11_Más que la chica del té #4
La miro y me doy cuenta de que habrá tenido que hacer muchas cosas terribles hasta llegar aquí, incluso secuestrar a la hija del presidente.
Ahora que lo pienso, me cuesta entender que llegase a algo así sabiendo lo mal que lo pasó ella cuando me perdió.
Quizá, esperaba que el presidente también hubiese estado dispuesto a cualquier cosa por su hija, pero se equivocó, él no aceptó las condiciones para recuperar a la niña.
—No creo que tenga más opción si queremos que el presidente cambie los contratos de los torums.
—Si haces eso, Ramla, no voy a dejarte sola. Estaré contigo.
—No puedes…
Guardo silencio porque su cara me indica algo muy claro: no es discutible. No tengo ni idea de cómo lo hará, pero saber que, de alguna forma, estará ahí, me tranquiliza.
Ahora me pregunta por Erin y me resulta demasiado fácil hablar de mis sentimientos por él.
—Según uno de los informes, su capitán —me explica ella refiriéndose a Erin—, estuvo a punto de expulsarlo de la misión debido a sus exigencias de sacarte de allí.
Mi madre me mira y creo que soy como un libro abierto, estoy totalmente enamorada de Erin y saber que siempre se la ha jugado por intentar salvarme hace que me sienta inmensamente feliz y agradecida.
—Ramla —me dice mientras apoya sus manos sobre mis brazos—, por lo que sé, es uno de nuestros mejores soldados.
Te ha estado protegiendo siempre y me alegra que estéis juntos, pero nadie, ni él, puede saber qué relación tenemos.
Pronto estaremos viviendo juntas, si tú quieres.
O vivirás con él y yo iré a visitarte todos los días.
La esperanza de convertirse en la madre que no ha podido ser recorre su rostro dibujando ilusiones en sus facciones.
—Mamá —le digo, contagiándome de su alegría—, estoy deseando conocerte más y estar contigo —ella alegra esa bonita cara que tiene a pesar del desgaste, fruto de la vida que ha llevado—, pero aún no me has dicho tu nombre.
Ella se ríe y me abraza. Yo vuelvo a perderme en la calidez de su gesto.
—Me llamo Anat, mi niña.
Ambas nos miramos un momento conteniendo miles de preguntas. ¿Tengo abuelos? ¿Tiene pareja? ¿Tengo algún hermano? ¿Cuál es su comida favorita? ¿Qué música le gusta? ¿Por qué mi padre biológico fue un donante?
Los segundos pasan demasiado rápidos y el tiempo se agota. Ella debe partir y yo tengo que trabajar como torum esta noche.
La despedida es triste porque tengo miedo de no volver a verla, me asusta perderla, aunque, realmente, no puedes perder algo que nunca has tenido.
Regreso de vuelta al coche de Erin, pero lo encuentro en el campo a medio camino.
—¿Estás bien? —me pregunta mientras corre hasta mí.
—Sí.
Caminamos hasta el vehículo mientras él se preocupa.
—Parece que has estado llorando, Ramla. ¿Todo bien con el jefazo?
Lo miro, abro mucho los ojos y finjo una sonrisa.
—Todo bien, ha sido una charla intensa, ya sabes. Ha insinuado que estaba loca por haberle dicho al presidente que el jefazo de los antiguos iría a su encuentro.
Erin se ríe y niega con la cabeza de forma desenfadada. Llegamos hasta el coche y, antes de abrir la puerta, me pregunta:
—¿Y bien? ¿Hará caso a tu locura?
—Sí, se reunirá con él.
Nos metemos en el coche. Erin está de buen humor.
—En serio, Ramla, no dejas de sorprenderme, mi pequeña alienígena. Llevo años siendo militar y no sé quién es el jefazo ni he conseguido ni un solo avance como infiltrado y tú lo has hecho todo… Eres única.
Arranca y conduce de regreso a la mansión, yo pongo mi mano sobre su pierna de forma cariñosa.
—Claro que has hecho, Erin. Has cuidado de mí todo este tiempo. ¿Sabías que estuvieron a punto de despedirte por haber insistido tanto en que me sacasen de la mansión?
Erin me mira un segundo y luego regresa a la conducción.
—Vaya, ¿has estado hablando de mí con el jefazo?
Ambos nos reímos, pero no diré nada más que pueda comprometer la relación de la jefaza conmigo. Aunque sé que Erin es de fiar, creo que debo protegerlo y no contarle ciertas cosas es la mejor forma de hacerlo.
Llegamos a la mansión. Erin mete el coche en el garaje y apaga el motor. Tengo que darme prisa porque tengo trabajo con el presidente; sin embargo, Erin me mira a través de sus bonitos ojos azules y creo que necesita decirme algo.
—¿Cuándo va a terminar todo esto? ¿Cuándo vamos a poder ser solo tú y yo?
Esbozo una mueca de disgusto porque no lo sé y creo que Erin hoy se ha derrumbado al confesarme sus sentimientos. Es posible que ya no pueda más y tenga que ser yo, por una vez, la que lo proteja, la que lo anime a ser fuerte.
—Estamos muy cerca del final, Erin.
Le cojo la mano y veo cómo sus dedos blancos y mis dedos negros se entrelazan. De repente, pienso en cómo serían nuestros hijos. ¿Negros pelirrojos de ojos azules?
—¿Y esa cara? —pregunta Erin riendo. Imagino que he vuelto a poner una mueca.
—Estaba pensando en un bebé nuestro. Pelirrojo, negro y con ojos azules.
Ambos nos reímos. Erin niega con la cabeza.
—¿Te ha dado por pensar en bebés?
—Bueno, no sé… Supongo que, cuando todo esto se acabe, haremos cosas normales, como vivir juntos o casarnos o tener bebés que serán físicamente muy raros…
Erin emite una enorme carcajada.
—No serán raros, nuestros bebés serán muy guapos y especiales. Y, por otro lado, no sabía que quisieses casarte y tener hijos…
Me encojo de hombros. ¿Lo deseo? Son ideas tradicionales que me ha inculcado el pater Massimo, pero creo que, en el fondo, sí que me gustaría. No obstante, miro el reloj y me inquieto por la hora.
—Erin, llego tarde…
Él chasquea los labios porque no le gusta lo que tengo que hacer, pero es lo que hay.
Me despido, me voy corriendo a la habitación y me pongo un conjunto de lencería muy sexi de color amarillo que resalta con el tono de mi piel. Me cubro con una bata y subo a la habitación privada del presidente.
Toco a la puerta y, pasado un rato, él me abre. No dice nada y regresa a la barra. Como siempre, está tomando alcohol en un vaso de cristal con hielo.
Me hace una señal para que me siente en uno de los especiales sillones que tiene para jugar. Espero que sea rápido porque mi cabeza no está para esto, sino que se encuentra con mi madre, con Erin, incluso con mi padre y con los acontecimientos que están por venir.
Me coloco de forma sensual, como sé que le gusta, pero él no parece hacerme caso. Al poco rato, alguien llama a la puerta y el presidente le da paso, es Luc. ¿En serio? ¿Hoy, precisamente, quiere un trío?
Al presidente le gustan más las mujeres, pero goza de bastante placer introduciendo algunos hombres de vez en cuando en sus relaciones. Normalmente, suele hacerlo con Fen y no conmigo. No es que esté especialmente cómoda con Luc, pero tampoco tengo opción. Así que hago todo lo que se me pide…
Corro para poder cobijarme en el interior de mi cuarto y llorar sin que nadie me vea. Abro la puerta, pero Luc se cuela.
Es un chico grande, musculoso, moreno y guapo, por eso es el torum del presidente y por eso esta noche ha pasado lo que ha pasado.
—Luc, vete, por favor, es muy tarde.
—Venga, tía, no es para tanto, tranquilízate.
No, no estoy nada tranquila y sé que debería decirle algo, pero solo grito y doy un golpe en la pared.
—Ramla, ¿va todo bien?
Me giro con los nudillos llenos de sangre y veo a Erin en la puerta. Sus ojos se desvían hacia Luc y se ensombrecen.
—Yo… —balbuceo mientras miro a Luc y los ojos se me llenan de lágrimas.
No sé qué entiende Erin, pero va hasta Luc y le agarra de la camiseta.
—¿Qué le has hecho?
—Oye, tío, que solo he venido para consolarla, mierda…
Luc se suelta y hace amago de marcharse.
—Espera, Luc —le digo mientras veo cómo Erin nos observa perplejo sin entender nada—, lo siento.
—Tía, que soy el doble de grande que tú. No te rayes, no me has hecho daño. Lo que no sé es qué le ha dado al presi, nunca había pedido algo así.
Luc vuelve a hacer amago de irse, pero es ahora Erin quien le interrumpe su marcha.
—¿Qué ha pedido?
—Le ha dicho a Ramla que me pegase con todas sus fuerzas.
Erin cambia el gesto y se llena de dudas, viene hasta mí y agarra mis manos con las suyas, mis nudillos están amoratados y me tiemblan las manos.
—Ramla, eh, tranquila.
Luc chista.
—Oye, tío, que es ella la que me ha pegado, no veo que te preocupes por mí.
Erin lo mira con ferocidad.
—¿No decías que no te había hecho nada?
Luc y Erin se sostienen la mirada, pero es Luc quien acaba yéndose; en el fondo, Erin lo intimida.
La puerta se cierra y yo me obligo a tranquilizarme. No puedo seguir siendo la chica débil que solo sabía preparar té. Hago acopio de todas mis fuerzas.
—Estoy bien, Erin, es solo que no me gusta la persona en la que me estoy convirtiendo.
—En la que te está convirtiendo él, esto no es culpa tuya. Lo mataré, a él, a Luciano Borges y a todos los que te han hecho daño, Ramla.
Lo miro y veo su ferocidad, la que saca cuando se trata de mí. Es posible que yo sea la primera persona que a él le haya importado de verdad en la vida y no soporte la idea de que me pase nada.
Sé muy bien por qué el presidente ha querido que pegue a Luc. Me está poniendo a prueba para lo que se avecina.
Abrazo a Erin.
—Quédate conmigo esta noche, por favor.
—Esta y todas, Ramla.