09_Mi guardaespaldas #3
El día se está haciendo largo porque nadie sabe qué va a pasar conmigo.
Así que también sacamos tiempo para que me explique exactamente qué quieren los antiguos.
Incluso me cuenta que el secuestro de la niña pretendía ser un aviso del poder de los antiguos para hacer que el presidente aprobase una serie de cambios en los contratos de los torums.
—Pensaba que buscabais eliminar a los liberados y los torums —le digo confundida, mientras tomo otro trozo de la tercera tarta que hemos pedido para merendar al servicio de habitaciones.
Erin termina de masticar, se limpia la boca con esa elegancia que lo acompaña, y me responde:
—Esa es la meta, pero debemos ir poco a poco.
¿Crees que el presidente aceptaría eliminar el trabajo de torum?
—Niego y él se acomoda sobre la cama, donde nos encontramos sentados—.
Claro que no. En cambio, podemos forzar las cosas para que los contratos mejoren.
Por ejemplo, que no se apague el IPAS para siempre, así el empleado no generaría una deuda con el liberado.
De esa forma, si alguien se mete a torum y luego no le gusta el trabajo, podría romper el contrato sin ningún tipo de repercusión.
Cojo otro trozo de tarta, pero no me la como, la mantengo en la cuchara mientras reflexiono.
—Así que ese es el juego político, ¿no? Cada grupo va ganando terreno con pequeñas batallas hasta que solo queda uno en pie.
Erin se ríe.
—Algo así, pero, en cualquier caso, el presidente no aceptó y, al final, soltamos a su hija igualmente. Era excesivo tener tanto tiempo a una niña retenida, incluso aunque estuviera medicada para no enterarse de nada…
Sé que me dijo que no aprobaba lo que habían hecho los antiguos con Sarah y que yo me enfadé mucho, pero creo que ahora empiezo a entender que no todo es blanco o negro.
—Los bendecidos también buscan acabar con los liberados y los torums, pero lo que los motiva a ello son otras cosas —explico.
Me como el pastel de la cuchara, lo ingiero y añado una reflexión en voz alta—: Si pudiéramos unir las fuerzas de los bendecidos y los antiguos, quizá tendríamos suficiente potencia militar para acabar con el sistema de torums y liberados…
—Seguramente, pero nadie quiere una guerra y, en el supuesto caso de que lo consiguiéramos sin derramar sangre… ¿Luego, qué? Los bendecidos querrían instaurar el IPAS y la palabra de Dios, y los antiguos, eliminar el IPAS.
Ambos nos quedamos callados, pensando y reflexionando sobre lo complicado que es todo…
Pasan dos días más y nadie nos dice nada. La habitación empieza a ahogarme, incluso con Erin aquí.
La noticia del vídeo sexual con el presidente y la hija de un pater ha recorrido ya toda la Península.
El consejero del presidente ha dado una rueda de prensa en la que solo ha dicho que están investigando lo sucedido para poder dar las explicaciones pertinentes.
Hay manifestaciones en algunas ciudades pidiendo que el presidente dimita, mientras que también le han salido miles de defensores.
Algunos de ellos exponen que el vídeo es un montaje de los bendecidos; otros, que da igual de quién sea hija, que se me ve disfrutar en el vídeo y que no hay nada de malo…
Unos me insultan, otros me adoran, algunos sienten lástima… Hay opiniones de todo tipo.
Me siento agotada y utilizada. No entiendo por qué he sido expuesta de esa forma.
Al parecer, los bendecidos le han exigido al presidente que me libere y me devuelva a las Islas.
Supongo que es cuestión de tiempo que él ceda ante tal petición para luego disculparse y no perder la presidencia… pero poco sé yo de política.
Es la tarde-noche del tercer día que estamos aquí. Volvemos a jugar al juego de mesa.
—Por favor —suplico divertida—, no saques un cinco, un cinco no...
Cruzo los dedos como una niña pequeña, Erin saca un cinco y se muere de la risa. Yo esbozo una mueca infantil y me cruzo de brazos fingiendo enfado.
Su móvil suena y veo en la pantalla que es el jefe de seguridad de la mansión del presidente.
Erin responde y se aparta un poco para tener intimidad. Lo noto inquietarse. Tapa el auricular para que su jefe no le escuche hablar conmigo y me ordena:
—Vístete, rápido.
Lo hago mientras él termina de hablar y temo lo peor: por fin van a devolverme a los bendecidos.
Busco ropa cómoda porque no sé a dónde nos dirigimos. Alguien hizo una maleta con prendas de mi talla.
Los nervios se apoderan de mí. ¿Y ahora, qué?
Llevo tres días dándole vueltas al asunto, he tenido mucho tiempo para pensar y tengo algunas locas ideas en mente, pero una voz me recuerda que solo soy una mujer que lo único que sabe hacer es preparar té y cuidar un huerto.
¿Qué sé yo de política? ¿Qué sé yo de los juegos que se traen los paters, el presidente o los antiguos?
Erin cuelga y su rostro está muy tenso. Saca el arma.
—Ramla, ponte detrás de mí. El presidente ha rechazado devolverte a las Islas y los bendecidos han asaltado el hotel para rescatarte.
Creo que bato las pestañas totalmente anonadada.
¿Qué? ¿Por qué no quiere devolverme el presidente?
¿Es algún tipo de demostración de poder?
Y… ¿en verdad los bendecidos van a rescatarme?
¿Se arriesgarían solo por mí, a quien han expuesto en un vídeo por toda la Península?
Eso significa que mi padre me quiere, quizá él no estaba al corriente de la publicación del vídeo, quizá…
Pero Erin corta el hilo de mis pensamientos y sale al pasillo lentamente mientras se comunica a través de su pulsera con alguien. Vuelve a entrar en la habitación, se desplaza al otro lado y mira por la ventana. Chista y creo que eso no es buena señal.
—¿Estamos en peligro?
Erin me mira con el arma en la mano.
—Mis órdenes son impedir que te rescaten a toda costa, aunque cueste tu vida…
—Es decir, el presidente prefiere que yo muera antes de que me lleven.
Erin me mira profundamente—. No quiero que vuelvas con los bendecidos, Ramla, pero no soy quien para decidir por ti, así que dime lo que quieres hacer…
Esa es una buena pregunta…
Entonces, algo cae desde el techo. Miro hacia arriba y veo que ha salido del conducto de ventilación.
El pequeño aparato empieza a desprender un gas.
En un segundo, Erin se pone el codo en la boca, coge el aparato, abre la ventana y lo lanza, pero creo que es demasiado tarde porque me estoy tambaleando debido al mareo.
Esa era la finalidad del gas, ¿no? ¿Dormirnos? ¿Drogarnos?
Erin me mira y lo veo zarandearse, coge el arma e intenta agarrarse a algo para no caer. Yo me desvanezco y me doy contra el suelo, perdiéndole de vista.
La puerta de la habitación se abre y entra una figura borrosa.
Creo que es alguien del personal del hotel, porque lleva su atuendo, pero, entonces, me percato de que lleva una máscara para evitar inhalar el gas.
Viene directo hasta mí, pero cuando va a agacharse para cogerme, Erin llega zarandeándose y le hace un placaje brutal.
Cuando la figura cae al suelo junto a mí, me doy cuenta de que es uno de los soldados de Dios que iban en el camión el día de la incursión.
Levanto la cabeza y creo que ya me encuentro un poco mejor.
El efecto del gas se está disipando. Erin apunta con un arma al chico, mientras me tiende la otra mano.
Se la cojo y, justo en ese instante, la puerta —que no estaba cerrada del todo, ahora que me doy cuenta—, se abre y otras tres personas pasan al interior de la habitación del hotel. Solo reconozco a uno: José.
Todo pasa de forma muy rápida. Erin me suelta y caigo al suelo, el chico al que le hizo el placaje vuelve en sí y le quita el arma a Erin, que, aunque ya está mejor, no se encuentra al cien por cien de sus capacidades debido al gas.
Mientras, Erin se abalanza contra los otros tres y presencio lo que me parece una pelea como de película.
Me quedo congelada sin saber qué hacer. Ver a Erin y José pelear me produce extrañas sensaciones. José ha venido a rescatarme y las órdenes de Erin son evitarlo a toda costa, pero me ha preguntado qué quería hacer yo.
El chico que le ha robado el arma a Erin no está del todo bien, ya que ha recibido un fuerte golpe en la cabeza. Intenta apuntar desde su posición —está de rodillas junto a mí—, pero no consigue disparar y yo temo que, si lo hace, pueda matar a Erin.
—¡Ayuda! —le pido desde el suelo y él, que me conoce, porque no solo ha venido a rescatarme sino que iba en el camión hace seis meses, viene hacia mí.
Cuando el chico me da la mano, tiro de él y no tengo que hacer mucho esfuerzo para quitarle el arma, ya que está en las últimas.
La agarro entre mis manos ante su sorpresa.
Le apunto un segundo, pero los demás siguen peleando ajenos a lo que está sucediendo aquí.
Estoy muy nerviosa, yo solo sé preparar té.
Apunto al techo y aprieto el gatillo. La fuerza de la bala al salir hace que mis manos se tambaleen, incluso mi cuerpo.
Unos trozos de techo caen por encima de mí.
Ahora me doy cuenta que podría haberme hecho mucho daño.
Todos se detienen y me miran. Les apunto moviendo el arma de unos hacia otros sin tener un objetivo claro.
—¡Parad! —les ordeno, aunque ya se habían detenido.
—Ramla —comienza José—, hemos venido a rescatarte.
Sigo zarandeando el arma y veo que incluso Erin teme que dispare sin haberlo meditado.
—Mi padre me prometió que, si grababa el vídeo, el presidente me devolvería a las Islas —exclamo histérica mientras muevo el arma y veo cómo todos se incomodan.
Soy peligrosa porque no tengo nada de experiencia con este chisme y ellos lo saben—.
Si podíais entrar por la fuerza, ¿por qué me han hecho esto? Todo el mundo ha visto el vídeo.
—Estrategia política —responde José sin más y da un paso hasta mí.
—No te muevas —le advierto, pero él no me cree capaz, así que da otro paso. Ahora miro a Erin y le digo—: Coge el arma.