Peccatorum, más que la chica del té 14_A tres bandos
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14_A tres bandos

a tres bandos

Abro la puerta trasera del camión y salgo sin mirar atrás.

Doy un paso detrás de otro lentamente porque tengo miedo, fiebre, dolor y mareo.

Siento que podría desvanecerme en cualquier momento y una parte de mí me grita que lo haga, pero me mantengo firme, en el mundo, porque Erin y su madre se han jugado la vida por esta misión, porque el camionero acaba de morir de un disparo.

El sol me da en la cara, pero no lo suficiente como para cegarme por completo. Así que veo claramente a mi padre a unos metros del camión con un arma que apunta en mi dirección. Un megáfono cuelga de su cuello. Así que es él quien me ha encontrado.

Nos sostenemos la mirada y veo verdadero odio en su rostro.

—¿Pensabas que te dejaría ir? —pregunta con una voz ruda—. Cuando fuiste al hospital, te pusieron un localizador a petición mía, como lo haría con una mascota.

Sus palabras duelen y sé que las ha dicho por eso, pero intento centrarme, a pesar del mareo, para encontrar la forma de salir con vida de esta situación.

—Si sabías dónde estaba, ¿por qué has tardado tanto? Ha pasado más de una hora desde que envenené a los otros paters, ya deben estar muertos… —miento, porque no sé si él es consciente de que les he engañado y que no iban a morir.

Me mira con cierta lástima.

—Prendedle fuego al camión. —No comprendo por qué me dice eso, pero enseguida me doy cuenta de que no habla conmigo, porque, mirándome, añade—: Corre, Ramla.

Massimo se aleja del camión a toda velocidad y yo observo la puerta abierta. No veo a Erin, pero sí a Antonia, que me mira y me grita:

—¡Al suelo, Ramla!

Hago lo que ordena, me agacho, porque tampoco podría correr debido a mi pésimo estado de salud. Entonces, ella sale con el arma en la mano y, cuando oigo disparos, me cubro la cabeza y las orejas.

Escucho una fuerte explosión y pronto siento un gran calor. Cierro los ojos y espero.

Alguien tira de mí y me obligo a ponerme en pie. Creo que es Antonia quien corre y me arrastra con ella.

¡PUM!

Otra enorme explosión da lugar a una onda expansiva que nos tira al suelo. Siento que ya no puedo más. La piel me arde, la cabeza se me va y sigo escuchando disparos. Solo pienso en que no he visto a Erin salir del camión.

El duro asfalto es lo único que veo y huelo.

Alguien me gira y me quedo boca arriba. Es mi padre o, más bien, el que fingió ser mi padre. A un lado, hay un cuerpo y no quiero mirar, pero lo hago. Es Antonia, la madre de Erin, tiene varios disparos en el pecho y mucha sangre. No creo que esté viva.

El pánico se apodera de mí. Devuelvo la mirada al pater, que me está apuntando con el arma y tiene un dedo en el gatillo.

—No deseo hacer esto.

Se refiere a matarme, no quiere, pero lo va a hacer.

—Conocí a mi verdadera madre —digo en voz alta, no sé si a él o a mí misma, para traer un poco de paz a mi lecho de muerte—. Se llama Anat y es preciosa, pero también es la mujer más valiente y fuerte que he conocido jamás.

Mi padre tuerce el gesto y creo que está intentando contener las lágrimas.

—Todos los paters están muertos, solo quedo yo —me dice—, podríamos decir que fueron Antonia y Mateo, que no tuviste nada que ver, pero… ¿cómo podría fiarme de ti?

Mateo… Se refiere a Erin. Miro con ansiedad desde el suelo, pero no lo veo. Quiero incorporarme, pero no me quedan fuerzas. ¿Está muerto? Otro golpe de dolor me recorre, pero esta vez en el corazón. Erin no puede estar muerto, él no…

—No —le digo con mi último aliento—, no puedes fiarte de mí, porque mientras tenga una pizca de aire en mis pulmones, siempre intentaré defender a los inocentes y castigar a los culpables.

Él niega con la cabeza. Se recuesta a mi lado, me besa la frente y lo escucho sollozar. Después, pone su arma en mi sien y cierro los ojos para abrazar la muerte. Ya no hay nada que pueda hacer, así que susurro lo único que me queda por decir:

—Erin, por favor, vive, te quiero.

—Yo también —contesta alguien.

¡PUM!

El disparo me deja aturdida, pero no muerta. Voy a abrir los ojos, pero Erin se me adelanta, me agarra y me bloquea la visión del cuerpo muerto de mi padre. Ha llegado en el último momento y me ha salvado la vida.

—No mires, Ramla —solloza mientras me abraza—, nuestros padres han muerto.

Muevo mis brazos y lo rodeo también para acoger su pena. Puede que nos hayan decepcionado de diferentes formas, pero, aun con todo, los queríamos, y su marcha será algo que nos pesará siempre.

Escuchamos sirenas de ambulancia y de policía.

—Tenemos que irnos, Ramla.

Lo escruto y me doy cuenta de que está herido. No veo que tenga ningún agujero de bala, pero ha recibido varios golpes en el accidente y está agotado.

—Vete sin mí, Erin, no puedo más…

Cierro los ojos, pero él me golpea la cara e intenta cargarme. No opongo resistencia porque, literalmente, estoy sin fuerzas.

Las sirenas se acercan más. Erin consigue colocarme sobre su hombro derecho. Grita mientras se pone en pie conmigo encima. Camina lentamente.

Las sirenas están aquí y él se desploma y me deja sobre el suelo. Se tumba a mi lado y veo sus bonitos ojos azules.

—Lo siento, Ramla, siento no haberte podido sacar de aquí.

Soy consciente de que nos van a matar, no sé si antes nos torturarán o qué, pero nuestro destino es la muerte; sin embargo, estoy demasiado cansada y dolorida para pensar en algo tan triste, así que le sonrío.

—Y yo siento que vayas a morir por mi culpa, Erin, pero, sobre todo, siento que jamás sepa lo que hay en la caja.

Erin se ríe y sé que sabe a lo que me refiero. La llave que me regaló abre una caja cuyo contenido me prometió que algún día me enseñaría.

Erin me da un suave beso mientras escuchamos coches parar y puertas abrirse y cerrarse.

—Erin, solo prométeme que intentarás seguir con vida y ser feliz.

—Ramla…

Pero no oigo nada más, porque la oscuridad me lleva a algún lugar.

Me despierto algo sobresaltada.

No tardo mucho en darme cuenta de que estoy en lo que parece ser una consulta médica, no creo que esto sea una habitación de hospital. Eso sí, permanezco en las Islas. Lo sé por las imágenes de Dios que veo colgadas sobre la pared.

Me encuentro bastante bien, renovada de energías y sana.

No estoy atada a la cama ni nada similar, lo que me hace creer que puedo escapar.

Entonces, me percato de que hay alguien durmiendo en un sofá en el otro rincón de la estancia.

Lo analizo en detalle porque me suena mucho.

Es joven y lo he visto antes. ¡Es el pater Gerónimo!

Hará un par de años que es pater. Es quien mostró interés por leer el papel con el listado de paters muertos y sus crímenes.

No sé qué debería hacer o por qué estoy aquí ni dónde es «aquí», pero en lo único que pienso es en Erin. ¿Intentó huir? ¿Está vivo?

—Buenas… —miro el reloj de la pared y me doy cuenta de que es de madrugada— noches.

El pater se despierta de golpe. Sonríe al verme. Se incorpora y usa una voz suave y cercana para preguntarme:

—¿Te encuentras bien?

Asiento lentamente y él viene hasta mí. Me toma el pulso, me toca la frente y varias cosas que son más propias de un doctor que de un pater.

—Gracias por curarme… supongo. ¿Sabes de medicina?

Creo que ha sido una sucesión tonta de palabras, pero estoy confundida e intrigada. ¿Me ha salvado para ahora torturarme?

—Mi madre era pediatra —me explica y me llama la atención que una mujer en las Islas fuese algo más que una ama de casa—. Ramla, sufriste un aborto que se complicó. Tendrías que haber ido al hospital. Tenías tejido de...

—Sí —le interrumpo porque no quiero oír más sobre mi bebé nonato—, en el hospital se dieron mucha prisa por darme el alta.

Gerónimo tuerce el gesto.

—¿Estuviste en un hospital aquí, en las Islas, por este asunto?

Asiento y me muerdo el labio. Acabo de recordar que mi padre me llevó en secreto, pero está muerto y este hombre sabe que soy una asesina. ¿Qué importa ya nada?

El pater se aleja un momento, coge una silla, la acerca a la cama y se sienta en ella cómodamente.

—Ramla, me gustaría hacerte unas preguntas y que me contestes con sinceridad, pero entiendo que, después de todo lo que has sufrido, hayas perdido la fe en Dios.

Así que voy a contarte yo algo que es un secreto y espero que, a cambio, tú también te sinceres.

—Coloca una rodilla encima de la otra algo incómodo mientras yo permanezco callada sin entender nada—.

Estás en la antigua consulta de pediatría de mi madre.

Has estado dos días inconsciente y no lo recuerdas, pero fui yo y un grupo de soldados de Dios que me son fieles quienes te encontramos.

Nadie sabe que estás aquí, así que me la estoy jugando.

—¿Y el pelirrojo que estaba conmigo? —pregunto con ansiedad.

—Tenía una conmoción debido al accidente, pero esta mañana le he dado el alta. Lo tienen retenido mis soldados, pero se encuentra bien.

Respiro aliviada.

—Gracias.

El pater vuelve a cambiar la posición de sus piernas, nuevamente incómodo.

—Te voy a contar lo que pasó cuando te fuiste de la sala, pero yo voy a necesitar respuestas también.

—Me mira, esperando que me muestre agradable y amistosa, pero no puedo fingir, así que me limito a asentir y él relata—: Yo fui el primero en exponer que, aunque no aprobaba el asesinato, si esos paters habían realizado esas barbaridades que estaban en el listado que nos diste, quizá había sido Dios quien había guiado tu mano.

Tal vez es la hora de un cambio y de dejar de mirar para otro lado cuando siempre hemos sabido que algunos paters usan la violencia extrema en nombre de Dios.

Estuviesen de acuerdo o no, ninguno queríamos morir, así que aceptamos firmar tus condiciones y subirlas a la red para que nos dieras el antídoto, pero tu padre se volvió loco, enfureció y se las ingenió para escapar y dejarnos allí incomunicados para que muriésemos.

Gerónimo hace una pausa que agradezco, porque tengo demasiado que asimilar.

—¿Mi padre no intentó salvaros?

—Nos condenó a muerte alegando que era la voluntad de Dios que solo él quedase vivo.