06_La vida de una torum #4
Erin pone música rock y yo grito de la emoción.
Ojalá mi cumpleaños hubiese sido alguna vez tan divertido desde que soy mayor.
Cuando era niña, mis amigas y los juegos con ellas hacían que me sintiese plena, pero desde que mi padre me consideró una mujer, se acabaron esas distracciones y llegó el huerto, el té, las labores del hogar…
Dejé de tener tiempo para disfrutar de las pequeñas cosas, como el aire rozando mi cara a gran velocidad.
Erin aparca, yo sigo canturreando, pero él apaga la música y me veo en la obligación de serenarme. Bajo del coche y veo un precioso parque con un lago frente a nosotros.
—¿Qué lugar es este? Es precioso, Erin —comento emocionada.
—Bueno, todo el mundo ha venido aquí alguna vez, pero suponía que, como eres de otro planeta, no lo conocerías.
—Claro que lo conocía… —miento mientras abro mucho los ojos y finjo una sonrisa. Erin niega con la cabeza y emite una risa sonora.
—Sé cuándo mientes, Ramla.
—No, no lo sabes —comento como una niña a modo de burla.
—Sí, haces esa cosa rara con los ojos. —Y pone una mueca muy divertida que dista mucho de algo que una persona cuerda pueda hacer. Lo reconozco, me provoca una enorme diversión y me río a carcajadas.
—Vale, tú ganas —inquiero—, es la primera vez que estoy aquí, así que tú dirás. ¿Cuál es el plan?
—He reservado una barquita.
—¿Una barca? Pensé que iríamos a comer. —Y señalo el restaurante que hay junto al parque lleno de frondosos árboles.
—Debiste comer más sándwich de paté de queso, Ramla —comenta con tono juguetón.
Nos dirigimos hasta un pequeño embarcadero donde un amable señor nos explica cómo usar la barquita. Erin llamó hace días para organizarlo todo, por lo que me ha parecido entender, y eso me hace sentir increíblemente especial.
Cogemos la barca y una cesta con comida y bebida fresca.
Remamos y disfrutamos de las vistas, de los cisnes, los patos y los peces que nos rodean.
Es divertido estar con Erin así, sin pensar en nada más que en ser uno mismo y, la verdad, pienso que si cada día fuese así, podría olvidar aquella noche, la paliza, podría pasar por alto los últimos meses y lo mucho que el presidente me ha obligado a pecar.
Podría incluso olvidar que alguna vez fui una bendecida.
Llegamos hasta una pequeña isla y, cuando digo pequeña, es porque tiene el tamaño aproximado de mi habitación de la mansión. Hay unas hamacas, unas palmeras, arena sedosa…
Dejamos la barca en la diminuta costa y nos dirigimos hacia el centro del lugar. Erin pone un mantel de cuadros sobre la arena y coloca la cesta con la comida y la bebida.
—Espero que el picnic sea igual de divertido, aunque no estemos debajo de una mesa —comenta.
—¿Has hecho todo esto solo porque te dije que mi padre jugaba conmigo a que nos íbamos de picnic bajo la mesa cuando había tormenta?
Él asiente y me tiende una mano, se la tomo, me siento sobre el mantel y me descalzo. Luego, hundo mis pies en la arena y respiro el aire de este entorno natural, rodeada de agua, árboles altos, animales…
Comemos y nos divertimos y Erin me explica que esta isla se alquila, así que nadie vendrá a molestarnos, porque él ha preparado todo esto solo para hacerme feliz.
Doy un bocado al bizcocho de chocolate que ha traído de postre y le miro con infinita felicidad.
—Gracias, Erin, esto ha sido precioso, el mejor regalo de cumpleaños de la historia.
Él se sonroja un momento y saca una pequeña bolsita de su pantalón.
—En realidad, este es el verdadero regalo, Ramla.
Miro la bolsa, alucinada, y siento que esto es un sueño y que, en cualquier momento, voy a despertar y a seguir en la habitación del presidente, con él o con el misterioso desconocido que me dio la paliza.
Abro el regalo y dentro hay un colgante con forma de llave.
—Gracias, Erin, es muy bonita…
Él la toma entre sus dedos y me ayuda a colocarla al cuello, apartando con delicadeza mi cabello.
Me habla desde detrás.
—No es solo un colgante, es una llave de verdad. Abre una caja que tengo guardada lejos de la mansión, en un lugar donde no existen los torums ni los liberados.
«En un lugar donde no existen los torums ni los liberados».
Erin termina de ponerme el colgante, me giro y me encuentro con su cuerpo increíblemente cerca del mío.
—¿Y qué hay dentro de la caja? —pregunto lentamente mientras acorto la distancia entre nuestras caras.
—Tendrás que descubrirlo cuando vayas a ese lugar. Algún día, Ramla, te enseñaré mi caja y la abrirás con esta llave.
No tengo demasiada experiencia en relaciones, pero creo que Erin está deseando besarme y que, si no lo ha hecho aún, es porque creo que tiene miedo de incomodarme de alguna forma.
Yo también a él, pero ¿y si me equivoco?
Por lo que sé, odia ser un torum, pero lo es y, por lo que he visto estos meses, sobre todo, se acuesta con la mujer del presidente.
¿Le gustará esa mujer que podría ser su madre?
No, no lo creo. Así pues, él, como yo, está obligado a entregarse a quien no desea…
¿En quién pensará cuando está con ella? ¿Cómo conseguirá excitarse y superar esos momentos?
¿Le quedarán ganas de tener contacto físico con alguien más por voluntad propia?
Nos estamos mirando la boca el uno al otro y un fuego crece en mi interior.
El IPAS está apagado y ya nunca más podré contener mis instintos básicos.
¿Por qué hacerlo? Si el resto de mi vida voy a estar obligada a acostarme con un hombre que no me atrae…
¿por qué no hacerlo ahora con Erin, que me vuelve rematadamente loca?
—Erin —susurro—, quiero besarte, quiero tocarte, que me toques y… ¿Está mal que lo quiera todo contigo?
Él sonríe y un destello cruza su rostro.
—Ramla —susurra mientras acorta los pocos centímetros entre nosotros—, si tú me dejas… yo quiero dártelo todo.
Y ya no hace falta nada más. Nos besamos con delicadeza al principio, pero pronto hay celeridad. Somos expertos en sexo, pero esto es diferente, aquí hay necesidad de abrazar al otro, de darle placer, de hacerle sentir felicidad, de querer compartir sentimientos, una vida…
Recorro su cuerpo con mis manos mientras le beso en la boca, en el cuello, en el pecho… Le quito la camiseta y hago lo mismo con la mía. No llevo sujetador y Erin abre mucho los ojos, sorprendido al verme.
—¿Quién pone caras raras ahora? —pregunto y él se ríe.
Cojo sus manos y las llevo a mis pezones. Sé mucho más de esto que hace cuatro meses, cuando perdí la virginidad con él. Necesito que Erin llene mi necesidad, que él lo sea todo, yo quiero serlo todo para él…
Erin me tumba sobre el mantel de cuadros y me besa los pechos.
Luego, baja por mi estómago y llega hasta mi entrepierna.
Me mira y yo asiento, porque aquí no se trata de forzar la situación hasta que alguien quiera gritar un color, se trata de escuchar al otro, de aguardar sus gestos y sus miradas y entender qué desea y querer complacerlo, no por dinero o por miedo a ser despedido, sino por algo que creo que… es amor. Yo amo a Erin.
Su lengua pronto arremete contra mi sexo, haciéndome gemir de placer una y otra vez, llevándome a lugares donde ni el presidente ni los otros torums jóvenes y guapos han siquiera imaginado.
Ahora es mi turno y quiero que él sienta lo mismo, así que le bajo los pantalones y masajeo su miembro con devoción.
Primero, con mis manos y, luego, acogiéndolo en mi boca.
Él se llena de placer y emite unos suaves gemidos que me encienden más aún.
¿Cómo es posible que esto me haga tan feliz?
No es solo el placer, es mucho más. Verlo contento y relajado me hace sentir bien.
Ahora, Erin me aparta con cuidado y vuelve a besarme en la boca, demostrando que él siente verdadera pasión por mi lengua.
Se acomoda encima de mí y yo abro las piernas para recibirlo. Él me mira y duda un momento.
—Ramla —susurra—, nunca he hecho esto con alguien a quien deseara de verdad…
No puedo evitar sonreír por su declaración.
—Entonces, te llevo ventaja, porque ya te deseaba cuando lo hicimos por primera vez.
Erin se ríe.
—Aquello no cuenta, esto es de verdad, Ramla, es porque quiero y no porque alguien me diga que debo hacerlo.
—Entonces, es la primera vez para ambos —concluyo y me abro para recibirlo.
Erin se adentra en mí y empuja suavemente para no hacerme daño, cuidándome, mimándome, y creo que, en su forma de practicar sexo conmigo, va implícito lo que siente por mí y el tipo de hombre que es.
Es una buena persona que jamás obligaría a otro ser humano a mantener relaciones, nunca se aprovecharía de una mujer, de una situación…
Erin y yo nos fusionamos en uno solo empujando hacia todas direcciones, gimiendo, respirando con celeridad y abrazándonos mientras hacemos el amor, porque esto es un acto de amor y no puedo concebir que Dios vea pecado en algo así.
Lo reconozco, alargamos el momento de terminar porque deseamos sentirnos más y más, cambiamos de postura, pero no buscamos nada innovador, solo estar juntos, tocarnos, sentirnos y disfrutar libremente de tener el IPAS apagado y poder expresar nuestra muestra de amor de forma carnal.
El éxtasis llega a su culmen y, lo reconozco, lloro y abrazo a Erin. No sé si son lágrimas malas o buenas, pero están ahí y él las acoge entre sus dedos mientras me besa dulcemente.
—Gracias por no hacerme caso, Ramla, y haber escogido ser una torum. Conocerte es lo mejor que me ha pasado en la vida.