Peccatorum, más que la chica del té 12_Purificación #4
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12_Purificación #4

Cierro los ojos y me imagino que estoy con Erin en una montaña rusa de un parque de atracciones. Es algo que no hemos hecho, porque nos hemos conocido en unas circunstancias complicadas y no hemos compartido muchas cosas, pero están ahí, esperándonos.

Comienzo a avanzar y pienso que cada latigazo es la montaña rusa que nos mece. Es divertido, da miedo, duele, pero estamos juntos y nos lo estamos pasando genial.

Avanzo.

Latigazos.

Avanzo.

Sangre.

Llego al final del pasillo y mi padre me atrapa en un enorme abrazo. Oigo aplausos, pero yo caigo agotada y me dejo llevar por el olor a sangre y el dolor, que me transportan lejos de la iglesia.

—Felicidades, hija, has sido purificada.

Alguien me empuja a continuar de pie y todo se vuelve borroso. Creo que me visten y me dicen algo, pero no consigo concentrar la atención.

Un dolor muy intenso me pincha el bajo vientre.

La luz se va y, en mi mente, solo hay vacío y oscuridad. Siento que caigo desde una gran altura.

Noto un fuerte tirón, creo que alguien intenta que recupere la conciencia.

—Pater, está sangrando, le sangra la entrepierna.

Alguien grita y pronto se arma un jaleo a mi alrededor. No llego a entender qué sucede y vuelvo a perder la conciencia.

Alguien me golpea en la cara y abro los ojos. Hay varias personas metiéndome en un coche. Mi padre está a tan solo unos centímetros.

—Ramla, aguanta, has sido purificada. Van a llevarte al hospital, estoy muy orgulloso de ti.

—¿Usted no viene, pater Massimo? —pregunta una voz que reconozco como la de la señora pelirroja.

—No. Después de ser purificado, uno no puede recibir ayuda para curarse, menos aún de un pater, pero Dios tiene planes para Ramla. Entrad por la parte de atrás, habrá alguien esperándoos. ¡Daos prisa!

Las figuras borrosas terminan de meterme en el coche y noto el movimiento del motor bajo mis piernas.

Estoy en un vehículo, acompañada, y vamos al hospital. Intento retener los pedazos de información.

La cabeza se me va, pero alguien la sujeta.

—Conduce más despacio, estás llamando la atención —dice la mujer, creo que se dirige al conductor porque, ahora que me doy cuenta, ella y yo estamos en el asiento de atrás.

Noto que nos zarandeamos y mi cuerpo se golpea contra los asientos. Exclamo un grito de dolor porque todas las heridas están en carne viva rozando con la tapicería del coche.

—¿Se puede saber qué narices haces? ¡Estás loco!

—Vamos a sacarla de aquí —dice una voz masculina con una ferocidad asombrosa.

—No, vamos al hospital, es una orden.

El coche se detiene de golpe y escucho ruido de puertas y gritos fuera del vehículo.

Abro los ojos y creo que recupero un poco la conciencia. Llevo una túnica blanca manchada de sangre, pero lo que me llama la atención es la que brota de mi entrepierna. No estoy en esos días del mes, es más, ahora que lo pienso, tendría que haber manchado hace semanas.

El dolor se intensifica de repente en la parte baja de mi vientre.

Abro la puerta del coche y caigo de rodillas fuera del vehículo, pero las figuras borrosas no se percatan porque están gritando.

Los miro desde el suelo y veo a la mujer pelirroja junto a Erin.

¿Erin? No es posible, ¿qué hace aquí? ¿Estoy alucinando?

Creo que debo estar mal, muy mal. Quizá aún sigo en la iglesia y no he terminado de recorrer el pasillo. Tal vez, la alucinación de la montaña rusa se me ha ido de las manos.

—Solo la han azotado, sobrevivirá. Tiene una misión y no te corresponde a ti decidir. Vamos al hospital.

—¡Y mi misión es protegerla! ¿Que solo la han azotado? ¿Para ti nunca nada es lo suficientemente grave? ¿Y qué nos garantiza que en el hospital la vayan a tratar bien?

—¡Erin! ¡Está así porque está embarazada!

—¿Qué? —pregunta él sobrecogido y el silencio se hace de golpe.

¿Embarazada? Creo que todo me da vueltas y me caigo sobre mis propias manos hasta quedar totalmente tumbada y al borde del abismo, intento gritar para pedir ayuda, pero no sale nada de mi garganta.

La señora, ahora, habla más calmada:

—No estoy segura, ha empezado a sangrarle la entrepierna, lo han comentado las señoras de la iglesia. Podría estar sufriendo un aborto.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

Erin mira preocupado hacia el interior del coche, pero desliza sus ojos hasta encontrarme en el suelo del arcén donde he acabado tirada. Cuando nuestras miradas se encuentran, siento que tengo que esforzarme por hablarle, para que no le dé un infarto de la preocupación.

—Estoy, creo que estoy… —exclamo, pero no puedo seguir hablando porque el pánico se apodera de mí. Sí, es posible que esté sufriendo un aborto.

Erin se arrodilla delante de mí con un gesto atroz. Teme por mi vida, sufre al ver cada una de mis heridas, pero enseguida suaviza el gesto para intentar transmitirme esa calma que sabe que necesito en momentos como estos.

—Ramla, todo irá bien, te llevaré al hospital.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con la voz ahogada y rota por el dolor. Mientras, él ya me está cargando y metiendo en el asiento delantero, en el del copiloto.

La mujer regresa al coche y yo siento que me mareo, creo que ellos gritan mi nombre y que el coche va a una velocidad que no es legal. La mujer pelirroja no hace más que recriminarle que podemos tener un accidente.

No es que tenga muchas fuerzas, pero necesito respuestas.

—¿Quién es ella y qué haces tú aquí, Erin? —pregunto entre gemidos de dolor.

Él me mira un momento, sonríe y vuelve a centrar la atención en la carretera.

—¿De verdad pensabas que iba a quedarme de brazos cruzados sin saber a dónde ibas? El jefazo nos ha enviado a esta mujer y a mí a protegerte.

—Esta mujer es su madre —dice ella desde el asiento de atrás y yo me sorprendo, porque Erin me dijo que no tenía familia.

Siento un dolor muy intenso y veo mucha sangre salir de mi entrepierna. Me mareo.

—Erin, Erin… —le ruego, y lo último que veo es su expresión de preocupación.

Abro los ojos y, por un momento, no recuerdo ni qué ha pasado ni dónde estoy. ¿En la Península? ¿En las Islas?

Veo una habitación blanca y sobria, un gotero…

Estoy en el hospital. Miro mis brazos, mis piernas, me toco la cara.

Tengo vendas por todas partes y creo que algunos puntos de sutura.

Son las marcas de los latigazos. Siento náuseas y ganas de llorar o de gritar e, incluso, de coger ese látigo y golpear a mi padre por haber ordenado esta barbaridad.

—Voy a avisar al doctor —dice la pelirroja.

Es la madre de Erin, lo recuerdo. Ambos están aquí para protegerme por orden de la jefaza, bueno, por eso y porque, posiblemente, Erin se haya puesto muy pesado con los antiguos hasta que le han dicho dónde me encontraba.

En el fondo, me alegra que se esfuerce siempre tanto por cuidarme, pero ahora temo por él: si lo descubren, lo matarán.

La madre de Erin se va a llamar al doctor sin siquiera preguntarme cómo me encuentro. Ella no parece tan amable y preocupada como su hijo, es más tosca y fría ahora que ha mostrado su verdadera personalidad.

Pronto aparece un doctor. Es un hombre, claro, porque en las Islas hay pocas mujeres que ejerzan trabajos más allá de las labores del hogar y la crianza.

Crianza, bebés… Las palabras resuenan en mi mente, pero no puedo pensar en ello... No sé si quiero saber si yo…

—Buenas noches, Ramla Rodríguez. Tu padre está al tanto de tu situación médica.

Tranquila, nadie sabrá que has estado aquí.

—Me hace un pequeño y rápido examen médico en el que yo me mantengo totalmente muda—.

Estás suficientemente bien como para irte a casa.

No te puedo dar el alta porque no habrá registro de que has estado aquí.

El médico me da indicaciones de cómo debo lavar mis heridas y me advierte que tendré un sangrado similar al de la menstruación. Me quita la vía y, después, se despide y hace amago de marcharse, pero yo le interrumpo:

—Doctor, yo no sé si estaba, si estoy… Es que no sé si… No tenía síntomas de embarazo, pero…

—Ramla, oficialmente, no has estado aquí. Esos temas deberías hablarlos con tu padre.

Quiero contestarle y exigirle la verdad, pero le dejo partir porque no tengo fuerzas, ni físicas ni emocionales.

Me quedo mirando a la pelirroja, que no dice nada y muestra un rostro serio. Ahora necesito unos brazos amigos, unas palabras de consuelo y ella no me las va a dar.

—¿Dónde está Erin?

—Es un hombre, no le han dejado pasar. Toma, vístete y volvamos a tu casa.

Ella me entrega ropa limpia que no sé de dónde ha sacado y espera fuera de la habitación. Su frialdad contrasta con la amabilidad y cercanía de Erin.

Me quito el pijama de hospital y me doy cuenta de que estoy hecha un asco. Me han destrozado el cuerpo a latigazos. Llevo vendas, puntos, heridas que aún sangran, sangre reseca… Todo duele, la verdad, y cada movimiento para cambiarme de ropa es un infierno.

Consigo ponerme el sencillo pijama que me ha dado la madre de Erin.

Salgo de la habitación de hospital y observo que estamos en una zona casi abandonada.

Hay plásticos tapando algunos muebles, polvo acumulado, cosas rotas, poca luz…

Mi padre no quiere que nadie sepa que he ido al hospital, por eso me han atendido aquí.

Sé que, después de haber recibido tantos latigazos, lo de menos es esto, pero me enfada estar siendo tratada así, atendida de cualquier forma y sin siquiera darme un diagnóstico.

La madre de Erin me mira y me hace una señal para que la siga. Ahora que nadie nos ve, no camina como una mujer de cincuenta y muchos bendecida, sino como una soldado preparada para atacar en cualquier momento.

Enseguida se pone por delante de mí, porque ella no está herida, pero yo sí, me duele todo, siento el vientre hinchado, estoy mareada y no me vendría nada mal una silla de ruedas o, ya puestos, una camilla.

—Disculpa, no sé tu nombre para dirigirme a ti, pero ¿podrías ir más despacio?

Ella no aminora la marcha ni se gira a mirarme, sino que sigue un paso tras otro.

—Antonia y Mateo. Así nos conoce tu padre.

Vale, no es su nombre en verdad.