Peccatorum, más que la chica del té 09_Mi guardaespaldas #2
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09_Mi guardaespaldas #2

Erin se gira lentamente y su frondoso cabello pelirrojo se descoloca un poco. Me mira con el rostro turbado de confusión mientras niega con la cabeza.

—No me conocías de nada, no puede ser…

Estoy empezando a recorrer nuevamente un camino que no debería, porque estiro mi mano y veo cómo se entrelazan mis dedos negros y sus dedos blancos, sin que él lo impida.

—Ningún hombre me había tratado nunca como lo hiciste tú.

Sin conocerme de nada, me prestaste tu ayuda, me ofreciste ropa, fuiste amable y respetuoso.

Incluso estuviste a punto de tirar el pañuelo rojo para evitar propasarte conmigo, aunque eso significase perder tu trabajo...

Te enfadaste con José cuando te dije que me había sacado a rastras de un camión…

Yo… No sabía que tenía derecho a ser tratada de esa forma, como lo hiciste tú, y me sentí tan atraída…

Estaba tan enfadada con mi padre por haberme secuestrado, por haberme metido en aquel camión…

Incluso estaba muy enfadada con mi novio por tratarme tan mal…

Tenía el IPAS apagado por primera vez en mi vida y tú pusiste tus manos y tu boca sobre mí, encendiéndome…

Me diste un poco de miel, cuando solo había probado la sal…

¿Tan difícil es de entender que pensase que ser una torum sería algo parecido?

Ya está, lo he soltado todo sin pensar en las consecuencias, como suelo hacer siempre…

Erin mira nuestros dedos entrelazados y, después, un destello recorre su cara. No sé si lo he emocionado o sigue sin creerme.

—Entonces —pronuncia lentamente—, si todo eso es cierto… ¿por qué grabaste el vídeo?

Me paso la lengua por los labios y trato de buscar una respuesta. Respiro intensamente, para no volver a tener un ataque de ansiedad.

—Porque mi padre me juró que era la única forma de sacarme aquí.

No sabía que lo vería todo el mundo. Tenía miedo de que Luciano Borges me volviera a hacer daño.

Erin, él me conoce desde pequeña, sabía quién era y, aun así, me destrozó.

Estaba aterrada… Estoy muerta de miedo, y no solo por él, sino por todos los hombres que me rodean: José, mi padre, el presidente… Dios.

Erin pone mala cara, pero sigue sin soltar mi mano; al contrario, acaricia mis dedos con los suyos.

—¿Miedo de Dios? ¿No es algo así como tu protector? —Enarca una ceja, confundido.

Abro los ojos y finjo una sonrisa.

—No pongas esa cara, Erin. Dios es quien más miedo me da porque los hombres de mi familia lo hacen todo en nombre suyo, entonces… ¿Es él quien ha querido que todos vean el vídeo y sepan que soy una puta?

Erin niega con la cabeza, me abraza de repente y no sé por qué lo hace, pero acojo su gesto con ansiedad.

—Madre mía, Ramla, es verdad que os lavan el cerebro.

—Sus brazos atrapan mi ansiedad y casi la hacen desaparecer, pero él concluye el abrazo—.

Yo no creo en Dios, pero si de verdad existiera un ser que nos hubiera creado, dudo mucho que nos mandase castigos divinales; más bien, creo que estaría revolviéndose al ver todo lo que te han hecho pasar los hombres de tu vida.

¿Por qué no miras las cosas desde otra perspectiva?

—Nadie me ha enseñado otra forma de ver las cosas —le explico algo enfadada. ¿Cómo puede no creer en Dios?

—¿Y si fue Dios quien te metió en ese camión para sacarte de las Islas y que pudieras ver que tu padre y tu novio te estaban maltratando?

O… ¿Y si, en vez de sufrir para complacer a un Dios que no sabes si existe, te concentras en ser feliz haciendo lo que tú quieras?

Si ya eres infeliz… ¿qué puede hacer Dios como castigo para que sea peor? ¿Lo has pensado?

Abro los ojos tanto que es posible que se me hayan quedado secos. Jamás había pensado en nada de lo que me ha dicho y todo tiene tanto sentido…

—Erin… —susurro y le enseño la llave que me regaló y que sigue colgada de mi cuello.

Él esboza una mueca de felicidad.

—Ramla…

Nos miramos un segundo y siento que el corazón se me para. Erin tiene este efecto en mí, hace que todo parezca más sencillo. Echo de menos cuando nos pasábamos los días riendo y jugando por la vida, divirtiéndonos, aunque, al final del día, cada uno fuese con otras personas a practicar sexo.

Tiro de su mano, que sigue unida a la mía, y lo hago acercarse mucho a mí.

—Ahora mismo, Erin, tengo dudas sobre todo lo que me rodea, y no sé qué va a ser de mí mañana, puede que siempre llevases razón y sea de otro planeta, porque, a menudo, hago cosas que no reflexiono demasiado.

—Como hablar sin parar en una reunión con el presidente donde se te acusa de ser una espía —comenta divertido mientras lleva con cuidado sus manos a mi cintura.

Abro mucho los ojos y pongo una mueca graciosa que lo hace reír.

—Sí, como eso… Y… como esto. —Y acerco mi boca a la suya para besarlo.

Noto las dudas en Erin, que recula y se aparta al poco de que nuestros labios se rocen.

—Sigo siendo un antiguo, sigo sin creer en Dios y jamás toleraré a los bendecidos, no mientras defiendan que las mujeres son inferiores.

—Yo… creo que ahora mismo solo soy Ramla. ¿Qué opinas? —pregunto con un ligero tono juguetón.

Erin niega con la cabeza con cierto aire divertido.

—Que Ramla, «solo» Ramla, fue quien hizo que me enamorase perdidamente…

Ahora es él quien atrapa mi cintura con fuerza y agacha su cabeza para besarme. Yo le dejo y le muestro las ganas que tengo de saborearlo. Jadeo y recorro su cuerpo con mis manos. Él me aparta suavemente y sonríe. Me mira y no sé por qué se ha detenido.

—¿No quieres que tú y yo…? —pregunto llena de miedo de repente, pero él se ríe.

—¿Bromeas? Siempre tengo ganas de ti, Ramla. Es solo que… se supone que soy tu guardaespaldas ahora mismo, podrían despedirme por esto.

Pongo los ojos en blanco, me quito los pantalones y las braguitas delante de él y lo veo enloquecer. Me voy a la cama y camino a cuatro patas hasta llegar al centro de ella. Luego, me tumbo de manera sensual.

—También podrían despedirte si se enterasen de que eres un antiguo, Erin…

Lo reconozco, es posible que tenga algún tipo de trastorno bipolar, porque si hace un momento estaba sufriendo un enorme ataque de pánico, ahora lo que estoy padeciendo son unas gigantescas ganas de Erin.

Él mira mi cuerpo mientras intenta disimular que lo desea. Una enorme sonrisa que se esfuerza por ocultar asoma en su original rostro.

—Ahora que lo mencionas, sí, soy un militar de los antiguos y tú una posible espía del bando enemigo, también podrían despedirme por esto.

Abro los ojos y me paso la lengua por los labios, pero de forma pausada y lenta. Entonces, me quito la camiseta y el sujetador y me acomodo sobre la cama, haciéndolo sufrir. Erin tiene muchas ganas de mí, pero sigue conservando su elegante traje de chaqueta frente a la cama del hotel.

—¿Y no te has parado a ver las cosas desde otra perspectiva? —pregunto, haciendo honor a la reflexión de él hace un momento sobre mis dudas sobre Dios—. Ahora no soy tu enemiga ni tú mi guardaespaldas, porque tú para mí eres solo Erin y yo para ti soy solo Ramla.

Erin me mira con gran excitación, se quita la chaqueta mientras niega con la cabeza.

Luego, se desabrocha los botones de la camisa tan lentamente que creo que voy a explotar de la necesidad.

Me abro de piernas y masajeo mi sexo suavemente con mis dedos.

Está bien actuar libremente sin que nadie te diga lo que hacer, cuándo gemir, cuándo parar…

Erin lanza la camisa al suelo con una elegancia que me vuelve loca.

Después, se quita los pantalones y los calzoncillos.

Su cuerpo musculado es increíble, sin embargo, lo que más me gusta es su cara: sus ojos azules, sus muchísimas pecas, sus cejas y su cabello pelirrojos.

Pero no es solo que sea guapo, que lo es, sino que tiene un enorme carisma para contraer su rostro y mirarme, para hacerme sentir querida, protegida, especial…

Erin lleva razón. ¿Cómo iba a querer Dios que alguien me tratase mal?

¿Cómo podría ver Dios pecado en esto tan bonito que siento hacia Erin?

Sí, es deseo, pero es mucho más que eso, lo amo de una forma que jamás creí que se pudiera amar a nadie.

La manera en que nos reímos juntos… Eso es lo que me hace desearlo aún más.

Camino a gatas por la cama, voy hasta su miembro y lo atrapo con mi lengua, porque esto es el amor, desear que la otra persona sea feliz.

Erin lo es con lo que le hago y eso me produce un enorme placer.

Ahora, él se abalanza sobre la cama, nos acomodamos rápidamente y se deleita acariciando mis pechos y cada una de las delicias que hay entre mis piernas.

Recorre todos mis rincones con sus expertos deditos, haciéndome feliz.

Lo hace porque también desea verme contenta.

¿Cómo puede ser algo así un pecado? Sí, Erin tenía razón, todo es cuestión de perspectiva.

Quizá Dios creó el sexo para que pudiéramos expresar la pasión y el amor de forma extrema…

Quizá fueran los hombres los que lo corrompieron…

Quizá Dios no exista… Quizá muchas cosas, pero aquí y ahora, solo hay algo seguro, y es que quiero estar con Erin.

Paso el día en el hotel, recluida en mi habitación, de la que no tengo autorización para salir, aunque sea una «invitada» del presidente.

El resto de personas que estaban anoche en la reunión se van yendo hasta que solo quedamos alojados la jefa de policía, el trabajador social y yo.

Paso mucho rato hablando con Erin, lo reconozco, se nota que intentamos dejar a un lado todo lo que nos ha enfadado y pasarlo bien siendo simplemente nosotros, riéndonos por todo y disfrutando de las cosas pequeñas.

Nos entretenemos con un juego de mesa y le gano tres veces seguidas, lo que le hace poner unos gestos muy graciosos. Yo lo imito y él se mofa diciendo que soy yo la experta en poner muecas.