13_La hora del té #4
Varias personas sacan los móviles, deduzco que para pedir ambulancias o llamar a más soldados de Dios. Intento fingir alarma para no levantar sospechas mientras observo con detalle si alguno consigue pedir ayuda. Creo que no, pero no estoy segura, son muchas personas.
Los muertos siguen cayendo, y los que no, están demasiado enfermos para hacer cualquier cosa. Todos están pereciendo menos mi padre.
Sé que son malas personas, que han cometido crímenes, pero esta escena es horrible y se graba en mis retinas de una forma tan intensa que creo que jamás la olvidaré.
Ha llegado el momento de pedir ayuda, así que me deslizo rápidamente de mi silla en dirección a la puerta. Avanzo unos pasos, pero alguien me retiene con fuerza.
—Ramla, ¿por qué?
Me giro y veo a mi padre sujetarme el brazo con una ferocidad extrema.
Algunos pocos se percatan de lo que sucede entre nosotros y no tardan mucho en asumir que he sido yo. Otros caen al suelo mientras escupen sangre.
—Papá, ¿por qué? —le pregunto yo a él. ¿Por qué me secuestró de niña? ¿Por qué me educó en la desigualdad? ¿Por qué nunca me defendió cuando mi novio me pegó? ¿Por qué me azotó? ¿Por qué mató a mi bebé?
El rostro de mi padre se llena de ira y me abofetea tan fuerte que caigo al suelo. Entonces, grito:
—¡Antonia, socorro! ¡Antonia!
Mi padre me coge por los brazos, me levanta del suelo y me empuja contra una estantería llena de macetas, que se resquebrajan y caen sobre mí.
Escucho un sonido muy fuerte, que hace que todo retumbe y que los pocos que siguen vivos guarden silencio. Creo que ha sido un disparo.
—¡Silencio todo el mundo! Al que se mueva un centímetro, me lo cargo —dice Antonia desde la puerta mientras apunta con lo que creo que es un rifle de los soldados de Dios. Así que han robado sus armas.
Detrás de ella, aparece Erin con otra arma, se adentra en la sala y ve la masacre que he provocado. Ahora soy una asesina, ¿qué pensará?
—Hemos reducido a vuestros soldados —les advierte él mientras se abre camino entre los muertos y moribundos. Llega hasta mí y me tiende la mano sin dejar de apuntar a los demás.
Me ayudo de Erin para levantarme y me doy cuenta de que las heridas viejas duelen y que ahora tengo otras nuevas. No digo nada, solo lo acompaño hasta la puerta, donde él y su madre me protegen como dos guardaespaldas.
—¿Crees que Dios quiere esto, Ramla? ¿Qué crees que va a pasarte?
Es mi padre quien habla y Erin el que desvía el arma hasta él. Sé que quiere matarlo por todo el dolor que me ha infligido, pero yo le pongo la mano en el rifle para tranquilizarlo.
—¿Tenemos una forma de salir? —les pregunto en un susurro a él y su madre.
—Sí, pero si han pedido ayuda, tenemos que irnos ya.
—Aún no puedo marcharme —les digo y me abro camino para salir de detrás de ellos.
Me pongo en una situación donde los doce paters que quedan vivos me vean y me dirijo a ellos—: El presidente me pidió que os envenenarse a todos.
Los dieciocho paters que han muerto no lo han hecho porque el presidente lo haya querido, sino porque yo lo he decidido.
—Las caras de terror son evidentes en ellos.
Saco un papel que había guardado cuidadosamente en el bolsillo del vestido, lo desdoblo y lo dejo sobre la mesa, al alcance de cualquiera de ellos—.
Ahí está el listado de crímenes que cada uno había cometido: violaciones, asesinatos, pedofilia, tortura, secuestros…
—Miro a mi padre, él ha cometido varios de ellos, pero está vivo.
Me dedica una mirada dura y sus ojos se llenan de ira y rabia.
El pater joven, Gerónimo, coge el papel y lo lee. Parece que cree lo que pone, se lo pasa a otro y pregunta:
—¿Y qué hay de los demás? Nos has envenenado y no hemos cometido ningún delito.
Es cierto, todos presentan síntomas de envenenamiento, pero ninguno va a morir, solo que no lo saben.
Ahora cojo otro papel que he redactado yo misma, ya que el plan del presidente era que asesinase a todos los paters, pero yo no podía matar a personas inocentes, no podía darle la partida al presidente, quien es también un ser que bien merecería la muerte.
Le entrego el documento a mi padre, el único que no ha sido envenenado ni tiene ningún síntoma.
—Esto es un contrato donde os comprometéis a dejar que se marchen libremente de las Islas a quienes lo deseen, así como a prohibir y perseguir todos los delitos de desigualdad, maltratos, secuestros, torturas y otros similares, incluso en nombre de Dios.
El pater Massimo, mi padre adoptivo, el referente para los demás, tensa la mandíbula y sé que, de no haber un arma apuntando a su cabeza, me llevaría un buen golpe. Coge el papel y lo arruga, lo tira al suelo con desprecio y dice:
—No vas a salir viva de aquí, Ramla.
Aunque Erin está detrás de mí, lo noto inquietarse.
—Pero tú, sí, padre, porque yo lo he querido así, esa es la diferencia entre nosotros.
—Le aparto la mirada y me dirijo a los demás—: Grabad un vídeo ahora mismo firmando el contrato y subidlo a la red pública.
Cuando lo hagáis, le enviaré a mi padre el nombre del veneno que os he administrado y el del antídoto. Tenéis menos de una hora o moriréis.
Me giro sin más, pero Antonia y Erin están observándome totalmente descolocados. Es la madre quien habla primero:
—Dejarlos vivos va a complicar la huida.
—Lo sé, pero es lo más justo.
Erin va a decir algo, pero se calla. Salimos de la sala del té sin dejar de apuntarles y Antonia atranca la puerta.
Oímos sirenas.
—Seguidme —dice Erin.
Corremos detrás de él por distintas estancias de la casa. Hay soldados dormidos por todas partes y, aunque no me fijo mucho, creo que algunos están muertos o inconscientes. Supongo que no todos han querido beber té y Antonia y Erin han tenido que resolverlo de otra forma.
Me duele el cuerpo por las heridas de los azotes, por las que me ha dejado la estantería llena de macetas y por la pérdida de mi bebé. Aun así, corro sin mirar atrás y sin quejarme.
Salimos al aparcamiento de la parte posterior de la casa.
Hay un coche cuya matrícula parece que acaba de cambiar Erin de cualquier forma.
Supongo que, aunque de cerca se nota mucho, en una cámara de tráfico dará el pego, y lo primero que harán será buscar la matrícula original de este vehículo que nos vamos a llevar.
Nos montamos, Erin delante y nosotras detrás, porque es lo habitual en las Islas. El coche sale a toda velocidad de mi casa mientras las sirenas se acercan.
Erin nos dirige campo a través en vez de por la carretera asfaltada, y temo que una rueda se pinche. Nos zarandeamos por los baches y yo me siento mareada.
Antonia se pone de rodillas en el asiento, dándole la espalda a Erin y mirando hacia atrás. Creo que está vigilando por si viene alguien.
No sé a dónde vamos, pero no creo que lleguemos a ninguna parte por aquí. Entonces, Erin detiene el coche. Lo agradezco, porque estaba a punto de vomitar.
Erin y Antonia salen precipitadamente del vehículo y se ponen a cavar con un par de cucharas soperas bajo unos matorrales secos.
Salgo del coche, agotada y mareada, pero no me quejo. Me apoyo en la puerta y los observo. No tardan mucho en llegar a su objetivo: una maleta. Antonia le quita la tierra de encima y la abre. Hay muchas cosas dentro, pero coge un móvil y hace una llamada.
Erin viene hasta mí. Tiene mal aspecto.
—¿Estás bien, Ramla?
—Yo, em… sí, claro.
Él esboza una mueca de disgusto, mira a su madre, que creo que está detallando los detalles de nuestra huida con alguien, y luego, se vuelve a mí.
—No puedo creer lo que has hecho.
Sus palabras son como un puñal clavándose lentamente. Soy una asesina. No puedo evitarlo, necesito justificarme.
—No me odies, Erin. Esos hombres eran delincuentes. Yo era la única que tenía acceso a ellos. El presidente vio la oportunidad y yo… bueno, yo…
—Eh, Ramla —me dice agarrando mi mentón entre sus manos—, me parece genial que te hayas cargado a esos despojos humanos, pero dejar vivo al pater Massimo después de lo que te ha hecho, de cómo nos ha herido…
Erin está orgulloso de mí por lo que he hecho, pero, al mismo tiempo, enfadado.
—Erin, es mi padre —le digo agarrando sus dedos y apartándolos de mi mentón.
—No, tu padre es una mujer que ha creado todo un grupo de rebeldes militares por ti. Ella es tu madre y tu padre. Ella lo ha dado todo, no Massimo.
Está molesto y yo me siento aturdida física y emocionalmente. Escruto su bonito rostro lleno de pecas, hay angustia en él.
—Erin, ¿habrías sido capaz de matar a tu padre aun con todo lo que te hizo?
—Sí —contesta y me deja descolocada.
La conversación se acaba aquí porque Antonia llega y nos indica que debemos ir al embarcadero cuanto antes.
Nos ponemos en camino. Subimos de nuevo al coche y Erin arranca.
Yo le pido el móvil a Antonia para consultar la red.
Aún no hay nada sobre el contrato que les he pedido a los paters que firmen.
Les quedan unos cuarenta minutos para que se cumpla la hora, solo que ninguno de los supervivientes va a morir y espero que no descubran el engaño porque es mi baza para que acepten las condiciones. Le devuelvo el móvil a Antonia.
Salimos del campo y avanzamos por carreteras poco transitadas a una velocidad nada sospechosa. Erin trata de hacernos llegar con vida al embarcadero y, para ello, el vehículo debe pasar desapercibido.
Pasan algunos minutos mientras avanzamos por la carretera y, por fortuna, no nos cruzamos con nadie.
—Ramla —me dice Antonia al cabo de un rato—, aún no veo nada en la red y pronto hará una hora que nos fuimos.
—Al final, van a morir todos menos Massimo —comenta Erin con frustración.
Me agarro los pliegues del vestido blanco que me puse esta mañana en mi casa, a la que nunca regresaré, y me sincero con ellos:
—Es un farol. No podía matar a gente inocente. Estarán enfermos unos días, nada más.
Erin agarra el volante con fuerza y tuerce el gesto.
—¿Gente inocente? Son los precursores de un lugar donde está permitido maltratar a las mujeres, secuestrar bebés, matarlos…