09_Mi guardaespaldas #6
Subimos unas angostas escaleras malolientes y poco iluminadas mientras intento asimilar que José está muerto.
Al final, hay otra puerta. Erin la abre despacio, con una mano, mientras que la otra está aferrada a la mía.
Escuchamos a un grupo de personas orar. Me señala un banco de la vieja iglesia.
Me hace un gesto y andamos de forma sigilosa hasta llegar a él y nos agachamos detrás.
Erin me mira y sus ojos esconden una profunda tristeza al verme así, bañada en la sangre del que fue mi novio y mi maltratador.
Ahora, me señala la puerta principal. Está a tan solo unos metros, pero hay un hombre con su arma y temo que, si me suelta la mano, muchas cosas malas puedan suceder. Acabo de ver morir a José, estoy conmocionada y no quiero separarme de Erin.
—Espera aquí —me susurra.
—No, es peligroso que vayas.
Erin sonríe.
—Sabía que sería peligroso cuando acepté ser tu guardaespaldas. —Y se va.
Pasan unos segundos que se me hacen eternos.
Miro mis manos temblar, están rojas por la sangre de una persona que creía amar, que una vez amé.
Alguien que quizá no merecía morir. ¿Y si José se hubiese criado en la Península?
¿O en un mundo donde los antiguos hubiesen ganado la partida y no existiesen los IPAS? ¿Cómo habría sido?
Escucho un disparo que me trae de vuelta a esta vieja iglesia. Todo el mundo chilla y oigo la voz de Erin:
—Solo quiero a la santa, a Ramla Rodríguez.
Salgo de mi escondite y veo que Erin apunta con el arma al hombre de la puerta. Cuando todos me ven, me señalan como si fuese una santa de verdad.
Erin me mira y pone cara de circunstancia, creo que intenta avisarme de algo.
—¿Vas a dejar que este hombre muera? —me pregunta y yo pongo una mueca de confusión, pero entonces, lo entiendo.
Nadie tiene por qué saber que yo no creía en las locuras de José.
Esta gente piensa que en verdad ven a una santa y poco o nada conocen de mí, quién soy o dejo de ser, o en qué creo.
Solo adoran la imagen que se han montado en su cabeza, así que quizá lo más sencillo sea no cambiar su concepto de Ramla Rodríguez, la santa bendecida, y salir así con vida junto a Erin.
—Has venido a por mí, deja vivir a ese hombre.
Doy unos pasos lentos hasta Erin mientras miro a la gente de la iglesia.
Todos están quietos, sin saber qué hacer.
Él suelta al hombre y finge apuntarme con la pistola.
Amenaza con matarme si alguien viene a buscarnos en los próximos minutos.
Ahora, salimos de la iglesia ante la mirada preocupada de quienes creen que soy sagrada.
En cuanto estamos fuera del edificio, corremos como nunca. La noche es cerrada y lo agradezco, pues voy llena de sangre y nos cruzamos con algunas personas en nuestra huida.
Erin se detiene cuando ya estamos a unas cuantas calles de donde nos tenían retenidos y ambos tomamos aire para recuperarnos de la carrera.
—¿Santa? —pregunto sin creerme aún el teatro que hemos montado.
Erin me mira a través de ese rostro pecoso y lo noto más relajado. Supongo que es porque ha conseguido sacarnos de allí con vida.
—La idea era reducir al tipo y salir en silencio, pero se me disparó el arma y tuve que improvisar.
Me río un poco, pero alguien pasa a nuestro lado y Erin lo para, saca una acreditación de su bolsillo y le ruega amablemente que nos preste el móvil. Llama a alguien y le pide que venga a recogernos. Cuelga y da las gracias al ciudadano. Cuando nos quedamos solos, me dice:
—La hermana del jefe de seguridad fue una bendecida.
Hablé con ella estos días y memoricé su número por si surgía una oportunidad de sacarte.
Ella te ayudará a ser libre, aunque, ahora que tu cara está por todas partes, no será fácil, pero esto se acaba aquí, Ramla.
Nadie más abusará de ti, eres libre por fin.
Me acerco y lo abrazo, huelo a sangre y suciedad y estoy agotada.
Me permito quedarme así, junto a él, cargando energías para exponer todo aquello que me pesa desde hace tiempo, lo que me hizo convertirme en torum, lo que me empujó a deprimirme y lo que fue la causa de que grabase el vídeo, y es que yo no estoy contenta con lo que soy.
Me aparto de Erin lentamente y lo miro.
—Antes de llegar aquí —le digo mientras atrapo sus manos con las mías—, lo único que sabía hacer era preparar té, pero nunca fue suficiente, quería más.
Después, me hice una experta en dar placer sexual…
Quiero ser algo más que eso, Erin, quiero hacer algo por todas las personas que han sufrido como yo, por todos los torums, por todas las mujeres bendecidas…
—Lo miro a los ojos—. Soy la hija del pater Massimo, soy la torum del presidente y, ahora, soy una santa para algunos.
No, no voy a huir, voy a coger las riendas de mi vida y voy a cambiar el rumbo de miles de personas.
Voy a ser mucho más que la chica del té.
Erin sonríe lleno de satisfacción y yo también porque, por fin, voy a ser «algo más».