13_La hora del té
la hora del té
No lo voy a negar, la semana ha sido dura.
En primer lugar, las heridas que me dejaron los latigazos molestan, aunque es cierto que, en su mayoría, son superficiales.
Por otro lado, he sufrido un aborto y mis sentimientos están totalmente descontrolados en ese sentido, especialmente, porque mi padre no ha mostrado ninguna empatía hacia mí.
Según él, Dios lo ha querido así porque era fruto del pecado, pero era un bebé que había surgido del amor libre entre Erin y yo, y mi padre lo ha matado.
Y, por si fuese poco, no he visto a Erin en toda la semana porque mi padre me ha tenido orando noche y día en la segunda fase de la purificación. Erin no puede entrar en la casa sin un motivo, porque sería peligroso, ya que es el cochero y vive en la pequeña casa adjunta del jardín.
Antonia, la madre de Erin, en cambio, ha estado pegada a mí como una lapa y creo que cada vez me cae peor, es como si me odiase, pero yo no le he hecho nada.
Lo único que me consuela es que mañana es domingo y se reúnen los paters de las Islas. ¿Me permitirá mi padre prepararles el té o aún tengo que seguir purificándome?
Espero y espero para desayunar con el pater Massimo y que me dé instrucciones sobre las tareas religiosas de hoy, pero, en su lugar, aparece Antonia y, sin darme los buenos días, me entrega un sobre.
—Tu padre me ha dicho que te lo dé.
—Gracias —lo cojo, abro los ojos mucho y finjo una sonrisa— y buenos días.
Ella nota el tono de acritud que he usado, pero es que no entiendo cómo puede ser tan descortés siempre. No dice nada y se queda de pie con los brazos cruzados esperando a que abra el sobre. Saco una pequeña nota escrita por mi padre y leo para mis adentros.
—¿Y bien? —inquiere ella.
—¿Dónde está Erin? Mi padre ha salido a dar un paseo y tardará horas en regresar.
Ella pone los ojos en blanco.
—Pones en riesgo la misión viéndote con él. Si alguna vecina os descubre o tu padre regresa antes de la cuenta y os pilla, los tres estaremos en grave peligro.
Me habla como si fuese idiota, justo como hace siempre mi padre o hacía José. Cojo una galleta, ya que mi padre no va a venir a desayunar, y la ingiero mientras ella me mira.
—Gracias por tus consejos, Antonia, pero me ayudaría mucho saber dónde está Erin, ya que voy a ir a verlo sí o sí.
Voy a coger otra galleta y ella atrapa mi mano con la suya de forma ruda. La miro totalmente incrédula. ¿Qué hace?
—Erin no sabe lo que has venido a hacer y debe seguir así. Si se entera, te lo impedirá, o peor, será tan idiota de ayudarte y ponerse en peligro.
Zarandeo mi mano y ella me suelta.
—¿Y tú sí lo sabes?
¿Mi madre se lo ha contado a ella, pero a Erin no? Me resulta extraño, ya que mi madre me dijo que lo que voy a hacer debía ser guardado bajo el más alto secreto.
—Sí —afirma y, por un momento, veo ese mismo destello de admiración con el que me mira Erin a veces. Pero su expresión se disipa pronto y da paso a una mueca de desagrado.
Me como la galleta mientras la observo; luego, me sirvo un poco de zumo de naranja.
—¿Por qué mi madre te contaría eso a ti? Es más —añado—, ¿por qué manda a protegerme a alguien que parece que me odia?
Ella muestra un rostro duro y hace amago de marcharse, pero soy yo quien le agarro el brazo ahora. Antonia mira mi mano negra apretando su brazo blanco.
—¡Suéltame!
Lo hago y ella se va del pequeño comedor. Refunfuño y me tomo el zumo de un trago. Luego, me pongo en pie y salgo de la estancia en busca de Erin.
Recorro los pasillos de la enorme casa de Dios, mi hogar, con cuidado de que nadie me vea.
Hoy es sábado y habrá menos vecinas cuidando del lugar, así que me resulta sencillo escabullirme hasta llegar al jardín trasero.
Cruzo el enorme espacio cubierto de césped hasta la pequeña y humilde casa donde mi padre les ha dejado vivir.
La puerta está cerrada con llave, pero hay una ventana abierta en la planta baja y me cuelo por ella como si fuese un ladrón.
Una vez dentro, me doy cuenta de lo humilde que es la casa. Parece que hayamos retrocedido en el tiempo, sobre todo, si la comparas con las habitaciones que teníamos como torums en la casa del presidente de la Península.
Oigo agua caer y subo al segundo piso sin hacer ruido porque, aunque lo más probable es que sea Erin quien se esté duchando, no puedo arriesgarme a que otra persona me encuentre aquí.
Sigo el sonido hasta una puerta que está entornada. Asomo la cabeza y veo el pequeño baño y a Erin totalmente desnudo bajo el agua. De repente, siento náuseas, y sé que lo que en realidad sucede es que mi cuerpo se excita, pero el IPAS contraataca, evitando así que quiera tener sexo.
Toco a la puerta fuertemente.
—¡Erin!
Él se gira y se da cuenta de que estoy tras él. Cierra el grifo, coge una toalla para secarse, se la enrolla al cuerpo —a su increíble y musculado cuerpo— y viene hasta mí con una enorme sonrisa.
—Ramla, ¿qué haces aquí? ¿Estás bien?
Acerco mis labios a su boca, pero solo le regalo un beso fugaz.
—Mi padre ha salido a dar un paseo. Lo hace cuando tiene que pensar… Y yo necesitaba verte.
Erin esboza una media sonrisa.
—Vale, me visto y desayunamos.
—Ya he desayunado —le digo mientras dibujo una mueca infantil en mi rostro.
—Tengo bollería industrial con mucho chocolate —dice para picarme. Yo niego con la cabeza y él emite una carcajada—. ¿Desde cuándo la Ramla que yo conozco rechaza un bollo de chocolate?
Me estaba riendo, pero, de repente, me pongo seria y me sincero.
—Tengo náuseas… No sé si es por el IPAS o por lo del… —me cuesta decir «aborto», me parece una palabra horrible en estos momentos, pero Erin lo entiende y también se pone triste.
Él comienza a vestirse y yo salgo del baño, no quiero verle desnudo porque las náuseas aumentarán y ya me encuentro bastante mal.
Al cabo de unos instantes, Erin sale del baño —con ropa, para mi tranquilidad— y bajamos, coge algo rápido para desayunar y nos dirigimos al salón, ya que la cocina es diminuta. Tomamos asiento en el cómodo sillón y nos miramos en silencio.
Ahora que estoy aquí con él, ya no tengo ganas de hablar de aquello para lo que he venido, sino que me apetece decir tonterías, reírnos y pasar el tiempo sin ningún drama o conspiración.
—¿Qué te llevarías a una isla desierta? —pregunto y lo dejo descolocado. Yo me acomodo sobre el sofá intentando no emitir sonidos de dolor al notar el roce de las heridas con la tapicería.
—A ti.
Me río y le tiro un cojín a la cabeza.
—No puedes llevar personas, solo cosas, Erin.
Él se ríe.
—Pues un móvil con cobertura para que me rescaten.
Pone una mueca burlona y yo me río, cojo otro cojín y se lo tiro a la cabeza.
— Nooo , eso no vale. Quiero saber qué es importante para ti, más allá del móvil para salir de allí.
Erin se torna un poco más profundo.
—Una foto tuya.
Sonrío totalmente enamorada, solo quería jugar y matar el tiempo haciendo algo sin más, pero Erin ha conseguido que mis mejillas se sonrojen.
— Valeeee . ¿Quieres saber que me llevaría yo?
—¿Una foto de este cuerpazo? —comenta mientras se levanta un poco la camiseta de forma juguetona. Yo me río.
—No. Una bolsa de bollos de chocolate.
Erin se ríe y me lanza ahora los cojines. No puedo evitarlo y emito un pequeño grito de dolor porque rozan mis heridas.
—Ramla, perdona, ¿estás bien? —Abro mucho los ojos y asiento mientras finjo una sonrisa, pero Erin se percata y el ambiente se torna oscuro otra vez, él se pone en pie y da un golpe a la pared, lleno de rabia—.
Da igual donde estemos, siempre hay personas haciéndote daño y yo nunca puedo protegerte.
Quiero abrazarlo, pero me noto algo mareada y prefiero no alarmarlo más, así que permanezco sentada.
—Eso no es cierto. Me salvaste de José, me sacaste de la iglesia.
Erin me mira lleno de rabia. Sus facciones pelirrojas y sus ojos azules se ponen tensos.
—No pude protegerte de Luciano Borges ni del presidente y, ahora, mírate.
Sí, sé que estoy hecha un desastre, con heridas de latigazos por todas partes.
—Erin —le digo con la voz más dulce que puedo—, no es responsabilidad tuya salvarme del peligro.
Tú eres un chico fuerte y sé que crees que debes usar los puños para apartarme de lo malo, pero no siempre es posible y por eso estoy aquí, por eso negocié con el presidente, porque hacen falta cambios en este mundo para que dejen de pasar cosas malas.
Erin regresa al sofá y se sienta a mi lado. Creo que he conseguido relajarlo.
—Llevas razón, Ramla, pero…
Sé que quiere hablarme de algo, pero guarda silencio porque no encuentra las palabras.
—Puedes decirme lo que sea, Erin.
Él me mira con ternura, con sus bonitos ojos enmarcados en su rostro pecoso. Se toma un momento y, finalmente, se sincera:
—Mi padre nos pegaba a mi madre y a mí. Ella no me protegió del malo y supongo que yo siento que debo protegerte a ti de la única forma que sé, con violencia.
Se encoge de hombros y yo me horrorizo por su relato. No puedo ni imaginarme lo terrible que tuvo que ser.
Una sensación de inseguridad crece en mi interior.
Yo sufrí en las Islas, él en la Península.
Creo que le he dado el enfoque equivocado a todo esto.
No se trata de religiones o ideas políticas, se trata de las malas personas, sí, esas son las que hay que erradicar, las malas personas de cualquier bando.
Por primera vez desde que el presidente me dio esta misión, me siento con ganas para llevarla a cabo.
—Lo siento muchísimo, Erin… ¿Por eso no te llevas bien con tu madre? ¿Por eso es tan fría?
Erin agarra mi mano y nuestros dedos se entrelazan. La claridad de su piel contrasta con la oscuridad de la mía.
—En parte, sí. Sé que ella no tiene la culpa, pero me cuesta aceptar que permitiese que mi padre me golpease y no hiciera nada.
—¿Y qué sucedió con tu padre? —pregunto con un hilo de voz porque me estoy mareando, pero no quiero interrumpir el relato de Erin.