Peccatorum, más que la chica del té 12_Purificación
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Erin y yo no paramos de mirar el reloj. Estamos en el jardín de la piscina. Hace tres horas que se reunieron bajo alto secreto la jefaza de los antiguos y el presidente de la Península.

—¿Queréis? —Alaska nos ofrece un plato con queso y embutidos. Erin coge el queso, yo niego, tengo el estómago cerrado.

Falta poco para la hora de comer y todos los torums nos hemos encontrado casualmente en el jardín.

Fen y Luc se bañan en la piscina y juguetean como si fuesen adolescentes. Alaska se dedica a sacar aperitivos cada cinco minutos solo para matar el tiempo hasta la hora de comer.

Miro a Erin, que está concentrado en su queso, y me río. Él se percata y esboza una mueca divertida. Adora el queso y yo lo adoro a él, confío en él. Ojalá pudiese decirle que la jefaza es mi madre.

Disfruto de la tranquilidad que nos otorga el jardín y la comodidad de las hamacas donde estamos tumbados.

Entonces, Erin deja rápidamente la comida y saca su móvil. Intento fingir que no le presto atención, pero analizo cada uno de sus gestos. ¿Tiene noticias de cómo ha ido la reunión?

Su gesto se contrae en una mueca de enfado y eso me asusta. ¿Le ha pasado algo a mi madre? ¿El presidente le ha tendido una trampa?

—Ramla, ¿me acompañas un momento? —me pide y yo me levanto.

—Estaréis para comer, ¿no? —inquiere Alaska, últimamente quiere que pasemos mucho tiempo juntos porque, en cuanto cambien los contratos de los torums, se marchará.

Voy a contestarle que sí, pero Erin se me adelanta:

—No lo creo.

Me quedo perpleja, pero le sigo mientras se adentra en la mansión en silencio. Recorre los pasillos y llegamos hasta su habitación. Pasamos y cierra con llave. Se planta delante de mí muy enfadado.

—¿Qué hablaste exactamente con el jefazo? ¿Hay algo que él o el presidente te hayan encargado que hagas?

Abro los ojos sorprendida. No ha podido enterarse… ¿O sí?

—Erin, no quiero mentirte, así que no me preguntes cosas que no puedo contestarte.

Él se sienta en la cama y se recoloca sus cabellos pelirrojos con bastante nerviosismo.

—Ramla, acabo de recibir órdenes de los antiguos. Dicen que te vas a ir y que no debo impedirlo. También han dado por concluida mi misión y tengo instrucciones concretas sobre cuándo y cómo abandonar este puesto.

Me siento a su lado sobre la cama y lo abrazo.

—Por fin todo esto va a terminar, Erin.

Él deshace el abrazo y me mira con la boca abierta.

—¿Terminar? ¿Y qué hay de ti? ¿De nosotros? No puedo irme sin ti.

Le muestro la llave que siempre llevo colgada al cuello. Él me la regaló hace mucho tiempo.

—Tengo que hacer una última cosa para que el presidente cumpla su parte del trato, pero estaré bien, el jefazo está al tanto y va a protegerme. Después de eso, te buscaré y abriremos juntos esa cajita.

Le he dicho más de lo que debería, pero menos de lo que deseo.

Él mira mis nudillos. Están morados nuevamente y es que hace semanas que el presidente me ordena golpear a personas o cosas en nuestros encuentros sexuales. No sé si lo excita, pero tengo muy claro que quiere que me prepare para lo que debo hacer, por si acaso tengo que defenderme…

Él besa mis nudillos, me lleva una mano a la mejilla y me susurra:

—Te quiero, Ramla. Por favor, dime qué vas a hacer, hablaré con mi capitán y te ayudaré, te protegeré…

—No puedes hacer esto conmigo, Erin…

Él, ahora, pone el gesto duro y se levanta de golpe.

—¿Te ha pedido que pases otra noche con Luciano Borges? —Erin se enfada y saca a relucir esa ira terrible cuando me cree en peligro—. No puedes aceptar algo así por nadie ni por nada, Ramla. No puedo permitirlo, no voy a…

Me levanto y atrapo su cuerpo con el mío, lo beso ferozmente haciendo que mi lengua llegue a todos los rincones de su boca. Él responde, pero pronto se aparta.

—No es nada de eso, Erin, tranquilízate. Te quiero muchísimo y voy a estar bien. ¿Sabes algo más de cómo ha ido la reunión?

—No, pero que no haya noticias significa que ha ido bien.

Suspiro aliviada y miro a Erin una vez más. Le he prometido que todo irá bien, pero no es cierto porque no lo sé. Voy a hacer algo horrible y a jugarme la vida en el camino… ¿De verdad conseguiré abrir la caja algún día con él? No lo sé, así que me quito la camiseta y libero mis pechos.

—Hazme el amor, Erin.

Él comprende que esto es una despedida. Pone un gesto muy sensual y besa mis pechos mientras me conduce a la cama. Yo gimo de placer y dejo que me tumbe. Agarro su miembro y lo masajeo con mis manos mientras él retuerce mis pezones con su lengua.

El fuego explota dentro de mí y giramos sobre la cama mientras todo se convierte en manos, caricias, cuerpo sobre cuerpo, besos, lenguas y placer.

Disfrutamos de la libertad que nos proporciona ser nosotros quienes toman decisiones sobre qué hacer o qué no.

Cabalgo sobre Erin mientras me recreo en tocar su pecho fornido y acariciar su rostro.

Esto es muy placentero, él hace que el sexo me lleve al éxtasis.

Guardo estos sentimientos y las sensaciones porque pronto mi vida va a cambiar.

Miro a Luciano Borges, quien me golpeó hasta casi matarme solo para excitarse… No recuerdo mucho de aquella noche, pero lo suficiente como para odiarle y temerle a la par.

He viajado desde la Península con él por orden del presidente, quien me ha garantizado que no me pondrá una mano encima, ya que, oficialmente, soy una muestra de paz.

El presidente me devuelve a mi hogar, a pesar de que los bendecidos intentaron hundirle publicando nuestro vídeo.

La realidad de por qué estoy aquí es otra muy distinta y solo la conocemos el presidente, mi madre y yo.

Conforme recorremos las carreteras y nos acercamos a mi villa, siento que una enorme presión ahoga mis pulmones.

Repito en mi interior los nombres del listado que Helen y yo trazamos.

El listado de hombres que deberían estar en la cárcel.

¿Llegarán a tener su merecido? Por lo pronto, conocer sus nombres me hará mantenerme cauta con ellos.

Y todo se lo debo a la hermana del jefe de seguridad, a ella y a su grupo de exbendecidas que una vez vivieron aquí y huyeron.

Siento que me hago pequeña y vuelvo a ser una mujer que no sabe hacer nada más que recibir golpes, preparar el té y bailar al son de los deseos ajenos.

Pienso en el día de ayer: estaba con Erin, tuvimos una gran noche de sexo, pero ahora que han vuelto a conectar mi IPAS, la sola idea de que me toque me causa náuseas. Odio sentirme así cuando recuerdo a Erin amándome, pero es el efecto del IPAS.

Luciano Borges no me ha hablado demasiado durante el viaje, se ha mostrado correcto y se ha dedicado a leer un libro. Lo agradezco.

Me acuerdo de la chica torum que tiene contratada, una rubia despampanante a la que le encanta ponerse purpurina. Odia trabajar para Luciano. Pensar en ella me da fuerzas para llevar a cabo mi plan.

—¿Y bien? Imagino que tendrás ganas de regresar a casa por fin, ¿no?

Miro a Luciano y maldigo que haya decidido hablarme justo ahora que estamos llegando. Me ciño al plan y finjo ser la chica ignorante que creen que soy.

—Gracias a Dios que todo ha terminado, estoy deseando cuidar de mi huerto y volver a ver a mi padre.

Luciano me mira con ese gesto que asusta, como si fuese a devorarme. Entonces, recuerdo que él es un liberado y que sí siente deseo sexual, pero lo preocupante es que lleva mirándome así desde que era una niña. ¡Qué asco!

—El pater Masimo se va a alegrar mucho de tenerte a su lado, eres una mujer muy especial, lo sé de primera mano.

Luciano pone un extraño gesto, como si quisiese saber si recuerdo algo de la noche que pasamos juntos. Yo siento terror, abro los ojos y finjo una sonrisa que no me delate. Prefiero que piense que no sé nada.

El coche se detiene. El conductor le abre la puerta a Luciano y luego a mí.

Ante nosotros está la casa del pater Masimo, mi casa, el hogar de Dios al que viene la gente de esta villa a rezar. Es una mezcla entre una iglesia moderna y una gran casa lujosa.

Luciano Borges camina unos pasos por delante de mí, cruza el jardín de entrada y, antes de llamar a la puerta, mi padre sale, me mira y se emociona, pero se contiene. Yo permanezco quieta con unas enormes ganas de abrazarlo y, al mismo tiempo, con muchos sentimientos de rechazo y enfado hacia él.

Luciano y el pater se estrechan la mano, intercambian unas cuantas palabras y, luego, Luciano se hace a un lado. Mi padre da unos pasos y sigue conteniendo sus ganas de lanzarse a mis brazos, no se mostrará débil mientras alguien pueda verlo.

—Ramla, bienvenida a casa —me dice mientras me coge de la mano con cautela, como si temiese que fuese a romperme.

Sonrío y me aferro a sus dedos. Él me conduce al interior de nuestro hogar con Luciano siguiéndonos a unos pasos.

El plan del presidente ha permitido que, desde que salí en prensa diciendo que me había convertido en torum por voluntad propia, haya estado hablando por teléfono con mi padre para decirle que me habían obligado a decir todo aquello.

La idea es que crea que sigo siendo una fiel bendecida.

¿Lo conseguiré? Luciano no le dirá nada, porque vive entre ambos mundos, contentando a unos y a otros.

Llegamos a la sala del té. Un bonito espacio lleno de plantas con cómodas sillas dispuestas en torno a una mesa. Los tres nos sentamos, mi padre suelta mi mano y me sonríe lleno de felicidad.

—Gracias por traer a mi hija a su verdadero hogar, Luciano.

Alguien llega con té y nos lo sirve. Es una vecina que está demasiado mayor para ocuparse de alguien que no sea ella misma, pero es habitual que las vecinas se turnen para limpiar o cuidar la casa de Dios o, lo que es lo mismo, las mujeres trabajan gratis para que los paters puedan vivir cómodamente.

—Ha sido un placer, Ramla merece estar con su familia.

Mi padre vuelve a sonreírme; luego, se centra de nuevo en Luciano mientras yo finjo coger el té y bebérmelo.