12_Purificación #3
Me encierro en mi habitación y lloro. ¿Cuántos días tendré que esperar hasta poder cumplir lo que me pidió el presidente y volver a irme de aquí? ¿Será este domingo o al siguiente o al otro? Es más… ¿realmente voy a hacerlo?
Paso parte de la tarde escuchando rock por mis auriculares mientras intento no pensar en lo mucho que echo de menos a Erin.
Las guitarras eléctricas y los bajos retumban en mi pecho y me hacen vibrar.
Ojalá yo fuese música para traspasar fronteras y viajar libremente por el aire, como hace el sonido.
Veo los minutos pasar, las horas, y sé que se acerca el momento de mi purificación. Repito en mi mente una y otra vez las palabras de disculpa que le voy a decir a mi padre. Debo ganarme su confianza a cualquier precio.
Pienso en que es miércoles y aún queda mucho para el domingo, el día del té. Con un poco de suerte, todo acabará a finales de semana.
El tiempo sigue transcurriendo y yo me pongo un elegante y sencillo vestido floral y voy en busca de mi padre. Está en su capilla privada, donde suele prepararse para dar las misas.
La puerta está abierta, pero él no me ve, así que llamo y se gira. Su rostro está tenso y muestra sus habituales facciones duras. Está abrochándose su túnica.
—Pater Massimo —digo formalmente—, quiero disculparme.
Mi padre suaviza el gesto y me hace una señal para que entre. Termina de colocarse la túnica y me coge de las manos, una cercanía poco propia en él.
—Ramla, hija mía, sé que has pasado por mucho. Solo imaginar a esos hombres perpetrando tu cuerpo y mancillando tu alma...
Mi padre se muestra débil y comprendo que, a su manera, me quiere y le duele todo lo que he sufrido.
—Pero tienes razón —le digo mientras agacho la mirada—, todo lo sucedido es culpa mía. Debí ser más fuerte, oponer más resistencia al pecado, pero fui débil, el miedo me hizo dejarme arrastrar por los acontecimientos y no luché para huir del pecado. ¿Podrás perdonarme?
Mi padre suelta mis manos y me abraza. Mi sorpresa es enorme por su gesto, pero está así desde que regresé. A ratos, todo es como antes y, en otros momentos, se muestra cercano. Me ha debido echar mucho de menos.
—Hija, yo ya te he perdonado —deshace el abrazo y coge mi mentón para que mire la imagen de Jesús en la cruz—, pero es Dios quien debe redimirte, no yo. Vamos.
Me coge ahora por los hombros y me dirige fuera de la capilla.
Recorremos los pasillos de nuestra enorme mansión, la casa de Dios, y llegamos hasta la zona donde se encuentra la gran iglesia donde, cada tarde, de lunes a viernes, se congrega la gente de la villa en diferentes turnos para orar y recibir la palabra de Dios.
Es la primera vez que entro desde que he regresado. Él me dijo que no podría acercarme hasta estar purificada. Aún no lo estoy, pero supongo que hemos venido a eso.
Accedemos por la puerta lateral y veo que hoy solo hay mujeres, un grupo reducido y de edades avanzadas.
También está nuestra invitada pelirroja.
Todas me miran con atención y no sé descifrar si aprueban o no que haya regresado a las Islas.
¿Cuánto sabrán de lo que ha sucedido en la Península?
Las mujeres no suelen acceder a Internet y la prensa aquí es casi inexistente.
Mi padre me guía hasta el altar, yo voy a sentarme en uno de los bancos de la iglesia, pero él me agarra.
—Espera aquí.
Hago lo ordenado y aguardo indicaciones al pie del altar, que no es otra cosa que un bonito escenario lleno de imágenes de Dios, desde donde el pater Masimo se dirige a las mujeres de la villa.
Primero, como es habitual, les da la bienvenida y recitamos una oración.
Rezo sin saber en qué creo ahora. No tengo fe en los bendecidos ni en los paters, no tengo fe en ningún ser humano que proclame la palabra de Dios…
Pero, ¿puedo seguir creyendo en Dios? Mis sentimientos se agolpan unos encima de otros y la oración concluye.
El pater continúa:
—Se os ha hecho llamar a cada una por un motivo: Ramla Rodríguez —me señala y siento un enorme nerviosismo— es conocida por algunos como la santa bendecida, pero… ¿lo es en verdad? Ella pecó ante Dios, obligada o no, pecó y, como Jesucristo en la cruz, debe purificar sus pecados.
Mi padre hace una señal y dos de las mujeres de mediana edad se acercan a mí y me desnudan ante los ojos de todas. No quiero mostrarme así, pero debo actuar como lo haría la Ramla de hace un año: ella aguantaría cualquier vejación en nombre de Dios.
Me quitan también la ropa interior y, al ver que tengo el vello rasurado —porque así lo exigía mi contrato de torum hasta hace dos días—, se produce un lamento de horror entre las espectadoras que observan desde los bancos.
Mi padre está detrás, en el escenario, y que me vea de esta forma me avergüenza.
—Mujeres, este es el cuerpo del pecado. Sois pecadoras por naturaleza…
Siento que todo me da vueltas y que podría caer hacia atrás en cualquier momento, pero aguanto en pie.
Mi padre sigue explicando, de manera extensa, lo odioso que es el sexo femenino mientras las señoras me lavan a fondo con agua bendita.
Cuando terminan, se marchan y yo imagino que me pondrán alguna túnica, pero, en su lugar, las veo llegar con dos cadenas. Abro los ojos, muy asustada.
—Ramla Rodríguez, ¿aceptas libremente someterte a la purificación de tus pecados?
Me giro para mirar a mi padre, que sigue detrás de mí, en el altar. Su expresión es dura, nada que ver con el hombre que me ha abrazado hace un momento. Su cara dice algo muy claro: no puedo negarme.
—Sí, acepto —balbuceo.
Las señoras, entonces, me ponen los grilletes, uno en cada mano. Van unidos, con una cadena, a una pesada bola.
Estoy desnuda y encadenada. ¿En qué momento acepté regresar aquí? Erin diría que debo ser de otro planeta para haber querido volver.
Las mujeres de los bancos parecen estar tan sorprendidas por lo que acontece como yo, así que supongo que, salvo las dos señoras de las cadenas, las demás no saben qué va a ocurrir a continuación.
Deseo que esto solo sea un ritual que no me haga daño, pero he crecido aquí y sé muy bien que, al final, siempre acabamos sufriendo física y emocionalmente.
Las mujeres vuelven a marcharse, cogen unas enormes cestas y se ponen a repartir su contenido mientras mi padre explica:
—Jesucristo murió en la cruz para salvarnos a todos, pero antes, recibió varios latigazos. Ramla Rodríguez recorrerá el camino lejos del altar de Dios, como ha hecho estos meses, para luego regresar a los brazos del Señor.
Una de las mujeres le da indicaciones a las demás mientras yo me muero de miedo. Quería ser más que la chica del té, pero ahora eso me parece mala idea, aunque creo que es demasiado tarde, ya no puedo salir corriendo.
Tiro un poco de las cadenas, las noto pesadas y frías y contraen mis muñecas de forma dolorosa. ¿Esperan que camine arrastrándolas?
Las espectadoras se sitúan haciendo un pasillo desde el altar de Dios, donde estoy, hasta la puerta de la iglesia. Me tiembla todo cuando veo que llevan látigos en las manos.
La otra señora me susurra al oído:
—Tienes que ir hasta la puerta y regresar hasta tu padre. Yo creo en ti, Ramla.
La miro incrédula. ¿Lo está diciendo en serio? ¿Pretenden darme latigazos mientras arrastro dos pesadas bolas con las manos?
Miro hacia todas partes, esperando que esto sea una pesadilla.
Deseo que mi madre estuviese aquí, ella es la jefaza de los antiguos y no permitiría esto, ha estado toda la vida buscándome.
O Erin, él mataría a cualquiera que me pusiese una mano encima.
Pero no hay nadie que me salve, así que aguanto las ganas de llorar y comienzo a avanzar.
Las bolas pesan muchísimo y me duelen las manos al tirar de ellas con los grilletes. Entro en el pasillo de mujeres y las primeras dudan sobre si azotarme o no. Es mi padre quien las insta a hacerlo.
—¡Purificad a mi hija! ¡Azotadla! Solo una santa bendecida es digna de recibir los mismos latigazos que el hijo de Dios. Sed la mano que limpie sus pecados o marchaos de esta iglesia para siempre.
Es una amenaza en toda regla y todas la han entendido: si no me golpean, serán expulsadas de la iglesia y, posiblemente, de las Islas.
Así que los latigazos comienzan a llover desde todas direcciones mientras mi padre las hace entonar una oración.
En su mayoría, no dan con demasiada fuerza, pero, aun así, duele, especialmente, porque no hay tela que me cubra.
Avanzo demasiado lentamente y no puedo contener las lágrimas por el dolor y la humillación.
Estoy totalmente desnuda. Un latigazo me da en el labio y saboreo la sangre.
¿Es esto necesario? Quizá la Ramla de hace tiempo lo habría creído; puede que, incluso, aún haya una pequeña parte de mí que me grita que me merezco cada golpe, pero mis muchas horas con Helen, la hermana del jefe de seguridad, me han hecho ver que nadie merece algo así.
Doy otro paso, recibo más latigazos.
Arrastro las pesadas bolas mientras oigo sonar las cadenas.
Caigo al suelo por el dolor y veo gotas de sangre que brotan de diferentes partes de mi cuerpo. Me mareo.
Los latigazos no cesan, pero sé que debo terminar el recorrido, no puedo rendirme porque tengo una misión, tengo que hacer que mi padre confíe en mí.
Me pongo en pie, doy unos pasos más y llego al final del pasillo de mujeres, lejos de los látigos.
Me apoyo contra la puerta de salida y me siento tentada de huir, pero caería agotada.
Me doy la vuelta y observo a mi padre a lo lejos.
Me espera con los brazos abiertos: si recorro el camino de vuelta, estaré purificada.
No puedo hacerlo, creo que voy a desvanecerme.
Apenas he comido y ya he recibido muchos golpes, es imposible que camine otra vez hasta el final del pasillo.
Entonces, pienso en Alaska. Ella me aconsejó que, cuando estuviese teniendo sexo con el presidente, pensase en alguien que me gustase, como Erin. Su consejo me ha ayudado a aguantar meses de obligaciones sexuales. ¿Podría hacer lo mismo ahora?