarte. Su muerte me ha hecho darme cuenta de que no podemos posponer las cosas.

—¿A qué te refieres?

Erin mira al frente, hacia el bonito y elegante avión.

—Tendría que haber hablado con ella de muchas cosas sobre mi padre, pero no lo hice y ya no podré hacerlo. —Gira lentamente su cabeza hasta encontrarse con mis ojos—. Te prometí que mataría a Luciano Borges y no voy a posponerlo más.

¿Qué? Me quedo perpleja. Se refiere a que va a matarlo… ¿ahora?

Voy a preguntarle qué planea, cuando él vuelve a ponerse en pie y hace ademán de irse directo hasta Luciano.

—No tienes que hacerlo —le digo.

—Te lo prometí.

Agarro su brazo con ansiedad.

—No lo hagas, algún día se llevará su merecido.

—¿Y cuántas mujeres más sufrirán hasta que eso pase?

Me quedo con los ojos desorbitados y sin saber qué decir. Erin se marcha y llega hasta Luciano.

¿Qué pretende? No dudo que consiga matarlo incluso sin armas, pero luego, ¿qué? Lo detendrán e irá a la cárcel. Luciano Borges es intocable.

Erin se sitúa detrás del individuo, que está sentado en la cómoda butaca del avión.

Siento unas enormes palpitaciones y me pongo en pie sin pensarlo. Doy unos pasos rápidos y me siento frente a Luciano, ante la atónita mirada de Erin, que se queda paralizado. Luciano me observa sin interés, creo que estaba dormido. Voy a hablar, pero él se me adelanta:

—Últimamente, viajas más entre la Península y las Islas que yo, Ramla Rodríguez.

Miro un momento a Erin. Luciano ni se ha dado cuenta de que está detrás de él. Está enfadado porque he venido a impedirle que mate a mi agresor.

—Lo sé —le digo clavándole ahora una intensa mirada—, sé lo que me hiciste.

—Da un respingo en el asiento y se despierta del todo—.

Solo quiero que sepas que creo que eres una persona despreciable.

También quiero que sepas que he matado a casi todos los paters de las Islas por crímenes como los tuyos.

Desde hoy, cada día que sigas vivo, quiero que recuerdes que soy yo quien te ha permitido seguir respirando, pero que, como se te ocurra volver a hacerle algo así a otra persona, chasquearé los dedos y estarás muerto.

Luciano se ríe suavemente y, después, pone el rostro tenso.

—¿La putita del presidente ha matado a los paters de las Islas?

Erin hace amago de arrancarle la cabeza, pero yo extiendo mi mano hacia él.

—No.

Luciano se gira y ve a Erin, se pone tenso y busca a sus guardias. Yo le cojo el mentón y lo fuerzo a mirarme.

—Esto ha sido un aviso, una amenaza, tenlo en cuenta.

Le suelto la cara, me levanto y regreso a mi asiento. Erin me sigue.

Nos acomodamos para continuar el resto del viaje. Miro hacia el horizonte mientras intento disipar los nervios y el miedo que he pasado. Sé que Erin me está observando a la espera de que diga algo, así que me armo de valor y lo miro. Su rostro está lleno de orgullo.

—No podía permitir que fueses a la cárcel por vengarme… Yo quiero…

—Quieres librar tus propias batallas —concluye y suaviza el gesto mientras me mira lleno de amor—. Perdona, Ramla, soy un idiota, es que siento que no he cuidado de ti ni de… —Sus ojos se deslizan suavemente hacia mi barriga y la pena nos lleva a ambos.

—Erin —le digo mientras cojo su mano y la entrelazo con la mía—, las cosas pronto van a cambiar. —Acerco mi boca a su oído y le susurro—: He llegado a un acuerdo con los paters.

Poco más puedo contarle aquí y él lo sabe.

Luciano habla con la seguridad de su avión y nos vigilan al detalle el resto del viaje. Supongo que mi amenaza ha surtido efecto y, lo reconozco, me siento poderosa. Está bien ser la que hace sentir miedo y no la que lo tiene, para variar.

Pronto, el avión aterriza y yo me preparo para lo que el pater Gerónimo me dijo que sucedería. Espero que no se equivoque.

La puerta del avión se abre y nos ponemos en pie para irnos; sin embargo, oímos gritos afuera y la seguridad del avión se moviliza rápidamente e intercambian información.

Erin se desplaza hasta una ventanilla y levanta la persiana. Hay cientos, quizá miles de personas congregadas ahí fuera y todos gritan a coro una única palabra: «Ramla».

—Están aquí por ti —me dice Erin—, hay pancartas que dicen que eres la santa bendecida...

Miro hacia Luciano y su seguridad y me doy cuenta de que están demasiado lejos de nosotros y absortos en su conversación como para prestarnos atención. Así que sonrío a Erin.

—El pater Gerónimo ha filtrado información sobre mí para acrecentar este movimiento, también ha filtrado que iba a estar aquí.

Erin vuelve a mirar a la muchedumbre y, luego, a mí. No sé si está enfadado o confundido.

—¿Es esto lo que quieres, Ramla?

Vuelvo a observar a Luciano y sus guardias se lo están llevando, pero la azafata viene hasta nosotros y no puedo contestar a su pregunta.

—Podéis salir, buen día —nos dice mientras nos señala la puerta.

Avanzamos en silencio mientras oímos los abucheos a los que se enfrenta Luciano Borges. Cruzamos la puerta y sonrío al ver a tanta gente congregada por mí. Ellos aplauden y me vitorean.

La seguridad del aeropuerto forma un pasillo para que podamos salir, pero todos quieren tocarme.

Alguien lleva una pancarta en la que pone «Mater Ramla». No sabía que Gerónimo filtraría eso también. Sí, he aceptado ser la primera mater de las Islas en pos de la igualdad, aunque con la licencia de que, por ahora, no viviré allí.

La seguridad del aeropuerto no da abasto porque hay demasiadas personas empujando para tocarme. Así pues, Erin se pone a ayudarlos comportándose como un auténtico guardaespaldas. Yo sonrío a los congregados, pero trato de avanzar.

Alguien lanza una bengala y la explosión hace que todo el mundo grite y se asuste, yo incluida, hasta que veo a Erin empujarme y me doy cuenta de que lo ha provocado la seguridad del aeropuerto para dispersar a la gente.

Estamos a unos metros de la puerta por donde debemos pasar para alejarnos del tumulto. Casi me caigo porque Erin me empuja con fuerza para que llegue cuanto antes. Entonces, alguien grita:

—Muere, puta zorra de mierda.

Erin y yo buscamos la voz del hombre que me ha insultado, pero cuando lo encontramos, ya es tarde y una bolsa llena de algo contundente choca contra mi cara, haciéndome caer al suelo por el impacto. La gente grita y Erin se abalanza contra el atacante y lo reduce.

Alguien me ayuda a ponerme en pie y corremos. Llegamos a un lugar seguro y escucho al gentío gritar.

Me aparto las manos de la cara y las veo llenas de sangre. El guardia que me ha escoltado me lleva hasta una silla y pide un médico.

—¿Y mi guardaespaldas? El pelirrojo que iba conmigo.

—No lo sé, no se preocupe, preguntaré por él.

El guardia se aleja y me doy cuenta que estoy en una enorme sala de espera en la que solo hay policías y guardias de seguridad, no hay ni rastro de Luciano ni de su tripulación.

Al cabo de unos instantes, una médica se presenta:

—Soy Margot, encantada, Ramla. Voy a echarte un vistazo. ¿Puedes indicarme qué ha pasado?

Le cuento a la doctora lo poco que sé: alguien me ha insultado y me ha golpeado. Ella hace su trabajo y me analiza, percatándose en el proceso de que traigo ya unas cuantas heridas de semanas atrás.

—¿Está bien? —interviene un hombre trajeado.

—Sí, el corte es superficial —ahora me mira a mí—, pero si sientes mareos, náuseas o mucho sueño, tendrías que ir a un hospital.

El hombre trajeado toma la palabra:

—Bien, entonces, sígame, señorita Rodríguez, el presidente la está esperando.

La médica se marcha y el hombre trajeado aguarda a que lo acompañe. Me pongo en pie, pero no avanzo.

—Hay que esperar a mi guardaespaldas, venía conmigo.

—No se preocupe, dígame su nombre y daré orden de que lo encuentren y lo traigan con usted, pero debemos salir ya.

El señor trajeado me coge del brazo con la intención de que nos vayamos, pero yo me aparto y él me mira con mala cara.

—No voy a ir a ninguna parte sin mi guardaespaldas.

—Muy bien —dice y se aleja de mí. Hace una llamada, lo observo mientras vuelto a tomar asiento.

¿Dónde está Erin? ¿Ha resultado herido mientras reducía a mi agresor?

El hombre trajeado viene y me entrega el móvil. Lo miro perpleja.

—Es el presidente.

Abro los ojos alucinada y finjo una sonrisa. Cojo el teléfono con cierto nerviosismo.

—¿Sí?

—Mi torum favorita —dice él, aunque ambos sabemos que es Fen, no yo—. ¿Por qué hay cuatro paters que han dado un comunicado de prensa diciendo que han encarcelado a los demás por diversos crímenes? ¿Qué ha pasado?

—¿Quiere que se lo cuente por teléfono?

El presidente hace una pausa bastante larga.

—Preferiría que no, pero dada tu recién popularidad por haberte convertido en la primera mater de los bendecidos, no voy a arriesgarme a obligarte a nada.

—Quiero reunirme con usted, pero debo esperar a…

—A Erin, el torum que contraté para mi mujer. El que, casualmente, hace unas semanas nos pidió un mes libre para asuntos propios por un tema personal. Y resulta que aparece contigo de regreso de las Islas. ¿Algo que decir para que no lo encierre?

No había pensado en eso. Claro, Erin abandonó su puesto de trabajo, que, en realidad, era una farsa solo para mantener informados a los antiguos de los movimientos de la mansión presidencial.

—Lo siento, somos pareja desde hace tiempo, tu res lo sabe. Le conté lo de mi plan y quiso venir para protegerme.

—Sí, mi res me dijo algo parecido, pero no sé, Ramla, contigo todo es confuso siempre.

En este instante, Erin llega a la sala. Respiro profundamente y me tranquilizo. Está bien.

—Señor presidente, Erin ha aparecido, ya podemos reunirnos.

Me cuelga directamente y creo que está muy enfadado.

Erin viene hasta mí y ve la venda de mi cabeza.

—¿Todo bien?

Voy a contestarle, pero el señor trajeado aparece.

—Vamos, el presidente la está esperando.