08_Ramla Rodríguez #3
¿Circulando por la red? Comienzo a marearme. Sí, los paters querían que grabase al presidente teniendo sexo conmigo, pero… ¿Lo va a ver todo el mundo? No me explicaron nada de eso, pensaba que lo usarían para chantajearle de alguna forma, pero… ¿en la red?
—Yo… —balbuceo y me pongo a temblar—. Solo quiero que esta pesadilla termine —reconozco.
—En fin —dice el presidente mirando a su consejero—, te lo dije, ella no es el problema. Mírala, es una niña asustada a la que han utilizado. El verdadero problema son los paters.
—Señor —inquiere Amanda—, es mejor que no se dirija a Ramla como una niña, ella es una joven adulta que ha tomado sus propias decisiones.
El presidente pone mala cara.
—Sí, eso lo sabemos todos en esta sala. La historia de la policía y el trabajador social parecen corroborarlo, ella no planeó esto.
—Y señala a los mencionados—. Pero no es lo que los de las Islas han vendido en ese vídeo.
Han seleccionado las imágenes para hacer un montaje en el que parezco un pervertido, la han vendido como a una pobre niña inocente a la que hemos secuestrado para que yo la viole, por favor…
El presidente ahora se ofusca, no es de carácter violento, pero está muy enfadado y tira el vaso sobre la mesa, haciendo que los hielos caigan sobre ella.
El consejero respira y toma la palabra:
—Voy a poneros a todos al día porque, en las siguientes horas, tendréis que enfrentaros a multitud de preguntas de los medios de prensa.
Esta es la situación: Ramla Rodríguez llegó a la Península suplantando la identidad de una camionera para transportar ocultos a los soldados de Dios.
Su padre, el pater Massimo —ahora el consejero se dirige hasta un ordenador, teclea algo y una imagen de mi padre se proyecta en el centro de la mesa, de forma que todos la podemos ver desde cada ángulo—, la envió sin la aprobación de los otros paters, ya que no tenemos constancia de que ninguna mujer haya participado en sus incursiones u otras misiones bélicas.
Por favor —se dirige a la policía—, Cristina, siga usted.
—Mira al grupo y la presenta—: Ella es la jefa de policía de la capital.
—Buenas noches —comenta Cristina con dulzura al grupo; luego, me mira—.
Me alegra volver a verte, Ramla. —Sonrío en respuesta y ella continúa—: Cuando mis compañeros interceptaron el camión y vieron que había una mujer bendecida, me preguntaron por el protocolo.
Como sabéis, las mujeres suelen escapar de las Islas en busca de un futuro mejor, no son parte activa de las incursiones.
Me dirigí en persona y hablé con ella, parecía confundida, pero no escapaba de nadie, era parte de la misión.
Así que activé el mismo protocolo que para los hombres bendecidos, pero me encargué de su caso personalmente.
Realizamos las pruebas de ADN y el resultado nos indicó que era una de las niñas que secuestraron los bendecidos hace años.
No sabía que su padre adoptivo era un pater.
No podíamos saberlo si ella no nos lo decía y no hay ningún protocolo para averiguar quiénes son los familiares de los incursores.
Ramla parecía bastante confundida —continúa y me mira con dulzura—, ni siquiera tenía muy claro qué hacía allí, así que hablé con el trabajador social y activamos el protocolo habitual: buscarle un trabajo y no dejar rastro de su procedencia para que no fuese discriminada.
—Ahora, mira al trabajador social con menos amabilidad que la que me estaba prestando a mí—.
Es cierto que Ramla es muy atractiva y sabía que podría llamar la atención de muchos liberados, pero dado que venía de un lugar donde el sexo es un pecado y las mujeres son maltratadas —la miro anonadada, ¿es lo que creen de las Islas?
, ¿piensan que nos maltratan?—, le dije explícitamente al trabajador social que obviase las ofertas de torum y se centrase en buscarle un empleo digno que la ayudase rápidamente a prosperar.
La policía pone mala cara y yo miro al trabajador social, todos lo hacemos y él, que está sudando, pone el rostro tenso.
—Como ya le he explicado antes —comienza dirigiéndose al consejero—, la policía no me lo ordenó.
Ella me hizo la sugerencia de que era mejor no meterla a torum, pero, señor, es que la chica solo sabía preparar té y, mírela —le dice casi suplicando—, es que ha nacido para ser torum.
¿Cómo iba yo a saber que era la hija de un pater?
—Ahora mira a la policía, muy agobiado—.
Yo no quiero tener problemas con nadie, señora, le pido disculpas, pero es que es mi obligación cuidar de personas como ella —me señala un momento, y ahora, mira al consejero—, pero el Estado no me da casi recursos.
¿Qué quería que hiciese, que mandase a la pobre chica a uno de esos centros sociales?
Algún degenerado habría desconectado su IPAS y habríamos tenido un disgusto mayor.
Yo pensé que, al menos, como torum, cobraría de manera decente.
—Ahora me mira a mí—. Ramla, de verdad que lo siento, si me hubieses dicho quién era tu padre…
Lo miro y no creo que esté enfadada con él. Se ha explicado toscamente, con menos elegancia que ninguno de los presentes, pero ha sido sincero. Yo solo sé preparar té y plantar algunas verduras, ¿qué iba a hacer en este lugar?
Mis ojos azules buscan los de Erin y lo encuentro analizándome, como si quisiese entender mi historia y estuviese decidiendo si perdonarme u odiarme.
—Entonces… —interrumpe Amanda—. ¿Cómo de explícito es el vídeo? ¿Por qué hacer pública una cosa así, si para los bendecidos es tan terrible el sexo y los torums? Con esas imágenes han dejado en evidencia a la hija de un pater, ¿no es un escándalo?
El consejero pone mala cara y, después de un instante, contesta: