09_Mi guardaespaldas #4
La ira explota en el rostro de mi novio, mientras Erin se acerca, me coge la pistola con cuidado y apunta con una postura entrenada hacia los demás.
—¿Qué haces, Ramla? —pregunta José—. Me lo he jugado todo por venir a rescatarte. El presidente se niega a devolverte y los paters no han aprobado esta misión, he venido por mi cuenta, ayudado por bendecidos que viven aquí, que se están jugando la vida por ti.
Me paso la lengua por los labios, nerviosa y decepcionada por lo que acaba de contarme.
—¿Los Paters no han aprobado mi rescate? ¿Ninguno?
—No.
Escuchamos sonido de sirenas de policía y no tengo ni idea de qué va a pasar, aunque en lo único que puedo pensar es que mi padre no solo me secuestró, sino que me crio para ser la chica del té, me engañó, me puso al volante de un camión en una misión peligrosa, ha expuesto imágenes íntimas mías por toda la Península y, ahora, me ha abandonado…
—Ramla, la policía no tardará en subir —me advierte Erin.
—¿Cómo tenías pensado sacarme de aquí? —le pregunto a José, pero él me mira con desprecio.
—Eres una puta, Ramla. Yo te quería, pero le has dado la espalda a Dios y te has convertido en una pecadora.
Has disfrutado con el presidente, ¿verdad?
—Erin apunta a la cabeza de José, pero yo le pongo la mano sobre el brazo para que se relaje.
No puede matarlo solo por insultarme. Ahora, José mira a Erin con asco—. ¿Y a este también te lo has follado?
—José —le digo entre lágrimas—, yo también te quería.
—Un atisbo de esperanza recorre su duro rostro, mientras los músculos del brazo de Erin bajo mi mano se tensan—.
Te quería como se cree querer el agua turbia en mitad de un desierto, hasta que bebes agua clara y cristalina y te das cuenta de que no mereces menos.
—Aparto la mano del brazo de Erin y él sigue sosteniendo el arma.
Él es el agua cristalina. José siempre fue el agua turbia de la que nunca debí beber—.
José, vete, salid de aquí sin mí con el plan que tuvieseis pensado para escapar. Huid.
José está lleno de ira por mis declaraciones, pero se aferra a mí por encima de todo, lo veo en sus ojos.
—¿Irme sin ti? —pregunta llevado por la cólera, mientras los otros tres individuos lo miran, esperando una orden.
Las sirenas de policía se aproximan.
—Lo siento, Ramla, eso no va a pasar —dice con una expresión que me aterroriza y mira a uno de los chicos. Creo que hace algo que no vemos y activa una bomba.
La explosión se sucede segundos después. Noto un intenso calor, un pitido en los oídos y un fuerte empujón. Sin embargo, estoy bien, he caído sobre la cama.
Huelo a humo y fuego y veo polvo por todas partes.
—¿Erin?
Pero él no contesta. Me levanto de la cama y lo veo tirado a los pies de la misma. Hay sangre en su cabeza. Le golpeó suavemente y abre los ojos. Me mira confundido.
—¿Estás bien? —pregunta y yo abro mucho los ojos y presiono su herida.
—Es a ti al que le sangra la cabeza.
Él esboza una suave sonrisa.
—Si tú estás bien, me vale.
Alguien irrumpe en la habitación. Parecen los servicios médicos.
Me doy cuenta de que José y los demás también están tendidos en el suelo.
Uno de los enfermeros se acerca a José y otro viene directo hasta mí.
No me percato de lo raro que es todo hasta que se para justo delante, saca una aguja y me pregunta.
—¿Contraseña?
Me quedo perpleja y Erin grita:
—¡Ramla, es una trampa, corre!
Me pongo en pie, pero no tengo muchas fuerzas y el médico me pincha la aguja en el brazo. Los ojos se me cierran y solo veo oscuridad.
Creo que alguien me llama una y otra vez. Al principio, la voz parece muy lejana, pero después, se va acercando hasta que oigo mi nombre en los labios de Erin con total claridad:
—¡Ramla, despierta!
Abro los ojos de golpe y me doy cuenta que estoy atada a una silla. Erin está frente a mí de igual forma. Estamos en una especie de cueva, pero hay luz eléctrica en el techo. Todo alrededor parece antiguo, viejo y destartalado.
—Erin, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien?
Su aspecto es horrible. Tiene sangre reseca por varias partes y algunos hematomas en la cara.
—Pusieron una bomba en el hotel. Han debido robar una ambulancia, así nos han sacado sin que la policía se percatase.
Intento soltarme, pero es imposible. Se suponía que José iba a rescatarme, pero estoy atada en una cueva. ¿Y Erin? ¿Qué hace aquí?
—¿Cómo vamos a salir?
Él sonríe, no sé por qué.
—¿Eso significa que ya has elegido bando y no quieres quedarte?
Su sonrisa está dibujada en su amoratado rostro. Incluso en esta situación, me hace sonreír.
—Estoy atada, no, gracias, no quiero quedarme. Además, pensaba que la historia del agua turbia y el agua cristalina te habría dado una pista.
Erin amplía aún más la sonrisa, satisfecho.
—Un poco, pero me habría gustado más ser un queso.
—¿Y yo soy la de otro planeta? —inquiero preocupada por nuestra situación y, al mismo tiempo, un poco divertida por estar aquí con él conversando de esta forma que hace que esto parezca un juego—. Ambos estamos atados y tú solo piensas en queso...
Erin se ríe, pero enseguida se pone serio.
—He fingido estar inconsciente, pero lo tengo todo claro. Estamos en el sótano de una iglesia. No son muchos, no tienen más que el arma que me han quitado a mí y yo estoy a punto de soltarme las manos.
—¿Cómo? —pregunto, aunque, en realidad, aún trato de asimilar que estoy secuestrada en el sótano de una iglesia, la casa de Dios.
—Con un imperdible —contesta como si fuese obvio, mientras que yo me lo imagino haciendo pequeños agujeros a la cinta adhesiva con la que estamos atados hasta conseguir rasgarla. Va a tardar mucho tiempo en conseguirlo y, por el rugir de mi estómago, diría que ya es hora de cenar.
Hay una puerta vieja y sucia que se abre de repente emitiendo un chirrido. José cruza la estancia ataviado con una túnica blanca.
Se me acerca y yo me asusto mucho. ¿Por qué me ha atado? Una cosa es enfadarse porque haya pecado y darme algunas bofetadas… Pero esto es demasiado.
José no dice nada. Camina haciendo mover la túnica blanca y se pone de rodillas frente a mi silla.
—Voy a curarte, Ramla, amor mío, volverás a ser mía, seremos marido y mujer y dejaremos todo esto atrás.
Erin me hace señas con los ojos para que lo entretenga. Tengo que hacer tiempo para que pueda usar el imperdible para rasgar sus ataduras… Sí, todo va de fábula.
—¿Cómo piensas curarme? —pregunto asustada.
José se pone en pie, se dirige a un lado del lúgubre sótano y me da la espalda sin mediar palabra.
Me percato de que las paredes son curvas y rugosas. ¿Cuántos años debe tener esta iglesia? ¿Y por qué me ha traído en contra de mi voluntad? ¿Qué espera conseguir?
José se gira y veo que ha encendido una vela. Se acerca a Erin.
—¿Has pecado con él, Ramla?
No sé por qué está tan obsesionado con saber con quién he mantenido relaciones.
Me pongo muy nerviosa y balbuceo:
—José, al convertirme en torum, tenía que hacer todo lo que el presidente me ordenaba, quisiese o no.
Viene corriendo hasta mí con la vela en la mano.
—Pero querías, ¿sí o no? —No contesto y él acerca la vela a mi brazo desnudo. Quema mucho y el dolor es muy intenso.
—Para, por favor —le suplico, pero no se aparta.
—¿Pecaste con el pelirrojo, hijo del demonio, Ramla? ¡Contesta!
Lloro desesperada por el dolor y Erin grita:
—¿Disfrutas haciendo daño a la mujer que dices amar?
José se encoleriza, aparta la vela de mi brazo y va hasta Erin. Suspiro aliviada por el cese del dolor.
Ahora, José acerca la vela al brazo de Erin, pero él no grita y mantiene el tipo mientras lo veo tensando la mandíbula.
—No harás daño al prójimo, Ramla. O respondes o le quemaré el brazo y será tu culpa. ¿Pecaste con él?
—Sí —jadeo entre lágrimas y José aparta la vela del brazo de Erin.
Trago saliva y suspiro, dejando que algo del miedo se vaya, pero, al mismo tiempo, estoy sorprendida por los actos de José.
¿De dónde sale tanta maldad? Aunque… ahora que me doy cuenta: antes de que llegásemos a la Península, ya me había tratado así muchas veces, aunque nunca había llegado tan lejos como para hacerme sentir el terror de estos momentos.
Al final, Erin tenía razón, José es un maltratador, pero yo no quería verlo…
—Ramla, no me hagas hacerte daño —me suplica mientras vuelve a colocarse de rodillas frente a mí, con esa túnica blanca que le da a esto un toque más siniestro aún—. Necesito limpiar tus pecados, ¿vas a responder a mis preguntas?
—Sí, pero no le hagas daño —le pido.
Erin interrumpe la conversación:
—Ah, por mí no te preocupes, estoy bien imaginando todas las formas en las que voy a matarte, José. ¿Qué te parecería un golpe por cada vez que le has puesto una mano encima a Ramla? ¿Eres de ojo por ojo o de poner la otra mejilla? Cualquiera me vale, mientras acabes bajo tierra.
Ese es el Erin feroz que sale a relucir cuando se trata de protegerme. Me asusta su chulería, su orgullo, pero sé que Erin es buena persona y que, por mucho que presuma, no lo mataría si no fuese necesario.
José se enfurece, coge un rollo de precinto y le tapa la boca a Erin. Mientras lo hace, me pregunta:
—¿Disfrutaste siendo la puta de este demonio pelirrojo, Ramla?
Lloro, odio que use esa palabra y que me desprecie con tanta magnitud, pero he decidido ser sincera, no tengo nada que perder.
—Sí.
—¿Te acostaste con mujeres?
—Sí.
—¿Chupaste genitales masculinos?
Y así siguen y siguen las preguntas mientras me voy desmoronando más y más emocionalmente.
Erin me mira intentando infundirme calma, pero no lo consigue porque cada pregunta hace que toda la culpabilidad me golpee de nuevo y me haga sentir como si no valiese nada, como si todo lo que he sufrido a manos del presidente fuese culpa mía y mereciese por ello ser tratada como basura.