Peccatorum, más que la chica del té 13_La hora del té #5
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13_La hora del té #5

Sus palabras me duelen y una lágrima asoma por mi cara. Erin está muy afectado por haber perdido un bebé que ni siquiera esperábamos. ¿Cómo son posibles esos sentimientos? Lo cierto es que no lo sé, pero yo misma los estoy experimentando.

—Entonces, ¿todo esto no ha servido de nada? —pregunta su madre y yo soy incapaz de contestar, porque no, si no han aceptado el contrato y siguen vivos, he pasado por todo esto para nada. Al menos, pienso que he acabado con unos cuantos delincuentes.

Seguimos viajando.

La hora se cumple y no hay nada en las redes sociales sobre la aceptación del contrato.

Es extraño, han visto morir a sus compañeros, ¿de verdad estaban dispuestos a sucumbir ellos también antes que aceptar mis condiciones públicamente?

¿O es que han descubierto el engaño? Es imposible: aunque les hubiesen sacado sangre, tardarían horas en analizar la muestra y ver que no hay peligro. Algo no encaja.

Continuamos el viaje en silencio. Antonia va concentrada en vigilar por todas partes y Erin conduce mientras intenta ahogar su frustración. Ella no es que me caiga muy bien y no sé qué decirle a él, así que permanezco callada.

Cada vez que pasamos cerca de otro coche, me tumbo en el asiento y me tapo con una tela. Soy negra con ojos azules, un aspecto que cualquiera reconocería, aunque la madre de Erin no ha interceptado ningún aviso por radio de que nos estén buscando, lo que también es raro.

—Estamos a punto de llegar al embarcadero —anuncia Erin—. Ramla, ¿cómo te encuentras?

Me mira por el espejo retrovisor y yo me toco una de las heridas de la cabeza.

—Aguantaré.

Su cara se tercia amarga, debo tener mal aspecto; de hecho, me encuentro mal, pero no quiero alarmar a nadie, ya me quejaré cuando hayamos salido de aquí.

—Cuando lleguemos al embarcadero, es posible que nos estén esperando los soldados de Dios —nos advierte la madre de Erin—. Ramla, tendrás que hacer exactamente lo que te digamos.

Asiento y ella me mira como si dudase de mí, como si no fuese capaz de seguir sus órdenes.

Erin detiene el coche demasiado lejos del embarcadero. Vamos a tener que andar bastante.

Bajamos del vehículo. Antonia se pone a la cabeza y caminamos bajo el sol del mediodía.

Erin se sitúa a mi lado y pronto los tres nos adentramos en la espesa vegetación para alejarnos de la carretera y no ser vistos.

Ellos llevan las armas y la maleta que han desenterrado y yo cargo con mi miedo y mi dolor.

Antonia hace una llamada.

Erin me coge de la mano y me mira mientras caminamos a paso rápido.

—Tienes mala cara, Ramla.

—Es lo que tiene convertirse en asesina para nada —comento mientras intento seguir el ritmo y no caer mareada al suelo.

—Has hecho justicia… Y has dado un duro golpe a las Islas.

—En el rostro de Erin hay un destello de satisfacción.

Le encanta sentirse orgulloso de mí—. Ni los antiguos ni el presidente habríamos podido hacer algo así sin ti.

Eres muy valiente, Ramla, y no solo por lo de hoy, sino por todo lo que has pasado.

Erin esboza una mueca de felicidad y yo le pongo una cara graciosa que consigue hacerle reír.

—Ya te lo dije, lo único que sé hacer es preparar té.

Ambos nos reímos y Erin bromea:

—Recuérdame que nunca te deje prepararme el té.

Sé que aún está enfadado porque haya dejado vivos a tantos paters y, especialmente, a Massimo, pero creo que se está esforzando por disipar su malestar y hacerme sentir tranquila, como si no estuviésemos en mitad de una huida.

Antonia cuelga el móvil, se gira a mirarnos y se coloca a nuestra altura.

—No hay soldados en el embarcadero ni ninguna orden de que nos retengan.

—¿Eso es normal? —pregunto al mismo tiempo que doy un traspiés para no chocarme contra un matorral. Ella niega con la cabeza.

—Nuestro infiltrado va a ir a la gasolinera más cercana al puerto con su camión. Es todo lo que he conseguido, tenemos que darnos prisa.

Seguimos a la madre de Erin, que lleva el GPS y tiene muy claro a dónde vamos. Lo reconozco, no puedo seguir el ritmo, y eso que ella casi tendrá sesenta años.

Camino a una gran velocidad, casi corriendo, pero las piernas me tiemblan, el mareo se intensifica y el dolor aparece en todas partes.

Erin tira de mi mano campo a través hasta que caigo al suelo.

—Ramla —me dice mientras se detiene y me ayuda a ponerme en pie—, venga, un último esfuerzo.

Le hago caso y él me ayuda a caminar, pero ahora vamos más lentos porque no puedo más.

—No vamos a llegar. Hay que correr —dice la madre de Erin.

—No puedo… lo siento… —balbuceo.

Erin se detiene y me da unos golpes en la mejilla.

—Joder, está sangrando otra vez —comenta ella de forma tosca, como si fuese culpa mía.

—Está ardiendo, necesita un hospital. Vale, Ramla, voy a cargarte, pero necesito que te mantengas despierta, ¿de acuerdo?

—Tengo mucho calor, Erin…

—Tienes fiebre, Ramla. Tranquila, todo va a salir bien.

No siento que nada vaya a salir bien, pero pronto Erin me carga sobre sus hombros.

No es una postura bonita, más bien parezco un saco de patatas, pero creo que es la más práctica para que él pueda correr conmigo encima.

Aunque es fuerte, noto su gran esfuerzo por llegar a la gasolinera con el peso extra que supongo.

No transcurre mucho tiempo y nos detenemos. Ellos intercambian algunas frases y, enseguida, escucho ruido de puertas. Estoy algo mareada y el mundo se desdibuja a mi alrededor.

—¿Qué le pasa? Creo que hay un botiquín ahí atrás —comenta una voz que no reconozco. Debe ser el conductor del camión.

—Le pasa que necesita salir de aquí cuanto antes —aclara Erin con menos educación de la habitual.

Subimos al vehículo y creo que me desvanezco, pero no del todo, porque alguien me hace tragar una pastilla con agua.

—Es un antibiótico, Ramla —me dice Erin—, pronto te sentirás mejor.

Espero que lleve razón, aunque solo con el hecho de haber parado de correr creo que ya voy recuperando el control de mi cuerpo.

Mientras el camión nos lleva al embarcadero, nos ponemos los uniformes de la empresa transportista para hacernos pasar por empleados. Recuerdo que así fue como empezó esta historia, conmigo conduciendo un camión.

Si no hay soldados de Dios que me busquen, pasaremos como trabajadores, pero si han dado el aviso de búsqueda con mi fotografía, esto no servirá de nada.

Me siento y me tomo unos momentos para descansar.

Sé que tengo fiebre y que la pastilla tardará un rato en hacer efecto.

También sé que mi entrepierna sangra y que necesito un hospital.

Sin embargo, trato de respirar y concentrar mi atención.

No puedo volver a ser una carga para Erin, no hasta que estemos fuera de aquí.

—Preparaos, vamos a entrar —nos avisa el conductor—. Hay un barco con militares esperándonos en cuanto pisemos las aguas de la Península. Tienen médicos.

—No sabía que mi madre también tuviese barcos —le digo a Erin en un susurro.

—Es cosa del presidente —interviene Antonia—, el jefazo tuvo que pactar algunas cosas para protegerte de esta misión suicida.

Me quedo boquiabierta y me doy cuenta de que, ahora que hemos parado y ya no voy corriendo campo a través, me siento mejor.

De repente, un fuerte golpe zarandea el camión arrastrándolo lejos de la carretera. ¿Acabamos de tener un accidente?

Las cajas de la carga se mueven y nos golpean por todas partes mientras intentamos agarrarnos a los bancos de atrás, que no llevan cinturón de seguridad porque no son asientos como tal.

El camión se para y creo que estoy bien, pero Erin y Antonia están a unos metros de mí y tienen sangre en la cabeza.

Intento llegar hasta ellos.

—Erin, ¿estás bien?

Escucho un disparo a mi espalda. Me giro y veo muerto al conductor. Entro en pánico.

Avanzo entre las cajas y llego hasta Erin. Creo que está inconsciente. Le golpeo la cara varias veces y él abre los ojos confundido.

—Erin, el conductor está muerto.

—¡Apártate! —me dice su madre con malas formas y le clava una jeringuilla a Erin. El efecto es inmediato, porque grita y se zarandea cargado de energía.

—¿Adrenalina? —pregunta él mientras busca su arma.

—Sí, nos han tendido una emboscada.

¿Su madre le acaba de inyectar adrenalina para reanimarlo? ¿Y a qué se refiere con lo de la emboscada?

—Ramla —dice una voz a través de un megáfono fuera del camión—, si me oyes, sal del vehículo, voy a prenderle fuego.

Todos nos miramos. Ellos parecen más calmados, pero yo siento que todo me da vueltas y caigo hacia atrás. Erin me sostiene.

Antonia le hace un gesto a su hijo y creo que recorren el interior del vehículo en busca de huecos donde ver el exterior sin ser disparados.

—Creo que son dos —dice Erin.

¿Solo dos soldados para capturar a la asesina de los paters? ¿Y cómo han sabido dónde encontrarnos? ¿De qué me suena la voz del megáfono?

Erin y su madre susurran y planean algún tipo de estrategia.

—Ramla, último aviso, si no sales, voy a prenderle fuego al camión —dice la voz del megáfono.

—Sal, te cubrimos —ordena Antonia.

Erin pone mala cara.

—¿Estás loca? ¡No!

—Si la quisiese muerta, ya habría quemado el camión.

Miro a Erin, chasquea los labios muy enfadado, pero asiente con la cabeza en mi dirección.

Me ayudo de las cajas que hay volcadas y caídas por todas partes para llegar a la puerta. Ellos se colocan detrás de mí con sus armas.

Me paso la lengua por los labios y abro.