14_A tres bandos #2
Eso explica por qué, aunque sabía dónde estaba, esperó tanto para atraparme. Quería asegurarse que ningún pater tuviese el antídoto.
—Nadie murió y dedujimos que no habías querido matar a inocentes.
Así que pusimos a todos los soldados de Dios a buscar a tu padre porque no teníamos claro si esto lo habíais planeado juntos.
Ahora es cuando te toca aclararme la historia, Ramla.
¿Qué pasó? ¿Por qué Massimo está muerto?
¿Por qué tienes el cuerpo lleno de cortes que parecen fruto de latigazos?
¿Cómo pasó lo del aborto? Necesito entenderte, Ramla…
Lo miro. Es joven, pero parece haber una increíble historia oculta tras sus ojos, que me miran suaves y llenos de esperanza y cariño. Parece alguien afable. Vuelve a cambiar la postura en la silla e imagino que tiene algún tipo de enfermedad o lesión que lo hace estar incómodo.
—Si te cuento la verdad, ¿qué va a pasar conmigo y con el pelirrojo?
—Eso tendremos que decidirlo juntos, Ramla, tú y yo, porque algo me dice que puedo confiar en ti, que solo buscas que las Islas sean un lugar mejor, y yo siempre he querido eso…
¿Es cierto? ¿Aún quedan paters que deseen limpiar las Islas de la maldad de los hombres?
—Mi padre no tenía ni idea del plan —confieso—. Días atrás, obligó a unas fieles a azotarme para purificar mis pecados, por eso perdí al bebé… Yo… no sabía que estaba embarazada.
La voz se me rompe y él me da un momento para tragar saliva y obligar a las lágrimas a quedarse a un lado.
—Lo siento mucho, Ramla. Es horrible que haya personas así de malvadas, y más aún, que una de ellas fuese tu padre. Nadie debería haberte dado latigazos en nombre de Dios. Dios no es así.
Sus palabras me sorprenden, aunque, si lo pienso, no tanto. Cuando Erin me contó que su padre les pegaba a él y a su madre, decidí que no se trataba de escoger un bando, porque no hay ningún bando bueno o malo, sino personas buenas o malas, y Gerónimo parece una buena persona.
—Yo no lo sabía —prosigo—, pero mi padre me había puesto un localizador y, cuando estábamos a punto de escapar de aquí, nos encontró. No sé bien qué ocurrió, supongo que él vendría con algún soldado de Dios. Yo iba con dos guardaespaldas.
—El pelirrojo y la señora fallecida.
Asiento.
—Mi padre hizo explotar el camión donde íbamos y luego hubo un tiroteo… Es todo lo que sé.
El pater joven se pone en pie y se estira. Luego, vuelve a sentarse.
—Estaba estudiando para ser médico, pero tuve que convertirme en soldado de Dios para sacar a mi madre y a mi hermana de aquí porque no eran felices.
El pater de nuestra villa se enteró y me dio tal paliza que todos me dieron por muerto.
Pero sobreviví, aunque nunca volví a ser el mismo.
—Se toca las piernas, esas son las secuelas de la brutal paliza—.
Llegó a convencerme de que merecía todo lo que me había pasado y de que Dios me había salvado.
Me entregué a nuestra fe y me convertí en pater y… ayer, tú mataste a mi agresor.
Ahora es Gerónimo quien detiene su relato y aprieta el rostro para no derrumbarse.
Mientras, el flujo de información se conecta en mi interior y recuerdo al grupo de exbendecidas de Helen, la hermana del jefe de seguridad del presidente.
Hubo una anónima, la primera en contarme su historia, que me dijo que había perdido a su hijo.
Su relato y el de Gerónimo se conectan entre sí.
—¿Tu madre era pediatra? —pregunto y él asiente confundido—. Tu familia vino aquí, pero intentaron huir cuando tu madre descubrió que tenía que ocuparse de bebés secuestrados. —Gerónimo asiente y entrecierra los ojos, lleno de confusión—. Entonces, fue cuando mataron a tu padre.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Tu madre me lo contó en la Península. Cree que estás muerto.
Gerónimo se pone en pie con cierta dificultad, viene hasta la cama y coge mis manos con fuerza, pero no con violencia.
—¿Crees que podrías ponerme en contacto con ellas?
—Solo si van a estar a salvo.
Gerónimo sonríe lleno de alegría, suelta mis manos, suspira y se marcha de la consulta de pediatría.
Me quedo perpleja y sola. ¿Es esto casualidad, obra del destino o de Dios? ¿Es posible que esta coincidencia nos salve la vida a Erin y a mí?
Al cabo de unos instantes, el pater regresa y me extiende un contrato.
—Consigue que el presidente firme esto y ponme en contacto con mi familia. Ahí tienes mi número. Te prometo que todo será diferente aquí.
Leo todos y cada uno de los puntos y abro muchísimo los ojos, totalmente alucinada.
—¿Los otros paters saben esto y están de acuerdo?
Gerónimo suspira.
—No he sido sincero del todo, Ramla. Tu padre mató a varios paters en su huida, solo hemos quedado vivos cinco.
Cuatro nos hemos aliado para cambiar las cosas y el quinto está encarcelado a la espera de juicio por varios crímenes.
Mataste a muchos, Ramla, no lo apruebo, pero gracias a ti e, incluso, a tu padre, los que hemos quedado en pie podemos cambiar las cosas.
Ahora podemos hacer que las Islas sean seguras para aquellos que deseen vivir la palabra de Dios, para los que quieran alejarse de los liberados, de los torums y de todos los problemas que acarrea apagar el IPAS.
Me miro en el espejo del baño. Las heridas van sanando, aunque aún hay muchas marcas de todo el dolor que me han infligido.
Me siento bien, emocionalmente fuerte y esperanzada. Ahora sé que, durante toda mi vida, he estado perdida y que por fin sé cuál es mi camino.
Sonrío a la chica del espejo, a esa preciosa negra de ojos azules. Soy Ramla, soy única, soy especial y yo voy a cambiar la historia.
Me armo de valor y salgo del baño. Hay varios soldados de Dios. Les sonrío y ellos me escoltan hasta la pista de aterrizaje donde está el avión al que voy a subir.
Del vehículo baja Luciano Borges, el único con potestad para viajar libremente entre la Península y las Islas, nada menos que en avión.
—Volvemos a vernos, Ramla —dice mientras me estrecha la mano formalmente.
Me hago la despistada para no tocar la piel de aquel que me golpeó solo para su disfrute personal.
—¿Y mi guardaespaldas? —le pregunto con ansiedad a Gerónimo.
—Ahí viene —contesta el pater.
Miro hacia el lugar de la pista donde señala mi aliado y ahí está Erin, subido a un coche que se acerca con lentitud.
Hace casi una semana que perdimos a nuestros padres y que estuvimos juntos por última vez. El pater no me ha dejado verlo, pero me ha dicho que estaba bien. Yo no le he contado qué tipo de relación nos une para protegerle, pero he insistido mucho en que no me iría de aquí sin él.
El coche se acerca y el corazón se me desboca. Parece que está sano.
Varios soldados de Dios lo bajan esposado del vehículo. Va bien vestido, con ropa que, evidentemente, le han prestado. No es su habitual estilo de traje elegante o su desenfadado y sexi atuendo. Va con un sencillo chándal. Su barba es espesa y tiene ojeras, pero está bien.
Nos miramos y le sonrío de manera comedida. No creo que sepa nada de lo que está ocurriendo, pero es inteligente y guarda silencio.
—Tienes que irte, Ramla —me dice el pater, me da un beso en la mejilla y me susurra—: Haz tu magia, santa bendecida, consigue que el presidente firme y todo será mejor en ambos lugares. Espero noticias pronto de mi familia.
Él se aparta y yo le sonrío. Sí, soy su santa bendecida y quiero obrar mi magia.
Gerónimo ordena a los soldados que le quiten las esposas a Erin y yo me siento tentada de lanzarme a sus brazos, pero no puedo. Él lo percibe y se mantiene firme y en silencio.
Una amable azafata nos espera en la puerta del avión. Luciano entra primero; luego, yo; y, por último, lo hace Erin.
Es un avión pequeño y muy lujoso. Tiene varias butacas dispuestas en torno a una mesa, un sillón, una enorme televisión y varias puertas que imagino que dan a otras estancias. Nunca había estado en un avión, menos aún, en uno así.
La azafata nos indica varios lugares donde sentarnos para el despegue.
Hago lo posible para que Erin y yo nos sentemos lejos de Luciano, y no me resulta muy difícil.
—¿Estás bien? —le susurró a Erin en cuanto estamos solos en los asientos.
—Estoy mucho mejor que eso, pensaba que habías muerto y que me iban a ejecutar, pero…
¿volvemos a la Península? —Erin me mira lleno de amor y sé que, si alguien le viese, sabría qué hay entre nosotros, porque no puede ocultar ese destello de felicidad por haberme encontrado viva—.
En serio, Ramla, ¿de qué planeta has salido? ¿Cómo lo has conseguido?
Me río un poco y llevo mis dedos discretamente a su mano. Deseo abrazarlo…
—Tengo mucho que contarte, Erin, pero no aquí.
Él asiente y luego observa a Luciano Borges. Su rostro se llena de odio y se mantiene así durante todo el despegue, en silencio y mirando hacia el lado izquierdo, al asiento a unos metros delante de nosotros donde se encuentra el individuo.
Permanezco callada porque es la primera vez que monto en avión y siento algo de nervios.
Al cabo de un tiempo, la amable azafata nos indica que podemos levantarnos y quitarnos los cinturones y Erin se va.
Quiero preguntarle qué hace, pero me mantengo a la espera.
Lo he presentado como mi guardaespaldas, Luciano sabe perfectamente que trabajaba con el presidente como torum y como seguridad, pero nada sobre nuestra relación, así que aguardo callada y en mi sitio.
Veo a Erin pasar de un lado a otro, hablar con Luciano, con la azafata e incluso con los cuatro guardias de seguridad que hay en el avión. Creo que, salvo con los pilotos, no le queda nadie con quien entablar conversación.
Lo observo en la distancia y él me ve, por fin se digna a regresar al asiento junto al mío.
—¿Pasa algo?
—Mi madre está muerta.
Su respuesta me descoloca y, por un momento, creo que está enfadado, que me culpa… Fue mi padre quien la mató. Si yo no lo hubiese dejado vivo, es más, si yo no hubiese aceptado venir aquí, Erin no me habría seguido hasta la boca del lobo y su madre tampoco.
—Lo siento mucho, espero que me perdones…