12_Purificación #2
—El presidente recibió un golpe duro con el asunto del vídeo donde abusaba de mi hija —comienza mi padre sin perder los nervios, como si en verdad le diese igual que alguien me hubiese puesto las manos encima—.
Salió airoso de ello obligándola a mentir para la prensa. ¿Por qué devolverla? No tiene sentido.
Tengo la sensación de ser invisible. Recuerdo que siempre me sentía así cuando vivía aquí.
No olvido que ayer mismo llamé a Helen para decirle que iba a ausentarme un tiempo y que ella tendría que ocuparse de la vía de escape para las mujeres de las Islas.
Recuerdo que me dijo que no volviese aquí, que fuese cual fuese mi camino, jamás regresase a este lugar porque sería mucho peor.
Tenía razón, antes estaba acostumbrada a ser invisible, ahora, no.
Supongo que es sencillo ser la chica del té cuando nunca se te ha dado la opción de ser más, pero ahora que he probado lo que significa ser vista, duele ser invisible.
—El presidente quiere asegurarse de que Ramla no le traiga más quebraderos de cabeza —comienza Luciano—, además de tener una muestra de paz con vosotros.
Siguen hablando un rato más como si yo no estuviese justo en la misma mesa. Finjo que tomo el té y aguardo en silencio a que los hombres terminen de especular sobre mí sin preguntarme nada directamente.
Mi padre despide a Luciano Borges y, por fin, nos quedamos solos. Él me mira y me abraza. Entonces, puedo relajarme y recordar que, a pesar de todo, es mi padre.
—¿Estás bien, Ramla?
—Ahora que estoy en casa, sí —miento.
—Tienes mucho que contarme sobre todos estos meses. Ven.
Un temor cruza mi estómago porque sé que va a interrogarme y a hacerme muchas preguntas cuyas respuestas voy a tener que inventarme o adornar para que no descubra la verdad.
Se muestra preocupado, parece que me quiere, pero no olvido que me secuestró de niña y que me mintió con el tema del vídeo.
No olvido que es un pater y que representa todo lo que he prometido destruir.
Hace dos semanas que estoy en mi casa y hoy comenzaremos mi «purificación».
Los días aquí son sencillos a la par que difíciles.
Se me ha prohibido participar de las misas y las reuniones que hace mi padre con los otros paters, aunque yo solo servía el té.
Primero, me dio unos días para descansar; luego, él tuvo que ausentarse por unos temas militares.
Hay un nuevo soldado de Dios ocupando el puesto de José —del que no hemos hablado—, es un joven del que me he mantenido lo más alejada posible para evitar que a él o a mi padre se les ocurra la idea de que se convierta en mi novio.
Creo que mi padre se creyó más o menos la historia que le conté sobre mi tiempo en la Península, un relato real en su mayoría, salvo porque he exagerado la parte en la que me engañaron para convertirme en torum y porque no le he hablado de Erin y de las muchas horas de sexo que he disfrutado con él por voluntad propia.
Mi padre dice que he sido una víctima, pero que, aun así, he pecado y debo ser purificada.
No tengo ni idea de a qué se refiere, pero siento algo de respeto por ello.
La rutina aquí me la conozco muy bien: desayuno, hago labores del hogar mientras escucho rock, cuido de mi huerto y preparo el té de media mañana para mi padre y se lo acerco a su despacho donde, habitualmente, suele estar reunido con otro pater o algún soldado de Dios.
Llevo un vestido recatado de flores. Es bonito, pero se me hace raro vestir sin marcar mis formas. Cojo el té y toco a la puerta del despacho mientras recuerdo que, antes, era José quien solía estar con mi padre. Ahora, está muerto.
—Adelante.
Accedo al interior y creo que voy a encontrar al nuevo soldado que ocupa el puesto de José, pero, en su lugar, veo a una mujer pelirroja de unos sesenta años sentada frente a la mesa de mi padre.
Ella me mira un instante, pero finge que soy invisible, aunque la ojeada ha sido de arriba abajo y de forma extraña.
Les sirvo el té mientras escucho a mi padre.
—Siento muchísimo todo por lo que ha tenido que pasar para llegar hasta nosotros, pero ya está a salvo, lejos del pecado. Entonces, ¿confirma que ninguno de los dos ha pecado?
Termino de servir el té a mi padre y ahora procedo con la señora, recreándome más de la cuenta porque siento curiosidad por ella.
—No, ninguno haríamos algo así, desconectar el IPAS es una pérdida de tiempo y de dinero.
Finjo que derramo un poco de té sobre la mesa y procedo a limpiarlo para no irme aún. Mi padre me lanza una mirada rápida, pero centra su atención en la señora.
—Bien, aun así, tendremos que ponerles a prueba antes de que formen parte de la comunidad. Vivirán aquí, hay una pequeña casa adjunta al jardín. A cambio de un techo y comida, usted ayudará a mi hija en el cuidado de la casa de Dios y él empezará como chófer.
La mujer esboza una mueca de agradecimiento.
—Gracias, pater Massimo, es usted muy amable. Gracias a Dios que ahora usted nos protege. Haremos lo que haga falta, no se preocupe.
Mi padre le hace un gesto con las manos para restarle importancia y ahora me presenta:
—Ella es Ramla, mi hija. Le enseñará todo lo que hay que saber sobre su nuevo hogar.
La señora me escruta nuevamente de arriba abajo de una extraña forma y, luego, se arrodilla ante mí.
—Es la santa bendecida, mucho gusto.
Mi padre enarca una ceja y yo no sé qué hacer. Hay una corriente de personas en la Península que creen que soy la santa bendecida, pero pensaba que, al salir en rueda de prensa a explicar que había sido una torum por voluntad propia, habrían dejado de creerme una bendita.
—Póngase en pie, por favor —dice el pater Massimo con el rostro endurecido. Ella obedece y él me mira—. Si es una santa, está por ver. Esta tarde mismo será purificada de sus pecados, acompáñenos.
Ella agacha la cabeza y noto cierta teatralidad en su actitud, hay algo raro en todo lo que hace.
—Claro, estaremos encantados.
Supongo que habla de ella y su marido, con el que deduzco que se ha escapado de la Península para pedir refugio en las Islas. Casi me río por la ironía.
—No —la interrumpe mi padre—, solo pueden asistir mujeres en esta primera etapa de la purificación.
Dicho esto, mi padre me anima amablemente a salir del despacho y se queda con la mujer.
No puedo evitar pensar que esta señora ha cometido un gran error al venir aquí, estaría mejor en la Península, donde, al menos, los hombres y las mujeres son tratados como iguales, salvo que seas una torum, claro.
O quizá, en ambos lugares, hay personas horribles que utilizan el sexo para agredir a los demás y ella solo ha visto el lado malo de allá y el lado bueno de aquí.
Me voy a preparar la comida, aunque siempre se me dio mal y, habitualmente, las vecinas de la villa traían platos elaborados ya cocinados.
Hay muchas mujeres en nuestro hogar desde que llegué que no sé si realmente vienen a cocinar y cuidar la casa o a cotillear sobre mí y los motivos de mi regreso.
Sirvo la comida con una de las vecinas y, después, ella se retira. Entonces, espero sentada a que llegue mi padre a la mesa del pequeño comedor familiar.
Imagino que la señora pelirroja y su marido se unirán a nosotros, pero solo aparece el pater Massimo, que reza antes de comenzar.
Ingerimos el guiso en silencio. Yo no puedo interrumpir la comida porque es de mala educación que lo haga una mujer, así que debo esperar a que mi padre diga algo. Tras unos cuantos bocados del delicioso alimento, me pregunta:
—¿Sabes algo de José?
La cuchara se me cae al plato de sopa. Sabía que este tema saldría y ya había decidido contarle la verdad…
más o menos. El presidente me aconsejó que fuese lo más sincera posible con mi padre, para ganarme su confianza, porque realmente no hay forma de conocer qué sabe él exactamente de todo este asunto.
—Está muerto.
—¡Ramla, no se habla de esa forma en la mesa! —me grita, coge un trozo de pan y lo ingiere. Mastica lentamente mientras nos miramos fijamente. Traga—. ¿Cómo falleció?
No ha llegado a ser pater siendo un idiota, así que tengo que andarme con cuidado, porque lo mismo lo sabe todo y solo me está poniendo a prueba para ver si le digo la verdad.
Me paso la lengua por los labios, nerviosa.
—Me secuestró, apagó su IPAS y quería que nos uniésemos carnalmente ante los ojos de Dios porque se había agregado a un grupo que me creían una santa bendecida.
—Pero no eres nada —interrumpe.
—Pero no soy nada —confirmo y continúo mi relato—: Por eso mismo, no acepté. El personal del presidente me rescató y lo mató en el proceso. Nada de esto salió en las noticias.
Tengo el rostro tenso para no llorar. Ahora sé que José era un maltratador, pero eso no hace que, de repente, me alegre por su muerte. Pasé tiempo queriéndolo y no soporto recordar todo lo que sucedió aquella noche. Su sangre sobre mí, el terror que me hizo sentir, el secuestro…
Mi padre se entristece por su fallecimiento, lo noto, pero no dice nada. Tras una pausa bastante larga en la que yo sigo sin probar bocado, sentencia:
—Es culpa tuya, Ramla. Las mujeres siempre tentáis a los hombres a pecar. Ha sido así desde Adam y Eva.
Aprieto los puños y hablo sin pensar:
—Él intentó violarme, no es mi culpa.
Mi padre se pone en pie y da un golpe sobre la mesa.
—Si fueses fea y no lo hubieses excitado, no habría querido violarte, Ramla. Ahora, márchate, tengo que reflexionar sobre cómo voy a purificarte, esto es peor de lo que imaginaba.
Me pongo en pie y yo también golpeo la mesa. Sé que debería agachar las orejas y obedecer, pero ya no soy esa persona. Él me mira con ferocidad. Alguna vez me he llevado un bofetón, pero ese era más el estilo de José que el suyo. Me doy media vuelta y me marcho con el estómago vacío.
De camino a mi habitación, me encuentro con la señora pelirroja.
—Ramla, ¿podemos hablar un momento?
—¡Ahora no, lo siento! —exclamo sin un ápice de cortesía y la dejo ahí plantada. ¿Cómo puede creer que este lugar es mejor que la Península? Es una mujer, aquí no vale nada.