09_Mi guardaespaldas
mi guardaespaldas
El viaje en el coche de Erin lo hacemos en silencio. Nos dirigimos al hotel. Él tiene una expresión que no logro descifrar y yo evito mirarlo.
Desvío mi cabeza hacia la capital, que pasa ante mis ojos detrás del cristal de la ventanilla.
Las luces iluminan una ciudad que se va vaciando de gente para dar paso a la noche.
Y creo que, de alguna forma, lo que veo refleja cómo me siento.
Mi vida se va vaciando de personas también, no sé si volveré a ver a mis compañeros torums, no sé si volveré a ver a mi padre o a José, y siento que he perdido a Erin, aunque…
Fui yo la que decidí dejarle, si es que alguna vez hubo algo que dejar.
La ciudad se queda vacía de vida, justo como yo.
Todo en lo que siempre he creído se ha ido desmoronando desde que llegué aquí.
Cuando vi a José y hablé con mi padre, mis esperanzas fueron como esas lucecitas que iluminan la capital: me guiaron para no perderme en la noche, pero, ahora, incluso esas luces se están apagando y puede que pronto solo haya oscuridad.
Llegamos al hotel, nosotros y el resto de las personas de la reunión, salvo Luciano. Hay bastantes guardias por todas partes y me siento como si, más que una invitada, fuese una terrorista.
Subimos a la habitación en el mismo sepulcral silencio. Erin abre la puerta y se dirige a mí de manera muy formal.
—Buenas noches, Ramla. Estaré en la puerta por si necesitas algo.
Lo miro anonadada, pero él tiene la vista fijada en el suelo. Me adentro en la estancia y, cuando voy a decirle algo, me cierra la puerta en las narices.
Lo reconozco, lo único que hago es ponerme a llorar y tocar la llave que me regaló y que sigo llevando colgada al cuello.
Me giro y veo una lujosa habitación con una enorme cama. No tengo pijama, ropa para cambiarme ni nada que no lleve encima. Así que me quedo en ropa interior y me dejo caer sobre el colchón. Abrazo una almohada y lloro.
¿Y ahora, qué? Todos verán el vídeo… ¿Cómo ha podido mi padre publicarlo? Es más, ¿realmente me mintió y me secuestró? ¿Es cierto que a las mujeres nos maltratan en las Islas y por eso algunas escapan para vivir aquí? ¿Cómo va a ser esto mejor, si te pueden convertir en una esclava sexual?
Mis dedos topan con algo al desplazarse por la cubierta de la cama.
Es el mando de la televisión. Me seco las lágrimas, me siento sobre las almohadas y la enciendo.
Escojo la opción «prensa» y pronto encuentro la noticia en montones de páginas de la red.
En algunas de ellas, acaba de salir la noticia publicada hace minutos; en otras, lleva pocas horas.
«Conoce la cara oculta del presidente: violador y secuestrador. Dispuesto a cualquier cosa por aplacar a los bendecidos», comienza una página.
«El IPAS garantiza la seguridad sexual de la sociedad, ¿o no?
Hay una cosa segura: no ha garantizado la seguridad de Ramla Rodríguez, hija del pater Massimo de las Islas, que, según vemos en el vídeo, ha sido sometida a encuentros sexuales forzosos con nuestro presidente.
Desde el Gobierno aún no se han pronunciado, pero las primeras hipótesis apuntan a que Ramla Rodríguez fue secuestrada y convertida en torum a la fuerza para el disfrute de nuestro ilustre presidente».
Y así continúa en toda la red. Los artículos reflexionan sobre si el IPAS se aprobó como medida cautelar para que los delincuentes sexuales dejasen de tener deseo sexual; luego, se fue extendiendo hasta el punto en el que toda la sociedad lleva un IPAS, desde que salen del vientre materno.
La gente debe pagar un impuesto para apagar el IPAS y tener sexo…
Hablan sobre los liberados como el presidente, que, como tienen tanto dinero, pueden permitirse ser depravados sexuales de forma legal.
Al leer todas esas especulaciones, me doy cuenta de lo descontenta que está en general la sociedad con el IPAS y la existencia de los liberados…
Sigo leyendo y en cada página veo el vídeo, pero no voy a clicar sobre él… ¿verdad?
Apago la televisión, enfadada. Una cosa es que mi cuerpo haya sido de dominio del presidente y otra bien distinta es que todo el mundo lo vea, lo que me recuerda que él dijo que el montaje lo hacía parecer un violador…
¿Es eso lo que es? Yo acepté trabajar para él, ¿no?
Claro que… cuando supe lo que implicaba, quise romper el contrato y ya no se podía…
Rechisto y vuelvo a enfadarme. Enciendo la televisión y busco el vídeo.
Le doy al play y comienza a reproducirse.
Abro los ojos y me paso la lengua por los labios, nerviosa.
Me veo desde una perspectiva diferente a la habitual: como su juguete.
El presidente no es violento, pero tampoco es como Erin.
Lo que veo no es un intercambio sexual voluntario donde ambas personas disfrutan…
Al menos, no de igual forma, porque… lo reconozco, he tenido momentos de placer con el presidente, él es quien me ha iniciado en el sexo, pero las imágenes de la pantalla me hacen sentir náuseas.
Lo que veo, desde fuera, no parece natural, no parece honesto, no parece bueno para… mí.
De repente, me pongo muy nerviosa. ¿Cómo he podido llegar a ser una… puta? Así me llamó José y así me siento ahora, y todos lo están viendo en todas partes.
El vídeo sigue reproduciéndose mientras yo tengo un maldito ataque de ansiedad.
Grito, lloro, jadeo.
Me bajo de la cama para buscar aire, pero siento que me desvanezco. Caigo al suelo y me hago un ovillo mientras sigo gritando, pero ahora a un volumen que cualquiera puede oír.
Alguien aporrea la puerta. Había olvidado que Erin está haciendo guardia.
—Eh, Ramla, ¿va todo bien?
Me gustaría fingir que sí o, al menos, contestarle algo, pero solo puedo temblar, abrazarme y chillar de pánico.
Soy una pecadora que lo único que sabe hacer es preparar té, una simple mujer, una inútil.
Erin me odia, mi padre adoptivo me secuestró y ha permitido esto, José cree que soy una puta… No puedo más.
Escucho la puerta y algo me dice que Erin ha abierto con la copia de la llave que se ha quedado. Debería calmarme para que no vea lo patética que soy; sin embargo, sigo llorando, gritando y temblando.
—Oye, Ramla, tranquila, ¿vale? —me dice con una suave voz, como si, de repente, ya no estuviese enfadado conmigo. Sé que mira la televisión y su cara cambia al ver el vídeo que aún sigue reproduciéndose. Coge el mando y apaga el aparato. Luego, se agacha a mi lado—. ¿Por qué grabaste eso, Ramla?
No puedo mirarlo, su pregunta solo me hace sentir más miserable. Intento hablarle, pero las palabras no me salen y él se da cuenta de que me estoy ahogando con mi propia saliva, fruto de la desesperación.
—¿Qué creías que iba a pasar? —inquiere y sé que se está esforzando por dejar su enfado a un lado, pero sigue muy presente—. En serio, ¿en qué planeta vives?
—Soy… —balbuceo, pero no puedo hablar, me falta el aire.
Erin se preocupa y se coloca ahora de rodillas frente a mí, sobre el suelo. Me mira a los ojos y, suavemente, me coge de la barbilla.
—Ramla, respira. Cálmate, ¿vale? Ahora mismo estás aquí conmigo, a salvo.
Escruto su rostro lleno de pecas, parece que realmente hable en serio. ¿Estoy a salvo junto a él?
Erin respira conmigo y yo me voy calmando un poco. Cogemos aire a la vez y lo expulsamos lentamente.
—Soy una puta —le digo entre llantos—, voy a ir al infierno y tú no lo entiendes porque odias a los bendecidos. Me… odias a mí.
Erin suelta mi barbilla y su rostro se contrae en una mueca de disgusto y enfado. Ahora, apoya su espalda en la cama y adopta una posición más cómoda sobre el duro suelo del hotel. Mira hacia el fondo de la habitación y se sincera:
—Estoy enfadado, Ramla, mucho, no te lo voy a negar. Me echaste en cara que el grupo al que pertenezco hubiese raptado a la hija del presidente. Es más, de la noche a la mañana, dejaste de hablarme sin ninguna explicación. ¿Puedes entender cómo me he sentido?
Me paso la lengua por los labios, nerviosa, y asiento, pero él no me mira.
—Lo siento, no pretendía hacerte sentir mal… Solo… estaba pensando en mí, en alejarme de ti. Cuando estoy contigo, mi mundo… todo lo que he conocido hasta ahora se tambalea y… tú haces que desee pecar contigo…
Ahora, Erin me mira y esboza una sonrisa tan sutil que, si no fuese porque lo conozco bien, no me habría percatado de ella.
—Ramla, no tengo ni idea de quién eres. Todo lo que creía se ha desvanecido en un momento.
Sé que el vídeo lo grabaste tú, que tu novio te ayudó de alguna forma…
Una parte de mí grita para que te abrace y te cuide, porque solo eres una víctima, pero otra, me insta a no acercarme demasiado a ti, porque…
yo también tengo ganas de… pecar contigo —comenta con cierto tono cómico, aunque es muy sutil.
Al momento, se pone serio—. Pertenecemos a grupos que defienden cosas muy contradictorias, yo soy militar y tú…
Sinceramente, lo único que encaja es que, desde el principio, hayas estado mintiendo.
¿Por qué si no ibas a querer ser una torum?
Traté de advertirte, pero parecías decidida a ir directa al fuego, sin importarte las quemaduras. ¿Quién hace algo así?
Lo miro, mientras intento asimilar todo lo que me ha dicho. Le hice daño, eso está claro, y eso significa que le importo…
Me pongo en pie y él hace lo propio.
—¿Has visto el vídeo?
—No, Ramla, no quiero ver esa porquería. Es lo único en lo que estamos de acuerdo los bendecidos y los antiguos, en que hay que acabar con los liberados.
—Vale —le digo, pero sé que eso no es lo que quiero decir.
—Vale —repite él también, algo decepcionado, supongo que esperaba que confirmase que soy una espía o lo desmintiese, pero me siento demasiado confundida para decirle la verdad. Sé que, si lo hago, voy a lanzarme a sus brazos y no debería seguir pecando…
Erin me da la espalda y se dirige a la puerta, pero, justo antes de que abra, le digo sin pensar:
—Fuiste tú, quise ser una torum porque eso significaba estar contigo.