08_Ramla Rodríguez #2
—Me encantaría, pero Fen está enferma y Amanda me ha pedido que la sustituya esta noche.
Ella me mira a través de sus ojos claritos. Sus pestañas blancas son alargadas y las hace batir con tanta delicadeza que parece un ángel.
—Vaya, lo siento —pone un gesto triste muy sutil y se recoloca un poco el cabello blanco, que le ha caído casi sobre el plato de comida—. Bueno, lo mismo podemos esperar a verla la semana próxima contigo.
Sonrío. Alaska y yo nos hemos hecho bastantes amigas, la verdad. Y estas últimas semanas en las que he intentado no relacionarme con Erin —por el propio bien de mi virtud—, más aún.
—Muchas gracias —le digo con una enorme sonrisa—, pero no es necesario. Id vosotras y la semana que viene buscamos otra peli.
De repente, Erin y otros tantos guardias de la mansión entran en el comedor y me buscan. No viene como torum, lo que solo puede significar una cosa: ya saben quién es mi padre y por fin van a devolverme a casa.
Alaska se aparta delicadamente de la mesa, con cierto miedo. Fen y Luc, que estaban cenando juntos, me miran boquiabiertos desde otra mesa.
—Señorita Ramla Rodríguez —exclama el jefe de seguridad de la mansión—, debe acompañarnos de inmediato por un asunto de seguridad nacional.
Me pongo en pie mientras intento contener los nervios, pero las manos me tiemblan y Erin —que va trajeado, con un pinganillo y, seguramente, con pistola— las mira; sin embargo, no suaviza el gesto para transmitirme tranquilidad, porque está cabreado, y mucho.
Al fin, las cartas están sobre la mesa y sabe quién soy.
—¿Rodríguez? —pregunta Fen mientras da unos pasos hacia nosotros, pero Erin se pone en modo guardaespaldas y no la deja acercarse. Aun así, ella se queda de pie con una expresión confusa.
—Fen, siéntate —le pide Erin en un tono menos amable de lo habitual en él.
Ella obedece totalmente desconcertada y la escucho susurrar:
—Joder con la princesita…
Los guardias trajeados me rodean y yo permanezco en el centro de todos sin decir palabra.
—¿Se apellida Rodríguez? —pregunta Luc en un volumen que puedo escuchar perfectamente.
—¡Eres gilipollas! —le dice Fen—. Obviamente, nos ha estado mintiendo…
Creo que su conversación seguirá largo y tendido y harán especulaciones sobre quién soy en realidad. Espero poder volver a verlos para despedirme, aunque sé que esa es una idea ridícula.
Subimos hasta una planta de la mansión en la que nunca he estado.
Es elegante y lujosa, como el resto de la casa.
Los guardias abren una enorme puerta y veo una alargada mesa rodeada de cómodos sillones en los que hay demasiadas personas sentadas.
Todos tienen los rostros serios y depositan su atención sobre mí.
Los guardias me llevan hasta el asiento vacío y me fuerzan a sentarme. Hay agua en un vaso, que ingiero ante la mirada expectante de todos. Soy el centro de atención, y no, no es porque sea negra con ojos azules o mi cuerpo les parezca bonito, sino porque saben quién es mi padre.
Se forma un silencio sepulcral y ahora no me parece tan buena idea haber seguido a pies juntillas el plan de los paters de las Islas.
Erin y el jefe de seguridad toman asiento también, mientras que los demás guardias abandonan la sala.
Ladeo mi cabeza y hago un repaso de todos los rostros conocidos: Luciano Borges —el encargado de las relaciones entre las Islas y la Península, el mismo que me dio una paliza y me agredió—, el presidente —el que me convirtió en su torum porque adora coleccionar mujeres peculiares—, Amanda —la res del presidente, que sabe que el día del atentado realicé acciones de dudosa legalidad—, Erin, el jefe de seguridad, una mujer policía y tres personas más que no conozco.
Aunque… una de ellas es un hombre de mediana edad con gafas.
Ahora que lo veo, viste mucho menos elegante que los demás y está sudando debido a los nervios.
Es el trabajador social que me instó a convertirme en torum.
Entonces, vuelvo a mirar a la mujer policía y creo que es la que me escoltó para que me hicieran las pruebas de ADN, la misma que estuvo conmigo desde que me detuvieron.
La única persona del lugar que no conozco de nada, un hombre, se pone en pie y habla a la sala:
—Buenas noches a todos y todas. Cada uno de vosotros habéis sido informados de parte de la situación y también habéis sido interrogados. Soy el consejero del presidente y esta reunión es totalmente confidencial, tal y como habéis firmado al entrar.
—Yo no he… firmado nada —balbuceo y me doy cuenta de lo absurdo que es que diga una sola palabra.
Todos me miran. El presidente, que estaba bebiendo en un vaso con hielo, aparta el líquido de su boca y hace agitar los hielos mientras me mira intrigado.
Creo que le pone cachondo toda esta situación y eso es asqueroso.
Erin está negando con la cabeza, incrédulo.
—Ramla Rodríguez, su palabra no tiene ninguna validez ahora mismo —inquiere el consejero, sorprendido por tener que explicar lo que parece obvio, pero, al mismo tiempo, esforzándose por sonar educado—.
Está aquí como… invitada —menciona con un tono diferente— del presidente hasta que se aclare toda esta situación.
Todos vuelven a prestarle atención a él, pero yo debo ser tonta, porque vuelvo a hablar:
—¿Invitada? Creía que era su torum.
Erin niega con la cabeza y me mira con una mezcla entre divertido y serio, algo muy extraño.
Todos se quedan perplejos y solo el presidente emite una sonora carcajada.
Ahora le miran a él, que se pone en pie, apoya sus manos sobre la mesa, como queriendo abalanzarse sobre mí, y me mira, aunque está a unos tres asientos alejado de mi posición, presidiendo la mesa.
—Señorita Ramla Rodríguez —y se dirige a mí de usted por primera vez—, ¿sabe de dónde viene la palabra «torum»?
Trago saliva y me paso la lengua por los labios de forma nerviosa, lo que creo que excita más aún al presidente.
—No, yo… —balbuceo mientras abro mucho los ojos y finjo una sonrisa.
—Viene de « Peccatorum ». Ese es el nombre de la empresa que inventó el concepto de los liberados y los torums. A su vez, « peccatorum » viene del latín « peccatum », que significa, como puede intuir, «pecado».
—Gracias —digo amablemente—, no lo sabía.
Todos vuelven a mirarme y creo que estoy hablando totalmente fuera de lugar, pero es que me siento muy nerviosa. Pensaba que, si hacía todo lo que mi padre me pedía, me sacarían de inmediato de la mansión y me devolverían a las Islas. No esperaba tener que enfrentarme a ninguna de estas personas.
El presidente se sienta, coge el vaso, algo divertido, agita los hielos haciendo sonar el cristal y sé que lo hace a propósito, porque es el mismo gesto de nuestras sesiones de sexo. Está demostrando su poder.
—Pues entonces, explíquenos, señorita Ramla Rodríguez —continúa—, ¿cómo es posible que la hija del pater Massimo haya acabado siendo una pecadora? ¿Ha sido coincidencia o en realidad los bendecidos se jactan de que sus mujeres son idiotas, pero luego las convierten en espías?
La mujer policía de la sala mira al presidente con cara de pocos amigos.
Recuerdo que me abrazó y me felicitó por mi nueva vida aquí, así que decido que me cae bien.
El consejero, en cambio, tiene una postura incómoda, sigue siendo el único de pie y creo que iba a presentar la situación, cuando el presidente y yo hemos empezado a tener una conversación a dos bandas, dejándoles a todos fuera de ella.
—Sí —contesto.
—¿Sí eres idiota o sí eres una espía? —pregunta él muy divertido y, por su cara, excitado.
Desvío mi mirada a la sala. La gente está enfadada. Erin me mira profundamente y sé que está cabreado, pero él también es un espía de los antiguos.
Abro mucho los ojos e intento respirar lentamente para no tener un ataque de ansiedad.
Estoy cabreada de repente, no sé si con mi padre, por volver a ponerme en una situación difícil, o con el presidente, por obligarme a hacerle todas las depravaciones que le ha apetecido, o con Luciano Borges, por darme una paliza, o con Amanda, por dejarle hacerlo, o con Erin, por permitir que secuestraran a una niña y romperme el corazón… O quizá estoy enfadada con todos.
De repente, ya no tengo miedo y suelto lo que pienso; me da igual lo que implique.
—Sí, era una ignorante —digo, obviando la palabra «idiota»— cuando llegué a la Península.
No acabé siendo torum porque fuese una espía, sino por ignorancia, porque nadie me explicó que, literalmente, tendría que abrirme de piernas para usted, señor presidente.
—La sala se revoluciona y el consejero hace amago de venir hasta mí, pero el presidente les indica a todos con los dedos que se detengan y guarden silencio.
Yo prosigo—: Nadie me explicó que me drogarían —y miro a Luciano Borges— y que me darían una paliza solo para poner cachondo a…
—¡Ramla! —me advierte Amanda, que acaba de ponerse en pie histérica.
—Ah, sí, y tú eres la peor de todas —le digo mientras el presidente sigue indicando con los dedos a todo el mundo que me dejen hablar—.
Me pediste que firmase un contrato que no había leído, del que no podría escapar.
Luego, fingiste que estabas aquí para proteger a los torums, pero eres una cobarde.
Sabes las atrocidades que sufrimos y miras hacia otro lado mientras tus monedas te llegan a final de mes.
Me quedo mirándola y ella se sienta, agotada, se recoloca las gafas y creo que intenta evitar llorar. El presidente me aplaude ante la mirada perpleja de todos y yo siento que, por una vez en mi vida, he dicho lo que pensaba.
—Entonces —comienza el presidente—, no eres ni una idiota ni una espía. ¿Qué eres, Ramla? ¿Por qué hay un vídeo porno donde salgo contigo circulando por la red?