10_Política #2
—Vamos a ver, Ramla Rodríguez, ¿me puedes explicar qué narices haces aquí otra vez?
—No espera respuesta y sigue hablando mientras agita sus manos, dejando ver sus perfectas uñas pintadas de color fucsia—.
No, es que lo digo porque no sé si te has colado y debo llamar a seguridad o es que te han dejado venir a despedirte de tus amigas.
La miro y esbozo una sonrisa.
—¿Amigas?
Ella tuerce el gesto y me mira con prepotencia.
—Joder, princesita, pues claro que amigas, Alaska y yo. No ibas a venir a despedirte de Luc, ¿no?
Sonrío mucho y le doy un abrazo. Ella se incomoda, pero no me aparta, sino que me da unos suaves golpecitos en la espalda.
—Joder, no te emociones, Ramla. A ver si me vas a meter en líos por estar aquí de risas.
Deshago el abrazo.
—Tengo una reunión con el presidente para aclarar todo el asunto del vídeo… Es posible que siga viviendo una temporada aquí.
Ella pone mala cara.
—¿Aquí? Venga ya, Ramla. ¿No eres igual de importante que la hija de nuestro presidente?
Eres hija de un pater, ¿no? Si ellos son los que mandan en las Islas, eso te convierte en algo así como una princesa.
Así que no, de ninguna manera vas a dormir aquí con los torums, debes exigir algo a la altura.
Creo que Fen intenta quedar bien conmigo dada mi repentina popularidad, pero también es cierto que siempre ha estado ahí, a su manera.
Veo que Erin viene a buscarme, totalmente trajeado y aseado. A modo de despedida, le digo a Fen:
—No hay nada más a mi altura que estar aquí con mis amigas. —Ella se esfuerza por disimular lo mucho que le ha gustado el comentario—. Hasta pronto, Fen. —Y me voy con Erin.
Caminamos hacia el ascensor que nos llevará a la planta donde se suceden las reuniones de política.
Una vez en él, lejos de cualquier mirada, Erin se me acerca y me besa los labios suavemente. Yo quiero alargar este momento dulce, pero pronto se aparta.
—Te quiero, Ramla. No sé qué tienes pensado decirle al presidente, pero teniendo en cuenta que vienes de otro planeta…
—bromea mientras esboza una bonita sonrisa en ese rostro pecoso.
Ahora se pone serio y me mira, transmitiéndome calma—.
Quiero que sepas que estoy aquí contigo, pase lo que pase.
Ayer llegué a pensar demasiadas veces que iba a perderte.
Presenciar todo lo que te hizo José fue…
Le noto ponerse tenso y temo que saque a relucir esa brutalidad que aflora cuando se trata de protegerme, ahora lo necesito calmado para la reunión.
—Erin, tú sueles decirme que todo va a salir bien, así que, tranquilo, todo va a salir bien.
Le sonrío y pongo una mueca que le hace reír.
El ascensor llega a su destino y caminamos lentamente hacia la reunión.
Estoy asustada, siento que a cada paso que doy me cuesta más levantar las piernas.
Llegamos a la puerta, en ella hay varios guardias que intercambian algunos datos de seguridad con Erin y, después, nos dan paso.
Accedemos a una sala pequeña que más bien parece un despacho, con una mesa rectangular y cuatro cómodas sillas dispuestas a su alrededor.
El presidente y el consejero están sentados, se ponen en pie y me saludan cordialmente con un apretón de manos.
Erin se queda algo alejado, a modo guardaespaldas.
—Toma asiento, Ramla —comienza el consejero mientras los tres nos ubicamos sobre las sillas—. Antes de nada, quisiera agradecerte, de parte de toda la Península, que no hayas huido con los bendecidos, hace que depositemos toda nuestra confianza en ti. Ahora, somos todo oídos.
Miro al presidente, que no ha dicho ni una palabra. Él ha sido mi amante, mi opresor, mi jefe… Me escruta, abre una botella de agua con gas y se sirve un poco en un vaso con hielo.
Me paso la lengua por los labios y comienzo a relatar todo lo que he estado preparando en mi cabeza:
—Estoy dispuesta a dar una rueda de prensa para aclarar que acepté el trabajo de torum por voluntad propia, que oculté mi identidad porque estaba huyendo de la opresión y maltratos de los bendecidos y que esas imágenes han sido difundidas sin mi permiso, violando mi intimidad y la del presidente en un acto voluntario y de mutuo acuerdo.
Paro un segundo a tomar aire porque creo que he soltado todas las palabras de golpe.
El presidente me mira con una expresión de triunfo, se bebe el agua con gas y, después, agita los hielos haciéndolos sonar.
Le hace un gesto con los dedos al consejero y este, que tiene cara de pocos amigos, pregunta:
—Y, a cambio, ¿qué quieres, Ramla?
No son estúpidos, imaginan que no haré una cosa así sin pedir algo.
Miro a Erin un segundo y su rostro es bastante indescifrable. ¿Qué pensará? Si doy tal rueda de prensa, salvaré la imagen del presidente y, posiblemente, su cargo, ya que están pidiendo su dimisión en todas partes.
—A cambio, quiero varias cosas. La primera, una vía de escape para las mujeres bendecidas que deseen huir de las Islas.
El consejero esboza una sonrisa de superioridad.
—A ninguna mujer bendecida que haya llegado a la Península y haya pedido asilo se lo hemos denegado.
—No —intervengo—, yo quiero una vía de escape que empiece allí, en las Islas, sino que cualquier mujer que desee escapar, pueda hacerlo. Necesitaré dinero, un equipo de expertos y algunos asistentes. Yo lideraré el equipo.
El consejero no mira al presidente para saber si está de acuerdo o no, simplemente, se limita a contestar:
—No creo que consigas nada, Ramla, es muy complicado sacar gente de allí, ya hemos destinado recursos con anterioridad y…
—Antes no me teníais a mí. Mi ex novio era un soldado de Dios —es la primera vez que hablo en pasado de José, porque anoche murió y una profunda tristeza me recorre el cuerpo—, mi padre es un pater y yo os he ocultado a todos quién soy durante más de medio año…
Si me dais esos recursos, conseguiré una vía de escape.
El presidente asiente, toca con los dedos al consejero y afirma con la cabeza de nuevo.
—Muy bien, destinaremos un millón de monedas a tu causa, pago más que generoso para…
Interrumpo al consejero, intentado recordar que he decidido no tener miedo:
—Cinco millones. Y en la rueda de prensa, diré que dicha vía de escape ha sido idea del presidente al conocer la situación por la que yo he pasado.
El consejero está totalmente sorprendido.
El presidente le escribe algo en la pantalla de su móvil y mantienen una breve conversación por escrito, para que yo no me entere de lo que se están diciendo.
Eso me pone muy nerviosa. ¿Qué estoy haciendo?
¿Qué sé yo de política o de negociaciones?
Pero me prometí que quería ser más y esto es lo que estoy siendo: más…
Observo a Erin y sus ojos azules se encuentran con los míos del mismo color. Hay una profunda mirada entre nosotros cruzando la sala. Creo que está impresionado por todo lo que he pedido y eso me hace sentir segura para seguir con mis exigencias.
—De acuerdo, Ramla. Aceptamos —concluye el consejero y creo que va a seguir hablando, pero yo no le dejo.
—No he terminado. Quiero que aceptéis las peticiones que los antiguos os hicieron cuando secuestraron a su hija, señor presidente, las que rechazasteis y, aun así, os devolvieron a Sarah.
Me detengo porque sé que el ambiente acaba de tensarse en la sala. No miro a Erin, pero debe estar muy enfadado. Sé todo esto por él y, aunque no quiero destapar su verdadera identidad, necesito hacer creer al presidente que soy más de lo que soy y que tengo contactos poderosos: con los antiguos.
El presidente se pone en pie y apoya sus manos sobre la mesa, haciendo que su cuerpo quede hacia delante, como si fuese a lanzarse contra mí.
—Estás jugando con fuego, Ramla Rodríguez, y quizá, ese cuerpo tan bonito que tienes acabe quemándose.
Creo que acaba de perder los nervios y me ha amenazado de muerte, pero no puedo hacer otra cosa que ser tajante con mis peticiones.
—No, señor presidente, usted se ha quemado ya, y si no juega bien sus cartas, va a perder la presidencia.
Yo puedo huir con los bendecidos cuando quiera, porque ellos creen que sigo siendo su fiel servidora, o también podría alentar a los que ya me llaman «la santa bendecida» a levantarse contra su Gobierno y, en poco menos de una semana, tendría revueltas por toda la Península.
O…, como ya habrá adivinado, podría pasar cierta información a los antiguos, grupo al que no, señor presidente, no pertenezco, pero con quien puedo entablar conversación fácilmente.
El presidente se ríe con una carcajada sonora y se sienta sobre la silla.
—¿Y tú, Ramla, serás capaz de aceptar mis exigencias a cambio? —Es todo lo que dice y eso me aterra. Guarda silencio y mira hacia otro lado de la sala, creo que busca restarme importancia, pero sabe que llevo razón.
—Ramla —interviene el consejero con una voz algo tosca—, si aceptásemos las exigencias de los antiguos, perderíamos la mayoría de apoyos políticos.
Primero, porque no hacemos tratos con terroristas y, segundo, porque los antiguos exigen que cambiemos los contratos de los torums para que cualquier empleado pueda romperlo cuando desee, y eso sería un caos.
No, eso sería lo honrado. Si alguien acepta el trabajo y luego no le gusta, es justo que pueda romper el contrato sin ataduras económicas de por vida ni miedo a ir a la cárcel, pero sé que debo guardarme mis opiniones morales. En su lugar, trato de convencerles con argumentos.
—A cambio de aceptar las peticiones de los antiguos —intervengo—, podréis hacer público el rapto de Sarah y culpar del secuestro a los bendecidos, yo me encargaré de que los antiguos acepten no desvelar que fueron ellos quienes se la llevaron.
De esa forma y con la vía de escape en la que voy a trabajar, daréis un duro golpe a vuestro mayor enemigo, porque os prometo que muchas mujeres empezarán a huir de allí con sus hijos…
Y, sin mujeres ni niños, las Islas pronto serán polvo.
—Es demasiado, Ramla, eso no podemos aceptarlo —interviene el consejero.