09_Mi guardaespaldas #5
José me desata después del interrogatorio.
Yo solo puedo llorar. Me duele el cuerpo por la explosión, me siento débil, posiblemente, por la droga que me han inyectado hace horas, pero, sobre todo, porque estoy hundida.
Pienso en darle una patada, reducirle, pero…
¿cómo? Nadie me enseñó a defenderme, solo a ser la chica del té.
—Amor mío —me dice mientras me ayuda a ponerme en pie, cogiéndome de las manos—, los paters nos han abandonado y han traicionado a Dios mostrando tu vídeo.
Pero él hace todo por una razón. Te ha elegido, Ramla.
¿Has visto las redes sociales? Cada vez más y más personas te ven como una santa.
Muchos bendecidos que están asentados aquí y escondían su fe ahora tienen esperanza.
He leído decenas de teorías sobre el vídeo del presidente manteniendo relaciones sexuales conmigo. Sí, una de ellas es que soy una enviada de Dios para desmantelar a los liberados y al presidente, una especie de santa bendecida.
—Es el momento de mirar hacia el futuro, amor mío, y crear la verdadera fe, contigo y conmigo al frente.
José me suelta y se acerca a un armario. Yo intento procesar lo que me quiere decir. ¿Crear una fe verdadera con ambos al frente? ¿Va en serio? Es posible que, al habernos criado en las Islas con tanta represión y el fuerte dogma de la fe, haya quedado tocado… Así que siento lástima.
Miro a Erin y su cara muestra cierta preocupación. Me pregunto cómo irá con el imperdible.
José regresa con un vestido blanco, lo deja sobre el brazo de la silla y empieza a desnudarme con inseguridad.
—¿Qué haces? —pregunto mientras intento resistirme, pero él es fuerte y me somete rápidamente.
—Dios nos trajo aquí, Ramla. No entendía el pecado, pero cuando apagas el IPAS, todo tiene sentido: somos carne.
José termina de quitarme mi ropa y yo dejo que me ponga el vestido blanco. Él se recrea rozando mi cuerpo de una forma que jamás había hecho y, entonces, lo entiendo:
—Has apagado tu IPAS.
José está excitado. Me agarra de la mano y me señala a Erin.
—Sé que él te importa, está aquí para que recuerdes que las personas pueden sufrir por tu culpa. Ahora, amor mío, nuestros fieles nos esperan.
—¿Para qué? —pregunto llena de miedo.
—Para vernos consumar nuestra unión, como hacían los reyes y reinas en el pasado.
¿Consumar? ¿Reyes y reinas? Se ha vuelto completamente loco. Supongo que es lo que nos pasa a los bendecidos cuando chocamos con la realidad de la vida en la Península. Yo acabé siendo una torum y él se cree un elegido.
José tira de mí con violencia y yo le sigo mientras busco la ayuda de Erin, que sigue atado. Niega con la cabeza y sé que aún no ha terminado de soltarse. No puedo permitir que José me saque de aquí, tengo que darle tiempo a Erin.
—No voy a consumar nada contigo por propia voluntad, José.
—Entonces, lo matarás —esgrime cada palabra con tanta dureza, que realmente estoy viendo cómo es José cuando lo llevas al límite. Es implacable y eso me aterra.
Me suelta y corre hasta la silla donde está atado Erin. Saca un puñal de alguna parte y lo alza para atravesarle el pecho.
Todo mi mundo se paraliza. Quiero a Erin, no puede morir.
—¡José, para, por favor!
—Eres tú, Ramla, tú tienes el poder. Dios tiene una misión para nosotros.
Sé que debería someterme a él, pero, como suelo hacer habitualmente, escupo sin meditar lo que estoy pensando:
—Dios no desea que mates a una persona ni que nos acostemos, José, son tus propios deseos, es el efecto de apagar el IPAS.
José se llena de ira, alza el puñal y voy corriendo hasta él, forcejeo para evitar que haga daño a Erin y me lanza contra el suelo con violencia.
Viene corriendo y me mira con lujuria. Desea tocarme, pero esto es nuevo para él, o eso creo, quizá también ha pecado en este tiempo que ha vivido aquí… No lo sé.
—Ramla, eres tan bonita… —dice mientras se toca la entrepierna y sé que su excitación crece por momentos.
—José, deja que me vaya —le ruego desde el suelo, pero él es fuerte y me retiene las muñecas con sus manos mientras se echa encima. ¿Qué pretende?
—Tú, Ramla, haces pecar a los hombres… Mírame. —Me suelta una mano, se levanta la túnica y me enseña su miembro listo para el placer.
Le ruego que se detenga y sé que, en el fondo, está intentando contenerse, pero no lo hace y sé que va a morir por ello. Esto es demasiado para Erin, que se ha soltado y viene hacia nosotros lentamente con el puñal que ha dejado caer al suelo José en nuestro forcejeo.
José está dominado por la lujuria y se dispone a dar el último paso para acceder a mi cuerpo. Me sube el vestido. Lloro y grito. Entonces, Erin llega por la espalda y le corta el cuello. Su sangre cae sobre mí. José se gira y mira a Erin con ojos acusadores.
Yo entro en pánico.
José cae muerto, su sangre me baña el vestido blanco y las piernas desnudas. Erin viene hasta mí con el puñal en la mano y me abraza.
—Eh, Ramla, ya está, todo va a salir bien, ¿vale?
Asiento e intento calmarme. Erin se aparta, me baja el vestido y tira de mí, vamos hasta la puerta principal y me hace el gesto de silencio.
Hago un esfuerzo por contener las lágrimas y dejar a un lado el miedo mientras me siento inútil.
Solo sé preparar té, los demás son los que me atacan o me salvan, y yo me dejo llevar por ellos. No me gusta lo que soy, quiero ser más.