Peccatorum, más que la chica del té 11_Más que la chica del té #3
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11_Más que la chica del té #3

—¿Erin ha escrito informes sobre mí? —pregunto, pero ella no dice nada y me doy cuenta que está esperando que sea yo quien responda a su pregunta: ¿quién es Ramla?

— Pues… supongo que no soy importante, solo alguien que se ha cansado de ser como una hoja a la que mece el viento.

He visto una oportunidad de cambiar las cosas y…

—Y te has convertido en el viento —me ayuda y lo agradezco porque estoy muy nerviosa—. Ahora eres tú quien sopla, lo que me convierte a mí en una hoja que debe hacer lo que tú has prometido. ¿Por qué crees que quiere reunirse el presidente conmigo?

Su voz suena fría y dura, como debe ser la persona al mando de los antiguos, pero también parece que se esfuerza en suavizar las formas, supongo que para que no me dé un ataque de ansiedad.

—No lo sé, lo siento, yo… no sé mucho sobre política.

Me paso la lengua por los labios, nerviosa, y me siento totalmente observada por ella. Incluso con las gafas de sol, me percato de que se toma su tiempo para analizar cada una de mis palabras y de mis movimientos. ¿Cree que soy una amenaza?

La jefaza cambia el peso del cuerpo de una pierna a otra y se pone rígida sobre el tronco que se ha sentado.

—No sabes nada sobre política, pero has conseguido que el presidente acepte todas las propuestas que le hicimos sobre los contratos de los torums y que parezca que ha sido cosa suya. Has salvado su imagen pública, ¿por qué?

La miro intensamente, abriendo los ojos. Esa es una buena pregunta… ¿Por qué parece que he escogido el bando del presidente?

—Yo… —balbuceo y me avergüenzo de no haber venido mejor preparada—. Lo único que quiero es que los maltratos y los abusos terminen. Salvando al presidente, he conseguido ayudar a muchas personas.

—Aún no has ayudado a nadie —interrumpe ella—, solo a él, ¿por qué?

¿Qué insinúa esta mujer?

Me pongo muy nerviosa y, de repente, siento que me falta el aire, que Luciano Borges está golpeándome para excitarse, que José me arrastra, que el Pater Massimo me miente, que el presidente me ordena una y otra vez que tenga sexo con él…

No puedo respirar y ella se percata. Intento disimular, me repito que no debo tener miedo, pero, ¿cómo no? Hay demasiadas personas que me han herido y pisoteado…

—¿Por qué finges ser débil, Ramla? —pregunta con una voz dura que me enfada—. ¿Quién eres y qué ocultas?

Su ferocidad es implacable y me hace estallar. Me pongo en pie con los nervios recorriéndome el cuerpo.

—¡Todas las personas que me han importado lo más mínimo me han mentido, maltratado y utilizado!

¡No tengo nada! Lo único que quiero es ayudar a los demás, sentirme útil y, lo siento mucho si no sé responder a sus preguntas como a usted le gustaría, pero la única verdad es que no voy a volver con los bendecidos y Erin vive con el presidente.

Él es el único que me ha tendido la mano, así que, si salvando la imagen del presidente ayudaba a Erin a conseguir los cambios en los contratos de los torums, si me ayudaba a mí a poder seguir a su lado, si existe la más mínima posibilidad de que, con el dinero del presidente, saque a más mujeres bendecidas de las Islas, no, no me iba a quedar de brazos cruzados.

Así que, señora jefaza de los antiguos, le pido por favor que vaya a esa reunión y, si no lo hace, que saque a Erin de allí porque no tiene ni idea de los abusos por los que ha pasado para poder daros información, para que secuestraseis a una niña.

Me paro y me doy cuenta de que acabo de gritarle y decirle demasiadas cosas a la líder de un grupo que algunos consideran terrorista. Debo estar loca o ser completamente idiota.

Ella también se pone en pie y aguarda un poco a que me calme.

—Siento haberte alterado, Ramla, pero necesitaba saber quién eras. Ahora lo sé.

Abro los ojos, totalmente incrédula. No entiendo nada de lo que dice.

Ella da unos pasos lentos y medidos hasta mi posición y se queda a un metro de mí. ¿Qué me va a hacer?

—Entonces… —comienzo con una repentina timidez—, ¿qué le digo al presidente?

Ella esboza una sonrisa nerviosa y me resulta extraño.

—Dile que tendrá noticias mías para concretar los detalles del encuentro.

Respiro tranquila, lo he conseguido.

—Gracias.

Quiero seguir hablando, pero ella me interrumpe con cierta prisa:

—Ramla. Es justo que ahora sea yo quien me presente…

—La dureza en su voz se suaviza, pero su ropa militar y su cuerpo atlético me recuerdan que ella es la jefaza—.

Hace veintidós años, secuestraron a mi hija de dos años.

Todo apuntaba a que habían sido los bendecidos, pero nadie me lo confirmaba.

Yo era maestra entonces, dejé el trabajo y me volqué en buscarla.

La cabeza me da vueltas y creo que mis latidos van demasiado rápidos. ¿Qué me está contando?

—Me hice militar —prosigue—, pasé años intentando entrar en las Islas para buscarla, hice amigos políticos, altos cargos que, con cuatro copas de más, me daban información.

Y así descubrí que el propio Gobierno pactó con los bendecidos una tregua que incluía dejarles las Islas para establecerse y hacer la vista gorda con el secuestro de bebés.

¿Qué? Puede que no sepa mucho de política, pero si la propia Península aceptó el alto el fuego de los bendecidos a cambio de dejar que se llevasen niños…

Estoy nerviosa porque creo que sé quién es ella y qué tiene que ver conmigo.

—Ramla, por ti fue por quien formé el grupo de los antiguos.

Se quita las gafas de sol y veo unos ojos azules como los míos. Un precioso color atípico en la gente negra como nosotras.

Me siento en la roca o, más bien, me desplomo sobre ella.

—¿Eres mi madre? —pregunto, aunque sueno ridícula, es bastante evidente.

Ella da un paso hacia delante y acorta la distancia entre nosotras, se agacha y se queda de rodillas para estar a mi altura.

—Lo soy, Ramla… Pero no lo sabía hasta hace poco. Los antiguos somos un grupo muy grande, yo ni siquiera conozco a Erin, no podía saber que estabas con él, pero cuando tu nombre salió en todas partes junto a tu imagen, tu color de piel, esos ojos azules… supe que por fin había encontrado a mi hija.

Ella pone sus manos sobre mis rodillas y quiero abrazarla, pero también estoy enfadada y no sé bien por qué.

Miro sus dedos, están esperando permiso para cernirse sobre mí en un gran abrazo. Veo la dureza en su rostro, es una mujer fuerte que ha pasado por mucho, pero también es la madre que ha encontrado a su hija después de haberla buscado por todas partes.

—Lo siento —le digo mientras todo me tiembla—, debo ser una enorme decepción para ti… He… Yo… Soy la torum del presidente y he salvado su imagen pública. Yo…

Pero mi madre hace lo que hacen las madres, me abraza y atrapa mi miedo para alejarlo y hacerme sentir querida.

Me pierdo en sus brazos, que debieron estar ahí mucho antes, y lloro mientras imagino cómo habría sido tener a esta supermujer como mamá.

Ella también llora y nuestros cuerpos se fusionan con fuerza, como si quisiéramos ser una…

Estoy feliz y triste a la par.

Lo reconozco, ella es más fuerte y deshace el abrazo, yo me quedaría atrapada en su regazo para siempre.

—La reunión con el presidente será en unos días y exigiré tu liberación. Jamás dejaré que nadie vuelva a herirte, mi niña.

Ella me ayuda y ambas nos ponemos en pie. La miro y supongo que pongo una de esas muecas que me delatan.

—¿Qué sucede? ¿No quieres irte de la mansión del presidente? Por todo lo que has dicho, me ha parecido entender que odias ser una torum. —No digo nada y ella prosigue—: ¿Es por ese chico? ¿Por Erin? Voy a sacarlo de allí muy pronto también, no te preocupes, mi niña.

Sonrío porque estoy viendo a una mamá oso proteger a su cachorro y me encanta. Creo que, si fuese por ella, me impediría regresar hoy mismo, pero sabe, como yo, que hay demasiado en juego.

—El presidente y yo llegamos a varios acuerdos y aún no los he cumplido todos, no puedo irme hasta que los termine.

Mi madre pone el gesto duro de nuevo y aferra mis brazos con sus manos. Me mira muy molesta y preocupada.

—¿Qué acuerdos, Ramla?

—No… puedo…

Ella se percata de mis nervios y mis dudas, no puedo contárselo.

—Mi niña —dice ahora mientras se rompe y deja de ser una militar para hablarme como una madre—, he esperado veintidós años para encontrarte.

Sé que no me conoces y que la confianza se gana, pero toda mi vida se ha centrado en llegar hasta este momento en que estuvieses entre mis brazos.

Quiero saberlo todo de ti, compartir cada cosa bonita que has vivido, abrazarte por cada momento malo que hayas pasado y, para ello, tengo que asegurarme de que estás a salvo.

Ramla, soy tu madre, te quiero y haré cualquier cosa por ti.

Por favor, confía en mí, necesito saber qué te ha pedido, necesito poder protegerte.

Abro mucho los ojos y dibujo una sonrisa sincera en mi rostro. Es mi madre, ha pasado la vida buscándome, me quiere. No la conozco de nada y, sin embargo, siento que puedo confiar en ella, que nunca me traicionaría.

Puede que sea una ingenua, pero le cuento con detalle la barbaridad que el presidente me ha exigido que haga.

Cuando he terminado, mi madre tuerce el gesto y da unos pasos alrededor de la casa en ruinas. Ella no es impulsiva como yo, está sopesando las cosas. Es una líder, una militar, es la jefaza, seguro que está trazando algún plan.

Se detiene frente a mí y, aunque es mi madre, parece mucho más alta, robusta y fuerte. Me pregunto cómo de intensa debió ser su determinación para pasar de ser maestra a la mujer que tengo delante.

—¿Tú quieres hacer eso, Ramla? —pregunta mientras se cruza de brazos frente a mí.

Es una buena cuestión, ¿qué quiero yo?

—No estoy muy segura… —balbuceo.

—Si algo sale mal, morirás —afirma tajantemente—, y si sale bien, te cambiará para siempre, lo sé por experiencia.