Peccatorum, más que la chica del té 11_Más que la chica del té #2
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11_Más que la chica del té #2

Tras unos segundos de dulces y sensuales besos, Erin vuelve a tirar de mí y creo que vamos al garaje. Por fin, voy a salir de la mansión.

Las sospechas se confirman y pronto estamos montados en su elegante coche recorriendo las calles de la capital con música rock de fondo.

—¿A dónde vamos? —pregunto y, la verdad, la cara de Erin me sorprende, porque se tercia algo amarga.

—Vas a conocer al jefazo.

—¿Al jefazo? —inquiero confundida.

—Así llamamos al líder de los antiguos. Pocas personas saben quién es, si es hombre o mujer, o cómo es su aspecto. Creo que le ha impresionado mucho todo lo que has hecho, porque, desde que saliste de la rueda de prensa, mis órdenes fueron protegerte a toda costa.

Me siento abrumada por todo lo que me ha dicho.

Supongo que el jefazo quiere hablar conmigo de la reunión que el presidente le ha exigido, así que debo convencerlo para que acepte o no sé qué sucederá con todos los acuerdos a los que hemos llegado.

Si no consigo que se reúnan, Alaska no podrá ser libre porque los contratos de los torums seguirán blindados como hasta ahora…

Por otro lado, me siento algo decepcionada porque quería una cita romántica con Erin, pero él me lleva a ver a su jefe.

—¿Tú lo conoces? —pregunto y se ríe mientras gira ahora a la derecha y vamos hacia una zona bastante solitaria de la ciudad.

—No, Ramla. Solo soy un militar más, recibo órdenes de mi capitán.

—No eres un militar más, te juegas la vida cada día por ellos, te acuestas con la mujer del presidente por ellos, para mantener tu tapadera y pasarles información.

El silencio se impone y Erin tuerce el gesto. Nunca hablamos de eso porque duele.

No sé qué decir ahora, así que me quedo callada y él también. Disfruto de las guitarras eléctricas del rock, pero no consiguen relajar mis nervios.

Nos alejamos bastante de la civilización y Erin para el coche en mitad de una carretera que parece cortada o abandonada. El sol de media tarde se refleja en el desgastado asfalto.

—Espera aquí —me pide y sale del vehículo.

Creo que está inspeccionando la zona. Luego, viene, me abre la puerta muy amablemente y salgo. Erin cierra y atrapa mi cuerpo entre su pecho y el coche. Me mira y lo noto inquieto.

—¿Qué pasa, Erin? —pregunto mientras siento su pecho respirar. Está muy cerca de mí.

—No lo sé y eso me asusta —reconoce mientras acorta la distancia entre nosotros—.

Lo de que el jefazo se reúna contigo… No es propio de los antiguos.

Toma, solo por si acaso. —Erin me mete disimuladamente una pistola pequeña por debajo del vestido y la ata a mi pierna con una correa, de forma que nadie pueda verla porque queda hacia el interior del muslo.

Lo miro con los ojos desorbitados.

—Sabes que no sé usarla, ¿verdad?

Erin suaviza el gesto y me sonríe.

—Apuntar y presionar el gatillo, no tiene más. Sin embargo, si algo va mal, grita, estaré encantado de meterte mano para usarla yo.

Erin sube sus dedos por entre mis piernas e intenta adentrarse en mí, pero yo le impido el paso y él nota mi rechazo. Se aparta y se disculpa:

—Perdona, Ramla, ha sido un comentario estúpido. Lo siento.

—Erin, es solo que esta noche el presi…

—Vale, lo entiendo.

Claro que lo entiende. Tenemos una norma muy clara y es no tener relaciones el mismo día que ejercemos de torum, pero me fastidia que no hablemos de eso.

Erin se apoya contra el coche a mi lado y mira hacia delante, creo que está esperando alguna señal, pero, como no llega, yo quiero continuar con la conversación.

—¿Cómo es acostarse con la mujer del presidente? —pregunto, pero Erin mantiene el porte serio y la mirada al frente.

—Es trabajo, ya sabes.

Yo sí que lo miro a él.

—No, no lo sé.

Erin se enfada o se incómoda, o un poco de ambas cosas. Ahora me mira.

—¿Cómo es acostarse con el presidente?

La pregunta duele porque ya lo sabe, pero supongo que por eso la ha hecho, para que entienda por qué él no quiere responder.

—Hay días que es asqueroso y solo puedo hacerlo si pienso en ti.

Erin me observa profundamente y algo cambia en su mirada.

—¿Y otros días?

Nos sostenemos la mirada y creo que necesito sincerarme. Creo que, de alguna forma, mis charlas y reuniones con Helen —que ha ido al psicólogo y sabe muy bien cuáles son los caminos que recorremos emocionalmente las personas— me han hecho sentir menos culpabilidad por cosas que antes me arrasaban.

—A veces, he disfrutado —reconozco— y, luego, me he sentido mal por ello.

—No es tu culpa —me interrumpe él, pero creo que se lo dice más a sí mismo que a mí, creo que Erin jamás ha hablado de sus sentimientos con nadie.

—Tampoco es tu culpa, Erin, si has disfrutado… Si te has sentido culpable…

—Estoy bien, Ramla, no tienes que preocuparte por mí.

Ahora soy yo la que me pongo frente a él y lo atrapo contra el coche. Erin se incomoda un poco.

—Nunca hablas de eso —le digo mirándolo a los ojos, pero él fija la vista al fondo—, pero sé que sufres, Erin. Me dijiste que yo era la primera chica con la que estabas por voluntad propia, lo que significa que perdiste la virginidad siendo torum y eso es muy triste.

Erin resopla, pero no me mira. Creo que me va a decir que me calle, pero coge mis manos, agacha la cabeza y confiesa:

—Los antiguos necesitaban un chico que pudiese infiltrarse hasta llegar a la casa del presidente.

Yo era el único que daba el perfil, por edad, preparación física, belleza y por ser pelirrojo.

Ya sabes que el presidente colecciona personas físicamente poco comunes.

Yo solo quería ayudar y acepté sin más, pero había un problema, era virgen y, además, no podían meterme en una feria de torums y garantizar que el presidente pujase por mí.

Así que mi primera misión fue seducir a Amanda.

Me quedo sorprendida por su relato.

—¿Amanda? ¿La res del presidente? —pregunto.

—Sí. Mi objetivo era conseguir que se fijase en mí y, directamente, me propusiera como torum del presidente. Así que una noche que ella estaba de fiesta con amigas… Bueno, ya sabes… Yo soy joven y ella ya es mayor… No dudó en pagar para tener el IPAS apagado un rato y tener sexo conmigo.

Me paso la lengua por los labios, nerviosa o, quizá, enfadada. Odio a esa mujer, podría ser su madre y se acostó con él…

—¿Perdiste la virginidad con Amanda?

—Sí, era la primera vez que tenía el IPAS apagado y tenía las hormonas descontroladas. Me pareció lo más placentero del mundo y creí que siempre sería así.

Intento ponerme en su piel para entender su relato porque Amanda no es atractiva y no había una relación romántica, pero disfrutó, sí, así es el sexo cuando lo descubres.

—Entonces… ¿siempre fue placentero para ti? Quiero decir… ¿siempre lo es?

Erin levanta la mirada del suelo y creo que sus ojos esconden unas pequeñas lágrimas que se esfuerza por ocultar.

Se encoge de hombros.

—Sinceramente, Ramla, no tenía ni idea de sexo.

Amanda y la mujer del presidente, las otras torums…

Ellas fueron mis maestras y no estaba mal.

Hacía mi trabajo y estaba bien, pero entonces, apareciste tú.

—La mirada se intensifica—. Eras un cordero en mitad de una jaula de lobos, tan dulce, tan inocente, tan diferente…

Una vez que llegaste a mi vida, que tocaste mi cuerpo…

Desde entonces, siento náuseas cada vez que no es contigo, esa es la verdad, Ramla.

Me quedo sin palabras. Erin siempre sabe cómo hacerme sentir especial… Su historia es triste y ahora entiendo que se esforzase tanto al principio por alejarme de este mundo, porque quería protegerme de esos sentimientos…

Abrazo a Erin y él me acoge, creo que llora, pero no muestra fácilmente esa parte de sí mismo.

—Sé que siempre crees que debes protegerme, Erin, pero yo también puedo cuidar de ti.

Nos iniciaron en el sexo personas a las que no les correspondía y aprendimos a disfrutar de las migajas que ellos nos dejaban.

Juntos entendimos que las relaciones íntimas son mucho más, que implican sensualidad, respeto, cariño, libertad para jugar…

Así que dejemos de sentirnos culpables por haber disfrutado de esas migajas cuando no teníamos pan de verdad, ¿vale?

Erin deshace el abrazo, me mira y sonríe.

—¿Cómo puedes hacer que cada día te quiera más, mi peculiar alienígena?

Pongo una mueca graciosa por el mote y él emite una carcajada llena de felicidad.

Entonces, una luz se refleja en el coche y Erin me aparta con suavidad.

—El jefazo está aquí. —Señala la vegetación seca que tenemos delante de nosotros—. Ramla, adéntrate en el campo, verás una casa abandonada muy pronto. Te está esperando allí.

Suspiro, le doy un último y fugaz beso y me adentro en el campo árido junto a la carretera solitaria.

Me alegra enormemente haberme puesto unas zapatillas con el vestido en vez de unas sandalias, ya que ahora lo estaría pasando muy mal. Aun así, algunos matorrales dejan arañazos en mis piernas.

Pronto observo una viejísima casa a la que le faltan trozos de pared.

Busco algún hueco por el que entrar y, cuando lo hago, en mitad de un montón de escombros, veo al jefazo.

Lleva ropa militar que le tapa en su mayoría, pero no tanto como para no ver que es una mujer negra, alta y, posiblemente, en muy buena forma.

Lleva gafas de sol y el pelo recogido en un moño.

—Hola, soy Ramla.

La jefaza me señala una piedra desgastada y me siento. Ella hace lo propio en un tronco que atraviesa la vieja casa.

—Hola, Ramla, es un enorme placer conocerte, créeme.

Y lo debe ser, porque su voz muestra un entusiasmo que se esfuerza en contener.

—Igualmente… —balbuceo insegura.

—¿Podrías contarme quién es Ramla? —comienza—. Es decir, conozco tu historia por los informes de Erin sobre ti y lo que he visto en la prensa, pero quisiera saber quién es en verdad la joven que ha prometido al presidente que yo iría a su encuentro.

Abro mucho los ojos y finjo una sonrisa. Me siento muy nerviosa y creo que las manos me tiemblan.