11_Más que la chica del té
más que la chica del té
Lo reconozco, estoy agotada. Hace dos semanas que comencé a buscar una vía de escape para las mujeres bendecidas y aún no la hemos encontrado. Trabajo codo con codo con Helen, la hermana del jefe de seguridad, y con las chicas del grupo de exbendecidas que ella tenía.
Miro a Helen y la veo cansada también. Busco el reloj de pared del despacho y me doy cuenta de que se acerca la hora de la comida y tendremos que dejarlo hasta mañana.
Helen se pone en pie con suma elegancia y comienza a pasearse por la estancia.
El despacho es uno de los de la planta de reuniones de la mansión del presidente. Nos lo ha prestado exclusivamente para nosotras. La verdad es que se está tomando muchas molestias por cumplir su parte del trato, aunque siga siendo mi opresor y el liberado para el que trabajo como torum.
Mi cabeza divaga y recuerdo que, después de comer, Erin me ha dicho que me va a llevar a un sitio.
No sé si será una cita romántica, pero, la verdad, me gustaría.
Desde todo el incidente con José y el vídeo sexual con el presidente, no he dejado la mansión.
Por mi propia seguridad, no puedo hacer nada fuera de aquí sin escolta, lo que reduce mis salidas a cuando pueda Erin que, como es torum, guardia de seguridad y espía de los antiguos, tiene muy poco tiempo para acompañarme a ninguna parte.
Por otro lado, el presidente está totalmente centrado en lavar su imagen pública, por lo que no celebra fiestas ni ferias donde ejercer como torum, así que tampoco he salido por trabajo.
Lo bueno es que, salvo algunos días que el presidente me llama a su cama, en ese aspecto la situación está bastante relajada.
Pensar en mis encuentros sexuales con él hace que recuerde lo que José estuvo a punto de hacerme, lo que los bendecidos les han hecho a tantas mujeres…
Y eso me trae de vuelta aquí, a este despacho.
No puedo esperar ni un día más para buscar una forma segura de sacar a las bendecidas que lo deseen de las Islas.
Así que no hay más opción que poner sobre la mesa lo que llevo pensando unos días.
—Helen. —Está caminando por la estancia sin rumbo alguno, se detiene y regresa a su asiento. Une sus manos formalmente por encima de la mesa. Yo abro mucho los ojos y me paso la lengua por los labios, nerviosa—. Solo hay una manera de sacarlas de forma segura. Tenemos que infiltrar a alguien.
Ella pone un gesto de horror.
—¿Y quién va a prestarse a dicha tarea? —pregunta con esa forma tan correcta que tiene de hablar—. Ninguna mujer aceptará conociendo los riesgos: maltrato, humillación, abusos…
Me recoloco mi largo cabello sobre uno de mis hombros.
—Una mujer, no, un hombre. Infiltraremos a varios hombres. Ellos pueden moverse libremente por las villas y nadie sospechará que estén ayudando a las mujeres a escapar.
A Helen la idea no le gusta, lo veo en su cara.
—Vale, cielo. ¿Y qué bendecida que desee escapar de los bendecidos va a depositar su confianza en un hombre para ello?
—Haremos que confíen, Helen. Con el dinero que me ha dado el presidente, podemos contratarlos…
Tú o yo podríamos adiestrarlos para que se comporten como unos auténticos bendecidos.
Luego, solo tienen que observar y acercarse a la mujer que consideren que necesita ayuda.
A partir de ahí, será sencillo llevarlas a los puntos de extracción que fijamos el otro día.
Yo sé que puede funcionar, pero Helen no confía en los hombres y no puedo culparla después de lo que tuvo que soportar con tan solo trece años.
—Tengo bastantes reticencias con esta idea, Ramla, pero se basan en mi casi inexistente confianza en el sexo masculino.
Helen se frota las manos, algo incómoda, por encima de la mesa. Se las agarro para que se tranquilice.
—Confías en tu hermano, él te trata de maravilla —le digo y pongo una mueca de no haber roto un plato en mi vida. Helen me observa y, finalmente, acaba dibujando una pequeña y elegante sonrisa.
—Muy bien, cielo, infiltraremos a hombres —cede al fin y nos ponemos a cuadrar algunos detalles más en el poco rato que nos queda.
Pronto llega la hora de comer. La acompaño hasta la puerta del garaje. Su hermano, el jefe de seguridad, siempre la espera para llevarla a su casa. La verdad es que se toma muchas molestias para cuidarla. Son unas buenas personas.
Me despido de Helen y cruza la puerta con su hermano. Me giro y, unos instantes después, alguien me llama:
—Ramla, disculpa, ¿puedo hablar contigo un segundo?
Veo al jefe de seguridad con su elegante traje y su duro semblante. La puerta del pasillo que da al garaje está abierta y Helen me mira desde el coche.
—Claro, ¿ocurre algo? —pregunto con cautela.
El jefe de seguridad tiene unas formas igual de correctas que Helen. Coloca sus brazos en una postura muy estudiada y formal.
—Deseaba darte las gracias por haber incluido a Helen en este grupo para sacar bendecidas de las Islas. Ella lo ha pasado muy mal y esto la está ayudando mucho. Tiene grandes expectativas, espero que no sean en vano.
Lo miro aguantando una fingida sonrisa, porque no sé si ha venido para darme las gracias en verdad o para amenazarme por si algo sale mal.
—Yo soy la que tiene que agradecerle a ella su colaboración. Y sobre las expectativas… Sí, yo también tengo muchas, espero que todo salga bien.
Me mira, me estrecha la mano formalmente, se despide y se va. Yo me doy la vuelta y, por fin, me dirijo a comer.
Erin no está en el comedor. No es porque tenga el día libre, puede que esté con la mujer del presidente en algún sitio. La suele acompañar a muchos de sus eventos. No hablo de esto con Erin, pero no sé si es que la señora quiere tenerlo cerca por si le da un calentón o qué… Es asqueroso.
Veo a Alaska y Fen ya sentadas a la mesa. Me hacen una señal y acudo. Desde mi regreso, nos llevamos incluso mejor. Alaska está encantada con los cambios en los contratos de los torums que anunció el presidente y supongo que Fen cree que mi popularidad es buena para su imagen como amiga mía.
—¿Y Luc? —pregunto mientras tomo asiento.
—Es su día libre, obviamente —responde Fen mientras agita su manicura perfecta. Poco ha cambiado en ella, sigue llevando unas uñas increíbles y siendo una borde.
—Chicas —comienza Alaska mientras toma un trago de zumo—, Amanda me ha dicho que, cuando cambien los contratos de los torums, va a rescindir el mío y me va a indemnizar.
Está muy contenta, pero Fen no lo entiende y pone mala cara. Mientras, llega el cocinero y nos sirve una sopa. Le damos las gracias y Fen salta al ataque:
—¿Te van a despedir y te alegras?
Alaska se recoge su cabello blanco en una coleta y habla con una dulce voz:
—Fen, me metí a torum por mi tratamiento para el albinismo, pero con la indemnización, podré costeármelo sin tener que ejercer como torum.
Fen se enfada y eso es peligroso.
—Pero volverán a activar tu IPAS y tendrás que pagar para que te lo desactiven y tener sexo.
Alaska es demasiado dulce y buena para contestarle mal a Fen, así que se esconde tras sus pestañas blancas y mira el plato de sopa.
—Fen —intervengo para quitarle hierro al asunto—, piensa en el lado bueno: tendrás menos competencia para seguir siendo la favorita del presidente. Su única torum.
Fen deja la cuchara de sopa con malos modales.
—No me jodas, princesita. ¿Tú también vas a irte en cuanto cambien los contratos?
Ambas me miran y me doy cuenta de que me he delatado. Sí, me iré, pero no porque rescinda mi contrato, sino porque el presidente me pidió que hiciese algo horrible. Y, para ello, tendré que marcharme de aquí.
Están esperando una respuesta y solo se me ocurre decirles lo que me gustaría que fuese cierto:
—Bueno, es lo que más sentido tiene. Erin y yo estamos juntos y… Estaría bien estarlo en exclusiva.
Ambas han entendido perfectamente a lo que me refiero, a ser los únicos con los que nos acostemos. Aceptan sin más la explicación.
Respiro y como con mis amigas, pero la conversación me ha dejado intranquila, porque el presidente no estableció una fecha exacta para que me vaya y lleve a cabo la atrocidad que me pidió.
Llegamos a los postres. Suele haber fruta, pero yo siempre acabo hurgando en la nevera y por los armarios para encontrar algo dulce. Hoy encuentro una galleta con chocolate y me dispongo a comerla con una inmensa felicidad.
—Ahí está el tío con el que quieres echar polvos en exclusiva el resto de tu vida, princesita —dice Fen.
Levanto la mirada mientras engullo la galleta y veo a Erin esperándome. Menudo porte tiene: traje de chaqueta, gran altura, cabello pelirrojo frondoso, enormes ojos azules y unas pecas que lo hacen verdaderamente único.
Me despido con la mano de las chicas y cruzo el comedor para encontrarme con él.
Me mira como si fuese la mujer más preciosa del universo.
Llevo un vestido amarillo ceñido y corto de cuello alto.
Sí, marca mi silueta y me queda bien, en contraste con mi piel oscura, pero, a su lado, ni mis ojos azules parecen especiales, porque él desprende sensualidad por los cuatro costados.
Muestra una media sonrisa y creo que está aguantando una carcajada.
—¿Qué? —inquiero de forma divertida mientras termino de tragar la galleta de chocolate.
Erin se ríe, atrapa mi mano e iniciamos la marcha hacia donde sea que me lleve.
—Que nunca dejas de sorprenderme, Ramla.
Dejo que mis dedos jugueteen con los suyos mientras avanzamos por los pasillos de la mansión.
—Será que eres una persona que se sorprende fácilmente, porque yo no he hecho nada.
—Mira, en eso te doy la razón, no has hecho nada nuevo, solo ser tú misma y eso me encanta. Vestida como una chica sexi mientras comes chocolate, tierno, Ramla, muy tierno…
Erin se detiene, se gira y me da un beso dulce en los labios. Lo saboreo y lo retengo en mi memoria porque esta noche voy a la cama del presidente y necesitaré recordar a Erin para poder excitarme y hacerlo más sencillo.