07_José #2
Estoy en el salón junto a los torums de todos los invitados.
Erin está cerca de los canapés de paté con sabor a queso y eso me hace reír.
Está obsesionado con el queso; sin embargo, no puedo evitarlo, miro las caras de todos los liberados y las escudriño.
Algunos hombres estaban en la fiesta de animales y uno de ellos podría ser mi agresor, el que me desgarró y me golpeó solo para excitarse.
—Hola, soy Brana, me acuerdo de que el pelirrojo se llamaba Erin, pero no recuerdo tu nombre, lo siento.
Me quedo mirando a la hermosa mujer que se ha plantado con dos copas junto a mí.
Me ofrece una y la cojo por cortesía, pero no, no beberé.
La reconozco, es la chica que iba disfrazada de unicornio.
Ahora lleva una falda cortita y un top que tapa muy poco de sus pechos, que son enormes.
Es rubia y lleva el pelo muy bien arreglado.
En la fiesta de los animales llevaba toneladas de purpurina y, ahora, lo que lleva son montañas de capas de maquillaje que la hacen brillar por momentos.
—Soy Ramla, me alegra volver a verte.
Ella sonríe y deposita su mirada en Erin, que lleva un elegante pantalón de traje y un chaleco ceñido sin camisa, para que todos puedan admirar su bonito cuerpo.
—Si fueses tú la que escogieses… ¿a qué liberado te tirarías? —pregunta, pero parece que ella esté imaginando cosas sexuales con Erin, no con ningún liberado.
Los miro, se reconocen bien porque no enseñan tanta piel, visten elegante y son, en su mayoría, son mayores y menos agraciados.
—A ninguno —contesto y ambas nos reímos.
—Buf, no me extraña, menudo panorama… Lo único bueno del día de hoy es que dejaré de acostarme con mi liberado, me tiene aburridísima… Además, es más feo que una pasa.
Sonrío divertida, pero también siento pena por ella. Cuando la conocí hace meses, me dijo algo similar, lo recuerdo. No parece que le guste trabajar para su jefe, pero… ¿a quién sí?
—Bueno, ¿y quién es la pasa? —pregunto y ambas nos volvemos a reír.
Ella se me acerca y me habla en voz baja:
—El encargado de las relaciones entre las Islas y la Península.
Algo me empuja desde dentro y hace que todo mi cuerpo se ponga en tensión. Yo conozco a ese hombre porque ha estado en mi casa, hablando con el pater Massimo, pero no lo reconocí en la fiesta de animales. Empiezo a darle vueltas al asunto y recuerdo que todos llevaban máscaras, pude no reconocerle…
—¿Todo bien por aquí? —pregunta Erin, que acaba de acercarse. Lo miro, aún tiene algunas miguitas entre la barba y, aunque eso me parece tierno y quisiera besarlas, mi cabeza está pensando en otra cosa.
Brana se desvive por darle una conversación a la que no presto atención, mientras que yo les dejo solos y doy unos pasos hacia el frente.
Busco con la mirada al único hombre que tiene carta blanca para vivir en las Islas o en la Península.
El único que no es enemigo de ningún bando, pero tampoco amigo.
Lo encuentro: Luciano Borges. Bajito, regordete y con un rostro lleno de arrugas.
Sí, Brana lo describió como alguien feo y lo es, pero no porque su aspecto no sea el que marcan los cánones de belleza, sino porque su forma de dirigirse a los demás, de hablar, de mirar y de existir es fea.
Siempre lo pensé desde niña. Cuando nos visitaba y se me quedaba mirando…
Lo hacía de una forma extraña que me asustaba mucho.
¿Me reconocería en la fiesta de animales? ¿Me reconocerá hoy? ¿Le habrá contado al presidente de quién soy hija? ¿Le habrá dicho a mi padre dónde estoy y lo que soy? ¿Qué clase de conflicto se formaría entre ambos bandos si se descubriese que la hija de un pater es la torum del presidente?
Entonces, Luciano me mira desde la distancia y me saluda con la mano.
Yo miro a ambos lados, pero no hay duda, el gesto va dirigido a mí.
Me acerco a la boca la copa que me ha dado Brana y la ingiero, a pesar de que odio el alcohol.
Aparto la mirada y la desvío hacia el suelo, pero entonces, un recuerdo llega a mi mente y la copa se me cae al suelo, explotando en mil pedazos.
Todos me miran y yo empiezo a respirar fuerte y lo señalo.
Los invitados liberados y los torums se quedan perplejos, pero, en ese momento, escuchamos un fuerte estruendo y todo el mundo grita, incluida yo.
¿Qué acaba de pasar? Es como si algo hubiese explotado. Algo grande…
Erin corre hasta el presidente y le dice algo. Su mujer pone cara de horror. Alguien abre la puerta, creo que son guardaespaldas, corren hasta el presidente mientras que todo el mundo huye despavorido. Le entregan un arma a Erin y se marchan con el presidente y su esposa.
Erin se acerca hasta mí, seguido de Luc, Alaska y Fen, que saben muy bien que, en una situación así, debemos permanecer junto a él, que es algo así como nuestro guardaespaldas.
—Hay una brecha de seguridad —nos indica a las personas de la sala—, deben permanecer aquí, hay guardias viniendo para su protección.
—Ostia puta, Erin —le dice Fen entrecerrando sus ojos rasgados muy alterada—, ¿quedarnos aquí?
Los invitados comienzan a hablar, están asustados y nerviosos. Especialmente, porque el presidente acaba de irse y Erin les ha obligado a quedarse.
—Hay que esconderse en los baños —nos susurra Erin solo a nosotros—. Alaska, Luc y Fen, salid disimuladamente antes de que llegue la seguridad y escondeos en los de la segunda planta. Ramla se viene conmigo.
Me coge de la mano y me saca del salón. No creo que nadie se percate porque todos los liberados están histéricos hablando unos con otros, incluso sus torums arman un gran revuelo y nadie está pendiente de la puerta del salón, por la que ambos nos escabullimos.
Erin corre por el pasillo con una dirección clara, aunque yo no sé cuál es.
Se comunica a través de su pulsera con el personal de seguridad de la mansión y me parece entender que alguien ha puesto una bomba y un grupo de personas han cruzado la puerta: gente armada, enemigos del presidente.
¿Son los bendecidos? ¿Es acaso nuestro estilo?
¿Y qué sé yo de las misiones que ordenaba mi padre?
Nada, no sé nada porque, para ellos, las mujeres solo debemos ocuparnos de las labores del hogar.
Me gustaría enfadarme con la gente con la que he crecido, pero el recuerdo de Luciano Borges sobre mí aquella noche, desgarrándome y dándome una paliza, hace que solo sienta ganas de regresar a un lugar donde ninguna persona pueda apagar su IPAS por mucho dinero que tenga, y ese lugar son las Islas, con sus villas y sus pater.
Sí, Luciano fue mi agresor. No lo recordaba debido a la droga, pero algo ha activado mi memoria, al menos, una pequeña parte de lo que sucedió.
Llegamos al garaje. Erin se para y zarandea los brazos como si estuviésemos discutiendo.
—Ramla, dame una bofetada y quítame la pistola —me pide, pero en realidad, es una orden.
—¿Qué? —pregunto confundida y muy nerviosa.
—Llevo dos años y medio infiltrado, no puedo poner en riesgo mi posición, tiene que parecer que me has seducido para engañarme —dice mientras agita mucho sus brazos y pone el rostro tenso, como si de una pelea se tratase. Entonces, comprendo que hay cámaras.
—¿Eres un bendecido? —pregunto, porque es lo único que se me ocurre. Yo me infiltré, me hice pasar por alguien que no era para meter en la Península a un grupo de hombres.
—No, Ramla —me dice confundido, como si fuese obvio que jamás formaría parte de los bendecidos—, soy un militar de los antiguos.
Erin me besa en los labios mientras intento procesar la información. Me habló de ese grupo. Buscan instaurar el sistema que había antes de los IPAS, donde cualquiera podía tener sexo libremente, pero donde no existía el concepto de torums y liberados y era ilegal pagarle a alguien a cambio de sexo.
Erin me aparta bruscamente y yo le abofeteo como me ha ordenado.
—Yo también te quiero, Erin —le digo en respuesta a su declaración de hace días, le robo el arma y le apunto con lágrimas en los ojos. Él levanta las manos.
—Sal corriendo por el garaje, hay un coche blanco esperándote dos calles más abajo, diles quién eres. —Lloro y tiemblo y él me grita—: ¡Ahora!
Corro, me adentro en el garaje como ha indicado, abro la puerta para coches y salgo al exterior con el escotado vestido amarillo y los incómodos tacones.
Aunque es de noche, hay bastante luz. Veo fuego en la entrada de la mansión, escucho sirenas a lo lejos, pero aún no han llegado, así que entiendo que tengo que darme prisa.
¿Qué ocurriría si me pillasen? Creerían que soy una antigua y que he confabulado para llevar a cabo este atentado… Después de todo, iría a la cárcel.
Corro y me alejo todo lo que puedo.
Una calle.
Doblo una esquina.
Veo un coche blanco a lo lejos, demasiado lejos aún, está al final de la calle.
Recorro unos metros y alguien se abalanza sobre mí y me tira al suelo, lo que provoca que la pistola salga volando hacia algún lugar lejos de ambos.
Me raspo los codos contra el asfalto y creo que me hiero.
No es nada, pero algo se activa en mí. Tengo que huir e intento zafarme de mi agresor, que me agarra desde atrás, me pone una mano en la boca y me arrastra hasta una valla. Luego, me obliga a agacharme.
—Ramla, no grites, soy José —susurra.
Me suelta lentamente y yo me giro totalmente anonadada. Cuando lo veo, no puedo creerlo. Lo primero que reconozco es su cabello oscuro; después, sus facciones. Es José, es él. Me abraza.
—Menos mal, Ramla. No sabía cómo comunicarme contigo. Hace dos meses que vengo aquí, pero nunca te encuentro fuera de la mansión. ¿Estás bien?
Abro mucho los ojos y me paso la lengua por los labios, nerviosa. José está aquí y debe saber que soy una torum. Hay mil cosas que quiero preguntarle.
Las sirenas pasan cerca de nosotros y nos agachamos tras la valla.
—Pensaba que estabas en la cárcel —le digo.
Él mira hacia todas partes, luego deposita su atención en mí.