10_Política #3
—Sí, aceptamos —interrumpe el presidente, que parecía estar ausente.
—Pero señor… —le recrimina el consejero, pero su jefe le hace una señal para que guarde silencio y él acepta a regañadientes.
—Pero yo también tengo unas exigencias, Ramla. —Y el presidente me mira con lujuria mientras agita los hielos de su vaso sin líquido y los hace chocar contra el cristal, produciendo un sonido que me recuerda a nuestros encuentros sexuales. Creo que lo hace a propósito.
—¿Qué exigencias? —pregunto con miedo.
—Fuera todo el mundo, Ramla y yo hablaremos a solas —exige con tranquilidad, pero, al mismo tiempo, con una voz ruda.
Miro a Erin, que niega con la cabeza. Esto es mala idea. Su cara muestra un enorme enfado por todo lo que me ha oído decir, pero, al mismo tiempo, está preocupado.
El consejero tiene el rostro tan desencajado que es posible que hoy mismo presente su dimisión.
Ambos nos dejan solos porque él es el presidente, el hombre más peligroso de la Península.
Cuando la puerta se cierra y me quedo a solas con mi opresor, se toma su tiempo para beber más agua con gas y dejar únicamente los hielos para hacer sonar el maldito cristal del vaso.
Un tiempo después, me explica con detalle cuáles son sus exigencias y no puedo creerlas. No, no puedo aceptar, pero… Debo pensar en todo lo que él me va a dar a cambio, voy a ayudar a miles de personas…
Es la hora de la cena, estoy en la habitación que siempre ha sido la mía, la que me corresponde como torum.
Termino de ponerme el pijama porque Erin me ha dicho que traería cena y hablaríamos en privado.
No he tenido ocasión de estar a solas con él desde que terminó la reunión con el presidente esta mañana.
He tenido un día muy ajetreado porque tuvimos que hacer la rueda de prensa y, previamente, un gabinete ha estado repasando conmigo cada una de las palabras que íbamos a decir.
También he tenido que arrancar el proyecto de la vía de escape para las mujeres bendecidas y he pasado la tarde haciendo llamadas y, por último, me he ocupado del otro asunto…
El que el presidente me ha exigido cuando nos hemos quedado a solas…
No paro de darle vueltas a la conversación que hemos tenido sin que Erin se haya enterado.
Tengo algo claro: no le va a hacer gracia saber que me ha pedido que siga siendo su torum como condición y para convencer a la gente de que, en verdad, hago esto porque quiero…
Supuestamente, en cuanto entren en vigor los cambios de los contratos de los torums, podré rescindir mi contrato y ser libre, pero, aunque el presidente ha anunciado hoy dichos cambios, también ha comentado que no entrarán en vigor hasta pasados unos meses porque hay que revisar las leyes y no sé qué para que todo sea legal y correcto.
Miro la hora a cada instante porque necesito hablar con Erin y saber cómo de enfadado está por hablarle al presidente de los antiguos y de cosas que se supone que no debería saber.
También necesito abrazarlo y sentir que él sigue estando ahí.
Ayer me secuestraron, casi me violaron y mi novio murió desangrado a pocos centímetros de mí.
Siento que, por mucho que me haya duchado, aún sigo teniendo su sangre…
Durante la rueda de prensa, me he sentido increíblemente bien, por fin estoy haciendo algo más en la vida, estoy ayudando a muchas personas, porque, en cuanto los contratos de los torums sean fácilmente rescindibles, estoy convencida de que muchas personas dejarán de serlo y podrán ser libres al fin.
Sin embargo, ahora siento que la enorme habitación se hace pequeña y me asfixia.
Pienso en que José está muerto, en su locura y sus acciones, en mi padre y todas sus mentiras, en los bendecidos, en el sexo con el presidente…
Repaso mentalmente las horribles cosas que me ha pedido en secreto mi liberado a cambio de conceder mis exigencias…
Y creo que ser torum es la menos terrible de ellas.
Todo lo malo se junta y me desborda, haciendo que me falte el aire. Voy hasta el ordenador y pongo música rock de los noventa de forma aleatoria. Dejo que los ritmos frenéticos me llenen y me pongo a bailar, aunque, más bien, hago movimientos absurdos que solo buscan liberar la tensión acumulada.
Pasa un rato y yo sigo bailando, ahora al ritmo del bajo y el bombo de una canción que se acompasan y me traspasan para hacerme vibrar.
Hago un giro y me paro de golpe porque Erin está mirándome con una enorme sonrisa.
Ha debido entrar en la habitación sin que me diera cuenta.
Tiene una posición desenfadada y muy seductora, aunque, seguramente, no lo haya pretendido.
Simplemente, Erin desborda sensualidad por los cuatro costados.
Paro la música y él sigue apoyado en la puerta.
—Acabas de dar un golpe de Estado y estás aquí, en pijama, bailando rock… En serio, Ramla, ¿de qué planeta eres tú?
Erin se ríe y yo me alegro porque no está enfadado. Corro hasta él, lo abrazo y lloro. Pronto se da cuenta y hace que sus brazos me rodeen para acoger mi angustia.
—Eh, Ramla, tranquila, todo va a ir bien.
Me separo un poco y lo miro. Beso sus labios con ansiedad, como si necesitase sexo ahora mismo para que toda la angustia se marche. Él deja que nuestras lenguas se enreden, pero pronto me aparta dulcemente y alza la bolsa de comida que traía en su mano derecha.
—Tenemos que comer y… hay mucho de lo que hablar.
Nos acercamos a unos sillones y una mesa que hay en un rincón de la habitación. Él va sacando la comida y yo le ayudo.
—¿Golpe de Estado? —pregunto mientras abro un refresco y, después, bebo. Él me mira sin entender, termino el trago y le aclaro—: Ya sabes, has dicho que había dado un golpe de Estado y no sé a qué te refieres.
Un destello recorre la cara de Erin. Le brillan los ojos. Se sienta en un sillón y yo hago lo propio.
—Es una forma de hablar. A lo que me refiero es que tú sola has conseguido cambiar el curso de la historia, Ramla.
—Habla con orgullo de mí y lo que he hecho, y eso hace que me sienta genial, la verdad—.
Los antiguos llevamos años trabajando por cambiar el sistema, y no solo nosotros, muchísimas personas han estado peleando y suplicando un cambio, y tú lo has conseguido sola, has hecho que el presidente de la Península diga en rueda de prensa que va a cambiar los contratos de los torums, a mejorarlos…
¡Eres increíble, Ramla! Además, la idea de dar una vía de escape para las mujeres bendecidas…
No podía creer cómo le estabas hablando al presidente en la reunión de esta mañana, creo que tenía ganas de llorar por cómo le has humillado.
Erin me sonríe, termina de prepararse su sándwich de queso y le da unos bocados. Me río, pero necesito aclarar algunas cosas, así que voy al grano.