13_La hora del té #3
Todos los paters están sentados en la sala, en este bonito entorno adornado con plantas.
Hace una hora que se reunieron y llega el momento de tomar el té.
Es ahora cuando Antonia debe usar las raíces que le di y asegurarse de que los soldados que han venido con los paters las tomen mezcladas con la bebida.
Les hará dormir profundamente. El efecto surtirá pasada una media hora, pero si todos no la toman a la vez, algunos se dormirán más tarde y supongo que se alarmarán al ver que sus compañeros caen presos del sopor.
Eso podría ser un problema, pero confío en que Antonia sepa resolverlo.
Miro por la ventana de la cocina y veo que Erin está hablando en el patio delantero con algunos de los soldados. Sus cabellos pelirrojos brillan bajo el sol. Lo cierto es que bien podría ser un soldado de Dios más, ya que es grande y musculoso.
No sé si es buena idea que esté hablando con los soldados de los paters, porque se supone que es el cochero, pero me repito que Erin sabe lo que hace.
Aparto mi vista de la gran distracción que supone mirar a ese pelirrojo al que amo con locura.
Cojo el carrito con las bandejas, los vasos y el té y me dirijo a la sala donde están todos los paters.
En la puerta, hay varios soldados de Dios guardando la sala.
No llevan armas, pero son fuertes y sus puños parecen preparados para la pelea.
—Vengo a traer el té. —Finjo una sonrisa.
No necesito presentarme, porque uno de ellos es el soldado que llevo viendo estos días en casa, el que sustituye a José, mi novio muerto…
—Espera un momento —dice el otro. Abre la puerta con cuidado, pasa y, al cabo de un minuto, regresa—. Puedes entrar.
Sonrío de manera fingida y accedo al interior con el carrito del té. Creo que no he estado tan nerviosa en mi vida; siento que, en cualquier momento, voy a hacer chocar el carro contra algo.
La puerta se cierra detrás de mí y yo me dispongo a servir el té en silencio.
Eso sí, antes de nada, hago un repaso de las caras de todos ellos.
Las conozco desde que era niña. Son treinta paters de las treinta villas que conforman las Islas.
Algunos fueron nombrados recientemente, otros parece que nacieron siendo líderes.
Soy ágil, discreta, entregada y servicial.
Detengo el carrito ante el primero al que voy servir.
Cada uno tiene un añadido especial para su té y no debo confundirme.
La mano me tiembla, pero intento disimularlo.
Ellos mantienen entre sí conversaciones triviales porque están en su tiempo de descanso.
Avanzo y sirvo al siguiente, y al siguiente, pero los nervios no disminuyen. No puedo olvidar las atrocidades que algunos han hecho y me permito pensar en ellas un momento antes de servirles el té, para tener claro por qué hago esto.
Me paseo entre ellos con el elegante vestido de cuello vuelto.
Soy bonita, lo sé, pero la mayoría no me mira como si fuese un objeto sexual, lo que indica que deben tener el IPAS activado, aunque sé de primera mano, por algunas víctimas, que a veces lo apagan, lo que, supuestamente, es un pecado en las Islas.
Ríen, hablan, comentan y yo me pregunto qué dirían si supiesen lo que va a suceder a continuación.
Son muchos, pero soy rápida.
El pater Augustos es el último en ser servido.
Lo miro con detenimiento mientras agarro su taza y sirvo su té con asco.
Es quien violó a Helen cuando solo era una niña y él aún no era pater, sino soldado.
La hermana del jefe de seguridad de la mansión tuvo que acostarse con él a la edad de trece años para que aceptase sacarla de las Islas.
En esa historia hay demasiadas preguntas.
¿Cómo apagó el soldado su IPAS para realizar tal acto?
¿Por qué aceptó sacarla de aquí? ¿Cómo acabó alguien así convirtiéndose en pater?
Pero en lo único que pienso es en que tengo suficientes historias de las exbendecidas que huyeron a la Península como para condenar a más de la mitad de los presentes por actos similares.
—Ramla, toma asiento, queremos comentarte algo —me dice mi padre y todos me miran con interés.
Creo que he hecho bien en escoger el largo vestido blanco de cuello alto y en recoger mi cabello en un moño. Ellos me miran como a una mujer adulta y no como a una niña. Todos ven mis heridas, fruto de los latigazos, que van al descubierto, tal y como me ordenó mi padre.
Me siento en la única silla libre, a dos asientos de mi padre, entre dos paters cuyos delitos conozco perfectamente.
Ellos han sido jueces y verdugos de los habitantes de las villas y nadie les dio ese derecho.
Pienso en que yo voy a hacer exactamente lo mismo y temo que algún día también me llegue mi castigo.
Sonrío a mi padre a la espera de que diga aquello que desea. Ojalá lo haga rápido, porque muchos ya han empezado a tomarse el té y pronto las cosas van a ponerse feas.
El pater Massimo suaviza sus facciones un poco, ya que siempre parece estar tenso, como si en cualquier momento tuviese que saltar al ataque. Pasea su mirada por la sala y habla:
—Todos los aquí presentes somos conocedores de tu historia, de tus pecados y tus fortalezas. —Me mira directamente a los ojos—. Dios te ha escogido para ser su voz en la Península.
¿Cómo?
Me paso la lengua por los labios, muy nerviosa. Intento procesar lo que quiere decir, pero no entiendo muy bien. Escruto los rostros de los paters. Van trajeados y me miran con recelo o con admiración, depende de la persona.
Otro pater algo más joven me observa. No lo conozco demasiado, pero, al menos, sé que no ha dañado a ninguna exbendecida. Sus ojos parecen llenos de esperanza cuando me ve. No sé qué espera de mí, pero toma la palabra:
—Ha llegado el momento de que seamos más modernos, Ramla. Las mujeres deben ser escuchadas y, por ese motivo, queremos convertirte en mater. La primera mater de las Islas.
¿Qué? ¿De verdad, justo ahora piensan en ser más modernos y me proclaman mater? ¿A mí? No entiendo por qué actúan así ni qué les mueve a tomar esa decisión.
El pater joven, cuyo nombre es Gerónimo, parece muy feliz, como si viese en mí la perspectiva de un futuro mejor.
Mi padre toma la palabra:
—Debido a tus actos, Ramla, hay un movimiento de personas en la Península que te consideran una santa bendecida y que están empezando a renegar de los bendecidos de las Islas, haciendo que algunos de nuestros habitantes duden también de la palabra verdadera de Dios.
—Me mira con el rostro muy duro, como si quisiese advertirme de que jamás tendré poder, aunque haya gente que me considere una santa—.
Queremos que tengas tus propias redes sociales para llegar a ellos y que los reconduzcas hacia el camino correcto.
—Queréis que sigan la fe de los bendecidos —comento boquiabierta. No, esto no lo hacen por ser modernos o porque crean que las mujeres merecen más. Lo hacen porque no les queda más remedio o perderán adeptos.
Aunque son muchos paters, yo cambio la dirección de mi mirada de mi padre a Gerónimo, que sigue con la expresión llena de luz y me dice:
—No solo eso, queremos que vengan a vivir aquí. Vamos a pactar una tregua con el presidente a cambio de que deje venir libremente a las Islas a todo aquel que lo solicite formalmente.
Abro los ojos tanto que creo que se me van a salir de las órbitas. Finjo una sonrisa que no creo que llegue a disimular el asco que siento en estos momentos.
—¿Y las personas que deseen irse de aquí a la Península? ¿También tendrán vía libre? —pregunto.
El pater Gerónimo va a hablar, pero se arma un revuelo muy intenso en la sala y su mirada se entristece. Mi pregunta es una ofensa que pone en entredicho que sea la candidata ideal para hacer lo que esperan; sin embargo, me da igual.
Mi padre tiene el gesto endurecido y yo finjo vergüenza. Él, que me secuestró, engañó y utilizó. Él debería ser quien se avergonzase.
—¡Silencio! —grita una voz que no reconozco y, para mi sorpresa, es la del pater Augustos, el violador—. Creo que es una buena idea, así nos quitaríamos la imagen de secta que tenemos en la Península. El que se atreva, que se vaya de las Islas.
Cada palabra escupida por ese ser despreciable no tiene ningún valor para mí.
Entonces, un pater comienza a toser fuertemente. Lo miro y me pongo muy nerviosa. Esto se va a poner feo y yo cuento los pasos que hay desde mi asiento hasta la puerta, estoy lejos para escapar rápidamente sin que nadie me atrape.
Pronto, varios paters carraspean y, en unos segundos, más de la mitad están tosiendo sangre.
—¡Es el té! ¡Nos ha envenenado! —grita Augustus mientras señala a mi padre.
Su acusación me sorprende, porque he sido yo quien ha servido la bebida, pero pronto comprendo que nadie aquí creería capaz a una mujer de semejante hazaña.
Lo miro mientras la sangre cae por su boca y retengo esta imagen para contársela a mi amiga Helen, para que sepa que ha sido vengada.
Mi padre se encuentra perfectamente y me mira mientras abre mucho los ojos, comprendiendo que he sido yo, que la niña a la que secuestró, azotó y sí, también amó, ha envenenado a los paters de las Islas para acabar de un plumazo con los bendecidos.
—¡Soldados de Dios! —grita alguien.
Yo permanezco quieta a la espera de ver cuáles son los acontecimientos mientras las acusaciones sobre mi padre son lanzadas desde varios puntos de la sala.
Los paters llaman a sus protectores, pero Antonia ha debido hacer bien su trabajo, pues nadie acude al rescate. Ellos entran en pánico y sus caras de horror muestran que saben perfectamente que esto ha sido planeado.
El primer muerto cae al suelo con la boca llena de sangre. Alguien que se encuentra mejor le comprueba el pulso y exclama lleno de terror:
—¡Está muerto!