07_José #3
—Resulta que nací aquí, pero los bendecidos me rescataron cuando era pequeño.
—¿Le rescataron? Se refiere a que lo secuestraron como a mí…
—Así que me dejaron en libertad. Nadie me contó qué había sido de ti, pero te busqué por todas partes y, hace unos dos meses, vi una foto tuya en la red social de una torum que sigue mi compañero de piso.
Intento seguir el hilo de la conversación. José habla de redes sociales, torums, compañeros de piso… Parece haberse hecho a la vida en la Península y tengo que recordar que llevamos medio año viviendo aquí.
¿Cuándo me he hecho yo una foto para una red social? Entonces, recuerdo que hace dos meses, Fen me preparó una falsa fiesta de cumpleaños y nos hicimos una foto que subió a sus redes. Tiene que ser esa…
—José… —comienzo con el rostro lleno de vergüenza—. Entonces… ¿sabes que soy una…?
—Una torum —completa él con odio—. Sí, lo descubrí después, cuando busqué información del presidente y aparecías de fondo en algunas de las fotografías oficiales de fiestas y eventos políticos.
No te preocupes, Ramla, tu padre ya sabe que estás aquí y va a sacarte.
Pronto volverás a tener el IPAS apagado y Dios perdonará tus pecados.
Mis pecados… El IPAS… Mi padre… Palabras que se entremezclan y me hacen sentir miserable.
—El pater Massimo me secuestró cuando era pequeña, José —le digo.
—¿Qué dices, Ramla? —grita muy enfadado de repente.
Me mira de arriba abajo y, parece que, por primera vez, se fija en el escotado vestido que llevo—.
Tu padre te salvó la vida. Mira en qué te han convertido nada más pisar la Península, en una puta.
¿Qué ropa llevas? —Y me escudriña con desprecio—. Es vergonzoso, das asco.
Trago saliva y me siento confundida, avergonzada y enfadada. Tiene razón, no debería llevar esta ropa tan provocativa ni debería ser una torum, pero él tampoco tendría que haberme llamado puta. Sí, yo también me he hecho a la vida en la Península y ahora sé qué significa esa palabra y no me gusta.
—Mi madre biológica sigue viva —le explico, para que entienda la magnitud de lo que hizo el pater Massimo—, ella me buscó porque me quería.
José endurece el rostro y parece que cada palabra que digo lo enfada más aún.
—¿Y qué importa esa mujer? Es otra puta de la Península.
Me enfado y alzo la voz, aunque sé que no debería, seguimos escondidos tras una valla mientras la mansión del presidente es rodeada por policías.
—¡No la conoces! No hables así de ella. Esta gente no es como nos dijeron —le recrimino—. Aquí hay personas buenas y amables.
Su mirada de odio me asusta. Me coge con fuerza del brazo y vuelvo a ser su novia, la que tenía que aguantar sus cabreos.
—¿Acaso te gusta ser su puta, Ramla? —Me tumba en el suelo, boca abajo, y me agarra ahora del pelo, obligándome a permanecer tumbada—. Rézale a Dios para que te perdone por haberte abierto de piernas ante el diablo. ¿O ya es tarde para ti, Ramla? ¡Responde! —susurra con fuerza junto a mí oído.
Lloro y no sé si fruto del miedo o de la vergüenza. Tiene razón, soy una pecadora y no tendría que haber permitido nada de esto. Pienso en el sexo que he mantenido. Las imágenes del presidente ordenándome todas las perversiones que ha querido y a mí complaciéndole vienen a mi mente y grito:
—Lo siento, lo siento, yo no quería… José, tienes que sacarme de aquí.
La desesperación se apodera de mí mientras saboreo la tierra en mi boca. Él tira de mi cabello hacia arriba y suelta mi cabeza con fuerza, haciendo que choque contra el suelo. Noto un hilo de sangre recorrer mis labios y, con cuidado, trato de sentarme ahora que me ha soltado.
—Te quiero, Ramla —me dice—, pero ahora mismo me das asco.
—Me mira de arriba abajo—. Pero volveremos a tener lo que teníamos.
Regresaremos a nuestro hogar y nos casaremos.
—Atrapa mi cabeza entre sus brazos con dureza, sin un ápice de delicadeza—.
Ahora, dime, ¿qué ha pasado en la mansión? Los bendecidos no hemos atacado.
—No lo sé —balbuceo—. Alguien ha puesto una bomba…
—¿Por eso huías? —pregunta y asiento mientras hago un esfuerzo por no llorar—.
Ahora mismo no puedes venir conmigo, tu padre tiene un plan, solo necesito que me des tu número de móvil, lo hackearemos y podremos obtener imágenes e información importante.
—Me mira un instante y, al ver que me mantengo en silencio, añade—: Habrás comprado uno, ¿no?
—No, yo… —balbuceo, porque tengo demasiado miedo como para hablar. Y, aunque acabo de rogarle que me saque de aquí, algo me dice que no puedo darle mi número. De repente, solo tengo ganas de que esto sea una pesadilla y que pronto me despierte junto a Erin en su habitación.
José me mira con dureza y comienza a registrarme.
—José, por favor, para —le ruego, pero él no es delicado como Erin. Me toca con fiereza, le importa poco hacerme daño—. ¡Vas desnuda, Ramla! ¿Dónde lo escondes?
—No tengo móvil, José, soy una bendecida —le suplico, pero él levanta la mano y me abofetea la cara repetidas veces—. ¡Para, por favor! —le ruego mientras me hago un ovillo en el suelo.
No es la primera vez que me trata así, pero tampoco es habitual que se ensañe tanto.
No es que me duela, sus golpes no pretenden dejarme secuelas físicas, sino aplacarme emocionalmente, hacerme ver que él lleva el control, él es el hombre y tiene total y absoluto poder sobre mí.
Puede que merezca cada golpe por todo lo que he hecho, pero, aun así, me siento miserable.
—¿Por qué me haces esto? —grita él mientras sigue abofeteándome—. ¿Por qué me obligas a ponerme así? Yo te quería, pero, mírate, defiendes al diablo y pecas. ¡Eres una puta!
—¡Tienes una pistola apuntando a tu cabeza, José! —dice una voz fría y dura.
Me recompongo un poco y miro, es Erin. Aparto la tierra de mi cara y me limpio la sangre del labio.
Vergüenza es lo único que siento. Odio que me vea así.
Él tiene una mirada muy ruda que me asusta.
Sin embargo, hace lo que mejor se le da: suaviza el gesto, ofreciéndome dulzura, para aplacar mi malestar.
Me tiende una mano mientras sostiene la pistola en dirección a José.
Por un momento, dudo… Mi pasado y mi presente se acaban de encontrar.
¿Quién era con José y quién soy con Erin?
Estoy temblando. Acabo de recibir una paliza a manos de mi novio. No, no me ha dejado muy herida, pero tengo la moral destrozada. Así pues, cojo la mano de Erin, que jamás me ha golpeado, y, con algo de esfuerzo, me pongo en pie y me sitúo detrás de él, aferrándome a su brazo muerta de miedo.
—¿Y quién es este? —pregunta José con el rostro descompuesto—. ¿También has dejado que te la meta, Ramla?
Erin traga saliva y respira tan fuerte por el cabreo que creo que va a matarlo con sus propias manos solo por ese horrible comentario.
—Yo de ti me callaría, porque, si te mato, no creo que nadie vaya a echarte de menos —le advierte Erin.
Pero José es demasiado testarudo y no le mira a él, sino a mí.
—Ramla, no voy a dejar que te quedes aquí. Cambio de planes: te vienes conmigo. —Y me tiende la mano como si creyese que es inmune a las balas.
Contengo las lágrimas porque él fue mi novio, alguien que me importó, pero ahora…
—No va a ir a ninguna parte contigo —le advierte Erin con ferocidad mientras le sigue apuntando con la pistola.
Escuchamos unas sirenas que se acercan.
—Ramla, tu padre te quiere —dice José, que juega una carta muy sucia— y no desea esto para ti. Si lo hubieses escuchado llorar al otro lado del teléfono cuando le dije dónde estabas…
—Último aviso —le dice Erin mientras tensa los brazos—.
Aunque, pensándolo bien, creo que voy a matarte con mis propias manos.
¿A ver cómo de valiente eres cuando sea mi puño el que golpee tu cara?
¿Qué derecho crees que tienes para pegarle?
—Baja el arma y se acerca hasta él. Es más alto y grande, aunque José es un soldado de Dios, se ha entrenado para sus misiones y sé que sabría defenderse muy bien. Mi novio se encara en respuesta.
—Ella es mi mujer y haré lo que considere oportuno.
Erin no soporta el comentario, le da un puñetazo y José se recupera y adopta una posición defensiva.
Escuchamos sirenas y creo que es lo único que hace que Erin no entre a pelear cuerpo a cuerpo.
Le pone la pistola en la cabeza y se dispone a apretar el gatillo.
Me pongo nerviosa y me sitúo delante para impedir que lo mate.
—¡No, Erinª —le ruego y veo su cara de rabia. No entiende nada, pero yo me giro hacia José—. Vete, no te disparará. Regresa aquí dentro de una semana, a las diez de la mañana, con un móvil con el que pueda hablar con mi padre.
José lanza una última mirada de asco hacia Erin; luego, se dirige a mí, asiente y corre.
Yo me giro y veo a Erin bajar la pistola lentamente mientras un enorme enfado recorre su rostro.
Ahora mismo es esa persona ruda que puede llegar a darme miedo, aunque jamás me haya golpeado.
Creo que siempre me asusto cuando se pone así porque temo que me trate justo como acaba de hacer José, pero, ahora que lo pienso, Erin solo lo hace cuando se trata de protegerme...
Oh. Erin me quiere de verdad.
Trato de retener las lágrimas, pero solo puedo hacer una cosa: derrumbarme. Me venzo hacia delante y caigo en sus brazos. Me abraza mientras oye perfectamente mi llanto.
—Ramla, es un maltratador, no le debes nada.
—Erin, por favor —le ruego llorando—, abrázame.
Lo reconozco, no he dormido. Erin llama a la puerta de mi habitación, pero no quiero saber nada de él.
—Ramla, por favor…
He echado el cerrojo, así que, por más que forcejee, no puede entrar.
—Princesita, no sé por qué mierdas os habéis peleado, pero… —comienza Fen, que no sé qué hace en la puerta de mi habitación. Sin embargo, creo que Erin discute con ella y la echa de aquí.
Doy unas grandes zancadas, enfadada, y lo dejo entrar.