10_Política
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Hemos pasado la noche en casa del jefe de seguridad de la mansión del presidente porque parecía lo más seguro para todos.
Mi liberado ya está al corriente de todo lo acontecido.
Erin me ha asegurado que le ha quedado muy claro que, aunque he tenido diversas oportunidades para escapar con los bendecidos, no lo he hecho.
También ha aceptado mi propuesta de reunirnos.
Anoche le dije que quería hablar con el presidente y su consejero a solas para dar una solución al asunto del vídeo y hacerles algunas otras propuestas.
También he exigido que Erin siga siendo mi guardaespaldas y esté en la reunión.
Estoy desayunando sola en el bonito salón de la casa del jefe de seguridad.
Debe ganar bastante dinero, porque tiene un chalet de lo más completo.
Erin y él están reunidos y yo espero ver a su hermana pequeña, que tiene veintitrés años, uno menos que yo.
Es bastante más joven que el jefe de seguridad, así que creo que él se hace cargo de ella como si fuese su padre.
Me termino el vaso de leche con chocolate y alguien toca mi espalda, dándome un susto de muerte.
—Perdona, cielo, no pretendía sobresaltarte.
Es la hermana del jefe de seguridad, Helen. Es una dulce chica con elegantes formas y una manera de expresarse muy correcta, como si se esforzase por pronunciar cada sílaba. Aunque es más joven que yo, parece mayor por la forma de vestir y de hablar.
—No pasa nada, Helen; de hecho, me gustaría hablar contigo.
Ella me coge de la mano y me lleva a unos cómodos sillones que hay en un rincón del enorme salón.
—Claro, cielo, dime.
Ubica sus manos una encima de otra sobre su estilosa falda, en una postura muy correcta. Me siento algo intimidada por su elegancia.
—¿Por qué te escapaste con trece años de las Islas?
Helen se esfuerza por mantener una sonrisa, pero la pregunta la ha incomodado.
—Es algo muy personal, cielo, pero te diré que, seguramente, tus dudas sobre la religión que allí enseñan, sobre el Dios que nos muestran, sobre el sexo y las tareas de la mujer que nos imponen sean las mismas que tenía yo al principio de llegar aquí.
Imagínate que, durante toda tu vida, te hubiesen dicho que el zumo de naranja da dolor de cabeza.
Te habrías condicionado de tal forma que, al beberlo, tendrías jaqueca, pero que a ti te duela la cabeza al beberlo no significa que sea malo.
Es decir… que te sientas mal por disfrutar del sexo, por ejemplo, no implica que sea nocivo, significa que fue lo que te enseñaron.
—Vaya... No lo había pensado, gracias —balbuceo, con mucha menos elegancia que ella.
—Fui al psicólogo durante muchos años para superar todo lo que había vivido en las Islas.
La miro e intento imaginarme qué fue lo que sufrió. ¿Maltratos? Por lo que sé, la secuestraron con cuatro años y se la llevaron allí. ¿Se acordaría de su hermano y por eso, con trece, se escapó para regresar? ¿O hay más?
Me paso la lengua por los labios, nerviosa.
—Helen, ¿no echas de menos a nadie de allí? Es que… sé que mi padre me secuestró y que ha hecho cosas que no me gustan, pero…
—Le quieres —completa ella con una sonrisa que me tranquiliza. Yo abro mucho los ojos y asiento—. Mi padre también era un pater, pero supongo que el tuyo fue bueno y por eso lo amas. No pasa nada, yo también añoro a mis amigas del colegio.
—¿Cómo se llamaba tu padre? —pregunto y ella ya no se esfuerza en disimular que la estoy incomodando.
—¿Por qué tanto interés? Solo he hablado de esto con mi psicólogo, cielo. —Intenta suavizar el tono de voz, pero está nerviosa. Sus manos han pasado de reposar sobre su falda a estar en tensión a ambos lados de sus caderas, agarradas al elegante sillón del salón.
—Voy a contarte una cosa que no le he dicho a nadie aún —confieso y gano toda su atención—, voy a hacer algo que hará que muchas personas vean la realidad oculta detrás de los bendecidos. Pero esa realidad se basa en lo que yo he vivido y necesito más experiencias... La tuya, quizá.
Helen me escruta con una elegancia impecable. Algo está pasando por su cabeza. Mira el caro reloj de su muñeca.
—¿Eso que vas a hacer tiene que ver con la reunión que le has exigido al presidente?
Abro la boca sorprendida por que sepa algo tan confidencial, pero supongo que, igual que yo me enteraba de los asuntos de mi padre, ella está al corriente de los de su hermano, que ha sido mediador en todo este asunto al habernos dado refugio anoche.
—Sí —contesto.
—De acuerdo, sígueme, por favor.
Se levanta, se cuida de recolocar el cojín que ha movido al sentarse en el sillón y quita las arrugas a la tela. Luego, camina en silencio y yo la sigo. Me lleva hasta la que creo que es su habitación. Pasamos, echa el cerrojo y enciende el ordenador. Empieza a teclear cosas mientras me explica:
—Creé un grupo de bendecidas que han huido de allí. Pero Ramla, algunas de ellas creen en Dios, aquí no censuramos las ideas religiosas, solo los maltratos y los abusos de poder.
—No hay problema, ni yo misma sé en qué creo ahora.
Helen me mira y sonríe.
—¿Estás lista, cielo? Acabo de hacer una llamada de grupo. Es sábado, es posible que contesten bastantes.
Dicho esto, intento respirar para no tener un ataque de ansiedad.
¿De verdad voy a hablar con exbendecidas?
Eso me asusta. Tengo la sensación de vivir siempre con miedo y creo que se debe a que crecí así, con miedo a pecar, con miedo a Dios, con miedo a decepcionar al pater Massimo…
Quizá yo también necesite un psicólogo como Helen.
No, no voy a tener miedo. Estoy aquí porque quiero ser algo más en la vida que una chica asustadiza a la que maltratan o salvan.
Las mujeres van contestando y, cuando el grupo ronda la docena conectadas, Helen les explica quién soy y, sin dar muchos detalles, les pide que cuenten rápidamente sus historias para que yo conozca la realidad de quienes han escapado de allí.
—Hola, Ramla —dice una voz detrás de una pantalla negra, creo que prefiere conservar el anonimato—, tengo cincuenta años, soy pediatra.
Hace más de veinte años mi marido y yo comenzamos a seguir las ideologías de los bendecidos.
Me ofrecieron un trabajo como pediatra muy bien pagado, así que nos trasladamos con nuestros hijos a una villa de las Islas.
El trabajo era asegurarme de que los bebés que secuestraban estuvieran en perfectas condiciones.
Yo no sabía nada de eso cuando acepté el puesto y, cuando quisimos regresar a la Península, fue demasiado tarde, mataron a mi marido y amenazaron con hacer lo mismo con mis otros hijos.
Hace cinco años, conseguimos escapar gracias a que mi hijo se convirtió en un soldado de Dios y, en una incursión a la Península, nos sacó de allí.
Conseguimos huir, pero a él también lo mataron.
Siento ganas de tocar la pantalla y abrazar a esa mujer anónima.
Ha perdido demasiado en el camino. Mataron a su marido y a su hijo…
Lo que me hace creer que, hace seis meses, no conducía un camión solo con propaganda.
Por eso, José era tan duro… ¿Qué cosas horribles habría tenido que hacer como soldado de los bendecidos?
Las historias llueven por parte de todas. Hay horror en ellas. Hay dolor, maltratos, abusos, miedo…
Cuando colgamos, estoy abrumada.
—Gracias, Helen —le digo mientras me pongo en pie para irme de su habitación. Es tarde y debo ir al encuentro del presidente.
—Espero que te hayan ayudado, cielo.
—Mucho más de lo que creía —confieso—. Pensaba que habría más mujeres. De treinta millones de habitantes que hay en las Islas, ¿cuántas han podido escapar en veinte años?
Helen abre la puerta de su habitación.
—Que sepamos, unas veinticinco, cielo. Escapar de allí es imposible. Yo… —Se para de golpe, cierra la puerta y me mira con una profunda tristeza— tuve que entregarle mi virginidad a un soldado de Dios para que aceptase traerme.
Nos quedamos mirando y un torbellino de preguntas se me agolpa detrás de la lengua. Recuerdo que solo tenía trece años cuando huyó. Oh, no… qué horror. Y… ¿sexo con un soldado bendecido? Eso no es posible, nuestros IPAS se activan al poco de nacer.
Guardo mis preguntas y la abrazo. Ella me recibe con la misma formalidad que tiene para expresarse. Deshace pronto el abrazo.
—Mi hermano no lo sabe, Ramla. Confío en ti. Mi pater no importa, pero sí el soldado, ahora lo llaman pater Augustos.
No lo conozco, pero si un militar que violó a una niña de trece años ahora es un pater, creo que tengo suficiente como para negociar con el presidente.
Estar aquí, en mi habitación de torum de la mansión del presidente, me hace sentir un poco tonta, como si yo misma hubiese venido una vez más hacia la boca del lobo.
Pero… ¿qué iba a hacer si no? Estoy en el centro de una partida a varios bandos y sé que puedo hacer algo por ayudar a muchas personas. Al menos, debo intentarlo.
El jefe de seguridad nos ha traído hace un rato. Amanda nos ha recibido y nos ha dicho que pasemos a nuestras habitaciones para cambiarnos de ropa y prepararnos para la reunión.
Termino de ponerme un sencillo vestido color blanco, que es corto y escotado, pero es lo que tengo aquí, ropa de torum. Sin embargo, tengo que reconocer que el contraste de mi piel negra con la claridad de la prenda me sienta bien.
Miro mis ojos azules en el espejo y recuerdo las historias de las mujeres bendecidas que escaparon.
Sobre todo, me acuerdo de la de la pediatra que tenía que revisar a los bebés secuestrados…
Eso me recuerda que yo fui uno de esos bebés, que tengo una madre en algún lugar. ¿Tendrá los ojos azules como yo?
Alguien llama a la puerta, me levanto del tocador y abro. Unos ojos rasgados me miran llenos de preguntas. Es Fen, que se cruza de brazos en la puerta.