13_La hora del té #2
—Un día se fue sin más, o eso he creído toda mi vida, pero, cuando conocí a la jefaza, a tu madre, resulta que mi madre y la tuya tenían un pasado juntas.
Yo no quería que ella me acompañase en esta misión.
Es más, no tenemos buena relación porque solo era un niño cuando mi madre se metió en los antiguos y nuestra vida se convirtió en una retahíla de misiones y entrenamientos.
Siento que mis padres me arrebataron la infancia de formas diferentes.
En lugar de un padre, tuve un maltratador y, en lugar de una madre, tuve una general.
Me paso la lengua por los labios e intento dejar a un lado mi mareo.
—Supongo que su forma de sentirse a salvo por si tu padre regresaba era convirtiéndoos a ambos en soldados.
No es excusa, pero creo que ayuda entender por qué los demás actúan como actúan.
—Erin me mira algo descolocado y yo me explico—: José, a veces, me pegaba.
Eso está mal, pero él creció en un lugar donde los hombres tienen derecho sobre sus mujeres, donde son superiores y deben educarnos.
No es excusa, pero entender por qué se comportaba así me ha ayudado a sentirme mejor.
Erin pone mala cara, lleva nuestras manos unidas a sus labios y besa mi mano. Luego, la devuelve a su posición.
—No es eso, Ramla, es que mi padre no va a volver nunca.
—Ahora la que está descolocada soy yo y Erin me explica—: Los antiguos lo mataron.
Tu madre me lo contó para convencerme de venir aquí con mi madre.
Me dijo que mi madre solo quería protegerme.
Ambas se conocieron en terapia después de que te secuestraran y, supongo que, de alguna forma, mi madre acabó siendo una soldado al servicio de los antiguos a cambio de que matasen a su marido, a mi padre.
El mareo que ya tenía se acentúa. ¿Mi madre mató a su padre o, si no fue ella personalmente, al menos, lo ordenó? Todo me da vueltas y siento que, literalmente, se me va la cabeza.
—Ramla, estás blanca, ¿estás bien? —pregunta Erin mientras se levanta y regresa con un vaso de agua.
Intento coger la bebida, pero el cristal se desliza entre mis dedos y cae al suelo mientras siento que me desplomo en caída libre y me pierdo en la oscuridad.
Cuando tomo conciencia nuevamente del mundo exterior, estoy tumbada en el sofá con las piernas en alto y veo que mi vestido de flores tiene una pequeña mancha de sangre en la zona de la entrepierna. Erin me está dando aire.
—¿Estás bien? Tendría que haberte sacado de aquí, Ramla. Quizá deberías estar en un hospital.
—Erin, escúchame —le digo de forma precipitada mientras recuerdo por qué he venido: no para que me viese así, ni siquiera para hablar de nuestras madres, sino porque mañana por fin voy a servir el té a los paters—, mañana es posible que pueda cumplir mi misión. ¿Tenéis un plan para salir de aquí?
—Lo tenemos —dice, yo hago amago de incorporarme y él me ayuda—. Entonces, centra toda tu atención en eso y prométeme una cosa.
—No me voy a ir sin ti —dice de forma tajante, como si me hubiese leído la mente.
—Erin —le advierto—, si las cosas se complican y no hay más remedio, tendrás que irte sin mí.
—Si las cosas se complican, no me despegaré de ti, Ramla.
—¿Y si muero? ¡No seas idiota, Erin! —exclamo enfadada.
—Si mueres, me cargaré a todos los que te hayan hecho daño y, luego, escaparé para matar a Luciano Borges.
Niego con la cabeza, pero, en el fondo, sé que es bonito que él desee protegerme y vengarme.
—Vale, no me dejas otra opción, Erin —le digo esbozando una pequeña sonrisa—: tendré que cumplir mi misión a la perfección para que no te pongas en peligro, aunque tu madre no me crea capaz.
Erin cambia el gesto lentamente y sonríe.
—Mi madre está cansada de todo, ya no tiene fe en nada, ni siquiera en los antiguos.
Sinceramente, creo que solo sigue ahí porque siente respeto por tu madre, porque la ayudó con mi padre.
Supongo que la jefaza es todo lo que no pudo ser ella y por eso la respeta.
¡Joder, Ramla! —dice de repente, como si acabase de caer en algo—.
Tu madre creó uno de los grupos militares más potentes que existen contra el presidente.
Así que, siendo hija de quien eres, da igual lo que diga mi madre, tú puedes con cualquier misión.
Beso a Erin y deseo que todo esto acabe para apagar mi IPAS y pasar días enteros en la cama besándolo, acariciándolo y demostrándole lo mucho que lo amo.
Llega el domingo y me despierto antes de que suene el despertador, es más, creo que no he dormido ni lo más mínimo. He estado dándole muchas vueltas a la misión que me encomendó el presidente y a lo que me contó Erin de su padre...
Cuando cumpla mi misión, el presidente hará efectivos todos los cambios en los contratos de los torums, pero ¿será suficiente con unos cuantos cambios?
No, no lo será. Igual que tampoco es justo que yo haga lo que él me pidió.
He llegado a la conclusión de que, en esta historia a tres bandos —antiguos, bendecidos y gente de la Península—, no puedo ponerme del lado de nadie, porque en todas partes hay buenas y malas personas.
Y mi lado es y será siempre el de los buenos.
Dicho esto, tengo mi propio plan y eso hace que esté muy nerviosa y que el día de hoy sea muy peligroso.
Me pongo uno de los muchos vestidos florales que llenan mi armario, pero selecciono el que me haga parecer algo mayor: un vestido blanco de cuello alto sin mangas, ceñido hasta el pecho y vaporoso en la parte de abajo.
Me recojo mi largo y abultado cabello en un moño alto, lo que es poco habitual en mí.
Como no hay nadie despierto, me dirijo al huerto y cojo lo que necesito, aunque ya he estado preparándolo todo en secreto desde el día en que regresé; sin embargo, me faltan algunas cosas debido al cambio de plan de última hora.
Estoy nerviosa, muy nerviosa.
Voy a la cocina para preparar el desayuno y allí me encuentro con Antonia, que tiene pinta de no haber dormido tampoco, pues unas enormes ojeras asoman bajo sus ojos azules, iguales a los de Erin.
Me mira con intensidad, arrugando las pecas de su cara.
—Dice mi hijo que será hoy.
Asiento y ambas sabemos de lo que hablamos. Miro el reloj de la cocina y me doy cuenta de que, a estas horas, cualquier persona puede andar libremente por la casa, así que lo mejor es hablar en clave.
—Sí, Antonia, he sido purificada y hoy tendré el honor de servir el té a los paters de las Islas, que vienen a reunirse con el mío.
Ella comienza a exprimir zumo de naranja.
—Es un gran honor, Ramla, ¿necesitarás ayuda con el té? Tengo entendido que los paters vienen con los soldados de Dios, serán muchas personas para que sirvas el té tú sola.
La escudriño a fondo. Tiene que ser cierto que mi madre y ella tienen una buena relación: solo puede saber eso porque mi madre se lo haya contado.
Sí, los paters se reúnen y vienen acompañados de soldados de Dios, cada uno suele traer a uno o dos. No es que crean que corren peligro en esta casa, pero tampoco se van a arriesgar a reunirse todos los paters en un mismo sitio sin protección.
—Solo yo puedo pasar a la reunión, nadie más tiene ese honor —aclaro—.
Los soldados de Dios esperan fuera de la sala, sírveles té o lo que deseen.
—Miro a ambos lados para asegurarme que no hay nadie.
Abro un armario, muevo unas cajas y le señalo una bolsa llena de raíces de una planta especial de mi huerto—.
Sobre todo, asegúrate de que todos beban, hace calor y no quisiera que nadie se deshidratase.
Ella me mira y luego al armario, y asiente. Ha entendido perfectamente el mensaje. Los soldados dormirán durante horas al ingerir la bebida mezclada con la raíz.
—Entonces, Ramla, cuando termines de servir el té y salgas de la reunión, ¿cómo podré ayudarte?
Me paso la lengua por los labios, nerviosa. Ese será el punto más peligroso de todos, así que se lo dejo lo más claro que puedo, incluso hablando en clave:
—Mantente cerca por si te necesito en cualquier momento y… es posible que debas traer un poco de esto.
Dirijo mi dedo hacia varias cajas de té, cuyos nombres están escritos por fuera. Señalo una a una las letras que conforman la palabra «armas».
Antonia me mira y cambia su expresión, no sé si porque es imposible que las consiga o porque es evidente que han venido armados. Sinceramente, no lo sé.
Una vez que todo está dicho y organizado, servimos el desayuno en el pequeño comedor y me siento a esperar a mi padre. Llega pronto.
—Buenos días, Ramla —dice con entusiasmo, está de buen humor. Toma asiento.
Rezamos una oración y comenzamos a desayunar. Intento alimentarme más de la cuenta, pues no sé dónde estaré hoy a la hora de la comida.
Mi padre no inicia conversación alguna, pero parece que me está analizando y yo me pregunto si llevo escrito en la cara que le voy a traicionar.
—Ramla, hoy servirás el té a los paters porque ya has sido purificada. ¿Cómo te sientes?
Termino de tragar la tostada con tomate.
—Agradecida por la confianza, sé que es un honor.
Mi padre sonríe intensamente.
—Has pasado por mucho, hija, y hoy tu sacrificio se verá recompensado. Sé que siempre has aspirado a mucho más que servir el té. Tengo noticias para ti, pero se te informará de ellas en la reunión.
Me pongo nerviosa. ¿Qué noticias? Espero que no interfieran en mi misión.
Respiro agitada y abro mucho los ojos. Sé que Erin y su madre están aquí para ayudarme y que son militares expertos, pero me siento muy insegura.