Peccatorum, más que la chica del té 12_Purificación #5
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12_Purificación #5

—Antonia, por favor, no puedo seguirte el ritmo.

Ella se para y chasquea los labios con asco. Camino lentamente porque cada paso duele. Cuando llego hasta Antonia, pone los ojos en blanco y anda a mi velocidad.

—¿Tenéis una relación mi hijo y tú o es que sigue siendo igual de idiota y le siguen atrayendo las causas perdidas?

Abro los ojos y la miro totalmente incómoda por lo que acaba de decir, pero soy demasiado educada como para mandar a paseo a la madre de Erin. Y, la verdad, estoy muy dolida en muchos sentidos para enfrentarme a ella.

—Sí, tenemos una relación muy fuerte y ambos nos queremos mucho. —Ella exclama un ahogado «¡ja!» y yo la ignoro mientras veo que nos acercamos a la puerta de salida trasera del hospital—. Y Erin no es ningún idiota ni le atraen las causas perdidas, es una de las mejores personas que he…

Ella se para de repente y me mira hastiada.

—Los antiguos son una causa perdida, igual que tú.

Abro mucho los ojos y esbozo una mueca de incomprensión. ¿Qué le pasa a esta mujer? ¿Acaso no es una infiltrada de los antiguos? ¿Y por qué me trata así? No me conoce de nada.

Cruza la puerta en primer lugar. Es de noche y hay poca luz, pero la suficiente como para ver a Erin venir corriendo. Su madre se hace a un lado y él me abraza.

—¿Estás bien?

Acojo su abrazo y me pierdo en él. Dejo que las lágrimas salgan. Nuestros cuerpos están unidos y, aunque las heridas rozan, no puedo sino alegrarme. Él es mi bálsamo, mi medicina.

—No, Erin, no estoy bien.

Él me aparta con delicadeza y me escruta, estoy llena de vendas, pero sobreviviré.

—Ramla, no sé qué misión has venido a hacer, solo que se lo prometiste al presidente. —Niega con la cabeza, totalmente incrédulo, pero hay cierto matiz juvenil en su rostro—. No he conocido a nadie tan loco como tú… ¿Cómo se te ocurre volver aquí?

No hay acritud en el tono de Erin, solo cariño, compasión y puede que un ápice de admiración.

—Tenemos que irnos —interrumpe Antonia—, déjate de dramas, Erin, está bien, hazme caso. Las mujeres de la iglesia no querían azotarla, han sido cortes superficiales.

Erin le lanza una mirada feroz y luego regresa conmigo para ayudarme a caminar hasta el coche.

—¿En serio recorriste la iglesia dos veces mientras te azotaban? Nadie aguantaría algo así, Ramla.

Hay cierto orgullo en la voz de Erin y eso me hace sentir bien, muy bien, aunque su madre haya dado a entender que soy una blanda porque solo he recibido cortes superficiales.

No entiendo mucho de latigazos, pero es posible que haya recibido un centenar de ellos, así que, sí, supongo que, de haber sido con más fuerza, habría muerto.

—Ya sabes, no soy de este planeta.

Ambos nos reímos y escuchamos un chasquido de Antonia, que se planta delante de nosotros.

—Hijo, tendrías que haberme dicho que tenéis una relación, es peligroso. ¿Lo sabe el jefazo?

—Deja de llamarlo así, es una mujer y tú siempre lo supiste, la conocías y sabías que estaba buscando a su hija.

¿Qué? ¿Erin sabe la relación que nos une a la líder de los antiguos y a mí?

Antonia se enfada tanto que parece que le salen unos colores en las mejillas.

—Te he hecho una pregunta, Erin, ¿sabe su madre que tenéis una relación? Porque eso pone totalmente en riesgo esta misión.

No hay que ser demasiado avispado para ver que ambos no se aguantan. Erin le lanza una mirada de descontento a su madre, así que intervengo:

—Sí, yo se lo dije personalmente y le parece una idea fantástica.

Ella pone un gesto de desconfianza y todos nos metemos en el coche mientras Antonia dice:

—Déjame que lo dude.

Ahora soy yo la que pongo los ojos en blanco. Erin arranca e intento no decir algo fuera de lugar a la mujer que se sienta unos centímetros a mi izquierda, en la parte de atrás del vehículo.

Viajamos en silencio. Miro por la ventanilla hacia las bonitas calles de la villa iluminadas por las farolas en plena noche.

Falta poco para llegar a casa, pero Erin toma un desvío hacia un parque solitario a estas horas, para el vehículo y se dirige amablemente a su madre.

—¿Puedes salir del coche, por favor? Tengo que hablar con Ramla.

—Vale, pero antes, quiero hablar yo contigo fuera.

Ambos salen del vehículo y me imagino que van a gritarse, pero Antonia le pone la mano en el hombro y le dice algo en un volumen que me resulta imposible oír desde aquí. Erin esboza una mueca de tristeza; luego, ella saca un cigarrillo y se aleja mientras fuma.

Erin vuelve al coche y se sienta a mi lado. Yo miro por la ventanilla a su madre.

—Las bendecidas no fuman, si la pillan…

—No la pillarán y, si lo hacen, pobre del que se tope con ella, es muy dura.

Miro a Erin detenidamente, siento que quiero decirle demasiadas cosas a la vez, empezando por preguntarle por qué me dijo que no tenía familia y terminando por decirle que le quiero, pero que esta es una misión suicida y no debería estar aquí.

—Entonces, ¿conociste a mi madre? Ella me pidió que no te contase nada, pero, ¿sabes que ha estado toda la vida buscándome? Yo… lo siento, no tendría que haberle hablado de ti y lo mucho que te has arriesgado siempre por ayudarme, quizá no te habría mandado aquí a…

Erin toca mi pómulo con sus delicadas manos.

—Ramla, eso es lo de menos ahora. Cuando te fuiste, hablé con mi capitán de forma tan insistente que el jefazo me llamó y me explicó que era tu madre y lo que estaba sucediendo.

—Hace una pausa y creo que está buscando las palabras para decirme algo, pero se precipita a hablar de repente—: Eres hija de la jefa de los antiguos, criada por uno de los paters más importantes de los bendecidos y la torum del presidente de la Península.

¿Eres consciente de la posición en la que estás metida?

Juegas a tres bandos, Ramla, esto es extremadamente peligroso.

Erin me mira dulcemente y un destello cruza su rostro, como si sintiera orgullo por mí. Me admira y eso me resulta extraño, es él quien siempre me protege y cuida.

Ahora, besa varias de mis heridas de la cara y los brazos y me mira tristemente.

—Erin, mi madre no debería haber dejado que vinieses. Si lo que tengo que hacer sale mal…

—No voy a dejarte nunca, Ramla, pero escucha… —Erin lleva delicadamente su mano a mi vientre y creo que sé de qué va a hablarme a continuación—. ¿Sabías que estabas embarazada?

Me paso la lengua por los labios y me quedo sin palabras por un momento. Respiro.

—No… ¿lo estoy?

Erin tarda un segundo que se me hace eterno, pero al fin, contesta:

—Estabas de casi dos meses, Ramla, pero… lo siento, lo has perdido.

La respiración se me agita porque es mucho para asimilar. Erin aguarda lentamente a que diga algo.

—Puede que fuese del presidente y haya sido lo mejor —miento, conteniendo las lágrimas, porque sé que el presidente es estéril, Fen me lo contó, su hija fue resultado de muchos tratamientos de fertilidad.

Erin contiene las lágrimas y creo que él sabe, como yo, que acabamos de perder un bebé de ambos. Si Fen sabía algo así, Erin también, así que no podía estar embarazada del presidente.

Me siento muy extraña. Alegre, porque estaba embarazada de Erin; asustada, porque aún me siento joven para ser madre; ilusionada y, de repente, abatida, porque todos esos sentimientos solo han podido vivir en mí unos segundos, hasta que he comprendido que no, que se ha ido, que un pequeño bebé nonato de dos meses ha muerto porque mi padre cree que una mujer no puede tener sexo y, si lo tiene, debe recibir latigazos como castigo.

Nos miramos en silencio y creo que no tiene sentido fingir. Le abrazo entre lágrimas.

—Lo siento, Erin, ¿podrás perdonarme? He matado a nuestro hijo, lo siento, no tendría que haber venido aquí…

—Eh, Ramla, tranquila, no es culpa tuya, sino de la persona que ha obligado a esas mujeres a azotarte.

Erin usa un tono monstruoso y sé que se está conteniendo por mí, porque necesito llorar para pasar esto, pero lo conozco, él necesita gritar, golpear y vengarse.

—El pater Massimo nos ha hecho esto —intervengo—, mi padre adoptivo.

—El que te secuestró de bebé… —dice lleno de rabia. Contrae sus facciones y me ve llorando. Estoy rota de dolor y Erin lo nota y suaviza el gesto. —Ramla, somos muy jóvenes, tendremos tiempo de tener hijos… ¿Cómo los llamaste? ¿Bebés raros?

Ambos nos reímos, sí, serán negros, pelirrojos y con ojos azules.

—¿Los tendremos, Erin? Porque, aunque no sabía que estaba embarazada, siento que parte de mí se ha ido también al perderlo.

Antonia toca a la ventanilla y nos hace un gesto de prisa. Erin le levanta un dedo para pedirle que espere.

—Oye, Ramla, a menudo quiero apartarte del peligro, pero tú siempre vas a él porque eres valiente, decidida y buscas ayudar a los demás.

Odio verte así, se me parte el corazón y mataría a todas las mujeres que han empuñado un látigo, pero tú eres más lista que eso.

Si has decidido venir, es por algo. Voy a estar a tu lado, sea lo que sea lo que tengas que hacer.

Tu madre no nos dio más información, quizá porque es mejor que solo tú conozcas tu cometido, pero mantennos al tanto y pídenos lo que sea.

Mi madre es un hueso duro de roer, pero jamás ha fallado a la jefaza y yo…

Estoy aquí, Ramla, y algún día, me dirás que estás embarazada y yo me caeré del susto y, luego, compraré un bonito vestido de bebé.

Sonrío y sellamos la promesa con un beso.