06_La vida de una torum #3
Me saca de la habitación, me lleva a través del pasillo y me conduce al jardín. Lo sé porque conozco esta parte de la mansión muy bien.
Me quita la venda y todos gritan:
—¡Feliz cumpleaños!
De repente, escucho Bohemian Rhapsody, del grupo musical Queen, y me quedo perpleja. Puede que yo haya estado en mi mundo estos meses, pero ellos sí que me han prestado atención, lo suficiente como para saber qué música me gusta.
Alguien descorcha una botella de champán y me doy cuenta de que, además de Erin, Luc, Fen y Alaska, hay otros invitados que no conozco.
Son de nuestra edad. También está Albert, el empleado de hogar con el que mejor me llevo, él es mayor y podría desentonar en este grupo; sin embargo, está totalmente integrado hablando con unos y otros.
—Un brindis por Ramla. —Fen levanta su copa y la imitamos—. ¡Feliz cumpleaños!
Todos repiten y beben. Yo… acerco la copa a la boca, pero no doy ningún trago. No me gusta el alcohol.
Hay globos y unas preciosas mesas decoradas con guirnaldas, con comida que no parece la típica de un desayuno —porque es la hora de desayunar—, sino más bien, la de un banquete de boda.
Lo reconozco, sonrío.
—Me alegra verte bien, Ramla —me dice Alaska con su aguda voz—. Esta es mi novia.
Me señala a una chica que no parece una torum para nada, no tiene el cuerpo delgado y esbelto que tenemos todas, no es excesivamente guapa ni va maquillada o con ropa sensual. Es… una chica normal y es… preciosa así, tal cual es.
—Feliz cumpleaños, Ramla —me dice mientras me da un regalo—. Sé que no nos conocemos, pero Alaska me ha hablado mucho de ti.
—Vaya, ¿de verdad? —inquiero sorprendida mientras abro mucho los ojos. Alaska se avergüenza como respuesta.
Abro el paquete y veo un extraño rectángulo con una cinta que parece como de plástico, unos cascos y un aparato donde creo que cabe el rectángulo. Ambas se ríen y yo no sé qué me ha regalado.
—Es una cinta de música como las que usaban en los ochenta —explica la novia de Alaska— y un radiocasete para reproducirla, pero lo mejor de todo es que he grabado los mejores éxitos del rock de esos años.
Guau. Menudo regalo. Alaska tiene muchísima suerte de tener a esta chica a su lado. Es detallista y divertida.
—¡Es increíble, chicas! Muchísimas gracias, de verdad.
Las abrazo sin pensarlo y ellas me devuelven el gesto. Entonces, Alaska echa la vista hacia mi lado y se despide llevándose a su novia con ella. Ladeo mi cabeza y me encuentro con Erin.
—Ramla —me dice un poco nervioso—, si esto te ha incomodado, lo siento mucho… Fen se empeñó y, bueno, yo tampoco se lo impedí…
—Está bien, Erin —le interrumpo, porque lo noto inseguro y sin saber qué decir, lleva algún tiempo así conmigo.
—Entonces… ¿cuántos cumples? —pregunta en broma.
—Veinticinco en tres meses y siete días —contesto con una medio risita.
—Entonces… Veinticinco menos tres meses y siete días… —comenta y esboza una sonrisa en su especial carita pelirroja, que hoy tiene algo más de barba que habitualmente.
Nos miramos, él bebe la copa con el champán y yo finjo hacer lo mismo.
—Hace calor… ¿no? —pregunto, solo porque quiero darle conversación, pero no sé qué decir… Han sido meses duros.
Él da unos pasos para ubicarse frente a mí.
—¿Vamos a hablar del tiempo, Ramla? —pregunta con una mueca de diversión mientras niega con la cabeza.
—¿Qué pasa? —inquiero algo juguetona—. ¿No irás a decirme que soy de otro planeta por hablar del tiempo? Porque es la conversación más vieja del mundo cuando no sabes qué decir.
Oh, vaya… He confesado que soy incapaz de sacar un tema de conversación. Algo ensombrece su rostro un momento, pero luego, se esfuerza por dibujar una sonrisa y coge mi copa, rozando mis dedos con su mano.
—Le dije a Fen que habría sido mejor brindar con leche con Cola-Cao.
Abro los ojos alucinada. Sí, desayuno todos los días lo mismo, pero no sabía que él me hubiese prestado tanta atención como para saberlo.
Miro sus dedos entrelazados con los míos y me pongo nerviosa, aparto la mano y creo que le ha sentado mal el gesto, porque cambia la actitud de repente y da un paso hacia atrás, con precaución.
—Bueno, al menos, ha acertado con la música —le digo y él se sonroja un poco, no sé por qué, hasta que lo medito un segundo—. Espera… ¿ha sido idea tuya?
Erin se ríe.
—No tenía ni idea de lo que era el rock clásico hasta que llegaste a esta casa y descubrí que las paredes son mucho más finas de lo que al ingeniero que las diseñó le habría gustado.
Lo miro y siento mariposas en el estómago…
Es un término que leía de pequeña en los cuentos de princesas que me traía mi padre.
Cuando los príncipes las enamoraban, ellas sentían «mariposas en el estómago».
No puede ser… ¿Puede una pecadora enamorarse de otro pecador?
¿En qué lugar deja eso a mi novio? Intento apartar estas ideas de mi mente, pero sé muy bien que llevo meses sintiendo aletear a esas mariposas; incluso deprimida, estaban ahí.
El resto de la fiesta pasa de forma muy agradable, lo reconozco.
Incluso cuando Fen me regala un pintauñas carísimo, aunque yo no tenga idea de uñas, o cuando Luc me regala un vale para traerme el desayuno a la cama…
No sé si va implícito algo sexual, porque Erin se ha molestado, pero todos nos hemos reído al ver el vale escrito a mano alzada y de forma improvisada.
La fiesta me ha alegrado de verdad y, por un momento, he olvidado que soy una torum, una pecadora, y me he sentido yo misma rodeada de personas que me aprecian y que se esfuerzan por verme contenta.
Comemos tarta, soplo las velas, nos hacemos una foto todos juntos y Fen la sube a sus redes sociales, después de insistirme por décima vez que me haga una cuenta de no sé qué red.
Acabamos metidos en la piscina con ropa. Chapoteo y me divierto enormemente, sobre todo, con Erin.
Pronto llega la hora de comer y la gente se va dispersando. Salgo del agua, miro el móvil y veo un mensaje de Amanda:
«Feliz cumpleaños, Ramla. El presidente les ha dado la mañana libre a tus compañeros para que disfrutéis. Te he ingresado unas monedas para que te compres lo que quieras de mi parte. Amanda».
Lo reconozco, este mensaje es lo único que podía estropear el momento. Amanda y su doble moral, sus intentos de protegernos al mismo tiempo que nos hunde de lleno en el fango.
—¿Todo bien? —pregunta Erin y me doy cuenta de que ha debido notar mi malestar. Dejo el móvil y comienzo a escurrir el agua del vestido.
—Sí, tengo un montón de regalos y no es mi cumple… —comento entre risas—. Ya verás cuando reciban la invitación en tres meses y tengan que volver a currarse otra sorpresa.
Ambos nos reímos y Erin se lleva la mano al cuello, algo nervioso.
—Aún no te he dado mi regalo…
—No pasa nada, puedes quedar fatal y hacer un vale, como Luc, o puedes esperarte a mi auténtico cumpleaños y hacer algo especial, como Fen. —Muestro mis uñas y sé que sabe a lo que me refiero.
—El caso es, Ramla, que…
Pero Fen hace amago de irse y lo interrumpo:
—Espera, ahora vuelvo. —Me acerco a Fen y la cojo del brazo para impedir que se marche.
—¿Qué quieres, princesita?
Odio que me llame así, porque lo hace de forma despectiva, pero ha organizado todo esto y… sean cuales sean sus motivos, se lo quiero agradecer:
—Fen, la fiesta ha sido increíble. Muchas gracias por organizarla.
—Joder, era obvio que iba a ser perfecta, ¿no? Si la organizaba yo…
No puedo evitarlo y la abrazo. Ella se queda con los brazos en el aire un segundo, pero después, me da unas palmaditas en la espalda.
—Gracias, Fen.
—Vale, vale, no te emociones, que han sido cuatro globos y poco más —le resta importancia y yo deshago el abrazo.
Fen se marcha y, con ella, todas las personas del jardín. Me giro y veo a Erin plantado. Me da una toalla y yo me envuelvo en ella porque mi cabello y mi vestido siguen mojados.
—En el fondo, es buena persona —le digo refiriéndome a Fen.
—Sí, hay que ahondar mucho, yo diría que con un submarino bien preparado, pero sí, lo es.
Ambos nos reímos y Erin se lleva un sándwich a la boca. Recuerdo que es la hora de comer, aunque hemos estado ingiriendo comida desde primera hora.
—¿Es solo de queso?
—Ojalá —dice con la boca llena de pan—, es de un paté rarísimo y caro que ha hecho encargar Fen para tu cumpleaños.
—¿Puedo? —Él me da un poco para que lo pruebe. Nada más notar el sabor, me muero de la risa—. ¿Tienes alguna clase de problema, Erin? Es paté con sabor a queso.
Ambos nos reímos y él se limpia la boca.
—Ramla, respecto a tu regalo… Le he pedido el día libre a Amanda. ¿Te apetece que salgamos de la mansión?
Erin me deja sin palabras. ¿Quiere que pasemos el día juntos? ¿Esto es una especie de cita? Lo sería si él tuviese interés en mí, pero… ¿lo tiene?
—Vale, supongo, sí… claro. En fin, que no tengo nada mejor que hacer —balbuceo, nerviosa—, quizá pintarme las uñas, pero no soy muy diestra…
Erin se ríe y abandonamos el jardín. Nos dirigimos a nuestras habitaciones, me quito la ropa mojada, me preparo y pronto me encuentro montada en su coche, uno bien caro y elegante, a decir verdad.
Nos alejamos de la mansión y quita el techo del coche, lo que hace que el aire entre y zarandee mis cabellos.
Estiro los brazos para rozar el aire y cierro los ojos para disfrutar de la sensación.
Él me mira relajado y eso me gusta. No somos dos torums arreglados con ropa excitante, solo somos Erin y Ramla.
Él lleva unos vaqueros y una camiseta negra ceñida de manga corta.
Yo, unos leggins blancos y una camiseta del mismo color bastante suelta, que no pretende marcar mi figura, sino ser cómoda.