Peccatorum, más que la chica del té 07_José
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07_José

josé

Erin me mira, esperando una respuesta, pero yo no sé qué decirle. Apoyo mi cabeza sobre su pecho y finjo que duermo.

Estamos en su habitación y acabamos de despertar después de pasar la noche juntos.

De vez en cuando lo hacemos, no tanto como me gustaría, pero entre las noches que pasa él con la mujer del presidente ejerciendo de torum y las noches que soy yo la que tiene que ir al encuentro del presidente, queda poco tiempo para nosotros, para compartirnos y hacer lo que queramos, sin que nadie nos lo ordene.

—¿Ramla? Sé que no estás dormida —comenta con cierto tono cómico en la voz y yo sonrío y hago como que ronco.

Él me desliza suavemente, apartándome de su cuerpo, y se queda tumbado frente a mí.

Lo miro y me sorprende que solo hayan pasados dos meses desde que celebramos mi falso cumpleaños y nos declaramos.

—¿Por qué me preguntas ahora por José? —Evito usar la palabra «novio».

Erin cambia el gesto y se incorpora sobre la cama. Veo su torso desnudo, es impresionante.

—Porque necesito saber si es un problema.

—¿Un problema? Él no… —Pero guardo silencio porque hace seis meses que no sé nada de José ni de mi padre adoptivo, hace medio año que ya no soy esa chica y no quiero hablar de eso.

—Eh, Ramla —me dice Erin con ese tono dulce que adopta siempre que me ve insegura—.

Sé que te hizo daño y que no te es agradable recordarlo, pero quiero preguntarte algo muy concreto.

—Abro los ojos alucinada mientras me acomodo en la cama y paso la lengua por los labios, nerviosa—. ¿Está en la cárcel?

Erin cree que José me maltrataba… Lo cierto es que nunca he desmentido esa teoría. José me quería, alguna vez perdía los nervios, pero de ahí a ir a la cárcel por ser un maltratador…

Miro sus ojos y sé que está esperando una respuesta de verdad. No sé por qué ha sacado el tema, pero me parece justo ser lo más sincera posible con él.

—La última vez que lo vi se lo llevaban detenido y ya no he vuelto a saber nada de él, así que no sé qué ha sido de José.

—¿Sabrías decirme sus apellidos o su número de identificación?

Me incorporo del todo sobre la cama yo también y tapo mi desnudez con la sábana porque, de repente, no quiero estar aquí.

Erin no sabe quién soy y, si le doy esta información, sabrá exactamente que él es un bendecido y supongo que solo tendrá que sumar dos más dos para descubrir el secreto que tanto me he esforzado en guardar.

—¿Ocurre algo, Erin? —pregunto mientras me pongo en pie y busco mi ropa para vestirme.

Él también se levanta, busca unos pantalones y se los pone. Yo encuentro mi camiseta y cubro mis pechos con ella. Nos encontramos en medio de su habitación y él me mira algo serio.

—Tengo una pregunta más, Ramla… —dice él, que evita responderme—. ¿Qué ocurriría si volvieses a encontrarte con José?

Oh, no… Me paso la lengua por los labios, mientras el miedo se apodera de mí. Algo me dice que Erin sabe cosas que no me está contando… ¿Es posible que José y él se hayan conocido? ¿Puede ser que sepa la verdad? ¿Y qué se supone que debo contestarle?

—Yo… —balbuceo mientras tiemblo por los fantasmas del pasado que se levantan para destruir esta felicidad que tengo con Erin—. Él…

—Eh, Ramla, está bien —me dice mientras entrelaza sus dedos con los míos y suaviza el gesto—, no dejaré que te haga daño, ¿vale?

Quizá no pueda sacarte de aquí —añade con amargura y sé que se siente responsable por no haber podido ayudarme a huir aún, aunque ya ni siquiera sé si es eso lo que anhelo—, pero puedo apartar a ese desgraciado de tu camino.

—¿Apartarlo? ¿Cómo? ¿Está aquí? —pregunto mientras un poco de locura me invade y suelto sus manos.

Erin chista y creo que se da cuenta que ha revelado más de lo que pretendía.

—Vale, tranquila —me pide mientras me sigue por la habitación por la que estoy dando vueltas—, hemos detectado a un chico merodeando varias noches cerca de la mansión.

Oficialmente, no podemos detenerle, pero le hemos pedido la identificación.

—Lo miro mientras intento apretar los dientes para no parecer histérica y tener un maldito ataque de pánico—.

Se llama José y hay información clasificada sobre él, justo como contigo. Me ha parecido extraño.

—Es él… —confirmo, y después me doy cuenta de que lo he dicho en voz alta y me pongo de los nervios. Erin ve mis manos temblar—. ¿Has hablado con él? —pregunto con la voz más ruda de lo que pretendía.

Erin agarra mis manos dulcemente.

—No, Ramla, y es mejor que siga así, por su bien.

¿Qué quiere decir? Lo sé, en el fondo, lo sé… Erin se convierte en alguien diferente cuando se trata de protegerme, alguien que, incluso, llega a asustarme, aunque me parezca tierno que se preocupe tanto por mí…

—Vale, bueno… —intervengo—, ¿podemos ir a desayunar? No quiero hablar más de José…

Erin me mira unos segundos. Su barba pelirroja ha crecido un poquito y le da un aspecto más atractivo aún, si cabe. Sus pequitas están ahí y parece que también me miren…

Finalmente, asiente y vamos a desayunar mientras no paro de darle vueltas al asunto. ¿Debería decirle a Erin que quiero hablar con José? ¿Quiero verlo? ¿Qué podría contarle? Es más… Si José está aquí, es porque sabe que soy una torum, una pecadora.

Erin camina a mi altura, pero yo me detengo justo a la entrada de la cocina, donde están todos los torums ya desayunando.

—¿Ramla? —inquiere él preocupado mientras me mira.

No puedo seguir caminando, una presión crece en mi pecho y la culpabilidad de todo lo que he hecho se me lanza encima como un enorme armario.

Soy una pecadora, lo peor de la sociedad, le he puesto los cuernos a mi novio, me he acostado con muchos hombres y mujeres, mi IPAS está apagado, soy una torum…

No puedo respirar y me desvanezco frente a la mirada perpleja de Erin y el resto de mis amigos.

—Ramla —me dice Erin mientras me ayuda a incorporarme con unos brazos fuertes y seguros—, ¿qué pasa? Es por José, ¿verdad?

Pero no puedo contestar, pues Alaska, Luc y Fen llegan hasta nosotros e intentan ayudar, aunque, en realidad, no necesito a nadie, porque no hay solución posible para lo que ocurre… Voy a ir al infierno.

—Estoy bien, estoy bien —digo con algo menos de educación de la que acostumbro—, solo necesito desayunar.

—Obviamente —dice Fen—. Si no pasaseis todas las noches dale que te pego al tema, no estarías tan cansada.

—Fen —le recrimina Erin mientras me ayuda a ir hasta una silla—, ¿podrías cerrar esa bonita boquita? —Pero no lo dice demasiado tosco y ella se ríe un poco.

—Yo solo digo lo que veo…

Todos vuelven a centrarse en el desayuno y Erin y yo nos dedicamos a comer en silencio, hasta que abandonan la cocina y él se me queda mirando fijamente.

—¿Qué te hizo para que le tengas tanto miedo?

No puedo volver a tener esta conversación. Él no es el problema, soy yo, yo soy la que le he engañado y me he convertido en una pecadora. Decido cambiar de tema.

—Erin, ¿has leído el informe de Amanda sobre la fiesta de la semana próxima?

Él me escruta, rechista un poco, pero no insiste en el asunto.

—No será diferente a las otras fiestas, Ramla.

Le miro mientras me paso la lengua por los labios totalmente desquiciada. La fiesta se centrará en hacer un intercambio de torums. Es decir, que, si me escogen, tendré que acostarme con otro liberado diferente al presidente.

—Erin, es la primera fiesta que se hace en la mansión desde aquella noche… Desde que aquel liberado me…

Hemos ido a fiestas, sí, pero no han sido aquí, donde el presidente usa su habitación especial para hacer favores sexuales, como hacía con Abigail… Como hizo conmigo…

Erin deja la taza bruscamente sobre la mesa y, por su cara, sé que ya había pensado en eso, pero que solo trataba de tranquilizarme.

—Lo sé, pero Amanda me juró que algo así no volvería a suceder.

—¿Y la crees? —pregunto enfadada mientras me pongo en pie.

—Vale, Ramla, eh, tranquila —me indica poniéndose en pie también. Luego, mira a ambos lados de la cocina para asegurarse de que estamos solos—. No quería decírtelo para no crear falsas expectativas, pero… volverá a haber muchos coches rondando la mansión, es posible que pueda sacarte.

¿Huir de aquí por fin? ¿Dejar la vida de torum? ¿Abandonarlo a él?

—No tiene sentido, Erin… ¿Por qué no pedirles a tus amigos que me recojan en mi día libre a kilómetros de la mansión? ¿No sería más sencillo que me ayudasen a escapar un día que pueda salir de aquí por mi propio pie?

Es algo que he pensado muchas veces, pero que no he hablado con él porque sé que también guarda sus secretos. Estoy segura de que eludirá responder, pero, para mi sorpresa, no lo hace.

—Porque mis amigos no vendrán solo por ti, Ramla. —Acerca suavemente sus labios a mi mejilla y la besa con dulzura—. Te quiero, no lo olvides, por favor. —Y se marcha, dejándome sola en la cocina.

Lo miro con la boca abierta. Nunca jamás me ha dicho que me quiere ni yo a él. Creo que hemos vivido jugando, hemos jugado viviendo, pero, de repente, esto se ha puesto serio y Erin quiere asegurarse de que yo sepa que él «me quiere».

Su declaración hace que el pecho me golpee y quiera salir corriendo tras él para decirle que yo también; sin embargo, permanezco quieta, de pie en mitad de la cocina con una única pregunta en la cabeza: ¿quiénes son sus amigos y a por quién vienen en realidad?

La fiesta de intercambio de torums se celebra con motivo de algún avance político que no termino de entender ni tampoco me esfuerzo en conocer.

Se celebra a puerta cerrada en el mismo salón que la fiesta de animales de hace medio año.

Demasiados recueros me invaden: la pérdida de mi virginidad a manos de Erin delante de un montón de personas, la explosión de placer y felicidad que sentí y…

el horror que sufrí después a mano de uno de los invitados.