08_Ramla Rodríguez
ramla rodríguez
La semana desde el atentado ha pasado demasiado despacio, pero por fin ha llegado el momento, son casi las diez de la mañana. Voy a encontrarme con José tal y como le dije.
Camino por las calles que colindan con la mansión del presidente.
Estoy nerviosa, pero también acudo con ciertas esperanzas de que el encuentro con mi novio vaya bien.
Visto unos leggins y una camiseta suelta que no marca mi figura.
No son los vestidos de flores femeninos que solía usar en la villa, pero espero que a José le parezca un atuendo aceptable para una bendecida, porque aquí no hay nada menos provocativo.
Escucho unas pisadas, me detengo con brusquedad y me giro mientras el sol de la mañana me hace entornar los ojos. Erin está parado con cara de circunstancia. Me está siguiendo.
—¿Qué haces aquí? —pregunto molesta mientras abro mucho los ojos.
—Eh, Ramla, pues… pasear —miente.
Lo miro y me gustaría enfadarme con él, porque apoya a un grupo que secuestró a una niña, pero su gesto alegre me invita a dibujar una media sonrisa en mi cara.
—Me estás siguiendo.
Erin se sitúa a mi lado y lo escudriño bajo el sol abrasador. Es alto y sus pequitas le hacen un rostro muy bonito y divertido. Está tranquilo, sosegado y alegre. Se está esforzando por ganarse mi confianza nuevamente, pero eso no puede pasar, él hace que desee pecar, debo alejarlo de mí.
—¿Siguiéndote? —Muestra un gesto de diversión—. No, en absoluto. Estoy asegurándome de que vuelves de una pieza y sin un rasguño.
Es cierto, en el último encuentro con mi novio, acabé herida.
—Es mi día libre, así que me gustaría estar sola… —Finjo una sonrisa amable y sigo andando, pero Erin camina a mi velocidad y a mi altura. Me detengo y lo miro, él se ríe y odio que se muestre así, como si nada pasase, porque consigue que yo también sonría.
—No vas a estar sola, has quedado con una persona que podría herirte. ¿Qué clase de guardaespaldas sería si dejase que una torum volviese magullada?
—Erin…
—Ramla… —me imita con ese toque juguetón que siempre le da a todo.
Pongo una mueca de disgusto y Erin comienza a reírse.
Y su risa solo me provoca ganas de besarlo y abrazarlo, pero es por el IPAS.
Pronto, mi padre me sacará de aquí, lo apagará y yo dejaré de pecar y de querer estar con Erin.
Volveré con José, me casaré con él y todo será como tiene que ser.
Dios perdonará mis pecados… Tengo que aferrarme a esa idea.
—Hace mucho tiempo que no hablo con mi padre, Erin —le advierto intentando ponerme seria—, me gustaría tener algo de intimidad.
Él se cruza de brazos y enarca una ceja. ¿Cómo puede ser tan sexi? Me paso la lengua por los labios e intento aplacar la excitación que me está produciendo.
—Lo que me recuerda que estás cometiendo un acto ilegal. Está prohibido hablar con los habitantes de las Islas y, según me dijiste, tu padre es un bendecido… Así que vas a usar un móvil ilegal —comenta sin acritud.
Rechisto en voz alta, pero no ha sonado a enfado, más bien a rabieta de niña pequeña.
—¿Vas a detenerme por hacer algo ilegal?
Erin niega con la cabeza y emite una suave carcajada.
—Claro que no, Ramla, espero de verdad que puedas hablar con tu padre, pero si crees que voy a quedarme en la mansión sabiendo que podrías estar en peligro, es que no tienes ni idea de lo mucho que significas para mí —añade poniéndose algo más serio y, lo reconozco, se me derrite el corazón.
—Vale… está bien —balbuceo. Me ha ganado, no puedo negarle nada después de esa declaración—, pero preferiría que te quedases a cierta distancia… Por el bien de todos.
Erin levanta las manos fingiendo ser inofensivo. Yo me río un poco, pero luego, me obligo a recordar que no lo es, Erin es peligroso en muchos sentidos.
Camino hacia la valla donde he quedado con mi novio.
Erin me sigue a cierta distancia. Veo a José, pero él deposita su mirada en mi enorme guardaespaldas pelirrojo.
Luego, da unos pasos para llegar a mí y me rodea el cuello con sus brazos —con su habitual poca delicadeza— mientras me da un beso de lo más intenso, un beso que no evito.
No es que desee besarle, pero no quiero que se enfade, hoy vengo en son de paz.
Mientras José une sus labios a los míos, solo puedo pensar en que no creo que a Erin le guste ver esto…
Aunque… él se acuesta con la mujer del presidente y con otras torums si se lo piden, así que…
En fin, José es mi novio, a pesar de todo lo que ha ocurrido, él es mi llave para salir de aquí.
Lo que me recuerda que en el cuello llevo otra llave.
El colgante que me regaló Erin… ¿Por qué me lo he puesto esta mañana? Lo sé, porque estoy loca.
José me suelta y me mira con alegría.
—¿Estás bien? —Asiento y él prosigue—. ¿Qué hace ese aquí?
—Es de la seguridad de la mansión, está aquí para protegerme…
José pone mala cara.
—¿De quién? ¿De mí? No soy yo quien te ha convertido en una pu…
—¡Por lo del atentado! —interrumpo, no quiero enfados hoy—. Creen que es peligroso salir sola —miento—, está aquí para protegerme.
—Bueno —dice algo más tranquilo, al mismo tiempo que alterna su mirada entre Erin y yo, mientras le doy la espalda a propósito al chico que me vuelve rematadamente loca—, ¿estás lista para hablar con tu padre?
Respiro hondo y asiento. José saca su móvil, teclea y me lo pasa. Escucho un tono y siento que me voy a caer debido a la ansiedad. Otro tono más... ¿Qué voy a decirle? Lo he estado ensayando y pensando, pero ahora creo que se me ha olvidado todo.
El pater Massimo —mi padre adoptivo, el que me secuestró— responde con una voz rota de preocupación:
—¿Ramla?
—Papá, soy yo… —balbuceo y lo escucho llorar.
El pater Massimo es alguien frío en general que pocas veces muestra su amor por mí.
Es cierto que, cuando era niña, jugaba conmigo y me cuidaba.
Nunca he echado en falta un amor paternal, pero, conforme fui creciendo, se acabaron los juegos y él se convirtió en mi pater, en mi guía del camino de Dios.
Escucharlo llorar por mí hace que todo mi enfado se disipe.
—¿Cómo ha pasado esto, Ramla? —pregunta, roto por la amargura, mientras hace un esfuerzo por recomponerse y volver a ser el hombre frío que jamás lloraría delante de nadie—. ¿Te han obligado a pecar? No puedo soportarlo…
—Pater —le digo, porque la conversación se ha puesto formal de repente—, no estoy a salvo aquí, he recibido palizas, me han drogado y…
Y tengo el IPAS apagado. Soy una torum, así que lo demás ya lo sabes —admito avergonzada, cuidando de no reconocer que yo solita me metí en la boca del lobo y de no dar pistas de que soy una bendecida, porque Erin, aunque está lejos, puede estar escuchando.
—Ramla, lo siento, esto es culpa mía. No debí dejar que una mujer hiciese el trabajo de un hombre.
El comentario duele, y es que, si algo bueno tiene la Península, es que, si pasas por alto el hecho de ser una torum, consideran que hombres y mujeres son iguales, algo que mi padre, no.
—Los otros paters están al corriente de tu situación desde que supimos dónde estabas —prosigue—, pero, para sacarte, me piden que hagas una cosa por ellos…
¿Cómo? ¿Los demás paters saben que soy una torum? La vergüenza se instala en cada punto de mi piel y me golpea, haciéndome sentir una persona horrible.
Mi padre me describe con detalles el plan que han urdido.
Llevarlo a cabo supone traicionar a muchas personas, pero no hacerlo implica quedarme aquí, atrapada, viviendo con miedo a que Luciano Borges o cualquier otro vuelva a atacarme de forma brutal.
Si no llevo a cabo su plan, seguiré teniendo que acostarme con el presidente y, aunque no es violento, no es algo que haga por gusto…
Luego, está Erin y sé que, si pienso demasiado en él, no aceptaré lo que me pide hacer mi padre, pero Erin es un antiguo y ha participado en el secuestro de una niña…
Es hora de tomar un camino de una vez por todas, tengo que escoger bando, no puedo seguir jugando a estar con Erin, con José, ser una torum, una bendecida… No, todo no es posible, así pues, le hago la pregunta cuya respuesta me hará tomar una decisión definitiva.
—¿Me secuestraste cuando era pequeña?
El silencio se impone un momento.
—Tu madre te quería mucho, te buscó porque estaba apenada por tu desaparición con tan solo dos años. Tu padre es un donante anónimo y ella está en paradero desconocido. Es lo que te han contado, ¿verdad?
—¿Lo sabías? —inquiero enfadada, olvidando que unos metros más allá está Erin escrutando cada una de mis expresiones.
—Conocía la historia, porque es falsa y se la han contado a más de los nuestros.
Sé muy bien que no encarcelan a todos los jóvenes que llegan a la Península.
Eres muy hermosa, era evidente que intentarían convertirte en una torum, Ramla.
¿Y qué mejor que forzar la situación haciendo que te enfadases con tu padre?
Soy la palabra de Dios, hija mía, secuestrar no está en sus planes ni en los míos.
Y así es como escojo mi camino de forma irrevocable: soy una bendecida.
Pasan dos semanas desde que mi padre me prometió que me sacaría…
Y sigo aquí. Al menos, Sarah ha regresado a la mansión y, por lo poco que me ha contado Albert, la niña no recuerda nada de su tiempo capturada.
Al parecer, ha estado drogada durante los veinte días de cautiverio y se encuentra bien de salud.
Erin me dijo que sería así, que evitarían que la niña sufriese daños, pero sigo sin estar de acuerdo con lo que hicieron los antiguos.
Busco información en la red, pero no hay noticias, ni de su desaparición ni de su posterior aparición. Supongo que haría parecer vulnerable al presidente que la gente supiese lo fácil que ha sido secuestrar a su hija.
—Entonces, ¿te animas a venir? —me pregunta Alaska con su agudo tono de voz.
Regreso al comedor donde estamos cenando. Quiere que me vaya al cine con ella y con su novia a ver una película basada en los Green Day, un grupo musical de los noventa.