Peccatorum, más que la chica del té 07_José #4
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07_José #4

—Erin, eres un antiguo y habéis secuestrado a la hija del presidente. No puedo estar con alguien que secuestra niñas, ¿no lo entiendes?

Hace tres días, los antiguos entraron aquí. Me iban a rescatar, pero, por culpa de José, no llegué al coche a tiempo. Sin embargo, ellos no venían solo por mí, se han llevado a una niña de tan solo seis años: la hija del presidente.

—Eh, Ramla, tranquila —me pide—. Yo no tomo las decisiones, solo sigo una causa que creo justa.

Erin intenta suavizar el gesto porque le encanta ponerse dulce conmigo, pero eso me enfada más aún, es un mentiroso.

—Claro, Erin —le digo mientras abro mucho los ojos y finjo una sonrisa—, porque es una causa suuuperjusta raptar a una niña. ¿Y tú me juzgaste a mí por impedirte que matases a mi novio? —grito, enfadada.

Erin desencaja el rostro y respira, intentando contener el enfado.

—Entonces, si ese maltratador al que defiendes es tu novio…

¿qué he sido yo, Ramla? —Voy a gritarle algo de lo que seguramente me arrepienta, pero Erin tiene un don para ser dulce cuando más nerviosa estoy—.

Porque yo te quiero y haría cualquier cosa por ti…

—dice con una voz llena de dulzura y pena.

Comienzo a llorar y él hace amago de acercarse, pero yo doy un paso atrás.

Sigue creyendo que defiendo a mi novio maltratador, pero es porque no sabe que soy una bendecida y que me he convertido en aquello que perseguí toda mi vida, una torum.

José no debió enfadarse tanto, pero… ¿cómo culparlo?

¿Acaso no merecía cada golpe? Sí, soy una pecadora y los merecía, pero no, no puedo decirle eso, así que lloro y le susurro:

—Yo también te quiero, pero esto… —y señalo a ambos— no puede ser. Tú y yo nunca fuimos del mismo planeta, Erin… —le digo, poniendo punto y final a nuestra historia.

He jugado y me lo he pasado bien, pero es hora de ser mayor y enfrentarme a la realidad. Mi padre tenía razón, la gente de la Península no es buena. Erin me hizo creer lo contrario, pero ha secuestrado a una niña pequeña. Quizá José tenga razón y nos salvaron cuando éramos niños sacándonos de aquí.

Alguien llama a la puerta, pero antes de obtener respuesta, entra. Es Amanda, acompañada de varios guardias de la mansión.

¿Qué ocurre? Miro a Erin y susurra de forma que solo pueda oírle yo: «las cámaras».

Amanda nos dice algo, está muy enfadada.

Nos ordena ir a su despacho. Erin no se opone y yo tampoco.

Los guardias nos escoltan y supongo que la res teme que seamos enemigos del presidente.

Lo cierto es que lo somos, pero no formamos parte activa del atentado, al menos, yo.

Imagino que Erin sí, que él pasó la información necesaria para que secuestrasen a la pequeña Sarah.

Sea como sea, recuerdo que las cámaras me grabaron a mí robándole la pistola y luego a él saliendo a buscarme.

Habrá que dar explicaciones o ambos estaremos en peligro.

Los guardias nos esposan a las sillas del despacho de Amanda y salen fuera.

—¿Crees que esto es necesario, Amanda? —pregunta Erin con ese tono de voz que siempre me recuerda que son amigos, que hay una historia detrás que los une.

Amanda se sienta en la silla o, más bien, se desploma. Se recoloca las gafas con disgusto y mira a Erin.

—Sé que habéis estado saliendo o teniendo sexo, me da igual.

—Nos habla a ambos, pero su atención se centra en Erin—.

Lo que quiero entender es por qué, en mitad de un atentado, una chica que pesará la mitad que tú te roba la pistola y huye de la mansión.

Y peor aún… ¿por qué abandonas tu puesto para ir detrás de ella y luego no informas?

Sabes que hay cámaras, así que, o te has vuelto completamente idiota o yo me estoy perdiendo algo.

No estáis en la cárcel aún porque creo que el amor os hace memos a los jóvenes, y lo de las esposas es porque no soy tan tonta como para no desconfiar. Vale, ahora, ¿alguno me lo explica?

Erin va a hablar, pero yo he estado pensando mucho estos días, así que me adelanto y grito un nombre:

—¡Luciano Borges! —La cara de la res se descompone, como si un enorme secreto hubiese salido a la luz.

Eso me confirma que ella sabía perfectamente quién me agredió, así que añado—: Por eso hui, porque estaba en la fiesta el día del atentado y recordé lo que me hizo.

Tenía miedo y cometí una imprudencia. —Miro a Erin, que me escucha con atención, intentando no dar pistas de lo confundido que está—.

Gracias a que Erin salió a buscarme, entré en razón.

No voy a pedir disculpas, Amanda, pero sí necesito que lo entiendas.

Si alguien es responsable de que Erin abandonase su puesto, soy yo.

Erin sigue boquiabierto, pero Amanda ha creído al milímetro mi mentira.

Supongo que ha sido fácil interpretar la historia porque, en gran parte, así fue.

Luciano Borges ocupa ahora mis pesadillas y solo cuento los días para poder encontrarme con José, hablar con mi padre y rogarle que me saque de manera inminente de aquí.

No puedo confiar en los amigos de Erin, tampoco puedo quedarme aquí, corro demasiado peligro.

Amanda da unos golpecitos inquietantes y repetitivos sobre la mesa con un pendrive .

—Faltan muchas grabaciones. Imagino que los atacantes intentaron borrarlas, pero hemos recuperado algunas.

Aquí están las vuestras, el jefe de seguridad me las ha dado directamente a mí antes que a nadie.

—Ahora, centra su atención en Erin—. Él te ha defendido a muerte y yo…

Bueno, ya está todo aclarado. —Amanda deja el pendrive sobre la mesa, coge una robusta figura de su escritorio y lo hace añicos.

Amanda acaba de romper las únicas pruebas que nos ponen a Erin y a mí en el punto de mira.

—Gracias —dice Erin con honestidad.

Amanda me mira, se quita las gafas y las tira sobre la mesa del escritorio.

—La historia con Luciano Borges se acaba aquí, Ramla. Yo he olvidado estas imágenes y tú olvidarás todo lo que hayas recordado. Si vuelves a verle, fingirás que no lo conoces de nada. ¿Está claro?

Asiento y Amanda llama a los guardias. Nos quitan las esposas y nos dejan marchar libremente.

Caminamos en silencio, es media tarde y el presidente quiere verme en un rato. Es lo que menos me apetece en estos momentos, así que no me molesto en hablar con Erin… ¿De qué? Está todo dicho.

Voy a cruzar la puerta de mi habitación, cuando él se adentra conmigo, cierra y me mira.

—Gracias por no delatarme —comenta con sinceridad—. Creía que habrían borrado todas las imágenes de las cámaras.

—¿Tus amigos secuestra-niñas? —pregunto agotada mientras comienzo a cambiarme de ropa y Erin no sabe a dónde mirar—.

Erin, me has visto desnuda mil veces, por trabajo y por placer…

¿Qué importa una más? Tengo que cambiarme para trabajar —comento con la voz vacía, creo que la depresión ha vuelto de un plumazo.

—Estás herida, Ramla —me dice.

Miro mi cuerpo y sí, hay algunos hematomas debido a mi encuentro con José.

—Me los merecía —digo sin más porque es cierto, soy una pecadora.

Erin se planta frente a mí.

—Vale, Ramla. Ódiame si quieres por formar parte de los antiguos, pero no permitiré que creas que nadie tiene derecho a ponerte una mano encima, ni Luciano Borges ni José ni el presidente ni ninguna persona, ¿lo entiendes?

—Erin está enfadado y creo que es la primera vez que está perdiendo la dulzura.

Supongo que está agotado, como yo—. A Sarah no le va a pasar nada malo, van a tratarla de maravilla.

Está sedada, no recordará nada y la devolverán en unos días.

Los antiguos necesitamos demostrar nuestro poder para que el presidente nos escuche, queremos terminar con los IPAS, los torum y los liberados.

Quiero que gente como José, el presidente, Luciano y todos los que son como ellos se pudran bajo tierra.

Erin se calla, sus ojos están cansados. Asiento y termino de vestirme lentamente mientras él escudriña mi rostro.

—Me voy… a… trabajar —balbuceo y paso a su lado, él roza mi mano con la suya y me detengo un momento a mirarlo—.

Si supieses… Yo… —Mi cerebro intenta formar una frase que le haga saber de una vez por todas que soy una bendecida, pero mi boca no articula palabras con sentido—.

Merezco cada golpe que me dio. —«Porque soy una pecadora», quiero añadir, pero no puedo.

Erin endurece el gesto, triste, deprimido, hastiado…

Yo me marcho mientras intento recomponerme para sacar fuerzas de donde no las tengo e ir a hacer mi trabajo de torum: dejar que el presidente use mi cuerpo para su placer.

Ni siquiera sé cómo tiene ganas después de que hayan secuestrado a su hija…